Elije entre mas de 100 cuentos infantiles cortos, cuentos para dormir, cuentos para ni√Īos.

Abuelita

Algo

Bajo el Sauce

Buen Humor

Cada cosa en su sitio

Cinco en una Vaina

Col√°s el chico y Col√°s el Grande

Centro de mil a√Īos

Dos pisones

El abecedario 

El abeto

El Alforfon

El Angel

El Ave Fenix

El Caracol y el Rosal

El cerro de los Elfos

El cofre Volador

El compa√Īero de viaje

El cuello de camisa

El duende de la tienda

El elfo del rosal

El gollete de botella

El gorro de dormir del solteron

El intrépido soldadito de plomo

El jabali de bronce

El Jardinero y el Se√Īor

El libro mudo

El lino

El nido de cisnes

El ni√Īo travieso

El Pacto de amistad

El patito feo

El peque√Īo Tuk

El porquerizo

El Ruise√Īor

El Tullido

El ultimo dia

El ultimo sue√Īo del viejo roble

El viejo farol

El Yesquero

En el mar remoto 

Es la pura verdad

Historia de una madre

Holger el danés

Ib y Cristina

Juan el Lobo

La aguja de zurcir

La campana

La casa vieja

La espinosa senda del honor

La familia feliz

La gota de agua

La Gran serpiente de mar

La hucha 

La llave de la casa

La margarita

La ni√Īa de los fosforos

La ni√Īa judia

La pareja de enamorados

La pastora y el deshollinador La piedra filosofal

La princesa del guisante

La princesa y el frijol

La reina de las nieves

Abuelita

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, s√≥lo que mucho m√°s hermosos, pues su expresi√≥n es dulce, y da gusto mirarlos. Tambi√©n sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, much√≠simas cosas, pues viv√≠a ya mucho antes que pap√° y mam√°, esto nadie lo duda. Tiene un libro de c√°nticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman l√°grimas a los ojos. ¬ŅPor qu√© abuelita mirar√° as√≠ la marchita rosa de su devocionario? ¬ŅNo lo sabes? Cada vez que las l√°grimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espl√©ndido y verde, con los rayos del sol filtr√°ndose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa m√°s lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita. Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonr√≠e – ¬°pero ya no es la sonrisa de abuelita! – s√≠, y vuelve a sonre√≠r. Ahora se ha marchado √©l, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no est√°, la rosa yace en el libro de c√°nticos, y… abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro. Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia. – Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sue√Īecito. Se recost√≥ respirando suavemente, y qued√≥ dormida; pero el silencio se volv√≠a m√°s y m√°s profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habr√≠ase dicho que lo ba√Īaba el sol… y entonces dijeron que estaba muerta. La pusieron en el negro ata√ļd, envuelta en lienzos blancos. ¬°Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas hab√≠an desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de c√°nticos bajo su cabeza, pues ella lo hab√≠a pedido as√≠, con la rosa entre las p√°ginas. Y as√≠ enterraron a abuelita. En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreci√≥ espl√©ndidamente, y los ruise√Īores acud√≠an a cantar all√≠, y desde la iglesia el √≥rgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba all√≠; los ni√Īos pod√≠an ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho m√°s de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causar√≠an si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el f√©retro, y tierra dentro de √©l. El libro de c√°nticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo tambi√©n. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruise√Īores, y enviando el √≥rgano sus melod√≠as. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente j√≥venes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros ver√°n a abuelita, joven y hermosa como anta√Īo, cuando bes√≥ por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

Algo

 

  • ¬°Quiero ser algo! – dec√≠a el mayor de cinco hermanos. – Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, ser√© algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico, har√© algo real y positivo.
  • S√≠, pero eso es muy poca cosa – replic√≥ el segundo hermano. – Tu ambici√≥n es muy humilde: es trabajo de pe√≥n, que una m√°quina puede hacer. No, m√°s vale ser alba√Īil. Eso s√≠ es algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien, podr√© tener oficiales, me llamar√°n maestro, y mi mujer ser√° la se√Īora patrona. A eso llamo yo ser algo.
  • ¬°Tonter√≠as! – intervino el tercero. – Ser alba√Īil no es nada. Quedar√°s excluido de los estamentos superiores, y en una ciudad hay muchos que est√°n por encima del maestro artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu condici√≥n de maestro no te librar√° de ser lo que llaman un ¬ę pat√°n ¬Ľ. No, yo s√© algo mejor. Ser√© arquitecto, seguir√© por la senda del Arte, del pensamiento, subir√© hasta el nivel m√°s alto en el reino de la inteligencia. Habr√© de empezar desde abajo, s√≠; te lo digo sin rodeos: comenzar√© de aprendiz. Llevar√© gorra, aunque estoy acostumbrado a tocarme con sombrero de seda. Ir√© a comprar aguardiente y cerveza para los oficiales, y ellos me tutear√°n, lo cual no me agrada, pero imaginar√© que no es sino una comedia, libertades propias del Carnaval. Ma√Īana, es decir, cuando sea oficial, emprender√© mi propio camino, sin preocuparme de los dem√°s. Ir√© a la academia a aprender dibujo, y ser√© arquitecto. Esto s√≠ es algo. ¬°Y mucho!. Acaso me llamen se√Īor√≠a, y excelencia, y me pongan, adem√°s, alg√ļn t√≠tulo delante y detr√°s, y venga edificar, como otros hicieron antes que yo. Y entretanto ir√© construyendo mi fortuna. ¬°Ese algo vale la pena!
  • Pues eso que t√ļ dices que es algo, se me antoja muy poca cosa, y hasta te dir√© que nada – dijo el cuarto. – No quiero tomar caminos trillados. No quiero ser un copista. Mi ambici√≥n es ser un genio, mayor que todos vosotros juntos. Crear√© un estilo nuevo, levantar√© el plano de los edificios seg√ļn el clima y los materiales del pa√≠s, haciendo que cuadren con su sentimiento nacional y la evoluci√≥n de la √©poca, y les a√Īadir√© un piso, que ser√° un z√≥calo para el pedestal de mi gloria.
  • ¬ŅY si nada valen el clima y el material? – pregunt√≥ el quinto. – Ser√≠a bien sensible, pues no podr√≠an hacer nada de provecho. El sentimiento nacional puede engre√≠rse y perder su valor; la evoluci√≥n de la √©poca puede escapar de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya veo que en realidad ninguno de vosotros llegar√° a ser nada, por mucho que lo esper√©is. Pero haced lo que os plazca. Yo no voy a imitaros; me quedar√© al margen, para juzgar y criticar vuestras obras. En este mundo todo tiene sus defectos; yo los descubrir√© y sacar√© a la luz. Esto ser√° algo.

As√≠ lo hizo, y la gente dec√≠a de √©l: ¬ę Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una cabeza despejada. Pero no hace nada ¬Ľ. Y, sin embargo, por esto precisamente era algo. Como veis, esto no es m√°s que un cuento, pero un cuento que nunca se acaba, que empieza siempre de nuevo, mientras el mundo sea mundo. Pero, ¬Ņqu√© fue, a fin de cuentas, de los cinco hermanos? Escuchadme bien, que es toda una historia. El mayor, que fabricaba ladrillos, observ√≥ que por cada uno recib√≠a una monedita, y aunque s√≥lo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas se obten√≠a un brillante escudo. Ahora bien, dondequiera que vay√°is con un escudo, a la panader√≠a, a la carnicer√≠a o a la sastrer√≠a, se os abre la puerta y s√≥lo ten√©is que pedir lo que os haga falta. He aqu√≠ lo que sale de los ladrillos. Los hay que se rompen o desmenuzan, pero incluso de √©stos se puede sacar algo. Una pobre mujer llamada Margarita deseaba construirse una casita sobre el malec√≥n. El hermano mayor, que ten√≠a un buen coraz√≥n, aunque no lleg√≥ a ser m√°s que un sencillo ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos pocos enteros por a√Īadidura. La mujer se construy√≥ la casita con sus propias manos. Era muy peque√Īa; una de las ventanas estaba torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien que mal, la casuca era un refugio, y desde ella se gozaba de una buena vista sobre el mar, aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban contra el malec√≥n, salpicando con sus gotas salobres la pobre choza, y tal como era, √©sta segu√≠a en pie mucho tiempo despu√©s de estar muerto el que hab√≠a cocido los ladrillos. El segundo hermano conoc√≠a el oficio de alba√Īil, mucho mejor que la pobre Margarita, pues lo hab√≠a aprendido tal como se debe. Aprobado su examen de oficial, se ech√≥ la mochila al hombro y enton√≥ la canci√≥n del artesano: Joven yo soy, y quiero correr mundo,¬† e ir levantando casas por doquier,¬† cruzar tierras, pasar el mar profundo,¬† confiado en mi arte y mi valer. ¬† Y si a mi tierra regresara un d√≠a¬† atra√≠do por el amor que all√≠ dej√©,¬† al√°rgame la mano, patria m√≠a,¬† y t√ļ, casita que m√≠a te llam√©. ¬† Y as√≠ lo hizo. Regres√≥ a la ciudad, ya en calidad de maestro, y contruy√≥ casas y m√°s casas, una junto a otra, hasta formar toda una calle. Terminada √©sta, que era muy bonita y realzaba el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para √©l una casita, de su propiedad. ¬ŅC√≥mo pueden construir las casas? Preg√ļntaselo a ellas. Si no te responden, lo har√° la gente en su lugar, diciendo: ¬ę S√≠, es verdad, la calle le ha construido una casa ¬Ľ. Era peque√Īa y de pavimento de arcilla, pero bailando sobre √©l con su novia se volvi√≥ liso y brillante; y de cada piedra de la pared brot√≥ una flor, con lo que las paredes parec√≠an cubiertas de preciosos tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz. La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y los oficiales y aprendices gritaban ¬ę ¬°Hurra por nuestro maestro! ¬Ľ. S√≠, se√Īor, aqu√©l lleg√≥ a ser algo. Y muri√≥ siendo algo. Vino luego el arquitecto, el tercero de los hermanos, que hab√≠a empezado de aprendiz, llevando gorra y haciendo de mandadero, pero m√°s tarde hab√≠a ascendido a arquitecto, tras los estudios en la Academia, y fue honrado con los t√≠tulos de Se√Īor√≠a y Excelencia. Y si las casas de la calle hab√≠an edificado una para el hermano alba√Īil, a la calle le dieron el nombre del arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya. Lleg√≥ a ser algo, sin duda alguna, con un largo t√≠tulo delante y otro detr√°s. Sus hijos pasaban por ser de familia distinguida, y cuando muri√≥, su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es algo. Y su nombre qued√≥ en el extremo de la calle y como nombre de calle sigui√≥ viviendo en labios de todos. Esto tambi√©n es algo, s√≠ se√Īor. Sigui√≥ despu√©s el genio, el cuarto de los hermanos, el que pretend√≠a idear algo nuevo, aparte del camino trillado, y realzar los edificios con un piso m√°s, que deb√≠a inmortalizarle. Pero se cay√≥ de este piso y se rompi√≥ el cuello. Eso s√≠, le hicieron un entierro solemn√≠simo, con las banderas de los gremios, m√ļsica, flores en la calle y elogios en el peri√≥dico; en su honor se pronunciaron tres paneg√≠ricos, cada uno m√°s largo que el anterior, lo cual le habr√≠a satisfecho en extremo, pues le gustaba mucho que hablaran de √©l. Sobre su tumba erigieron un monumento, de un solo piso, es verdad, pero esto es algo. El tercero hab√≠a muerto, pues, como sus tres hermanos mayores. Pero el √ļltimo, el razonador, sobrevivi√≥ a todos, y en esto estuvo en su papel, pues as√≠ pudo decir la √ļltima palabra, que es lo que a √©l le interesaba. Como dec√≠a la gente, era la cabeza clara de la familia. Pero le lleg√≥ tambi√©n su hora, se muri√≥ y se present√≥ a la puerta del cielo, por la cual se entra siempre de dos en dos. Y he aqu√≠ que √©l iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a su vez, y result√≥ ser la pobre vieja Margarita, la de la casa del malec√≥n.

  • De seguro que ser√° para realzar el contraste por lo que me han puesto de pareja con esta pobre alma – dijo el razonador -. ¬ŅQuien sois, abuelita? ¬ŅQuer√©is entrar tambi√©n? – le pregunt√≥.

Inclinóse la vieja lo mejor que pudo, pensando que el que le hablaba era San Pedro en persona. РSoy una pobre mujer sencilla, sin familia, la vieja Margarita de la casita del malecón.

  • Ya, ¬Ņy qu√© es lo que hicisteis all√° abajo?
  • Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda valerme la entrada aqu√≠. Ser√° una gracia muy grande de Nuestro Se√Īor, si me admiten en el Para√≠so.
  • ¬ŅY c√≥mo fue que os marchasteis del mundo? – sigui√≥ preguntando √©l, s√≥lo por decir algo, pues al hombre le aburr√≠a la espera.
  • La verdad es que no lo s√©. El √ļltimo a√Īo lo pas√© enferma y pobre. Un d√≠a no tuve m√°s remedio que levantarme y salir, y me encontr√© de repente en medio del fr√≠o y la helada. Seguramente no pude resistirlo. Le contar√© c√≥mo ocurri√≥: Fue un invierno muy duro, pero hasta entonces lo hab√≠a aguantado. El viento se calm√≥ por unos d√≠as, aunque hac√≠a un fr√≠o cruel, como Vuestra Se√Īor√≠a debe saber. La capa de hielo entraba en el mar hasta perderse de vista. Toda la gente de la ciudad hab√≠a salido a pasear sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a bailar, y tambi√©n creo que hab√≠a m√ļsica y merenderos. Yo lo o√≠a todo desde mi pobre cuarto, donde estaba acostada. Esto dur√≥ hasta el anochecer. Hab√≠a salido ya la luna, pero su luz era muy d√©bil. Mir√© al mar desde mi cama, y entonces vi que de all√≠ donde se tocan el cielo y el mar sub√≠a una maravillosa nube blanca. Me qued√© mir√°ndola y vi un punto negro en su centro, que crec√≠a sin cesar; y entonces supe lo que aquello significaba – pues soy vieja y tengo experiencia, – aunque no es frecuente ver el signo. Yo lo conoc√≠ y sent√≠ espanto. Durante mi vida lo hab√≠a visto dos veces, y sab√≠a que anunciaba una espantosa tempestad, con una gran marejada que sorprender√≠a a todos aquellos desgraciados que all√≠ estaban, bebiendo, saltando y divirti√©ndose. Toda la ciudad hab√≠a salido, viejos y j√≥venes. ¬°Qui√©n pod√≠a prevenirlos, si nadie ve√≠a el signo ni se daba cuenta de lo que yo observaba! Sent√≠ una angustia terrible, y me entr√≥ una fuerza y un vigor como hac√≠a mucho tiempo no habla sentido. Salt√© de la cama y me fui a la ventana; no pude ir m√°s all√°. Consegu√≠ abrir los postigos, y vi a muchas personas que corr√≠an y saltaban por el hielo y vi las lindas banderitas y o√≠ los hurras de los chicos y los cantos de los mozos y mozas. Todo era bullicio y alegr√≠a, y mientras tanto la blanca nube con el punto negro iba creciendo por momentos. Grit√© con todas mis fuerzas, pero nadie me oy√≥, pues estaban demasiado lejos. La tempestad no tardar√≠a en estallar, el hielo se resquebrajar√≠a y har√≠a pedazos, y todos aqu√©llos, hombres y mujeres, ni√Īos y mayores, se hundir√≠an en el mar, sin salvaci√≥n posible. Ellos no pod√≠an o√≠rme, y yo no pod√≠a ir hasta ellos. ¬ŅC√≥mo conseguir que viniesen a tierra? Dios Nuestro Se√Īor me inspir√≥ la idea de pegar fuego a m√≠ cama.

M√°s val√≠a que se incendiara mi casa, a que todos aquellos infelices pereciesen. Encend√≠ el fuego, vi la roja llama, sal√≠ a la puerta… pero all√≠ me qued√© tendida, con las fuerzas agotadas. Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo por la ventana y por encima del tejado. Los patinadores las vieron y acudieron corriendo en mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada. Todos vinieron hacia el malec√≥n. Los o√≠ venir, pero al mismo tiempo o√≠ un estruendo en el aire, como el tronar de muchos ca√Īones. La ola de marea levant√≥ el hielo y lo hizo pedazos, pero la gente pudo llegar al malec√≥n, donde las chispas me ca√≠an encima. Todos estaban a salvo. Yo, en cambio, no pude resistir el fr√≠o y el espanto, y por esto he venido aqu√≠, a la puerta del cielo. Dicen que est√° abierta para los pobres como yo. Y ahora ya no tengo mi casa. ¬ŅQu√© le parece, me dejar√°n entrar? Abri√≥se en esto la puerta del cielo, y un √°ngel hizo entrar a la mujer. De √©sta cay√≥ una brizna de paja, una de las que hab√≠a en su cama cuando la incendi√≥ para salvar a los que estaban en peligro. La paja se transform√≥ en oro, pero en un oro que crec√≠a y echaba ramas, que se trenzaban en hermos√≠simos arabescos.

  • ¬ŅVes? – dijo el √°ngel al razonador – esto lo ha tra√≠do la pobre mujer. Y t√ļ, ¬Ņqu√© traes? Nada, bien lo s√©. No has hecho nada, ni siquiera un triste ladrillo. Podr√≠as volverte y, por lo menos, traer uno. De seguro que estar√≠a mal hecho, siendo obra de tus manos, pero algo valdr√≠a la buena voluntad. Por desgracia, no puedes volverte, y nada puedo hacer por ti.

Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la casita del malecón, intercedió por él:

  • Su hermano me regal√≥ todos los ladrillos y trozos con los que pude levantar mi humilde casa. Fue un gran favor que me hizo. ¬ŅNo servir√≠an todos aquellos trozos como un ladrillo para √©l? Es una gracia que pido. La necesita tanto, y puesto que estamos en el reino de la gracia…
  • Tu hermano, a quien t√ļ cre√≠as el de m√°s cortos alcances – dijo el √°ngel – aqu√©l cuya honrada labor te parec√≠a la m√°s baja, te da su √≥bolo celestial. No ser√°s expulsado. Se te permitir√° permanecer ah√≠ fuera reflexionando y reparando tu vida terrenal; pero no entrar√°s mientras no hayas hecho una buena acci√≥n.
  • Yo lo habr√≠a sabido decir mejor – pens√≥ el pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es algo.

 

Un vídeo simpático y riquísimo

Bajo el sauce

La comarca de Kj√∂ge es √°cida y pelada; la ciudad est√° a orillas del mar, y esto es siempre una ventaja, pero es innegable que podr√≠a ser m√°s hermosa de lo que es en realidad; todo alrededor son campos lisos, y el bosque queda a mucha distancia. Sin embargo, cuando nos encontramos a gusto en un lugar, siempre descubrimos algo de bello en √©l, y m√°s tarde lo echaremos de menos, aunque nos hallemos en el sitio m√°s hermoso del mundo. Y forzoso es admitir que en verano tienen su belleza los arrabales de Kj√∂ge, con sus pobres jardincitos extendidos hasta el arroyo que all√≠ se vierte en el mar; y as√≠ lo cre√≠an en particular Knud y Juana, hijos de dos familias vecinas, que jugaban juntos y se reun√≠an atravesando a rastras los groselleros. En uno de los jardines crec√≠a un sa√ļco, en el otro un viejo sauce, y debajo de √©ste gustaban de jugar sobre todo los ni√Īos; y se les permit√≠a hacerlo, a pesar de que el √°rbol estaba muy cerca del r√≠o, y los chiquillos corr√≠an peligro de caer en √©l. Pero el ojo de Dios vela sobre los peque√Īuelos – de no ser as√≠, ¬°mal ir√≠an las cosas! -. Por otra parte, los dos eran muy prudentes; el ni√Īo ten√≠a tanto miedo al agua, que en verano no hab√≠a modo de llevarlo a la playa, donde tan a gusto chapoteaban los otros rapaces de su edad; eso lo hac√≠a objeto de la burla general, y √©l ten√≠a que aguantarla. Un d√≠a la hijita del vecino, Juana, so√Ī√≥ que navegaba en un bote de vela en la Bah√≠a de Kj√∂ge, y que Knud se dirig√≠a hacia ella vadeando, hasta que el agua le lleg√≥ al cuello y despu√©s lo cubri√≥ por entero. Desde el momento en que Knud se enter√≥ de aquel sue√Īo, ya no soport√≥ que lo tachasen de miedoso, aduciendo como prueba al sue√Īo de Juana. √Čste era su orgullo, mas no por eso se acercaba al mar. Los pobres padres se reun√≠an con frecuencia, y Knud y Juana jugaban en los jardines y en el camino plantado de sauces que discurr√≠a a lo largo de los fosos. Bonitos no eran aquellos √°rboles, pues ten√≠an las copas como podadas, pero no los hab√≠an plantado para adorno, sino para utilidad; m√°s hermoso era el viejo sauce del jard√≠n a cuyo pie, seg√ļn ya hemos dicho, jugaban a menudo los dos amiguitos. En la ciudad de Kj√∂ge hay una gran plaza-mercado, en la que, durante la feria anual, se instalan verdaderas calles de puestos que venden cintas de seda, calzados y todas las cosas imaginables. Hab√≠a entonces un gran gent√≠o, y generalmente llov√≠a; adem√°s, apestaba a sudor de las chaquetas de los campesinos, aunque ol√≠a tambi√©n a exquisito alaj√ļ, del que hab√≠a toda una tienda abarrotada; pero lo mejor de todo era que el hombre que lo vend√≠a se alojaba, durante la feria, en casa de los padres de Knud, y, naturalmente, lo obsequiaba con un peque√Īo pan de especias, del que participaba tambi√©n Juana. Pero hab√≠a algo que casi era m√°s hermoso todav√≠a: el comerciante sab√≠a contar historias de casi todas las cosas, incluso de sus turrones, y una velada explic√≥ una que produjo tal impresi√≥n en los ni√Īos, que jam√°s pudieron olvidarla; por eso ser√° conveniente que la oigamos tambi√©n nosotros, tanto m√°s, cuanto que es muy breve. – Sobre el mostrador – empez√≥ el hombre – hab√≠a dos moldes de alaj√ļ, uno en figura de un hombre con sombrero, y el otro en forma de mujer sin sombrero, pero con una mancha de oropel en la cabeza; ten√≠an la cara de lado, vuelta hacia arriba, y hab√≠a que mirarlos desde aquel √°ngulo y no del rev√©s, pues jam√°s hay que mirar as√≠ a una persona. El hombre llevaba en el costado izquierdo una almendra amarga, que era el coraz√≥n, mientras la mujer era dulce toda ella. Estaban para muestra en el mostrador, y llevaban ya mucho tiempo all√≠, por lo que se enamoraron; pero ninguno lo dijo al otro, y, sin embargo, preciso es que alguien lo diga, si ha de salir algo de tal situaci√≥n. ¬ęEs hombre, y por tanto, tiene que ser el primero en hablar¬Ľ, pensaba ella; no obstante, se habr√≠a dado por satisfecha con saber que su amor era correspondido. Los pensamientos de √©l eran mucho m√°s ambiciosos, como siempre son los hombres; so√Īaba que era un golfo callejero y que ten√≠a cuatro chelines, con los cuales se compraba la mujer y se la com√≠a. As√≠ continuaron por espacio de d√≠as y semanas en el mostrador, y cada d√≠a estaban m√°s secos; y los pensamientos de ella eran cada vez m√°s tiernos y femeninos: ¬ęMe doy por contenta con haber estado sobre la mesa con √©l¬Ľ, pens√≥, y se rompi√≥ por la mitad. ¬ęSi hubiese conocido mi amor, de seguro que habr√≠a resistido un poco m√°s¬Ľ, pens√≥ √©l. – Y √©sta es la historia y aqu√≠ est√°n los dos – dijo el turronero. – Son notables por su vida y por su silencioso amor, que nunca conduce a nada. ¬°Vedlos ah√≠! – y dio a Juana el hombre, sano y entero, y a Knud, la mujer rota; pero a los ni√Īos les hab√≠a emocionado tanto el cuento, que no tuvieron √°nimos para comerse la enamorada pareja. Al d√≠a siguiente se dirigieron, con las dos figuras, al cementerio, y se detuvieron junto al muro de la iglesia, cubierto, tanto en verano como en invierno, de un rico tapiz de hiedra; pusieron al sol los pasteles, entre los verdes zarcillos, y contaron a un grupo de otros ni√Īos la historia de su amor, mudo e in√ļtil, y todos la encontraron maravillosa; y cuando volvieron a mirar a la pareja de alaj√ļ, un muchacho grandote se hab√≠a comido ya la mujer despedazada, y esto, por pura maldad. Los ni√Īos se echaron a llorar, y luego – y es de suponer que lo hicieron para que el pobre hombre no quedase solo en el mundo – se lo comieron tambi√©n; pero en cuanto a la historia, no la olvidaron nunca. Los dos chiquillos segu√≠an reuni√©ndose bajo el sauce o junto al sa√ļco, y la ni√Īa cantaba canciones bell√≠simas con su voz argentina. A Knud, en cambio, se le pegaban las notas a la garganta, pero al menos se sab√≠a la letra, y m√°s vale esto que nada. La gente de Kj√∂ge, y entre ella la se√Īora de la quincaller√≠a, se deten√≠an a escuchar a Juana. – ¬°Qu√© voz m√°s dulce! – dec√≠an. Aquellos d√≠as fueron tan felices, que no pod√≠an durar siempre. Las dos familias vecinas se separaron; la madre de la ni√Īa hab√≠a muerto, el padre deseaba ir a Copenhague, para volver a casarse y buscar trabajo; quer√≠a establecerse de mandadero, que es un oficio muy lucrativo. Los vecinos se despidieron con l√°grimas, y sobre todo lloraron los ni√Īos; los padres se prometieron mutuamente escribirse por lo menos una vez al a√Īo. Y Knud entr√≥ de aprendiz de zapatero; era ya mayorcito y no se le pod√≠a dejar ocioso por m√°s tiempo. Entonces recibi√≥ la confirmaci√≥n. ¬°Ah, qu√© no hubiera dado por estar en Copenhague aquel d√≠a solemne, y ver a Juanita! Pero no pudo ir, ni hab√≠a estado nunca, a pesar de que no distaba m√°s de cinco millas de Kj√∂ge. Sin embargo, a trav√©s de la bah√≠a, y con tiempo despejado, Knud hab√≠a visto sus torres, y el d√≠a de la confirmaci√≥n distingui√≥ claramente la brillante cruz dorada de la iglesia de Nuestra Se√Īora. ¬°Oh, c√≥mo se acord√≥ de Juana! Y ella, ¬Ņse acordar√≠a de √©l? S√≠, se acordaba. Hacia Navidad lleg√≥ una carta de su padre para los de Knud. Las cosas les iban muy bien en Copenhague, y Juana, gracias a su hermosa voz, iba a tener una gran suerte; hab√≠a ingresado en el teatro l√≠rico; ya ganaba alg√ļn dinerillo, y enviaba un escudo a sus queridos vecinos de Kj√∂ge para que celebrasen unas alegres Navidades. Quer√≠a que bebiesen a su salud, y la ni√Īa hab√≠a a√Īadido de su pu√Īo y letra estas palabras: ¬ę¬°Afectuosos saludos a Knud!¬Ľ. Todos derramaron l√°grimas, a pesar de que las noticias eran muy agradables; pero tambi√©n se llora de alegr√≠a. D√≠a tras d√≠a Juana hab√≠a ocupado el pensamiento de Knud, y ahora vio el muchacho que tambi√©n ella se acordaba de √©l, y cuanto m√°s se acercaba el tiempo en que ascender√≠a a oficial zapatero, m√°s claramente se daba cuenta de que estaba enamorado de Juana y de que √©sta deb√≠a ser su mujer; y siempre que le ven√≠a esta idea se dibujaba una sonrisa en sus labios y tiraba con mayor fuerza del hilo, mientras tesaba el tirapi√©; a veces se clavaba la lezna en un dedo, pero ¬°qu√© importa! Desde luego que no ser√≠a mudo, como los dos moldes de alaj√ļ; la historia hab√≠a sido una buena lecci√≥n. Y ascendi√≥ a oficial. Colg√≥se la mochila al hombro, y por primera vez en su vida se dispuso a ¬† trasladarse ¬†¬†¬†¬† a ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Copenhague; ya ¬†¬†¬†¬†¬†¬† hab√≠a encontrado all√≠ un maestro. ¬°Qu√© sorprendida quedar√≠a Juana, y qu√© contenta! Contaba ahora 16 a√Īos, y √©l, 19. Ya en Kj√∂ge, se le ocurri√≥ comprarle un anillo de oro, pero luego pens√≥ que seguramente los encontrar√≠a ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† mucho ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† m√°s ¬†¬†¬† hermosos en Copenhague. Se despidi√≥ de sus padres, y un d√≠a lluvioso de oto√Īo emprendi√≥ el camino de la capital; las hojas ca√≠an de los √°rboles, y calado hasta los huesos lleg√≥ a la gran Copenhague y a la casa de su nuevo patr√≥n. El primer domingo se dispuso a visitar al padre de Juana. Sac√≥ del ba√ļl su vestido de oficial y el nuevo sombrero que se trajera de Kj√∂ge y que tan bien le sentaba; antes hab√≠a usado siempre gorra. Encontr√≥ la casa que buscaba, y subi√≥ los muchos pelda√Īos que conduc√≠an al piso. ¬°Era para dar v√©rtigo la manera c√≥mo la gente se apilaba en aquella enmara√Īada ciudad! La vivienda respiraba bienestar, y el padre de Juana lo recibi√≥ muy afablemente. A su esposa no la conoc√≠a, pero ella le alarg√≥ la mano y lo invit√≥ a tomar caf√©.

  • Juana estar√° contenta de verte – dijo el padre -. Te has vuelto un buen mozo. Ya la ver√°s; es una muchacha que me da muchas alegr√≠as y, Dios mediante, me dar√° m√°s a√ļn. Tiene su propia habitaci√≥n, y nos paga por ella -. Y el hombre llam√≥ delicadamente a la puerta, como si fuese un forastero, y entraron – ¬°qu√© hermoso era all√≠! -. Seguramente en todo Kj√∂ge no hab√≠a un aposento semejante: ni la propia Reina lo tendr√≠a mejor. Hab√≠a alfombras; en las ventanas, cortinas que llegaban hasta el suelo, un sill√≥n de terciopelo aut√©ntico y en derredor flores y cuadros, adem√°s de un espejo en el que uno casi pod√≠a meterse, pues era grande como una puerta. Knud lo abarc√≥ todo de une ojeada, y, sin embargo, s√≥lo ve√≠a a Juana; era una moza ya crecida, muy distinta de como la imaginara, s√≥lo que mucho m√°s hermosa; en toda Kj√∂ge no se encontrar√≠a otra como ella; ¬°qu√© fina y delicada! La primera mirada que dirigi√≥ a Knud fue la de una extra√Īa, pero dur√≥ s√≥lo un instante; luego se precipit√≥ hacia √©l como si quisiera besarle. No lo hizo, pero poco le falt√≥. S√≠, estaba muy contenta de volver a ver al amigo de su ni√Īez. ¬ŅNo brillaban l√°grimas en sus ojos? Y despu√©s empez√≥ a preguntar y a contar, pasando desde los padres de Knud hasta el sa√ļco y el sauce; madre sa√ļco y padre sauce, como los llamaba, cual si fuesen personas; pero bien pod√≠an pasar por tales, si lo hab√≠an sido los pasteles de alaj√ļ. De √©stos habl√≥ tambi√©n y de su mudo amor, cuando estaban en el mostrador y se partieron… y la muchacha se re√≠a con toda el alma, mientras la sangre aflu√≠a a las mejillas de Knud, y su coraz√≥n palpitaba con violencia desusada. No, no se hab√≠a vuelto orgullosa. Y ella fue tambi√©n la causante – bien se fij√≥ Knud – de que sus padres lo invitasen a pasar la velada con ellos. Sirvi√≥ el t√© y le ofreci√≥ con su propia mano una taza luego cogi√≥ un libro y se puso a leer en alta voz, y al muchacho le pareci√≥ que lo que le√≠a trataba de su amor, hasta tal punto concordaba con sus pensamientos. Luego cant√≥ una sencilla canci√≥n, pero cantada por ella se convirti√≥ en toda una historia; era como si su coraz√≥n se desbordase en ella. S√≠, indudablemente quer√≠a a Knud. Las l√°grimas rodaron por las mejillas del muchacho sin poder √©l impedirlo, y no pudo sacar una sola palabra de su boca; se acusaba de tonto a s√≠ mismo, pero ella le estrech√≥ la mano y le dijo:
  • Tienes un buen coraz√≥n, Knud. S√© siempre como ahora.

Fue una velada inolvidable. Son ocasiones después de las cuales no es posible dormir, y Knud se pasó la noche despierto.

Fiesta infantil de Trolls

 Buen Humor

Mi padre me dej√≥ en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: el buen humor. Y, ¬Ņqui√©n era mi padre? Claro que nada tiene esto que ver con el humor. Era vivaracho y corpulento, gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su interior estaban en total contradicci√≥n con su oficio. Y, ¬Ņcu√°l era su oficio, su posici√≥n en la sociedad? Si esto tuviera que escribirse e imprimirse al principio de un libro, es probable que muchos lectores lo dejaran de lado, diciendo: ¬ęTodo esto parece muy penoso; son temas de los que prefiero no o√≠r hablar¬Ľ. Y, sin embargo, mi padre no fue verdugo ni ejecutor de la justicia, antes al contrario, su profesi√≥n lo situ√≥ a la cabeza de los personajes m√°s conspicuos de la ciudad, y all√≠ estaba en su pleno derecho, pues aqu√©l era su verdadero puesto. Ten√≠a que ir siempre delante: del obispo, de los pr√≠ncipes de la sangre…; s√≠, se√Īor, iba siempre delante, pues era cochero de las pompas f√ļnebres. Bueno, pues ya lo sab√©is. Y una cosa puedo decir en toda verdad: cuando ve√≠an a mi padre sentado all√° arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el tricornio ribeteado de negro, por debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la que representan al sol, no hab√≠a manera de pensar en el luto ni en la tumba. Aquella cara dec√≠a: ¬ęNo os preocup√©is. A lo mejor no es tan malo como lo pintan¬Ľ. Pues bien, de √©l he heredado mi buen humor y la costumbre de visitar con frecuencia el cementerio. Esto resulta muy agradable, con tal de ir all√≠ con un esp√≠ritu alegre, y otra cosa, todav√≠a: me llevo siempre el peri√≥dico, como √©l hac√≠a tambi√©n. Ya no soy tan joven como antes, no tengo mujer ni hijos, ni tampoco biblioteca, pero, como ya he dicho, compro el peri√≥dico, y con √©l me basta; es el mejor de los peri√≥dicos, el que le√≠a tambi√©n mi padre. Resulta muy √ļtil para muchas cosas, y adem√°s trae todo lo que hay que saber: qui√©n predica en las iglesias, y qui√©n lo hace en los libros nuevos; d√≥nde se encuentran casas, criados, ropas y alimentos; qui√©n efect√ļa ¬ęliquidaciones¬Ľ, y qui√©n se marcha. Y luego, uno se entera de tantos actos caritativos y de tantos versos ingenuos que no hacen da√Īo a nadie, anuncios matrimoniales, citas que uno acepta o no, y todo de manera tan sencilla y natural. Se puede vivir muy bien y muy felizmente, y dejar que lo entierren a uno, cuando se tiene el ¬ęNoticiero¬Ľ; al llegar al final de la vida se tiene tant√≠simo papel, que uno puede tenderse encima si no le parece apropiado descansar sobre virutas y serr√≠n. El ¬ęNoticiero¬Ľ y el cementerio son y han sido siempre las formas de ejercicio que m√°s han hablado a mi esp√≠ritu, mis balnearios preferidos para conservar el buen humor. Ahora bien, por el peri√≥dico puede pasear cualquiera; pero ven√≠os conmigo al cementerio. Vamos all√° cuando el sol brilla y los √°rboles est√°n verdes; pase√©monos entonces por entre las tumbas, Cada una de ellas es como un libro cerrado con el lomo hacia arriba; puede leerse el t√≠tulo, que dice lo que la obra contiene, y, sin embargo, nada dice; pero yo conozco el intr√≠ngulis, lo s√© por mi padre y por m√≠ mismo. Lo tengo en mi libro funerario, un libro que me he compuesto yo mismo para mi servicio y gusto. En √©l est√°n todos juntos y a√ļn algunos m√°s. Ya estamos en el cementerio. Detr√°s de una reja pintada de blanco, donde anta√Īo crec√≠a un rosal – hoy no est√°, pero unos tallos de siempreviva de la sepultura contigua han extendido hasta aqu√≠ sus dedos, y m√°s vale esto que nada -, reposa un hombre muy desgraciado, y, no obstante, en vida tuvo un buen pasar, como suele decirse, o sea, que no le faltaba su buena rentecita y a√ļn algo m√°s, pero se tomaba el mundo, en todo caso, el Arte, demasiado a pecho. Si una noche iba al teatro dispuesto a disfrutar con toda su alma, se pon√≠a fren√©tico s√≥lo porque el tramoyista iluminaba demasiado la cara de la luna, o porque las bambalinas colgaban delante de los bastidores en vez de hacerlo por detr√°s, o porque sal√≠a una palmera en un paisaje de Dinamarca, un cacto en el Tirol o hayas en el norte de Noruega. ¬ŅAcaso tiene eso la menor importancia? ¬ŅQui√©n repara en estas cosas? Es la comedia lo que debe causaros placer. Tan pronto el p√ļblico aplaud√≠a demasiado, como no aplaud√≠a bastante. – Esta le√Īa est√° h√ļmeda -dec√≠a-, no quemar√° esta noche -. Y luego se volv√≠a a ver qu√© gente hab√≠a, y notaba que se re√≠an a deshora, en ocasiones en que la risa no ven√≠a a cuento, y el hombre se encolerizaba y sufr√≠a. No pod√≠a soportarlo, y era un desgraciado. Y helo aqu√≠: hoy reposa en su tumba. Aqu√≠ yace un hombre feliz, o sea, un hombre muy distinguido, de alta cuna; y √©sta fue su dicha, ya que, por lo dem√°s, nunca habr√≠a sido nadie; pero en la Naturaleza est√° todo tan bien dispuesto y ordenado, que da gusto pensar en ello. Iba siempre con bordados por delante y por detr√°s, y ocupaba su sitio en los salones, como se coloca un costoso cord√≥n de campanilla bordado en perlas, que tiene siempre detr√°s otro cord√≥n bueno y recio que hace el servicio. Tambi√©n √©l llevaba detr√°s un buen cord√≥n, un hombre de paja encargado de efectuar el servicio. Todo est√° tan bien dispuesto, que a uno no pueden por menos que alegr√°rsele las pajarillas. Descansa aqu√≠ – ¬°esto s√≠ que es triste! -, descansa aqu√≠ un hombre que se pas√≥ sesenta y siete a√Īos reflexionando sobre la manera de tener una buena ocurrencia. Vivi√≥ s√≥lo para esto, y al cabo le vino la idea, verdaderamente buena a su juicio, y le dio una alegr√≠a tal, que se muri√≥ de ella, con lo que nadie pudo aprovecharse, pues a nadie la comunic√≥. Y mucho me temo que por causa de aquella buena idea no encuentre reposo en la tumba; pues suponiendo que no se trate de una ocurrencia de esas que s√≥lo pueden decirse a la hora del desayuno – pues de otro modo no producen efecto -, y de que √©l, como buen difunto, y seg√ļn es general creencia, s√≥lo puede aparecerse a medianoche, resulta que no siendo la ocurrencia adecuada para dicha hora, nadie se r√≠e, y el hombre tiene que volverse a la sepultura con su buena idea. Es una tumba realmente triste. Aqu√≠ reposa una mujer codiciosa. En vida se levantaba por la noche a maullar para hacer creer a los vecinos que ten√≠a gatos; ¬°hasta tanto llegaba su avaricia! Aqu√≠ yace una se√Īorita de buena familia; se mor√≠a por lucir la voz en las veladas de sociedad, y entonces cantaba una canci√≥n italiana que dec√≠a: ¬ęMi manca la voce!¬Ľ (¬ę¬°Me falta la voz!¬Ľ). Es la √ļnica verdad que dijo en su vida. Yace aqu√≠ una doncella de otro cu√Īo. Cuando el canario del coraz√≥n empieza a cantar, la raz√≥n se tapa los o√≠dos con los dedos. La hermosa doncella entr√≥ en la gloria del matrimonio… Es √©sta una historia de todos los d√≠as, y muy bien contada adem√°s. ¬°Dejemos en paz a los muertos! Aqu√≠ reposa una viuda, que ten√≠a miel en los labios y bilis en el coraz√≥n. Visitaba las familias a la caza de los defectos del pr√≥jimo, de igual manera que en d√≠as pret√©ritos el ¬ęamigo polic√≠a¬Ľ iba de un lado a otro en busca de una placa de cloaca que no estaba en su sitio. Tenemos aqu√≠ un pante√≥n de familia. Todos los miembros de ella estaban tan concordes en sus opiniones, que aun cuando el mundo entero y el peri√≥dico dijesen: ¬ęEs as√≠¬Ľ, si el benjam√≠n de la casa dec√≠a, al llegar de la escuela: ¬ęPues yo lo he o√≠do de otro modo¬Ľ, su afirmaci√≥n era la √ļnica fidedigna, pues el chico era miembro de la familia. Y no hab√≠a duda: si el gallo del corral acertaba a cantar a media noche, era se√Īal de que romp√≠a el alba, por m√°s que el vigilante y todos los relojes de la ciudad se empe√Īasen en decir que era medianoche. El gran Goethe cierra su Fausto con estas palabras: ¬ęPuede continuarse¬Ľ, Lo mismo podr√≠amos decir de nuestro paseo por el cementerio. Yo voy all√≠ con frecuencia; cuando alguno de mis amigos, o de mis no amigos se pasa de la raya conmigo, me voy all√≠, busco un buen trozo de c√©sped y se lo consagro, a √©l o a ella, a quien sea que quiero enterrar, y lo entierro enseguida; y all√≠ se est√°n muertecitos e impotentes hasta que resucitan, nuevecitos y mejores. Su vida y sus acciones, miradas desde mi atalaya, las escribo en mi libro funerario. Y as√≠ debieran proceder todas las personas; no tendr√≠an que encolerizarse cuando alguien les juega una mala pasada, sino enterrarlo enseguida, conservar el buen humor y el ¬ęNoticiero¬Ľ, este peri√≥dico escrito por el pueblo mismo, aunque a veces inspirado por otros. Cuando suene la hora de encuadernarme con la historia de mi vida y depositarme en la tumba, poned esta inscripci√≥n: ¬ęUn hombre de buen humor¬Ľ. √Čsta es mi historia.

Cada cosa en su sitio

Hace de esto m√°s de cien a√Īos. Detr√°s del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crec√≠an ca√Īaverales, juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se inclinaban sobre las ca√Īas. Desde el valle llegaban sones de cuernos y trotes de caballos; por eso la zagala se daba prisa en sacar los gansos del puente antes de que llegase la partida de cazadores. Ven√≠a √©sta a todo galope, y la muchacha hubo de subirse de un brinco a una de las altas piedras que sobresal√≠an junto al puente, para no ser atropellada. Era casi una ni√Īa, delgada y flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos maravillosamente l√≠mpidos. Mas el noble caballero no repar√≥ en ellos; a pleno galope, blandiendo el l√°tigo, por puro capricho dio con √©l en el pecho de la pastora, con tanta fuerza que la derrib√≥.

  • ¬°Cada cosa en su sitio! -exclam√≥-. ¬°El tuyo es el estercolero! -y solt√≥ una carcajada, pues el chiste le pareci√≥ gracioso, y los dem√°s le hicieron coro. Todo el grupo de cazadores prorrumpi√≥ en un estruendoso griter√≠o, al que se sumaron los ladridos de los perros. Era lo que dice la canci√≥n:

¬ę¬°Borrachas llegan las ricas aves!¬Ľ. Dios sabe lo rico que era. La pobre muchacha, al caer, se agarr√≥ a una de las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En cuanto los se√Īores y la jaur√≠a hubieron desaparecido por la puerta, ella trat√≥ de salir de su atolladero, pero la rama se quebr√≥, y la muchachita cay√≥ en medio del ca√Īaveral, sintiendo en el mismo momento que la sujetaba una mano robusta. Era un buhonero, que, habiendo presenciado toda la escena desde alguna distancia, corri√≥ en su auxilio.

  • ¬°Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al noble en tono de burla y poniendo a la muchacha en un lugar seco. Luego intent√≥ volver a adherir la rama quebrada al √°rbol; pero eso de ¬ęcada cosa en su sitio¬Ľ no siempre tiene aplicaci√≥n, y as√≠ la clav√≥ en la tierra reblandecida -. Crece si puedes; crece hasta convertirte en una buena flauta para la gente del castillo -. Con ello quer√≠a augurar al noble y los suyos un bien merecido castigo. Subi√≥ despu√©s al palacio, aunque no pas√≥ al sal√≥n de fiestas; no era bastante distinguido para ello. S√≥lo le permitieron entrar en la habitaci√≥n de la servidumbre, donde fueron examinadas sus mercanc√≠as y discutidos los precios. Pero del sal√≥n donde se celebraba el banquete llegaba el griter√≠o y alboroto de lo que quer√≠an ser canciones; no sab√≠an hacerlo mejor. Resonaban las carcajadas y los ladridos de los perros. Se com√≠a y beb√≠a con el mayor desenfreno. El vino y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los canes favoritos participaban en el fest√≠n; los se√Īoritos los besaban despu√©s de secarles el hocico con las largas orejas colgantes. El buhonero fue al fin introducido en el sal√≥n, con sus mercanc√≠as; s√≥lo quer√≠an divertirse con √©l. El vino se les hab√≠a subido a la cabeza, expulsando de ella a la raz√≥n. Le sirvieron cerveza en un calcet√≠n para que bebiese con ellos, ¬°pero deprisa! Una ocurrencia por dem√°s graciosa, como se ve. Reba√Īos enteros de ganado, cortijos con sus campesinos fueron jugados y perdidos a una sola carta.
  • ¬°Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero cuando hubo podido escapar sano y salvo de aquella Sodoma y Gomorra, como √©l la llam√≥-. Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no all√° arriba -. Y desde el vallado se despidi√≥ de la zagala con un gesto de la mano.

Pasaron d√≠as y semanas, y aquella rama quebrada de sauce que el buhonero plantara junto al foso, segu√≠a verde y lozana; incluso sal√≠an de ella nuevos v√°stagos. La doncella vio que hab√≠a echado ra√≠ces, lo cual le produjo gran contento, pues le parec√≠a que era su propio √°rbol. Y as√≠ fue prosperando el joven sauce, mientras en la propiedad todo deca√≠a y marchaba del rev√©s, a fuerza de francachelas y de juego: dos ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar el carro. No hab√≠an transcurrido a√ļn seis a√Īos, cuando el noble hubo de abandonar su propiedad convertido en pordiosero, sin m√°s haber que un saco y un bast√≥n. La compr√≥ un rico buhonero, el mismo que un d√≠a fuera objeto de las burlas de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron cerveza en un calcet√≠n. Pero la honradez y la laboriosidad llaman a los vientos favorables, y ahora el comerciante era due√Īo de la noble mansi√≥n. Desde aquel momento quedaron desterrados de ella los naipes. – ¬°Mala cosa! dec√≠a el nuevo due√Īo-. Viene de que el diablo, despu√©s que hubo le√≠do la Biblia, quiso fabricar una caricatura de ella e ideo el juego de cartas. El nuevo se√Īor contrajo matrimonio – ¬Ņcon qui√©n dir√≠as? – Pues con la zagala, que se hab√≠a conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus nuevos vestidos aparec√≠a tan pulcra y distinguida como si hubiese nacido en noble cuna. ¬ŅC√≥mo ocurri√≥ la cosa? Bueno, para nuestros tiempos tan ajetreados ser√≠a √©sta una historia demasiado larga, pero el caso es que sucedi√≥; y ahora viene lo m√°s importante. En la antigua propiedad todo marchaba a las mil maravillas; la madre cuidaba del gobierno dom√©stico, y el padre, de las faenas agr√≠colas. Llov√≠an sobre ellos las bendiciones; la prosperidad llama a la prosperidad. La vieja casa se√Īorial fue reparada y embellecida; se limpiaron los fosos y se plantaron en ellos √°rboles frutales; la casa era c√≥moda, acogedora, y el suelo, brillante y limp√≠simo. En las veladas de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y lino en el gran sal√≥n, y los domingos se le√≠a la Biblia en alta voz, encarg√°ndose de ello el Consejero comercial, pues a esta dignidad hab√≠a sido elevado el ex-buhonero en los √ļltimos a√Īos de su vida. Crec√≠an los hijos – pues hab√≠an venido hijos -, y todos recib√≠an buena instrucci√≥n, aunque no todos eran inteligentes en el mismo grado, como suele suceder en las familias. La rama de sauce se hab√≠a convertido en un √°rbol exuberante, y crec√≠a en plena libertad, sin ser podado. – ¬°Es nuestro √°rbol familiar! -dec√≠a el anciano matrimonio, y no se cansaban de recomendar a sus hijos, incluso a los m√°s ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen siempre. Y ahora dejamos transcurrir cien a√Īos. Estamos en los tiempos presentes. El lago se hab√≠a transformado en un cenagal, y de la antigua mansi√≥n nobiliaria apenas quedaba vestigio: una larga charca, con unas ruinas de piedra en uno de sus bordes, era cuanto subsist√≠a del profundo foso, en el que se levantaba un espl√©ndido √°rbol centenario de ramas colgantes: era el √°rbol familiar. All√≠ segu√≠a, mostrando lo hermoso que puede ser un sauce cuando se lo deja crecer en libertad. Cierto que ten√≠a hendido el tronco desde la ra√≠z hasta la copa, y que la tempestad lo hab√≠a torcido un poco; pero viv√≠a, y de todas sus grietas y desgarraduras, en las que el viento y la intemperie hab√≠an depositado tierra fecunda, brotaban flores y hierbas; principalmente en lo alto, all√≠ donde se separaban las grandes ramas, se hab√≠a formado una especie de jardincito colgante de frambuesas y otras plantas, que suministran alimento a los pajarillos; hasta un gracioso acerolo hab√≠a echado all√≠ ra√≠ces y se levantaba, esbelto y distinguido, en medio del viejo sauce, que se miraba en las aguas negras cada vez que el viento barr√≠a las lentejas acu√°ticas y las arrinconaba en un √°ngulo de la charca. Un estrecho sendero pasaba a trav√©s de los campos se√Īoriales, como un trazo hecho en una superficie s√≥lida. En la cima de la colina lindante con el bosque, desde la cual se dominaba un soberbio panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso y suntuoso, con cristales tan transparentes, que habr√≠ase dicho que no los hab√≠a. La gran escalinata frente a la puerta principal parec√≠a una galer√≠a de follaje, un tejido de rosas y plantas de amplias hojas. El c√©sped era tan limpio y verde como si cada ma√Īana y cada tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la m√°s √≠nfima brizna de hierba seca. En el interior del palacio, valiosos cuadros colgaban de las paredes, y hab√≠a sillas y divanes tapizados de terciopelo y seda, que parec√≠an capaces de moverse por sus propios pies; mesas con tablero de blanco m√°rmol y libros encuadernados en tafilete con cantos de oro… Era gente muy rica la que all√≠ resid√≠a, gente noble: eran barones.

 

Cinco en una vaina

Cinco guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde tambi√©n, cre√≠an que el mundo entero era verde, y ten√≠an toda la raz√≥n. Creci√≥ la vaina y crecieron los guisantes; para aprovechar mejor el espacio, se pusieron en fila. Por fuera luc√≠a el sol y calentaba la vaina, mientras la lluvia la limpiaba y volv√≠a transparente. El interior era tibio y confortable, hab√≠a claridad de d√≠a y oscuridad de noche, tal y como debe ser; y los guisantes, en la vaina, iban creciendo y se entregaban a sus reflexiones, pues en algo deb√≠an ocuparse. – ¬ŅNos pasaremos toda la vida metidos aqu√≠? dec√≠an-. ¬°Con tal de que no nos endurezcamos a fuerza de encierro! Me da la impresi√≥n de que hay m√°s cosas all√° fuera; es como un presentimiento. Y fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, tambi√©n.

  • ¬°El mundo entero se ha vuelto amarillo! exclamaron; y pod√≠an afirmarlo sin reservas.

Un día sintieron un tirón en la vaina; había sido arrancada por las manos de alguien, y, junto con otras, vino a encontrarse en el bolsillo de una chaqueta.

  • Pronto nos abrir√°n -dijeron los guisantes, afanosos de que llegara el ansiado momento. – Me gustar√≠a saber qui√©n de nosotros llegar√° m√°s lejos -dijo el menor de los cinco-. No tardaremos en saberlo.
  • Ser√° lo que haya de ser -contest√≥ el mayor.

¡Zas!, estalló la vaina y los cinco guisantes salieron rodando a la luz del sol. Estaban en una mano infantil; un chiquillo los sujetaba fuertemente, y decía que estaban como hechos a medida para su cerbatana. Y metiendo uno en ella, sopló.

  • ¬°Heme aqu√≠ volando por el vasto mundo!

¡Alcánzame, si puedes! -y salió disparado.

  • Yo me voy directo al Sol -dijo el segundo-. Es una vaina como Dios manda, y que me ir√° muy bien-. Y all√° se fue.
  • Cuando lleguemos a nuestro destino podremos descansar un rato -dijeron los dos siguientes-, pero nos queda a√ļn un buen trecho para rodar-, y, en efecto, rodaron por el suelo antes de ir a parar a la cerbatana, pero al fin dieron en ella-. ¬°Llegaremos m√°s lejos que todos!
  • ¬°Ser√° lo que haya de ser! – dijo el √ļltimo al sentirse proyectado a las alturas. Fue a dar contra la vieja tabla, bajo la ventana de la buhardilla, justamente en una grieta llena de musgo y mullida tierra, y el musgo lo envolvi√≥ amorosamente. Y all√≠ se qued√≥ el guisante oculto, pero no olvidado de Dios.
  • ¬°Ser√° lo que haya de ser! – repiti√≥.

Viv√≠a en la buhardilla una pobre mujer que se ausentaba durante la jornada para dedicarse a limpiar estufas, aserrar madera y efectuar otros trabajos pesados, pues no le faltaban fuerzas ni √°nimos, a pesar de lo cual segu√≠a en la pobreza. En la reducida habitaci√≥n quedaba s√≥lo su √ļnica hija, mocita delicada y linda que llevaba un a√Īo en cama, luchando entre la vida y la muerte.¬† – ¬°Se ir√° con su hermanita! -suspiraba la mujer-. Tuve dos hijas, y muy duro me fue cuidar de las dos, hasta que el buen Dios quiso compartir el trabajo conmigo y se me llev√≥ una. Bien quisiera yo ahora que me dejase la que me queda, pero seguramente a √Čl no le parece bien que est√©n separadas, y se llevar√° a √©sta al cielo, con su hermana. Pero la doliente muchachita no se mor√≠a; se pasaba todo el santo d√≠a resignada y quieta, mientras su madre estaba fuera, a ganar el pan de las dos. Lleg√≥ la primavera; una ma√Īana, temprano a√ļn, cuando la madre se dispon√≠a a marcharse a la faena, el sol entr√≥ piadoso a la habitaci√≥n por la ventanuca y se extendi√≥ por el suelo, y la ni√Īa enferma dirigi√≥ la mirada al cristal inferior.

  • ¬ŅQu√© es aquello verde que asoma junto al cristal y que mueve el viento?

La madre se acerc√≥ a la ventana y la entreabri√≥. – ¬°Mira! -dijo-, es una planta de guisante que ha brotado aqu√≠ con sus hojitas verdes. ¬ŅC√≥mo llegar√≠a a esta rendija? Pues tendr√°s un jardincito en que recrear los ojos. Acerc√≥ la camita de la enferma a la ventana, para que la ni√Īa pudiese contemplar la tierna planta, y la madre se march√≥ al trabajo.

  • ¬°Madre, creo que me repondr√©! -exclam√≥ la chiquilla al atardecer-. ¬°El sol me ha calentado tan bien, hoy! El guisante crece a las mil maravillas, y tambi√©n yo saldr√© adelante y me repondr√© al calor del sol.
  • ¬°Dios lo quiera! -suspir√≥ la madre, que abrigaba muy pocas esperanzas. Sin embargo, puso un palito al lado de la tierna planta que tan buen √°nimo hab√≠a infundido a su hija, para evitar que el viento la estropease. Sujet√≥ en la tabla inferior un bramante, y lo at√≥ en lo alto del marco de la ventana, con objeto de que la planta tuviese un punto de apoyo donde enroscar sus zarcillos a medida que se encaramase. Y, en efecto, se ve√≠a crecer d√≠a tras d√≠a.
  • ¬°Dios m√≠o, hasta flores echa! -exclam√≥ la madre una ma√Īana- y entr√≥le entonces la esperanza y la creencia de que su ni√Īa enferma se repondr√≠a. Record√≥ que en aquellos √ļltimos tiempos la peque√Īa hab√≠a hablado con mayor animaci√≥n; que desde hac√≠a varias ma√Īanas se hab√≠a sentado sola en la cama, y, en aquella posici√≥n, se hab√≠a pasado horas contemplando con ojos radiantes el jardincito formado por una √ļnica planta de guisante.

La semana siguiente la enferma se levantó por primera vez una hora, y se estuvo, feliz, sentada al sol, con la ventana abierta; y fuera se había abierto también una flor de guisante, blanca y roja. La chiquilla, inclinando la cabeza, besó amorosamente los delicados pétalos. Fue un día de fiesta para ella.

  • ¬°Dios misericordioso la plant√≥ y la hizo crecer para darte esperanza y alegr√≠a, hijita! – dijo la madre, radiante, sonriendo a la flor como si fuese un √°ngel bueno, enviado por Dios.

Pero, ¬Ņy los otros guisantes? Pues ver√°s: Aquel que sali√≥ volando por el amplio mundo, diciendo: ¬ę¬°Alc√°nzame si puedes!¬Ľ, cay√≥ en el canal√≥n del tejado y fue a parar al buche de una paloma, donde encontr√≥se como Jon√°s en el vientre de la ballena. Los dos perezosos tuvieron la misma suerte; fueron tambi√©n pasto de las palomas, con lo cual no dejaron de dar un cierto rendimiento positivo. En cuanto al cuarto, el que pretend√≠a volar hasta el Sol, fue a caer al vertedero, y all√≠ estuvo d√≠as y semanas en el agua sucia, donde se hinch√≥ horriblemente.

  • ¬°C√≥mo engordo! -exclamaba satisfecho-. Acabar√© por reventar, que es todo lo que puede hacer un guisante. Soy el m√°s notable de los cinco que crecimos en la misma vaina.

Y el vertedero dio su beneplácito a aquella opinión. Mientras tanto, allá, en la ventana de la buhardilla, la muchachita, con los ojos radiantes y el brillo de la salud en las mejillas, juntaba sus hermosas manos sobre la flor del guisante y daba gracias a Dios. РEl mejor guisante es el mío -seguía diciendo el vertedero.

Col√°s el chico y Col√°s el grande

Viv√≠an en un pueblo dos hombres que se llamaban igual: Col√°s, pero el uno ten√≠a cuatro caballos, y el otro, solamente uno. Para distinguirlos llamaban Col√°s el Grande al de los cuatro caballos, y Col√°s el Chico al otro, due√Īo de uno solo. Vamos a ver ahora lo que les pas√≥ a los dos, pues es una historia verdadera. Durante toda la semana, Col√°s el Chico ten√≠a que arar para el Grande, y prestarle su √ļnico caballo; luego Col√°s el Grande prestaba al otro sus cuatro caballos, pero s√≥lo una vez a la semana: el domingo. ¬°Hab√≠a que ver a Col√°s el Chico haciendo restallar el l√°tigo sobre los cinco animales! Los miraba como suyos, pero s√≥lo por un d√≠a. Brillaba el sol, y las campanas de la iglesia llamaban a misa; la gente, endomingada, pasaba con el devocionario bajo el brazo para escuchar al predicador, y ve√≠a a Col√°s el Chico labrando con sus cinco caballos; y al hombre le daba tanto gusto que lo vieran as√≠, que, pegando un nuevo latigazo, gritaba: ¬ę¬°Oho! ¬°Mis caballos!¬Ľ – No debes decir esto -reprendi√≥le Col√°s el Grande-. S√≥lo uno de los caballos es tuyo. Pero en cuanto volv√≠a a pasar gente, Col√°s el Chico, olvid√°ndose de que no deb√≠a decirlo, volv√≠a a gritar: ¬ę¬°Oho! ¬°Mis caballos!¬Ľ.

  • Te lo advierto por √ļltima vez -dijo Col√°s el Grande-. Como lo repitas, le arreo un trastazo a tu caballo que lo dejo seco, y todo eso te habr√°s ganado.
  • Te prometo que no volver√© a decirlo respondi√≥ Col√°s el Chico. Pero pas√≥ m√°s gente que lo salud√≥ con un gesto de la cabeza y nuestro hombre, muy orondo, pensando que era realmente de buen ver el que tuviese cinco caballos para arar su campo, volvi√≥ a restallar el l√°tigo, exclamando: ¬ę¬°Oho! ¬°Mis caballos!¬Ľ.
  • ¬°Ya te dar√© yo tus caballos! -grit√≥ el otro, y, agarrando un mazo, diole en la cabeza al de Col√°s el Chico, y lo mat√≥.
  • ¬°Ay! ¬°Me he quedado sin caballo! -se lament√≥ el pobre Col√°s, ech√°ndose a llorar. Luego lo despellej√≥, puso la piel a secar al viento, meti√≥la en un saco, que se carg√≥ a la espalda, y emprendi√≥ el camino de la ciudad para ver si la vend√≠a.

La distancia era muy larga; tuvo que atravesar un gran bosque oscuro, y como el tiempo era muy malo, se extravi√≥, y no volvi√≥ a dar con el camino hasta que anochec√≠a; ya era tarde para regresar a su casa o llegar a la ciudad antes de que cerrase la noche. ¬† A muy poca distancia del camino hab√≠a una gran casa de campo. Aunque los postigos de las ventanas estaban cerrados, por las rendijas se filtraba luz. ¬ęEsa gente me permitir√° pasar la noche aqu√≠¬Ľ, pens√≥ Col√°s el Chico, y llam√≥ a la puerta. Abri√≥ la due√Īa de la granja, pero al o√≠r lo que ped√≠a el forastero le dijo que siguiese su camino, pues su marido estaba ausente y no pod√≠a admitir a desconocidos.

  • Bueno, no tendr√© m√°s remedio que pasar la noche fuera -dijo Col√°s, mientras la mujer le cerraba la puerta en las narices.

Hab√≠a muy cerca un gran mont√≥n de heno, y entre √©l y la casa, un peque√Īo cobertizo con tejado de paja.

  • Puedo dormir all√° arriba -dijo Col√°s el Chico, al ver el tejadillo-; ser√° una buena cama. No creo que a la cig√ľe√Īa se le ocurra bajar a picarme las piernas -pues en el tejado hab√≠a hecho su nido una aut√©ntica cig√ľe√Īa.

Subi√≥se nuestro hombre al cobertizo y se tumb√≥, volvi√©ndose ora de un lado ora del otro, en busca de una posici√≥n c√≥moda. Pero he aqu√≠ que los postigos no llegaban hasta lo alto de la ventana, y por ellos pod√≠a verse el interior. En el centro de la habitaci√≥n hab√≠a puesta una gran mesa, con vino, carne asada y un pescado de apetitoso aspecto. Sentados a la mesa estaban la aldeana y el sacrist√°n, ella le serv√≠a, y a √©l se le iban los ojos tras el pescado, que era su plato favorito. ¬† ¬ę¬°Qui√©n estuviera con ellos!¬Ľ, pens√≥ Col√°s el Chico, alargando la cabeza hacia la ventana. Y entonces vio que habla adem√°s un soberbio pastel. ¬°Qu√© banquete, santo Dios! Oy√≥ entonces en la carretera el trote de un caballo que se dirig√≠a a la casa; era el marido de la campesina, que regresaba. El marido era un hombre excelente, y todo el mundo lo apreciaba; s√≥lo ten√≠a un defecto: no pod√≠a ver a los sacristanes; en cuanto se le pon√≠a uno ante los ojos, entr√°bale una rabia loca. Por eso el sacrist√°n de la aldea hab√≠a esperado a que el marido saliera de viaje para visitar a su mujer, y ella le hab√≠a obsequiado con lo mejor que ten√≠a. Al o√≠r al hombre que volv√≠a asust√°ronse los dos, y ella pidi√≥ al sacrist√°n que se ocultase en un gran arc√≥n vac√≠o, pues sab√≠a muy bien la inquina de su esposo por los sacristanes. Apresur√≥se a esconder en el horno las sabrosas viandas y el vino, no fuera que el marido lo observara y le pidiera cuentas. – ¬°Qu√© pena! -suspir√≥ Col√°s desde el tejado del cobertizo, al ver que desaparec√≠a el banquete. – ¬ŅQui√©n anda por ah√≠? -pregunt√≥ el campesino mirando a Col√°s-. ¬ŅQu√© haces en la paja? Entra, que estar√°s mejor. Entonces Col√°s le cont√≥ que se hab√≠a extraviado, y le rog√≥ que le permitiese pasar all√≠ la noche.

  • No faltaba m√°s -respondi√≥le el labrador-, pero antes haremos algo por la vida.

La mujer recibió a los dos amablemente, puso la mesa y les sirvió una sopera de papillas. El campesino venía hambriento y comía con buen apetito, pero Nicolás no hacía sino pensar en aquel suculento asado, el pescado y el pastel escondidos en el horno. Debajo de la mesa había dejado el saco con la piel de caballo; ya sabemos que iba a la ciudad para venderla. Como las papillas se le atragantaban, oprimió el saco con el pie, y la piel seca produjo un chasquido.

  • ¬°Chit! -dijo Col√°s al saco, al mismo tiempo que volv√≠a a pisarlo y produc√≠a un chasquido m√°s ruidoso que el primero.
  • ¬°Oye! ¬ŅQu√© llevas en el saco? -pregunt√≥ el due√Īo de la casa. – Nada, es un brujo -respondi√≥ el otro-. Dice que no tenemos por qu√© comer papillas, con la carne asada, el pescado y el pastel que hay en el horno.
  • ¬ŅQu√© dices? -exclam√≥ el campesino, corriendo a abrir el horno, donde aparecieron todas las apetitosas viandas que la mujer hab√≠a ocultado, pero que √©l supuso que estaban all√≠ por obra del brujo. La mujer no se atrevi√≥ a abrir la boca; trajo los manjares a la mesa, y los dos hombres se regalaron con el pescado, el asado, y el dulce. Entonces Col√°s volvi√≥ a oprimir el saco, y la piel cruji√≥ de nuevo.
  • ¬ŅQu√© dice ahora? -pregunt√≥ el campesino.
  • Dice -respondi√≥ el muy p√≠caro- que tambi√©n ha hecho salir tres botellas de vino para nosotros; y que est√°n en aquel rinc√≥n, al lado del horno.

La mujer no tuvo más remedio que sacar el vino que había escondido, y el labrador bebió y se puso alegre. ¡Qué no hubiera dado, por tener un brujo como el que Colás guardaba en su saco!

  • ¬ŅEs capaz de hacer salir al diablo? -pregunt√≥-. Me gustar√≠a verlo, ahora que estoy alegre.
  • ¬°Claro que s√≠! -replic√≥ Col√°s-. Mi brujo hace cuanto le pido. ¬ŅVerdad, t√ļ? -pregunt√≥ pisando el saco y produciendo otro crujido-. ¬ŅOyes? Ha dicho que s√≠. Pero el diablo es muy feo; ser√° mejor que no lo veas.
  • No le tengo miedo. ¬ŅC√≥mo crees que es?
  • Pues se parece mucho a un sacrist√°n.
  • ¬°Uf! -exclam√≥ el campesino-. ¬°S√≠ que es feo! ¬ŅSabes?, una cosa que no puedo sufrir es ver a un sacrist√°n. Pero no importa. Sabiendo que es el diablo, lo podr√© tolerar por una vez. Hoy me siento con √°nimos; con tal que no se me acerque demasiado…
  • Como quieras, se lo pedir√© al brujo -, dijo Col√°s, y, pisando el saco, aplic√≥ contra √©l la oreja.
  • ¬ŅQu√© dice?
  • Dice que abras aquella arca y ver√°s al diablo; est√° dentro acurrucado. Pero no sueltes la tapa, que podr√≠a escaparse.
  • Ay√ļdame a sostenerla -pidi√≥le el campesino, dirigi√©ndose hacia el arca en que la mujer hab√≠a metido al sacrist√°n de carne y hueso, el cual se mor√≠a de miedo en su escondrijo.

El campesino levantó un poco la tapa con precaución y miró al interior.

  • ¬°Uy! -exclam√≥, pegando un salto atr√°s-. Ya lo he visto. ¬°Igual que un sacrist√°n! ¬°Espantoso!

Lo celebraron con unas copas y se pasaron buena parte de la noche empinando el codo.

  • Tienes que venderme el brujo -dijo el campesino-. Pide lo que quieras; te dar√© aunque sea una fanega de dinero.
  • No, no puedo -replic√≥ Col√°s-. Piensa en los beneficios que puedo sacar de este brujo.

-¡Me he encaprichado con él! ¡Véndemelo! insistió el otro, y siguió suplicando.

  • Bueno -av√≠nose al fin Col√°s-. Lo har√© porque has sido bueno y me has dado asilo esta noche. Te ceder√© el brujo por una fanega de dinero; pero ha de ser una fanega rebosante.
  • La tendr√°s -respondi√≥ el labriego-. Pero vas a llevarte tambi√©n el arca; no la quiero en casa ni un minuto m√°s. ¬°Qui√©n sabe si el diablo est√° a√ļn en ella!.

Colás el Chico dio al campesino el saco con la piel seca, y recibió a cambio una fanega de dinero bien colmada. El campesino le regaló todavía un carretón para transportar el dinero y el arca.

  • ¬°Adi√≥s! -dijo Col√°s, alej√°ndose con las monedas y el arca que conten√≠a al sacrist√°n.

Por el borde opuesto del bosque fluía un río caudaloso y muy profundo; el agua corría con tanta furia, que era imposible nadar a contra corriente. No hacía mucho que habían tendido sobre él un gran puente, y cuando Colás estuvo en la mitad dijo en voz alta, para que lo oyera el sacristán:

  • ¬ŅQu√© hago con esta caja tan inc√≥moda? Pesa como si estuviese llena de piedras. Ya me voy cansando de arrastrarla; la echar√© al r√≠o, Si va flotando hasta mi casa bien, y si no, no importa. Y la levant√≥ un poco con una mano, como para arrojarla al r√≠o.
  • ¬°Detente, no lo hagas! -grit√≥ el sacrist√°n desde dentro. D√©jame salir primero.
  • ¬°Dios me valga! -exclam√≥ Col√°s, simulando espanto-. ¬°Todav√≠a est√° aqu√≠! ¬°Ech√©moslo al r√≠o sin perder tiempo, que se ahogue!
  • ¬°Oh, no, no! -suplic√≥ el sacrist√°n-. Si me sueltas te dar√© una fanega de dinero.
  • Bueno, esto ya es distinto -acept√≥ Col√°s, abriendo el arca. El sacrist√°n se apresur√≥ a salir de ella, arroj√≥ el arca al agua y se fue a su casa, donde Col√°s recibi√≥ el dinero prometido. Con el que le hab√≠a entregado el campesino ten√≠a ahora el carret√≥n lleno.

¬ęMe he cobrado bien el caballo¬Ľ, se dijo cuando de vuelta a su casa, desparram√≥ el dinero en medio de la habitaci√≥n. ¬ę¬°La rabia que tendr√° Col√°s el Grande cuando vea que me he hecho rico con mi √ļnico caballo!; pero no se lo dir√©¬Ľ.

Dentro de mil a√Īos

S√≠, dentro de mil a√Īos la gente cruzar√° el oc√©ano, volando por los aires, en alas del vapor. Los j√≥venes colonizadores de Am√©rica acudir√°n a visitar la vieja Europa. Vendr√°n a ver nuestros monumentos y nuestras deca√≠das ciudades, del mismo modo que nosotros peregrinamos ahora para visitar las deca√≠das magnificencias del Asia Meridional. Dentro de mil a√Īos, vendr√°n ellos. El T√°mesis, el Danubio, el Rin, seguir√°n fluyendo a√ļn; el Mont-blanc continuar√° enhiesto con su nevada cumbre, la auroras boreales proyectar√°n sus brillantes resplandores sobre las tierras del Norte; pero una generaci√≥n tras otra se ha convertido en polvo, series enteras de moment√°neas grandezas han ca√≠do en el olvido, como aquellas que hoy dormitan bajo el t√ļmulo donde el rico harinero, en cuya propiedad se alza, se mand√≥ instalar un banco para contemplar desde all√≠ el ondeante campo de mieses que se extiende a sus pies. – ¬°A Europa! -exclamar√°n las j√≥venes generaciones americanas-. ¬°A la tierra de nuestros abuelos, la tierra santa de nuestros recuerdos y nuestras fantas√≠as! ¬°A Europa! Llega la aeronave, llena de viajeros, pues la traves√≠a es m√°s r√°pida que por el mar; el cable electromagn√©tico que descansa en el fondo del oc√©ano ha telegrafiado ya dando cuenta del n√ļmero de los que forman la caravana a√©rea. Ya se avista Europa, es la costa de Irlanda la que se vislumbra, pero los pasajeros duermen todav√≠a; han avisado que no se les despierte hasta que est√©n sobre Inglaterra. All√≠ pisar√°n el suelo de Europa, en la tierra de Shakespeare, como la llaman los hombres de letras; en la tierra de la pol√≠tica y de las m√°quinas, como la llaman otros. La visita durar√° un d√≠a: es el tiempo que la apresurada generaci√≥n concede a la gran Inglaterra y a Escocia. El viaje prosigue por el t√ļnel del canal hacia Francia, el pa√≠s de Carlomagno y de Napole√≥n. Se cita a Moli√®re, los eruditos hablan de una escuela cl√°sica y otra rom√°ntica, que florecieron en tiempos remotos, y se encomia a h√©roes, vates y sabios que nuestra √©poca desconoce, pero que m√°s tarde nacieron sobre este cr√°ter de Europa que es Par√≠s. La aeronave vuela por sobre la tierra de la que sali√≥ Col√≥n, la cuna de Cort√©s, el escenario donde Calder√≥n cant√≥ sus dramas en versos armoniosos; hermosas mujeres de negros ojos viven a√ļn en los valles floridos, y en estrofas antiqu√≠simas se recuerda al Cid y la Alhambra. Surcando el aire, sobre el mar, sigue el vuelo hacia Italia, asiento de la vieja y eterna Roma. Hoy est√° deca√≠da, la Campagna es un desierto; de la iglesia de San Pedro s√≥lo queda un muro solitario, y aun se abrigan dudas sobre su autenticidad. Y luego a Grecia, para dormir una noche en el lujoso hotel edificado en la cumbre del Olimpo; poder decir que se ha estado all√≠, viste mucho. El viaje prosigue por el B√≥sforo, con objeto de descansar unas horas y visitar el sitio donde anta√Īo se alz√≥ Bizancio. Pobres pescadores lanzan sus redes all√≠ donde la leyenda cuenta que estuvo el jard√≠n del har√©n en tiempos de los turcos. Contin√ļa el itinerario a√©reo, volando sobre las ruinas de grandes ciudades que se levantaron a orillas del caudaloso Danubio, ciudades que nuestra √©poca no conoce a√ļn; pero aqu√≠ y all√° – sobre lugares ricos en recuerdos que alg√ļn d√≠a saldr√°n del seno del tiempo – se posa la caravana para reemprender muy pronto el vuelo. Al fondo se despliega Alemania – otrora cruzada por una dens√≠sima red de ferrocarriles y canales – el pa√≠s donde predic√≥ Lutero, cant√≥ Goethe y Mozart empu√Ī√≥ el cetro musical de su tiempo. Nombres ilustres brillaron en las ciencias y en las artes, nombres que ignoramos. Un d√≠a de estancia en Alemania y otro para el Norte, para la patria de √Ėrsted y Linneo, y para Noruega, la tierra de los antiguos h√©roes y de los hombres eternamente j√≥venes del Septentri√≥n. Islandia queda en el itinerario de regreso; el g√©iser ya no bulle, y el Hecla est√° extinguido, pero como la losa eterna de la leyenda, la prepotente isla rocosa sigue inc√≥lume en el mar brav√≠o. – Hay mucho que ver en Europa -dice el joven americano- y lo hemos visto en ocho d√≠as. Se puede hacer muy bien, como el gran viajero – aqu√≠ se cita un nombre conocido en aquel tiempo – ha demostrado en su famosa obra: C√≥mo visitar Europa en ocho d√≠as.

Dos pisones

¬ŅHas visto alguna vez un pis√≥n? Me refiero a esta herramienta que sirve para apisonar el pavimento de las calles. Es de madera todo √©l, ancho por debajo y reforzado con aros de hierro; de arriba estrecho, con un palo que lo atraviesa, y que son los brazos. En el cobertizo de las herramientas hab√≠a dos pisonas, junto con palas, cubos y carretillas; hab√≠a llegado a sus o√≠dos el rumor de que las ¬ępisonas¬Ľ no se llamar√≠an en adelante as√≠, sino ¬ęapisonadoras¬Ľ, vocablo que, en la jerga de los picapedreros, es el t√©rmino m√°s nuevo y apropiado para, designar lo que anta√Īo llamaban pisonas. Ahora bien; entre nosotros, los seres humanos, hay lo que llamamos ¬ęmujeres emancipadas¬Ľ, entre las cuales se cuentan directoras de colegios, comadronas, bailarinas – que por su profesi√≥n pueden sostenerse sobre una pierna -, modistas y enfermeras; y a esta categor√≠a de ¬ęemancipadas¬Ľ se sumaron tambi√©n las dos ¬ępisonas¬Ľ del cobertizo; la Administraci√≥n de obras p√ļblicas las llamaba ¬ępisonas¬Ľ, y en modo alguno se aven√≠an a renunciar a su antiguo nombre y cambiarlo por el de ¬ęapisonadoras¬Ľ.

  • Pis√≥n es un nombre de persona – dec√≠an -, mientras que ¬ęapisonadora¬Ľ lo es de cosa, y no toleraremos que nos traten como una simple cosa; ¬°esto es ofendernos!
  • Mi prometido est√° dispuesto a romper el compromiso – a√Īadi√≥ la m√°s joven, que ten√≠a por novio a un martinete, una especie de m√°quina para clavar estacas en el suelo, o sea, que hace en forma tosca lo que la pisona en forma delicada -. Me quiere como pisona, pero no como apisonadora, por lo que en modo alguno puedo permitir que me cambien el nombre.
  • ¬°Ni yo! – dijo la mayor -. Antes dejar√© que me corten los brazos.

La carretilla, sin embargo, sustentaba otra opinión; y no se crea de ella que fuera un don nadie; se consideraba como una cuarta parte de coche, pues corría sobre una rueda.

  • Debo advertirles que el nombre de pisonas es bastante ordinario, y mucho menos distinguido que el de apisonadora, pues este nuevo apelativo les da cierto parentesco con los sellos, y s√≥lo con que piensen en el sello que llevan las leyes, ver√°n que sin √©l no son tales. Yo, en su lugar, renunciar√≠a al nombre de pisona.
  • ¬°Jam√°s! Soy demasiado vieja para eso – dijo la mayor.
  • Seguramente usted ignora eso que se llama

¬ęnecesidad europea¬Ľ – intervino el honrado y viejo cubo -. Hay que mantenerse dentro de sus l√≠mites, supeditarse, adaptarse a las exigencias de la √©poca, y si sale una ley por la cual la pisona debe llamarse apisonadora, pues a llamarse apisonadora tocan. Cada cosa tiene su medida.

  • En tal caso preferir√≠a llamarme se√Īorita, si es que de todos modos he de cambiar de nombre – dijo la joven -. Se√Īorita sabe siempre un poco a pisona.
  • Pues yo antes me dejar√© reducir a astillas – proclam√≥ la vieja. En esto lleg√≥ la hora de ir al trabajo; las pisonas fueron cargadas en la carretilla, lo cual supon√≠a una atenci√≥n; pero las llamaron apisonadoras.
  • ¬°Pis! – exclamaban al golpear sobre el pavimento -, ¬°pis! -, y estaban a punto de acabar de pronunciar la palabra ¬ępisona¬Ľ, pero se mord√≠an los labios y se tragaban el vocablo, pues se daban cuenta de que no pod√≠an contestar. Pero entre ellas siguieron llam√°ndose pisonas, alabando los viejos tiempos en que cada cosa era llamada por su nombre, y cuando una era pisona la llamaban pisona; y en eso quedaron las dos, pues el martinete, aquella maquinaza, rompi√≥ su compromiso con la joven, neg√°ndose a casarse con una apisonadora.

 

 El abecedario

√Črase una vez un hombre que hab√≠a compuesto versos para el abecedario, siempre dos para cada letra, exactamente como vemos en la antigua cartilla. Dec√≠a que hac√≠a falta algo nuevo, pues los viejos pareados estaban muy sobados, y los suyos le parec√≠an muy bien. Por el momento, el nuevo abecedario estaba s√≥lo en manuscrito, guardado en el gran armario- librer√≠a, junto a la vieja cartilla impresa; aquel armario que conten√≠a tantos libros eruditos y entretenidos. Pero el viejo abecedario no quer√≠a por vecino al nuevo, y hab√≠a saltado en el anaquel pegando un empell√≥n al intruso, el cual cay√≥ al suelo, y all√≠ estaba ahora con todas las hojas dispersas. El viejo abecedario hab√≠a vuelto hacia arriba la primera p√°gina, que era la m√°s importante, pues en ella estaban todas las letras, grandes y peque√Īas. Aquella hoja conten√≠a todo lo que constituye la vida de los dem√°s libros: el alfabeto, las letras que, qui√©rase o no, gobiernan al mundo. ¬°Qu√© poder m√°s terrible! Todo depende de c√≥mo se las dispone: pueden dar la vida, pueden condenar a muerte; alegrar o entristecer. Por s√≠ solas nada son, pero ¬°puestas en fila y ordenadas!… Cuando Nuestro Se√Īor las hace int√©rpretes de su pensamiento, leemos m√°s cosas de las que nuestra mente puede contener y nos inclinamos profundamente, pero las letras son capaces de contenerlas. Pues all√≠ estaban, cara arriba. El gallo de la A may√ļscula luc√≠a sus plumas rojas, azules y verdes. Hinchaba el pecho muy ufano, pues sab√≠a lo que significaban las letras, y era el √ļnico viviente entre ellas. Al caer al suelo el viejo abecedario, el gallo bati√≥ de alas, subi√≥se de una volada a un borde del armario y, despu√©s de alisarse las plumas con el pico, lanz√≥ al aire un penetrante quiquiriqu√≠. Todos los libros del armario, que, cuando no estaban de servicio, se pasaban el d√≠a y la noche dormitando, oyeron la estridente trompeta. Y entonces el gallo se puso a discursear, en voz clara y perceptible, sobre la injusticia que acababa de cometerse con el viejo abecedario. – Por lo visto ahora ha de ser todo nuevo, todo diferente – dijo -. El progreso no puede detenerse. Los ni√Īos son tan listos, que saben leer antes de conocer las letras. ¬ę¬°Hay que darles algo nuevo!¬Ľ, dijo el autor de los nuevos versos, que yacen esparcidos por el suelo. ¬°Bien los conozco! M√°s de diez veces se los o√≠ leer en alta voz. ¬°C√≥mo gozaba el hombre! Pues no, yo defender√© los m√≠os, los antiguos, que son tan buenos, y las ilustraciones que los acompa√Īan. Por ellos luchar√© y cantar√©. Todos los libros del armario lo saben bien. Y ahora voy a leer los de nueva composici√≥n. Los leer√© con toda pausa y tranquilidad, y creo que estaremos todos de acuerdo en lo malos que son.

  1. Ama

Sale el ama endomingada Por un ni√Īo ajeno honrada.

  1. Barquero

Pasó penas y fatigas el barquero, Mas ahora reposa placentero. -Este pareado no puede ser más soso. Рdijo el gallo РPero sigo leyendo.

  1. Colón

Lanzóse Colón al mar ingente, y ensanchóse la tierra enormemente.

  1. Dinamarca

De Dinamarca hay más de una saga bella, No cargue Dios la mano sobre ella. РMuchos encontrarán hermosos estos versos Рobservó el gallo Рpero yo no. No les veo nada de particular. Sigamos.

  1. Elefante

Con ímpetu y arrojo avanza el elefante, de joven corazón y buen talante.

  1. Follaje

Despójase el bosque del follaje En cuanto la tierra viste el blanco traje.

  1. Gorila

Por m√°s que traig√°is gorilas a la arena, se ven siempre tan torpes, que da pena.

  1. Hurra

¬°Cu√°ntas veces, gritando en nuestra tierra, puede un ¬ęhurra¬Ľ ser causa de una guerra! – ¬°C√≥mo va un ni√Īo a comprender estas alusiones! – protest√≥ el gallo -. Y, sin embargo, en la portada se lee: ¬ęAbecedario para grandes y chicos¬Ľ. Pero los mayores tienen que hacer algo m√°s que estarse leyendo versos en el abecedario, y los peque√Īos no lo entienden. ¬°Esto es el colmo! Adelante.

  1. Jilguero

Canta alegre en su rama el jilguero, de vivos colores y cuerpo ligero.

  1. León

En la selva, el le√≥n lanza su rugido; vedlo luego en la jaula entristecido. ¬† Ma√Īana (sol de) ¬† Por la ma√Īana sale el sol muy puntual, mas no porque cante el gallo en el corral. Ahora las emprende conmigo – exclam√≥ el gallo -. Pero yo estoy en buena compa√Ī√≠a, en compa√Ī√≠a del sol. Sigamos.

  1. Negro

Negro es el hombre del sol ecuatorial; por mucho que lo laven, siempre ser√° igual.

  1. Olivo

¬ŅCu√°l es la mejor hoja, lo sab√©is? A fe, la del olivo de la paloma de No√©.

  1. Pensador

En su mente, el pensador mueve todo el mundo, desde lo m√°s alto hasta lo m√°s profundo.

  1. Queso

El queso se utiliza en la cocina, donde con otros manjares se combina.

  1. Rosa

Entre las flores, es la rosa bella lo que en el cielo la m√°s brillante estrella.

  1. Sabiduría

Muchos creen poseer sabiduría cuando en verdad su mollera está vacía. Р¡Permitidme que cante un poco! Рdijo el gallo -. Con tanto leer se me acaban las fuerzas. He de tomar aliento -. Y se puso a cantar de tal forma, que no parecía sino una corneta de latón. Daba gusto oírlo Рal gallo, entendámonos -. Adelante.

  1. Tetera

La tetera tiene rango en la cocina, pero la voz del puchero es a√ļn m√°s fina.

  1. Urbanidad

Virtud indispensable es la urbanidad, si no se quiere ser un ogro en sociedad.   Ahí debe haber mucho fondo Рobservó el gallo -, pero no doy con él, por mucho que trato de profundizar.

  1. Valle de l√°grimas

Valle de l√°grimas es nuestra madre tierra. A ella iremos todos, en paz o en guerra. – ¬°Esto es muy crudo! – dijo el gallo.

  1. Xantipa

РAquí no ha sabido encontrar nada nuevo: En el matrimonio hay un arrecife, al que Sócrates da el nombre de Xantipe. РAl final, ha tenido que contentarse con Xantipe.

  1. Ygdrasil

En el √°rbol de Ygdrasil los dioses n√≥rdicos vivieron,¬† mas el √°rbol muri√≥ y ellos enmudecieron. – Estamos casi al final – dijo el gallo -. ¬°No es poco consuelo! Va el √ļltimo:

  1. Zephir

En dan√©s, el c√©firo es viento de Poniente, te hiela a trav√©s del pa√Īo m√°s caliente.

  • ¬°Por fin se acab√≥! Pero a√ļn no estamos al cabo de la calle. Ahora viene imprimirlo. Y luego leerlo. ¬°Y lo ofrecer√°n en sustituci√≥n de los venerables versos de mi viejo abecedario! ¬ŅQu√© dice la asamblea de libros eruditos e indoctos, monograf√≠as y manuales? ¬ŅQu√© dice la biblioteca? Yo he dicho; que hablen ahora los dem√°s.

Los libros y el armario permanecieron quietos, mientras el gallo volvía a situarse bajo su A, muy orondo.

  • He hablado bien, y cantado mejor. Esto no me lo quitar√° el nuevo abecedario. De seguro que fracasa. Ya ha fracasado. ¬°No tiene gallo!.

 

El abeto

All√° en el bosque hab√≠a un abeto, lindo y peque√Īito. Crec√≠a en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compa√Īeros mayores, tanto abetos como pinos. Pero el peque√Īo abeto s√≥lo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atend√≠a a los ni√Īos de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sent√°ndose junto al menudo abeto, dec√≠an: ¬ę¬°Qu√© peque√Īo y qu√© lindo es!¬Ľ. Pero el arbolito se enfurru√Īaba al o√≠rlo. Al a√Īo siguiente hab√≠a ya crecido bastante, y lo mismo al otro a√Īo, pues en los abetos puede verse el n√ļmero de a√Īos que tienen por los c√≠rculos de su tronco. ¬ę¬°Ay!, ¬Ņpor qu√© no he de ser yo tan alto como los dem√°s? -suspiraba el arbolillo-. Podr√≠a desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los p√°jaros har√≠an sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podr√≠a mecerlas e inclinarlas con la distinci√≥n y elegancia de los otros. √Čranle indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la ma√Īana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo. Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubr√≠a el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¬°Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos m√°s y el abeto hab√≠a crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. ¬ę¬°Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar a√Īos y a√Īos: esto es lo m√°s hermoso que hay en el mundo!¬Ľ, pensaba el √°rbol. En oto√Īo se presentaban indefectiblemente los le√Īadores y cortaban algunos de los √°rboles m√°s corpulentos. La cosa ocurr√≠a todos los a√Īos, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sent√≠a entonces un escalofr√≠o de horror, pues los magn√≠ficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los √°rboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habr√≠a reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque. ¬ŅAd√≥nde iban? ¬ŅQu√© suerte les aguardaba? En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cig√ľe√Īas, les pregunt√≥ el abeto:

  • ¬ŅNo sab√©is ad√≥nde los llevaron ¬ŅNo los hab√©is visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sab√≠an, pero la cig√ľe√Īa adopt√≥ una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

  • S√≠, creo que s√≠. Al venir de Egipto, me cruc√© con muchos barcos nuevos, que ten√≠an m√°stiles espl√©ndidos. Jurar√≠a que eran ellos, pues ol√≠an a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¬°Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

-¬°Ah! ¬°Ojal√° fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¬Ņqu√© es el mar, y qu√© aspecto tiene?

  • ¬°Ser√≠a muy largo de contar! -exclam√≥ la cig√ľe√Īa, y se alej√≥.
  • Al√©grate de ser joven -dec√≠an los rayos del sol; al√©grate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el roc√≠o vert√≠a sobre √©l sus l√°grimas, pero el abeto no lo comprend√≠a. Al acercarse las Navidades eran cortados √°rboles j√≥venes, √°rboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no ten√≠a un momento de quietud ni reposo; le consum√≠a el af√°n de salir de all√≠. Aquellos arbolitos – y eran siempre los m√°s hermosos – conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque. ¬ę¬ŅAd√≥nde ir√°n √©stos? -pregunt√°base el abeto-. No son mayores que yo; uno es incluso m√°s bajito. ¬ŅY por qu√© les dejan las ramas? ¬ŅAd√≥nde van?¬Ľ.

  • ¬°Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! piaron los gorriones-. All√°, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos ad√≥nde van. ¬°Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a trav√©s de los cristales vimos √°rboles plantados en el centro de una acogedora habitaci√≥n, adornados con los objetos m√°s preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
  • ¬ŅY despu√©s? -pregunt√≥ el abeto, temblando por todas sus ramas-. ¬ŅY despu√©s? ¬ŅQu√© sucedi√≥ despu√©s?
  • Ya no vimos nada m√°s. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
  • ¬ŅQui√©n sabe si estoy destinado a recorrer tambi√©n tan radiante camino? -exclam√≥ gozoso el abeto-. Todav√≠a es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el a√Īo pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitaci√≥n calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¬ŅY luego? Porque claro est√° que luego vendr√° algo a√ļn mejor, algo m√°s hermoso. Si no, ¬Ņpor qu√© me adornar√≠an tanto? Sin duda me aguardan cosas a√ļn m√°s espl√©ndidas y soberbias. Pero, ¬Ņqu√© ser√°? ¬°Ay, qu√© sufrimiento, qu√© anhelo! Yo mismo no s√© lo que me pasa.
  • ¬°G√≥zate con nosotros! -le dec√≠an el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.

Pero √©l permanec√≠a insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Segu√≠a creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, dec√≠an: – ¬°Hermoso √°rbol! -. Y he ah√≠ que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hinc√≥ profundamente en su coraz√≥n; el √°rbol ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† se ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† derrumb√≥ ¬†¬†¬†¬†¬†¬† con ¬†¬†¬†¬† un ¬†¬†¬†¬†¬†¬† suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la so√Īada felicidad. Ahora sent√≠a tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terru√Īo donde hab√≠a crecido. Sab√≠a que nunca volver√≠a a ver a sus viejos y queridos compa√Īeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los p√°jaros. La despedida no tuvo nada de agradable. El √°rbol no volvi√≥ en s√≠ hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oy√≥ la voz de un hombre que dec√≠a:

  • ¬°Ese es magn√≠fico! Nos quedaremos con √©l. Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos hab√≠a grandes jarrones chinos con leones en las tapas; hab√≠a tambi√©n mecedoras, sof√°s de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdr√≠an cien veces cien escudos; por lo menos eso dec√≠an los ni√Īos. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se ve√≠a que era un barril, pues de todo su alrededor pend√≠a una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¬°C√≥mo temblaba el √°rbol! ¬ŅQu√© vendr√≠a luego?

Criados y se√Īoritas corr√≠an de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y m√°s adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del √°rbol, y ataron a las ramas m√°s de cien velitas rojas, azules y blancas. Mu√Īecas que parec√≠an personas vivientes – nunca hab√≠a visto el √°rbol cosa semejante – flotaban entre el verdor, y en lo m√°s alto de la c√ļspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magn√≠fico, incre√≠blemente magn√≠fico.

  • Esta noche -dec√≠an todos-, esta noche s√≠ que brillar√°.

¬ę¬°Oh! -pensaba el √°rbol-, ¬°ojal√° fuese ya de noche! ¬°Ojal√° encendiesen pronto las luces! ¬ŅY qu√© suceder√° luego? ¬ŅAcaso vendr√°n a verme los √°rboles del bosque? ¬ŅVolar√°n los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¬ŅSeguir√© aqu√≠ todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?¬Ľ. Cre√≠a estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufr√≠a fuertes dolores de corteza, y para un √°rbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

 El alforfon

Si despu√©s de una tormenta pas√°is junto a un campo de alforf√≥n, lo ver√©is a menudo ennegrecido y como chamuscado; se dir√≠a que sobre √©l ha pasado una llama, y el labrador observa: – Esto es de un rayo -. Pero, ¬Ņc√≥mo sucedi√≥? Os lo voy a contar, pues yo lo s√© por un gorrioncillo, al cual, a su vez, se lo revel√≥ un viejo sauce que crece junto a un campo de alforf√≥n. Es un sauce corpulento y venerable pero muy viejo y contrahecho, con una hendidura en el tronco, de la cual salen hierbajos y zarzamoras. El √°rbol est√° muy encorvado, y las ramas cuelgan hasta casi tocar el suelo, como una larga cabellera verde. En todos los campos de aquellos contornos crec√≠an cereales, tanto centeno como cebada y avena, esa magn√≠fica avena que, cuando est√° en saz√≥n, ofrece el aspecto de una fila de diminutos canarios amarillos posados en una rama. Todo aquel grano era una bendici√≥n, y cuando m√°s llenas estaban las espigas, tanto m√°s se inclinaban, como en gesto de piadosa humildad. Pero hab√≠a tambi√©n un campo sembrado de alforf√≥n, frente al viejo sauce. Sus espigas no se inclinaban como las de las restantes mieses, sino que permanec√≠an enhiestas y altivas.

  • Indudablemente, soy tan rico como la espiga de trigo -dec√≠a-, y adem√°s soy mucho m√°s bonito; mis flores son bellas como las del manzano; deleita los ojos mirarnos, a m√≠ y a los m√≠os. ¬ŅHas visto algo m√°s espl√©ndido, viejo sauce?

El √°rbol hizo un gesto con la cabeza, como significando: ¬ę¬°Qu√© cosas dices!¬Ľ. Pero el alforf√≥n, pavone√°ndose de puro orgullo, exclam√≥: – ¬°Tonto de √°rbol! De puro viejo, la hierba le crece en el cuerpo. Pero he aqu√≠ que estall√≥ una espantosa tormenta; todas las flores del campo recogieron sus hojas y bajaron la cabeza mientras la tempestad pasaba sobre ellas; s√≥lo el alforf√≥n segu√≠a tan engre√≠do y altivo.

  • ¬°Baja la cabeza como nosotras! -le advirtieron las flores.
  • ¬°Para qu√©! -replic√≥ el alforf√≥n.
  • ¬°Agacha la cabeza como nosotros! -grit√≥ el trigo-. Mira que se acerca el √°ngel de la tempestad. Sus alas alcanzan desde las nubes al suelo, y puede pegarte un aletazo antes de que tengas tiempo de pedirle gracia.
  • ¬°Que venga! No tengo por qu√© humillarme respondi√≥ el alforf√≥n.
  • ¬°Cierra tus flores y baja tus hojas! -le aconsej√≥, a su vez, el viejo sauce-. No levantes la mirada al rayo cuando desgarre la nube; ni siquiera los hombres pueden hacerlo, pues a trav√©s del rayo se ve el cielo de Dios, y esta visi√≥n ciega al propio hombre. ¬°Qu√© no nos ocurrir√≠a a nosotras, pobres plantas de la tierra, que somos mucho menos que √©l!
  • ¬ŅMenos que √©l? -protest√≥ el alforf√≥n-. ¬°Pues ahora mirar√© cara a cara al cielo de Dios! -. Y as√≠ lo hizo, cegado por su soberbia. Y tal fue el resplandor, que no pareci√≥ sino que todo el mundo fuera una inmensa llamarada.

Pasada ya la tormenta, las flores y las mieses se abrieron y levantaron de nuevo en medio del aire puro y en calma, vivificados por la lluvia; pero el alforfón aparecía negro como carbón, quemado por el rayo; no era más que un hierbajo muerto en el campo.   El viejo sauce mecía sus ramas al impulso del viento, y de sus hojas verdes caían gruesas gotas de agua, como si el árbol llorase, y los gorriones le preguntaron:

  • ¬ŅPor qu√© lloras? ¬°Si todo esto es una bendici√≥n! Mira c√≥mo brilla el sol, y c√≥mo desfilan las nubes. ¬ŅNo respiras el aroma de las flores y zarzas? ¬ŅPor qu√© lloras, pues, viejo sauce?

Y el sauce les habló de la soberbia del alforfón, de su orgullo y del castigo que le valió. Yo, que os cuento la historia, la oí de los gorriones. Me la narraron una tarde, en que yo les había pedido que me contaran un cuento.

El Angel

Cada vez que muere un ni√Īo bueno, baja del cielo un √°ngel de Dios Nuestro Se√Īor, toma en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el vuelo por encima de todos los lugares que el peque√Īuelo am√≥, recogiendo a la vez un ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan all√° arriba m√°s hermosas a√ļn que en el suelo. Nuestro Se√Īor se aprieta contra el coraz√≥n todas aquellas flores, pero a la que m√°s le gusta le da un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede ya cantar en el coro de los bienaventurados. He aqu√≠ lo que contaba un √°ngel de Dios Nuestro Se√Īor mientras se llevaba al cielo a un ni√Īo muerto; y el ni√Īo lo escuchaba como en sue√Īos. Volaron por encima de los diferentes lugares donde el peque√Īo hab√≠a jugado, y pasaron por jardines de flores espl√©ndidas.

  • ¬ŅCu√°l nos llevaremos para plantarla en el cielo? -pregunt√≥ el √°ngel.

Crecía allí un magnífico y esbelto rosal, pero una mano perversa había tronchado el tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban secas en todas direcciones.

  • ¬°Pobre rosal! -exclam√≥ el ni√Īo-. Ll√©vatelo; junto a Dios florecer√°.

Y el √°ngel lo cogi√≥, dando un beso al ni√Īo por sus palabras; y el peque√Īuelo entreabri√≥ los ojos. Recogieron luego muchas flores magn√≠ficas, pero tambi√©n humildes ran√ļnculos y violetas silvestres.

  • Ya tenemos un buen ramillete -dijo el ni√Īo; y el √°ngel asinti√≥ con la cabeza, pero no emprendi√≥ enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos callejones, donde yac√≠an montones de paja y cenizas; hab√≠a habido mudanza: ve√≠anse cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy poco atractivo.

Entre todos aquellos desperdicios, el √°ngel se√Īal√≥ los trozos de un tiesto roto; de √©ste se hab√≠a desprendido un terr√≥n, con las ra√≠ces, de una gran flor silvestre ya seca, que por eso alguien hab√≠a arrojado a la calleja.

  • Vamos a llev√°rnosla -dijo el √°ngel-. Mientras volamos te contar√© por qu√©.

Remontaron el vuelo, y el √°ngel dio principio a su relato:

  • En aquel angosto callej√≥n, en una baja bodega, viv√≠a un pobre ni√Īo enfermo. Desde el d√≠a de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pas√≥ de aqu√≠. Algunos d√≠as de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada m√°s que media horita, y entonces el peque√Īo se calentaba al sol y miraba c√≥mo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que manten√≠a levantados delante el rostro, diciendo: ¬ęS√≠, hoy he podido salir¬Ľ. Sab√≠a del bosque y de sus bell√≠simos verdores primaverales, s√≥lo porque el hijo del vecino le tra√≠a la primera rama de haya. Se la pon√≠a sobre la cabeza y so√Īaba que se encontraba debajo del √°rbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban los p√°jaros.

Un d√≠a de primavera, su vecinito le trajo tambi√©n flores del campo, y, entre ellas ven√≠a casualmente una con la ra√≠z; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a la cama, al lado de la ventana. Hab√≠a plantado aquella flor una mano afortunada, pues, creci√≥, sac√≥ nuevas ramas y floreci√≥ cada a√Īo; para el muchacho enfermo fue el jard√≠n m√°s espl√©ndido, su peque√Īo tesoro aqu√≠ en la Tierra. La regaba y cuidaba, preocup√°ndose de que recibiese hasta el √ļltimo de los rayos de sol que penetraban por la ventanuca; la propia flor formaba parte de sus sue√Īos, pues para √©l florec√≠a, para √©l esparc√≠a su aroma y alegraba la vista; a ella se volvi√≥ en el momento de la muerte, cuando el Se√Īor lo llam√≥ a su seno. Lleva ya un a√Īo junto a Dios, y durante todo el a√Īo la plantita ha seguido en la ventana, olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la arrojaron a la basura de la calle. Y √©sta es la flor, la pobre florecilla marchita que hemos puesto en nuestro ramillete, pues ha proporcionado m√°s alegr√≠a que la m√°s bella del jard√≠n de una reina.

  • Pero, ¬Ņc√≥mo sabes todo esto? -pregunt√≥ el ni√Īo que el √°ngel llevaba al cielo.
  • Lo s√© -respondi√≥ el √°ngel-, porque yo fui aquel pobre ni√Īo enfermo que se sosten√≠a sobre muletas. ¬°Y bien conozco mi flor!

El peque√Īo abri√≥ de par en par los ojos y clav√≥ la mirada en el rostro esplendoroso del √°ngel; y en el mismo momento se encontraron en el Cielo de Nuestro Se√Īor, donde reina la alegr√≠a y la bienaventuranza. Dios apret√≥ al ni√Īo muerto contra su coraz√≥n, y al instante le salieron a √©ste alas como a los dem√°s √°ngeles, y con ellos se ech√≥ a volar, cogido de las manos. Nuestro Se√Īor apret√≥ tambi√©n contra su pecho todas las flores, pero a la marchita silvestre la bes√≥, infundi√©ndole voz, y ella rompi√≥ a cantar con el coro de angelitos que rodean al Alt√≠simo, algunos muy de cerca otros formando c√≠rculos en torno a los primeros, c√≠rculos que se extienden hasta el infinito, pero todos rebosantes de felicidad. Y todos cantaban, grandes y chicos, junto con el buen chiquillo bienaventurado y la pobre flor silvestre que hab√≠a estado abandonada, entre la basura de la calleja estrecha y oscura, el d√≠a de la mudanza.

El ave Fénix

En el jard√≠n del Para√≠so, bajo el √°rbol de la sabidur√≠a, crec√≠a un rosal. En su primera rosa naci√≥ un p√°jaro; su vuelo era como un rayo de luz, magn√≠ficos sus colores, arrobador su canto. Pero cuando Eva cogi√≥ el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Ad√°n fueron arrojados del Para√≠so, de la flam√≠gera espada del √°ngel cay√≥ una chispa en el nido del p√°jaro y le prendi√≥ fuego. El animalito muri√≥ abrasado, pero del rojo huevo sali√≥ volando otra ave, √ļnica y siempre la misma: el Ave F√©nix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien a√Īos se da la muerte abras√°ndose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave F√©nix, la √ļnica en el mundo. El p√°jaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espl√©ndida de colores, magn√≠fica en su canto. Cuando la madre est√° sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del ni√Īo. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en √©l, y sobre la pobre c√≥moda exhalan, su perfume unas violetas. Pero el Ave F√©nix no es s√≥lo el ave de Arabia; aletea tambi√©n a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupr√≠feras de Falun, en las minas de carb√≥n de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hind√ļ se iluminan al verla. ¬°Ave F√©nix! ¬ŅNo la conoces? ¬ŅEl ave del Para√≠so, el cisne santo de la canci√≥n? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanch√≠n, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al o√≠do: ¬°Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores, revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg. ¬°Ave F√©nix! ¬ŅNo la conoces? Te cant√≥ la Marsellesa, y t√ļ besaste la pluma que se desprendi√≥ de su ala; vino en todo el esplendor paradis√≠aco, y t√ļ le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorri√≥n que ten√≠a espuma dorada en las alas. ¬°El Ave del Para√≠so! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; t√ļ misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha s√≥lo leyenda: el Ave F√©nix de Arabia. En el jard√≠n del Para√≠so, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el √°rbol de la sabidur√≠a, Dios te bes√≥ y te dio tu nombre verdadero: ¬°poes√≠a!.

El caracol y el rosal

Alrededor del jard√≠n hab√≠a un seto de avellanos, y al otro lado del seto se extend√≠a n los campos y praderas donde pastaban las ovejas y las vacas. Pero en el centro del jard√≠n crec√≠a un rosal todo lleno de flores, y a su abrigo viv√≠a un caracol que llevaba todo un mundo dentro de su caparaz√≥n, pues se llevaba a s√≠ mismo. -¬°Paciencia! -dec√≠a el caracol-. Ya llegar√° mi hora. Har√© mucho m√°s que dar rosas o avellanas, much√≠simo m√°s que dar leche como las vacas y las ovejas. -Esperamos mucho de ti -dijo el rosal-. ¬ŅPodr√≠a saberse cu√°ndo me ense√Īar√°s lo que eres capaz de hacer? -Me tomo mi tiempo -dijo el caracol-; ustedes siempre est√°n de prisa. No, as√≠ no se preparan las sorpresas. Un a√Īo m√°s tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozan√≠a de sus rosas, siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sac√≥ medio cuerpo afuera, estir√≥ sus cuernecillos y los encogi√≥ de nuevo.¬† -Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el m√°s insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pas√≥ el verano y vino el oto√Īo, y el rosal continu√≥ dando capullos y rosas hasta que lleg√≥ la nieve. El tiempo se hizo h√ļmedo y hosco. El rosal se inclin√≥ hacia la tierra; el caracol se escondi√≥ bajo el suelo. Luego comenz√≥ una nueva estaci√≥n, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.¬† -Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-. Pronto tendr√°s que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto ten√≠as dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero est√° claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendr√≠as frutos muy distintos que ofrecernos. ¬ŅQu√© dices a esto? Pronto no ser√°s m√°s que un palo seco… ¬ŅTe das cuenta de lo que quiero decirte? -Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado en ello. -Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¬ŅTe preguntaste alguna vez por qu√© florec√≠as y c√≥mo florec√≠as, por qu√© lo hac√≠as de esa manera y de no de otra? -No -contest√≥ el caracol-. Florec√≠a de puro contento, porque no pod√≠a evitarlo. ¬°El sol era tan c√°lido, el aire tan refrescante!… Me beb√≠a el l√≠mpido roc√≠o y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, all√° abajo, me sub√≠a la fuerza, que descend√≠a tambi√©n sobre m√≠ desde lo alto. Sent√≠a una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y as√≠ ten√≠a que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no pod√≠a hacer otra cosa. -Tu vida fue demasiado f√°cil -dijo el caracol.¬† -Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero t√ļ tuviste m√°s suerte a√ļn. T√ļ eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo alg√ļn d√≠a. -No, no, de ning√ļn modo -dijo el caracol-. El mundo no existe para m√≠. ¬ŅQu√© tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de m√≠ mismo y en m√≠ mismo. -¬ŅPero no deber√≠amos todos dar a los dem√°s lo mejor de nosotros, no deber√≠amos ofrecerles cuanto pudi√©ramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero t√ļ, en cambio, que posees tantos dones, ¬Ņqu√© has dado t√ļ al mundo? ¬ŅQu√© puedes darle? -¬ŅDarle? ¬ŅDarle yo al mundo? Yo lo escupo. ¬ŅPara qu√© sirve el mundo? No significa nada para m√≠. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo √ļnico que sirves. Deja que los casta√Īos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su p√ļblico, y yo tambi√©n tengo el m√≠o dentro de m√≠ mismo. ¬°Me recojo en mi interior, y en √©l voy a quedarme! El mundo no me interesa. Y con estas palabras, el caracol se meti√≥ dentro de su casa y la sell√≥. -¬°Qu√© pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus p√©talos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi c√≥mo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y c√≥mo una bonita muchacha se prend√≠a otra al pecho, y c√≥mo un ni√Īo besaba otra en la primera alegr√≠a de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendici√≥n. Tales son mis recuerdos, mi vida. Y el rosal continu√≥ floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dorm√≠a all√° dentro de su casa. El mundo nada significaba para √©l. Y pasaron los a√Īos. El caracol se hab√≠a vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones hab√≠a desaparecido… Pero en el jard√≠n brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escup√≠an al mundo, que no significaba nada para ellos. ¬ŅEmpezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre ser√≠a la misma.

El cerro de los elfos

Varios lagartos gordos corr√≠an con pie ligero por las grietas de un viejo √°rbol; se entend√≠an perfectamente, pues hablaban todos la lengua lagarte√Īa.

  • ¬°Qu√© ruido y alboroto en el cerro de los ellos! -dijo un lagarto-. Van ya dos noches que no me dejan pegar un ojo. Lo mismo que cuando me duelen las muelas, pues tampoco entonces puedo dormir.
  • Algo pasa all√≠ adentro -observ√≥ otro-. Hasta que el gallo canta, a la madrugada, sostienen el cerro sobre cuatro estacas rojas, para que se ventile bien, y sus muchachas han aprendido nuevas danzas. ¬°Algo se prepara!
  • S√≠ -intervino un tercer lagarto-. He hecho amistad con una lombriz de tierra que ven√≠a de la colina, en la cual hab√≠a estado removiendo la tierra d√≠a y noche. Oy√≥ muchas cosas. Ver no puede, la infeliz, pero lo que es palpar y o√≠r, en esto se pinta sola. Resulta que en el cerro esperan forasteros, forasteros distinguidos, pero, qui√©nes son √©stos, la lombriz se neg√≥ a dec√≠rmelo, acaso ella misma no lo sabe. Han encargado a los fuegos fatuos que organicen una procesi√≥n de antorchas, como dicen ellos, y todo el oro y la plata que hay en el cerro – y no es poco – lo pulen y exponen a la luz de la luna.
  • ¬ŅQui√©nes podr√°n ser esos forasteros? -se preguntaban los lagartos-. ¬ŅQu√© diablos debe suceder? ¬°O√≠d, qu√© manera de zumbar!

En aquel mismo momento se parti√≥ el mont√≠culo, y una se√Īorita elfa, vieja y anticuada, aunque por lo dem√°s muy correctamente vestida, sali√≥ andando a pasitos cortos. Era el ama de llaves del anciano rey de los elfos, estaba emparentada de lejos con la familia real y llevaba en la frente un coraz√≥n de √°mbar. ¬°Mov√≠a las piernas con una agilidad!: trip, trip. ¬°Vaya modo de trotar! Y march√≥ directamente al pantano del fondo, a la vivienda del chotacabras.

  • Est√°n ustedes invitados a la colina esta noche dijo-. Pero quisiera pedirles un gran favor, si no fuera molestia para ustedes. ¬ŅPodr√≠an transmitir la invitaci√≥n a los dem√°s? Algo deben hacer, ya que ustedes no ponen casa. Recibimos a varios forasteros ilustres, magos de distinci√≥n; por eso hoy comparecer√° el anciano rey de los elfos.
  • ¬ŅA qui√©n hay que invitar? -pregunt√≥ el chotacabras.
  • Al gran baile pueden concurrir todos, incluso las personas, con tal que hablen durmiendo o sepan hacer algo que se avenga con nuestro modo de ser. Pero en nuestra primera fiesta queremos hacer una rigurosa selecci√≥n; s√≥lo asistir√°n personajes de la m√°s alta categor√≠a. Hasta disput√© con el Rey, pues yo no quer√≠a que los fantasmas fuesen admitidos. Ante todo, hay que invitar al Viejo del Mar y a sus hijas. Tal vez no les guste venir a tierra seca, pero les prepararemos una piedra mojada para asiento o quiz√°s algo a√ļn mejor; supongo que as√≠ no tendr√°n inconveniente en asistir, siquiera por esta vez. Queremos que vengan todos los viejos trasgos de primera categor√≠a, con cola, el Genio del Agua y el Duende y, a mi entender, no debemos dejar de lado al Cerdo de la Tumba, al Caballo de los Muertos y al Enano de la Iglesia, todos los cuales pertenecen al elemento clerical y no a nuestra clase. Pero √©se es su oficio; por lo dem√°s, est√°n emparentados de cerca con nosotros y nos visitan con frecuencia.
  • ¬°Muy bien! -dijo el chotacabras, emprendiendo el vuelo para cumplir el encargo. Las doncellas elfas bailaban ya en el cerro, cubiertas de velos, y lo hac√≠an con tejidos de niebla y luz de la luna, de un gran efecto para los aficionados a estas cosas. En el centro de la colina, el gran sal√≥n hab√≠a sido adornado primorosamente; el suelo, lavado con luz de luna, y las paredes, frotadas con grasa de bruja, por lo que brillaban como hojas de tulip√°n. En la colina hab√≠a, en el asador, gran abundancia de ranas, pieles de caracol rellenas de dedos de ni√Īo y ensaladas de semillas de seta y h√ļmedos hocicos de rat√≥n con cicuta, cerveza de la destiler√≠a de la bruja del pantano, am√©n de fosforescente vino de salitre de las bodegas funerarias. Todo muy bien presentado. Entre los postres figuraban clavos oxidados y trozos de ventanal de iglesia.

El anciano Rey mand√≥ bru√Īir su corona de oro con pizarr√≠n machacado (enti√©ndase pizarr√≠n de primera); y no se crea que le es f√°cil a un rey de los elfos procurarse pizarr√≠n de primera. En el dormitorio colgaron cortinas, que fueron pegadas con saliva de serpiente. Se comprende, pues, que hubiera all√≠ gran ruido y alboroto.

  • Ahora hay que sahumar todo esto con orines de caballo y cerdas de puerco; entonces yo habr√© cumplido con mi tarea -dijo la vieja se√Īorita.
  • ¬°Dulce padre m√≠o! -dijo la hija menor, que era muy zalamera-, ¬Ņno podr√≠a saber qui√©nes son los ilustres forasteros?
  • Bueno -respondi√≥ el Rey, tendr√© que dec√≠rtelo. Dos de mis hijas deben prepararse para el matrimonio; dos de ellas se casar√°n sin duda. El anciano duende de all√° en Noruega, el que reside en la vieja roca de Dovre y posee cuatro palacios acantilados de feldespato y una mina de oro mucho m√°s rica de lo que creen por ah√≠, viene con sus dos hijos, que viajan en busca de esposa. El duende es un anciano n√≥rdico, muy viejo y respetable, pero alegre y campechano. Lo conozco de hace mucho tiempo, desde un d√≠a en que brindamos fraternalmente con ocasi√≥n de su estancia aqu√≠ en busca de mujer. Ella muri√≥; era hija del rey de los Pe√Īascos gredosos de M√∂en. Tom√≥ una mujer de yeso, como suele decirse. ¬°Ah, y qu√© ganas tengo de ver al viejo duende n√≥rdico! Dicen que los chicos son un tanto mal criados e impertinentes; pero quiz√°s exageran. Tiempo tendr√°n de sentar la cabeza. A ver si sab√©is portaros con ellos en forma conveniente.
  • ¬ŅY cu√°ndo llegan? -pregunt√≥ una de las hijas. – Eso depende del tiempo que haga -respondi√≥ el Rey. Viajan en plan econ√≥mico. Aprovechan las oportunidades de los barcos. Yo habr√≠a querido que fuesen por Suecia, pero el viejo se inclin√≥ del otro lado. No sigue las mudanzas de los tiempos, y esto no se lo perdono.

En esto llegaron saltando dos fuegos fatuos, uno de ellos m√°s r√°pido que su compa√Īero; por eso lleg√≥ antes.

  • ¬°Ya vienen, ya vienen! -gritaron los dos.
  • ¬°Dadme la corona y dejad que me ponga a la luz de la luna! -orden√≥ el Rey.

Las hijas, levantándose los velos, se inclinaron hasta el suelo. Entró el anciano duende de Dovre con su corona de tarugos de hielo duro y de abeto pulido. Formaban el resto de su vestido una piel de oso y grandes botas, mientras los hijos iban con el cuello descubierto y pantalones sin tirantes, pues eran hombres de pelo en pecho.

  • ¬ŅEsto es una colina? -pregunt√≥ el menor, se√Īalando el cerro de los elfos-. En Noruega lo llamar√≠amos un agujero.
  • ¬°Muchachos! -les ri√Ī√≥ el viejo-. Un agujero va para dentro, y una colina va para arriba. ¬ŅNo ten√©is ojos en la cabeza?

Lo √ļnico que les causaba asombro, dijeron, era que comprend√≠an la lengua de los otros sin dificultad.

  • ¬°Es para creer que os falta alg√ļn tornillo! refunfu√Ī√≥ el viejo. Entraron luego en la mansi√≥n de los elfos, donde se hab√≠a reunido la flor y nata de la sociedad, aunque de manera tan precipitada, que se hubiera dicho que el viento los habla arremolinado; y para todos estaban las cosas primorosamente dispuestas. Las ondinas se sentaban a la mesa sobre grandes patines acu√°ticos, y afirmaban que se sent√≠an como en su casa. En la mesa todos observaron la m√°xima correcci√≥n, excepto los dos duendecitos n√≥rdicos, los cuales llegaron hasta poner las piernas encima. Pero estaban persuadidos de que a ellos todo les estaba bien.
  • ¬°Fuera los pies del plato! -les grit√≥ el viejo duende, y ellos obedecieron, aunque a rega√Īadientes. A sus damas respectivas les hicieron cosquillas con pi√Īas de abeto que llevaban en el bolsillo; luego se quitaron las botas para estar m√°s c√≥modos y se las dieron a guardar. Pero el padre, el viejo duende de Dovre, era realmente muy distinto.

 

El cofre volador

√Črase una vez un comerciante tan rico, que habr√≠a podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y a√ļn casi un callej√≥n por a√Īadidura; pero se guard√≥ de hacerlo, pues el hombre conoc√≠a mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego muri√≥. Su hijo hered√≥ todos sus caudales, y viv√≠a alegremente: todas las noches iba al baile de m√°scaras, hac√≠a cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extra√Īo, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron m√°s de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche. Sus amigos lo abandonaron; no pod√≠an ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonach√≥n, le envi√≥ un viejo cofre con este aviso: ¬ę¬°Embala!¬Ľ. El consejo era bueno, desde luego, pero como nada ten√≠a que embalar, se meti√≥ √©l en el ba√ļl. Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura. Y as√≠ lo hizo; en un santiam√©n, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, despu√©s de salir por la chimenea, y mont√≥se hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del ba√ļl cruj√≠a un poco, a nuestro hombre le entraba p√°nico; si se desprendiesen las tablas, ¬°vaya salto! ¬°Dios nos ampare! De este modo lleg√≥ a tierra de turcos. Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, se encamin√≥ a la ciudad; no llam√≥ la atenci√≥n de nadie, pues todos los turcos vest√≠an tambi√©n bata y pantuflos. Encontr√≥se con un ama que llevaba un ni√Īo:

  • Oye, nodriza -le pregunt√≥-, ¬Ņqu√© es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?
  • All√≠ vive la hija del Rey -respondi√≥ la mujer-. Se le ha profetizado que quien se enamore de ella la har√° desgraciada; por eso no se deja que nadie se le acerque, si no es en presencia del Rey y de la Reina, – Gracias -dijo el hijo del mercader, y volvi√≥ a su bosque. Se meti√≥ en el cofre y levant√≥ el vuelo; lleg√≥ al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sof√°; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despert√≥ asustada, pero √©l le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquiliz√≥. Sent√°ronse uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha: eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que compar√≥ con una monta√Īa nevada, llena de magn√≠ficos salones y cuadros; y luego le habl√≥ de la cig√ľe√Īa, que trae a los ni√Īos peque√Īos. S√≠, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidi√≥ a la princesa si quer√≠a ser su esposa, y ella le dio el s√≠ sin vacilar.

  • Pero tendr√©is que volver el s√°bado -a√Īadi√≥-, pues he invitado a mis padres a tomar el t√©. Estar√°n orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas, y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta re√≠rse. – Bien, no traer√© m√°s regalo de boda que mis cuentos -respondi√≥ √©l, y se despidieron; pero antes la princesa le regal√≥ un sable adornado con monedas de oro. ¬°Y bien que le vinieron al mozo!

Se march√≥ en volandas, se compr√≥ una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Deb√≠a estar listo para el s√°bado, y la cosa no es tan f√°cil. Y cuando lo tuvo terminado, era ya s√°bado. El Rey, la Reina y toda la Corte lo aguardaban para tomar el t√© en compa√Ī√≠a de la princesa. Lo recibieron con gran cortes√≠a.

  • ¬ŅVais a contarnos un cuento -pregunt√≥le la Reina-, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?
  • Pero que al mismo tiempo nos haga re√≠r a√Īadi√≥ el Rey.-
  • De acuerdo -respond√≠a el mozo, y comenz√≥ su relato. Y ahora, atenci√≥n.

¬ę√Črase una vez un haz de f√≥sforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su √°rbol geneal√≥gico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, hab√≠a sido un a√Īoso y corpulento √°rbol del bosque. Los f√≥sforos se encontraban ahora entre un viejo eslab√≥n y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia. -¬°S√≠, cuando nos hall√°bamos en la rama verde dec√≠an- est√°bamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer ten√≠amos t√© diamantino: era el roc√≠o; durante todo el d√≠a nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos d√°bamos cuenta de que √©ramos ricos, pues los √°rboles de fronda s√≥lo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia luc√≠a su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aqu√≠ que se present√≥ el le√Īador, la gran revoluci√≥n, y nuestra familia se dispers√≥. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las dem√°s ramas pasaron a otros lugares, y a nosotros nos ha sido asignada la misi√≥n de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a la cocina. ¬Ľ – Mi destino ha sido muy distinto -dijo el puchero a cuyo lado yac√≠an los f√≥sforos-. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de √©l; yo estoy por lo pr√°ctico, y, modestia aparte, soy el n√ļmero uno en la casa, Mi √ļnico placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bru√Īido, conversando sesudamente con mis compa√Īeros; pero si except√ļo el balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro √ļnico mensajero es el cesto de la compra, pero ¬°se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos d√≠as un viejo puchero de tierra se asust√≥ tanto con lo que dijo, que se cay√≥ al suelo y se rompi√≥ en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo. ¬Ľ – ¬°Hablas demasiado! -intervino el eslab√≥n, golpeando el pedernal, que solt√≥ una chispa-. ¬ŅNo podr√≠amos echar una cana al aire, esta noche? ¬Ľ – S√≠, hablemos -dijeron los f√≥sforos-, y veamos qui√©n es el m√°s noble de todos nosotros. ¬Ľ – No, no me gusta hablar de mi persona objet√≥ la olla de barro-. Organicemos una velada. Yo empezar√© contando la historia de mi vida, y luego los dem√°s har√°n lo mismo; as√≠ no se embrolla uno y resulta m√°s divertido. En las playas del B√°ltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca… ¬Ľ – ¬°Buen principio! -exclamaron los platos-. Sin duda, esta historia nos gustar√°. ¬Ľ – …pas√© mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos, y cada quince d√≠as colgaban cortinas nuevas. ¬Ľ – ¬°Qu√© bien se explica! -dijo la escoba de crin. Dir√≠ase que habla un ama de casa; hay un no s√© que de limpio y refinado en sus palabras. ¬Ľ -Exactamente lo que yo pensaba -asinti√≥ el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo. ¬Ľ La olla sigui√≥ contando, y el fin result√≥ tan agradable como hab√≠a sido el principio. ¬Ľ Todos los platos casta√Īetearon de regocijo, y la escoba sac√≥ del bote unas hojas de perejil, y con ellas coron√≥ a la olla, a sabiendas de que los dem√°s rabiar√≠an. ¬ęSi hoy le pongo yo una corona, ma√Īana me pondr√° ella otra a m√≠¬Ľ, pens√≥. ¬Ľ – ¬°Voy a bailar! -exclam√≥ la tenaza, y, ¬°dicho y hecho! ¬°Dios nos ampare, y c√≥mo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rinc√≥n estall√≥ al verlo-. ¬ŅMe vais a coronar tambi√©n a m√≠? -pregunto la tenaza; y as√≠ se hizo. ¬Ľ – ¬°Vaya gentuza! -pensaban los f√≥sforos. ¬Ľ Toc√°bale entonces el turno de cantar a la tetera, pero se excus√≥ alegando que estaba resfriada; s√≥lo pod√≠a cantar cuando se hallaba al fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quer√≠a hacerlo m√°s que en la mesa, con las se√Īor√≠as. ¬Ľ Hab√≠a en la ventana una vieja pluma, con la que sol√≠a escribir la sirvienta. Nada de notable pod√≠a observarse en ella, aparte que la sumerg√≠an demasiado en el tintero, pero ella se sent√≠a orgullosa del hecho. ¬Ľ – Si la tetera se niega a cantar, que no cante dijo-. Ah√≠ fuera hay un ruise√Īor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el Conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes. ¬Ľ – Me parece muy poco conveniente -objet√≥ la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera – tener que escuchar a un p√°jaro forastero. ¬ŅEs esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra. ¬Ľ – Francamente, me hab√©is desilusionado -dijo el cesto-. ¬°Vaya manera est√ļpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cu√°l por su lado, ¬Ņno ser√≠a mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocupar√≠a su sitio, y yo dirigir√≠a el juego. ¬°Otra cosa seria! ¬Ľ – ¬°S√≠, vamos a armar un esc√°ndalo! exclamaron todos. ¬Ľ En esto se abri√≥ la puerta y entr√≥ la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movi√≥; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinci√≥n. ¬ęSi hubi√©semos querido pensaba cada uno-, ¬°qu√© velada m√°s deliciosa habr√≠amos pasado!¬Ľ. ¬Ľ La sirvienta cogi√≥ los f√≥sforos y encendi√≥ fuego. ¬°C√≥mo chisporroteaban, y qu√© llamas echaban! ¬Ľ ¬ęAhora todos tendr√°n que percatarse de que somos los primeros -pensaban-. ¬°Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!¬Ľ. Y de este modo se consumieron¬Ľ.

  • ¬°Qu√© cuento tan bonito! -dijo la Reina-. Me parece encontrarme en la cocina, entre los f√≥sforos. S√≠, te casar√°s con nuestra hija.
  • Desde luego -asinti√≥ el Rey-. Ser√° tuya el lunes por la ma√Īana -. Lo tuteaban ya, consider√°ndolo como de la familia.

Fij√≥se el d√≠a de la boda, y la v√≠spera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, reparti√©ronse bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon de gritar ¬ę¬°hurra!¬Ľ y silbar con los dedos metidos en la boca… ¬°Una fiesta magn√≠fica! ¬ęTendr√© que hacer algo¬Ľ, pens√≥ el hijo del mercader, y compr√≥ cohetes, petardos y qu√© s√© yo cu√°ntas cosas de pirotecnia, las meti√≥ en el ba√ļl y emprendi√≥ el vuelo. ¬°Pim, pam, pum! ¬°Vaya estr√©pito y vaya chisporroteo! Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca hab√≠an contemplado una traca como aquella, Ahora s√≠ que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la hija del Rey. ¬† No bien lleg√≥ nuestro mozo al bosque con su ba√ļl, se dijo: ¬ęMe llegar√© a la ciudad, a observar el efecto causado¬Ľ. Era una curiosidad muy natural. ¬°Qu√© cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes pregunt√≥ hab√≠a presenciado el espect√°culo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de hermoso.

  • Yo vi al propio dios de los turcos -afirm√≥ uno. Sus ojos eran como rutilantes estrellas, y la barba parec√≠a agua espumeante.
  • Volaba envuelto en un manto de fuego -dijo otro-. Por los pliegues asomaban unos angelitos preciosos.

S√≠, escuch√≥ cosas muy agradables, y al d√≠a siguiente era la boda. Regres√≥ al bosque para instalarse en su cofre; pero, ¬Ņd√≥nde estaba el cofre? El caso es que se hab√≠a incendiado. Una chispa de un cohete hab√≠a prendido fuego en el forro y reducido el ba√ļl a cenizas. Y el hijo del mercader ya no pod√≠a volar ni volver al palacio de su prometida. Ella se pas√≥ todo el d√≠a en el tejado, aguard√°ndolo; y sigue a√ļn esperando, mientras √©l recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los f√≥sforos.

El compa√Īero de viaje

El pobre Juan estaba muy triste, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir. No hab√≠a m√°s que ellos dos en la reducida habitaci√≥n; la l√°mpara de la mesa estaba pr√≥xima a extinguirse, y llegaba la noche. – Has sido un buen hijo, Juan -dijo el doliente padre-, y Dios te ayudar√° por los caminos del mundo -. Dirigi√≥le una mirada tierna y grave, respir√≥ profundamente y expir√≥; habr√≠ase dicho que dorm√≠a. Juan se ech√≥ a llorar; ya nadie le quedaba en la Tierra, ni padre ni madre, hermano ni hermana. ¬°Pobre Juan! Arrodillado junto al lecho, besaba la fr√≠a mano de su padre muerto, y derramaba amargas l√°grimas, hasta que al fin se le cerraron los ojos y se qued√≥ dormido, con la cabeza apoyada en el duro barrote de la cama. Tuvo un sue√Īo muy raro; vio c√≥mo el Sol y la Luna se inclinaban ante √©l, y vio a su padre rebosante de salud y ri√©ndose, con aquella risa suya cuando se sent√≠a contento. Una hermosa muchacha, con una corona de oro en el largo y reluciente cabello, tendi√≥ la mano a Juan, mientras el padre le dec√≠a: ¬ę¬°Mira qu√© novia tan bonita tienes! Es la m√°s bella del mundo entero¬Ľ. Entonces se despert√≥: el alegre cuadro se hab√≠a desvanecido; su padre yac√≠a en el lecho, muerto y fr√≠o, y no hab√≠a nadie en la estancia. ¬°Pobre Juan! A la semana siguiente dieron sepultura al difunto; Juan acompa√Ī√≥ el f√©retro, sin poder ver ya a aquel padre que tanto lo hab√≠a querido; oy√≥ c√≥mo echaban tierra sobre el ata√ļd, para colmar la fosa, y contempl√≥ c√≥mo desaparec√≠a poco a poco, mientras sent√≠a la pena desgarrarle el coraz√≥n. Al borde de la tumba cantaron un √ļltimo salmo, que son√≥ armoniosamente; las l√°grimas asomaron a los ojos del muchacho; rompi√≥ a llorar, y el llanto fue un sedante para su dolor. Brill√≥ el sol, espl√©ndido, por encima de los verdes √°rboles; parec√≠a decirle: ¬ęNo est√©s triste, Juan; ¬°mira qu√© hermoso y azul es el cielo!. ¬°All√° arriba est√° tu padre pidiendo a Dios por tu bien!¬Ľ. – Ser√© siempre bueno -dijo Juan-. De este modo, un d√≠a volver√© a reunirme con mi padre. ¬°Qu√© alegr√≠a cuando nos veamos de nuevo! Cu√°ntas cosas podr√© contarle y cu√°ntas me mostrar√° √©l, y me ense√Īar√° la magnificencia del cielo, como lo hac√≠a en la Tierra. ¬°Oh, qu√© felices seremos! Y se lo imaginaba tan a lo vivo, que asom√≥ una sonrisa a sus labios. Los pajarillos, posados en los casta√Īos, dejaban o√≠r sus gorjeos. Estaban alegres, a pesar de asistir a un entierro, pero bien sab√≠an que el difunto estaba ya en el cielo, ten√≠a alas mucho mayores y m√°s hermosas que las suyas, y era dichoso, porque ac√° en la Tierra hab√≠a practicado la virtud; por eso estaban alegres. Juan los vio emprender el vuelo desde las altas ramas verdes, y sinti√≥ el deseo de lanzarse al espacio con ellos. Pero antes hizo una gran cruz de madera para hincarla sobre la tumba de su padre, y al llegar la noche, la sepultura aparec√≠a adornada con arena y flores. Hab√≠an cuidado de ello personas forasteras, pues en toda la comarca se ten√≠a en gran estima a aquel buen hombre que acababa de morir. De madrugada hizo Juan su modesto equipaje y se at√≥ al cintur√≥n su peque√Īa herencia: cincuenta florines y unos peniques en total; con ella se dispon√≠a a correr mundo. Sin embargo, antes volvi√≥ al cementerio, y, despu√©s de rezar un padrenuestro sobre la tumba dijo: ¬°Adi√≥s, padre querido! Ser√© siempre bueno, y t√ļ le pedir√°s a Dios que las cosas me vayan bien. Al entrar en la campi√Īa, el muchacho observ√≥ que todas las flores se abr√≠an frescas y hermosas bajo los rayos tibios del sol, y que se mec√≠an al impulso ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† de ¬†¬†¬†¬†¬†¬† la ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† brisa, ¬† como ¬† diciendo: ¬ę¬°Bienvenido a nuestros dominios! ¬ŅVerdad que son bellos?¬Ľ. Pero Juan se volvi√≥ una vez m√°s a contemplar la vieja iglesia donde recibiera de peque√Īo el santo bautismo, y a la que hab√≠a asistido todos los domingos con su padre a los oficios divinos, cantando hermosas canciones; en lo alto del campanario vio, en una abertura, al duende del templo, de pie, con su peque√Īa gorra roja, y resguard√°ndose el rostro con el brazo de los rayos del sol que le daban en los ojos. Juan le dijo adi√≥s con una inclinaci√≥n de cabeza; el duendecillo agit√≥ la gorra colorada y, poni√©ndose una mano sobre el coraz√≥n, con la otra le envi√≥ muchos besos, para darle a entender que le deseaba un viaje muy feliz y mucho bien. Pens√≥ entonces Juan en las bellezas que ver√≠a en el amplio mundo y sigui√≥ su camino, mucho m√°s all√° de donde llegara jam√°s. No conoc√≠a los lugares por los que pasaba, ni las personas con quienes se encontraba; todo era nuevo para √©l. La primera noche hubo de dormir sobre un mont√≥n de heno, en pleno campo; otro lecho no hab√≠a. Pero era muy c√≥modo, pens√≥; el propio Rey no estar√≠a mejor. Toda la campi√Īa, con el r√≠o, la pila de hierba y el cielo encima, formaban un hermoso dormitorio. La verde hierba, salpicada de florecillas blancas y coloradas, hac√≠a de alfombra, las lilas y rosales silvestres eran otros tantos ramilletes naturales, y para lavabo ten√≠a todo el r√≠o, de agua l√≠mpida y fresca, con los juncos y ca√Īas que se inclinaban como para darle las buenas noches y los buenos d√≠as. La luna era una l√°mpara soberbia, colgada all√° arriba en el techo infinito; una l√°mpara con cuyo fuego no hab√≠a miedo de que se encendieran las cortinas. Juan pod√≠a dormir tranquilo, y as√≠ lo hizo, no despert√°ndose hasta que sali√≥ el sol, y todas las avecillas de los contornos rompieron a cantar: ¬ę¬°Buenos d√≠as, buenos d√≠as! ¬ŅNo te has levantado a√ļn?¬Ľ. Tocaban las campanas, llamando a la iglesia, pues era domingo. Las gentes iban a escuchar al predicador, y Juan fue con ellas; las acompa√Ī√≥ en el canto de los sagrados himnos, y oy√≥ la voz del Se√Īor; le parec√≠a estar en la iglesia donde hab√≠a sido bautizado y donde hab√≠a cantado los salmos al lado de su padre. En el cementerio contiguo al templo hab√≠a muchas tumbas, algunas de ellas cubiertas de alta hierba. Entonces pens√≥ Juan en la de su padre, y se dijo que con el tiempo presentar√≠a tambi√©n aquel aspecto, ya que √©l no estar√≠a all√≠ para limpiarla y adornarla. Se sent√≥, pues en el suelo, y se puso a arrancar la hierba y enderezar las cruces ca√≠das, volviendo a sus lugares las coronas arrastradas por el viento, mientras pensaba: ¬ęTal vez alguien haga lo mismo en la tumba de mi padre, ya que no puedo hacerlo yo¬Ľ. ¬† Ante la puerta de la iglesia hab√≠a un mendigo anciano que se sosten√≠a en sus muletas; Juan le dio los peniques que guardaba en su bolso, y luego prosigui√≥ su viaje por el ancho mundo, contento y feliz. Al caer la tarde, el tiempo se puso horrible, y nuestro mozo se dio prisa en buscar un cobijo, pero no tard√≥ en cerrar la noche oscura. Finalmente, lleg√≥ a una peque√Īa iglesia, que se levantaba en lo alto de una colina. Por suerte, la puerta estaba s√≥lo entornada y pudo entrar. Su intenci√≥n era permanecer all√≠ hasta que la tempestad hubiera pasado.

  • Me sentar√© en un rinc√≥n -dijo-, estoy muy cansado y necesito reposo -. Se sent√≥, pues, junt√≥ las manos para rezar su oraci√≥n vespertina y antes de que pudiera darse cuenta, se qued√≥ profundamente dormido y transportado al mundo de los sue√Īos, mientras en el exterior fulguraban los rel√°mpagos y retumbaban los truenos.

Despert√≥se a medianoche. La tormenta hab√≠a cesado, y la luna brillaba en el firmamento, enviando sus rayos de plata a trav√©s de las ventanas. En el centro del templo hab√≠a un f√©retro abierto, con un difunto, esperando la hora de recibir sepultura. Juan no era temeroso ni mucho menos; nada le reprochaba su conciencia, y sab√≠a perfectamente que los muertos no hacen mal a nadie; los vivos son los perversos, los que practican el mal. Mas he aqu√≠ que dos individuos de esta clase estaban junto al difunto depositado en el templo antes de ser confiado a la tierra. Se propon√≠an cometer con √©l una fechor√≠a: arrancarlo del ata√ļd y arrojarlo fuera de la iglesia.

  • ¬ŅPor qu√© quer√©is hacer esto? -pregunt√≥ Juan-. Es una mala acci√≥n. Dejad que descanse en paz, en nombre de Jes√ļs.
  • ¬°Tonter√≠as! -replicaron los malvados-. ¬°Nos enga√Ī√≥! Nos deb√≠a dinero y no pudo pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un c√©ntimo. Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo como un perro ante la puerta de la iglesia.
  • S√≥lo tengo cincuenta florines -dijo Juan-; es toda mi fortuna, pero os la dar√© de buena gana si me promet√©is dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglar√© sin dinero. Estoy sano y fuerte, y no me faltar√° la ayuda de Dios.
  • Bien -replicaron los dos imp√≠os-. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te lo prometemos -. Embolsaron el dinero que les dio Juan, y, ri√©ndose a carcajadas de aquel magn√°nimo infeliz, siguieron su camino. Juan coloc√≥ nuevamente el cad√°ver en el f√©retro, con las manos cruzadas sobre el pecho, e, inclin√°ndose ante √©l, alej√≥se contento bosque a trav√©s.

En derredor, dondequiera que llegaban los rayos de luna filtr√°ndose por entre el follaje, ve√≠a jugar alegremente a los duendecillos, que no hu√≠an de √©l, pues sab√≠an que era un muchacho bueno e inocente; son s√≥lo los malos, de quienes los duendes no se dejan ver. Algunos no eran m√°s grandes que el ancho de un dedo, y llevaban sujeto el largo y rubio cabello con peinetas de oro. De dos en dos se balanceaban en equilibrio sobre las abultadas gotas de roc√≠o, depositadas sobre las hojas y los tallos de hierba; a veces, una de las gotitas ca√≠a al suelo por entre las largas hierbas, y el incidente provocaba grandes risas y alboroto entre los min√ļsculos personajes. ¬°Qu√© delicia! Se pusieron a cantar, y Juan reconoci√≥ enseguida las bellas melod√≠as que aprendiera de ni√Īo. Grandes ara√Īas multicolores, con arg√©nteas coronas en la cabeza, hilaban, de seto a seto, largos puentes colgantes y palacios que, al recoger el tenue roc√≠o, brillaban como n√≠tido cristal a los claros rayos de la luna. El espect√°culo dur√≥ hasta la salida del sol. Entonces, los duendecillos se deslizaron en los capullos de las flores, y el viento se hizo cargo de sus puentes y palacios, que volaron por los aires convertidos en telara√Īas. En √©stas, Juan hab√≠a salido ya del bosque cuando a su espalda reson√≥ una recia voz de hombre:

  • ¬°Hola, compa√Īero!, ¬Ņad√≥nde vamos?
  • Por esos mundos de Dios -respondi√≥ Juan-. No tengo padre ni madre y soy pobre, pero Dios me ayudar√°.
  • Tambi√©n yo voy a correr mundo -dijo el forastero-. ¬ŅQuieres que lo hagamos en compa√Ī√≠a?
  • ¬°Bueno! -asinti√≥ Juan, y siguieron juntos. No tardaron en simpatizar, pues los dos eran buenas personas. Juan observ√≥ muy pronto, empero, que el desconocido era mucho m√°s inteligente que √©l. Hab√≠a recorrido casi todo el mundo y sab√≠a de todas las cosas imaginables.

El sol estaba ya muy alto sobre el horizonte cuando se sentaron al pie de un √°rbol para desayunarse; y en aquel mismo momento se les acerc√≥ una anciana que andaba muy encorvada, sosteni√©ndose en una muletilla y llevando a la espalda un haz de le√Īa que hab√≠a recogido en el bosque. Llevaba el delantal recogido y atado por delante, y Juan observ√≥ que por √©l asomaban tres largas varas de sauce envueltas en hojas de helecho. Llegada adonde ellos estaban, resbal√≥ y cay√≥, empezando a quejarse lamentablemente; la pobre se hab√≠a roto una pierna. Juan propuso enseguida trasladar a la anciana a su casa; pero el forastero, abriendo su mochila, dijo que ten√≠a un ung√ľento con el cual, en un santiam√©n, curar√≠a la pierna rota, de tal modo que la mujer podr√≠a regresar a su casa por su propio pie, como si nada le hubiese ocurrido. S√≥lo ped√≠a, en pago, que le regalase las tres varas que llevaba en el delantal.

  • ¬°Mucho pides! -objet√≥ la vieja, acompa√Īando las palabras con un raro gesto de la cabeza. No le hac√≠a gracia ceder las tres varas; pero tampoco resultaba muy agradable seguir en el suelo con la pierna fracturada. Di√≥le, pues, las varas, y apenas el ung√ľento hubo tocado la fractura se incorpor√≥ la abuela y ech√≥ a andar mucho m√°s ligera que antes. Y todo por virtud de la pomada; pero hay que advertir que no era una pomada de las que venden en la botica. – ¬ŅPara qu√© quieres las varas? -pregunt√≥ Juan a su compa√Īero.
  • Son tres bonitas escobas -contest√≥ el otro-. Me gustan, qu√© quieres que te diga; yo soy as√≠ de extra√Īo.

Y prosiguieron un buen trecho.

  • ¬°Se est√° preparando una tormenta! -exclam√≥ Juan, se√Īalando hacia delante-. ¬°Qu√© nubarrones m√°s cargados!
  • No -respondi√≥ el compa√Īero-. No son nubes, sino monta√Īas, monta√Īas altas y magn√≠ficas, cuyas cumbres rebasan las nubes y est√°n rodeadas de una atm√≥sfera serena. Es maravilloso, cr√©eme. Ma√Īana ya estaremos all√≠. Pero no estaban tan cerca como parec√≠a. Un d√≠a entero tuvieron que caminar para llegar a su pie. Los oscuros bosques trepaban hasta las nubes, y hab√≠an rocas enormes, tan grandes como una ciudad. Deb√≠a de ser muy cansado subir all√° arriba, y, as√≠, Juan y su compa√Īero entraron en la posada; ten√≠an que descansar y reponer fuerzas para la jornada que les aguardaba.

En la sala de la hoster√≠a se hab√≠a reunido mucho p√ļblico, pues estaba actuando un titiretero. Acababa de montar su peque√Īo escenario, y la gente se hallaba sentada en derredor, dispuesta a presenciar el espect√°culo. En primera fila estaba sentado un gordo carnicero, el m√°s importante del pueblo, con su gran perro mast√≠n echado a su lado; el animal ten√≠a aspecto feroz y los grandes ojos abiertos, como el resto de los espectadores. Empez√≥ una linda comedia, en la que interven√≠an un rey y una reina, sentados en un trono magn√≠fico, con sendas coronas de oro en la cabeza y vestidos con ropajes de larga cola, como corresponda a tan ilustres personajes. Lind√≠simos mu√Īecos de madera, con ojos de cristal y grandes bigotes, aparec√≠an en las puertas, abri√©ndolas y cerr√°ndolas, para permitir la entrada de aire fresco. Era una comedia muy bonita, y nada triste; pero he aqu√≠ que al levantarse la reina y avanzar por la escena, sabe Dios lo que creerla el mast√≠n, pero lo cierto es que se solt√≥ de su amo el carnicero, plant√≥se de un salto en el teatro y, cogiendo a la reina por el tronco, ¬°crac!, la despedaz√≥ en un momento. ¬°Espantoso! El pobre titiretero qued√≥ asustado y muy contrariado por su reina, pues era la m√°s bonita de sus figuras; y el perro la hab√≠a decapitado. Pero cuando, m√°s tarde, el p√ļblico se retir√≥, el compa√Īero de Juan dijo que reparar√≠a el mal, y, sacando su frasco, unt√≥ la mu√Īeca con el ung√ľento que tan maravillosamente hab√≠a curado la pierna de la vieja. Y, en efecto; no bien estuvo la mu√Īeca untada, qued√≥ de nuevo entera, e incluso pod√≠a mover todos los miembros sin necesidad de tirar del cord√≥n; habr√≠ase dicho que era una persona viviente, s√≥lo que no hablaba. El hombre de los t√≠teres se puso muy contento; ya no necesitaba sostener aquella mu√Īeca, que hasta sab√≠a bailar por s√≠ sola: ninguna otra figura pod√≠a hacer tanto.

El cuello de camisa

√Črase una vez un caballero muy elegante, que por todo equipaje pose√≠a un calzador y un peine; pero ten√≠a un cuello de camisa que era el m√°s notable del mundo entero; y la historia de este cuello es la que vamos a relatar. El cuello ten√≠a ya la edad suficiente para pensar en casarse, y he aqu√≠ que en el cesto de la ropa coincidi√≥ con una liga. Dijo el cuello:

  • Jam√°s vi a nadie tan esbelto, distinguido y lindo. ¬ŅMe permite que le pregunte su nombre?
  • ¬°No se lo dir√©! -respondi√≥ la liga.
  • ¬ŅD√≥nde vive, pues? -insisti√≥ el cuello.

Pero la liga era muy t√≠mida, y pens√≥ que la pregunta era algo extra√Īa y que no deb√≠a contestarla.

  • ¬ŅEs usted un cintur√≥n, verdad? -dijo el cuello-, ¬Ņuna especie de cintur√≥n interior?. Bien veo, mi simp√°tica se√Īorita, que es una prenda tanto de utilidad como de adorno.
  • ¬°Haga el favor de no dirigirme la palabra! dijo la liga.- No creo que le haya dado pie para hacerlo.
  • S√≠, me lo ha dado. Cuando se es tan bonita replic√≥ el cuello- no hace falta m√°s motivo.
  • ¬°No se acerque tanto! -exclam√≥ la liga-. ¬°Parece usted tan varonil!
  • Soy tambi√©n un caballero fino -dijo el cuello-, tengo un calzador y un peine -. Lo cual no era verdad, pues quien los ten√≠a era su due√Īo; pero le gustaba vanagloriarse.
  • ¬°No se acerque tanto! -repiti√≥ la liga-. No estoy acostumbrada.
  • ¬°Qu√© remilgada! -dijo el cuello con tono burl√≥n; pero en √©stas los sacaron del cesto, los almidonaron y, despu√©s de haberlos colgado al sol sobre el respaldo de una silla, fueron colocados en la tabla de planchar; y lleg√≥ la plancha caliente.
  • ¬°Mi querida se√Īora -exclamaba el cuello-, mi querida se√Īora! ¬°Qu√© calor siento! ¬°Si no soy yo mismo! ¬°Si cambio totalmente de forma! ¬°Me va a quemar; va a hacerme un agujero! ¬°Huy! ¬ŅQuiere casarse conmigo?
  • ¬°Harapo! -replic√≥ la plancha, corriendo orgullosamente por encima del cuello; se imaginaba ser una caldera de vapor, una locomotora que arrastraba los vagones de un tren.
  • ¬°Harapo! -repiti√≥.

El cuello quedó un poco deshilachado de los bordes; por eso acudió la tijera a cortar los hilos.

  • ¬°Oh! -exclam√≥ el cuello-, usted debe de ser primera bailarina, ¬Ņverdad?. ¬°C√≥mo sabe estirar las piernas! Es lo m√°s encantador que he visto.

Nadie sería capaz de imitarla.

  • Ya lo s√© -respondi√≥ la tijera.
  • ¬°Merecer√≠a ser condesa! -dijo el cuello-. Todo lo que poseo es un se√Īor distinguido, un calzador y un peine. ¬°Si tuviese tambi√©n un condado!
  • ¬ŅSe me est√° declarando, el asqueroso? exclam√≥ la tijera, y, enfadada, le propin√≥ un corte que lo dej√≥ inservible.
  • Al fin tendr√© que solicitar la mano del peine. ¬°Es admirable c√≥mo conserva usted todos los dientes, mi querida se√Īorita! -dijo el cuello-. ¬ŅNo ha pensado nunca en casarse?
  • ¬°Claro, ya puede figur√°rselo! -contest√≥ el peine-. Seguramente habr√° o√≠do que estoy prometida con el calzador.
  • ¬°Prometida! -suspir√≥ el cuello; y como no hab√≠a nadie m√°s a quien declararse, se las dio en decir mal del matrimonio.

Pas√≥ mucho tiempo, y el cuello fue a parar al almac√©n de un fabricante de papel. Hab√≠a all√≠ una nutrida compa√Ī√≠a de harapos; los finos iban por su lado, los toscos por el suyo, como exige la correcci√≥n. Todos ten√≠an muchas cosas que explicar, pero el cuello los superaba a todos, pues era un gran fanfarr√≥n.

  • ¬°La de novias que he tenido! -dec√≠a-. No me dejaban un momento de reposo. Andaba yo hecho un petimetre en aquellos tiempos, siempre muy tieso y almidonado. Ten√≠a adem√°s un calzador y un peine, que jam√°s utilic√©. Ten√≠an que haberme visto entonces, cuando me acicalaba para una fiesta. Nunca me olvidar√© de mi primera novia; fue una cinturilla, delicada, elegante y muy linda; por m√≠ se tir√≥ a una ba√Īera. Luego hubo una plancha que ard√≠a por mi persona; pero no le hice caso y se volvi√≥ negra. Tuve tambi√©n relaciones con una primera bailarina; ella me produjo la herida, cuya cicatriz conservo; ¬°era terriblemente celosa! Mi propio peine se enamor√≥ de m√≠; perdi√≥ todos los dientes de mal de amores. ¬°Uf!, ¬°la de aventuras que he corrido! Pero lo que m√°s me duele es la liga, digo, la cinturilla, que se tir√≥ a la ba√Īera. ¬°Cu√°ntos pecados llevo sobre la conciencia! ¬°Ya es tiempo de que me convierta en papel blanco!

Y fue convertido en papel blanco, con todos los dem√°s trapos; y el cuello es precisamente la hoja que aqu√≠ vemos, en la cual se imprimi√≥ su historia. Y le est√° bien empleado, por haberse jactado de cosas que no eran verdad. Teng√°moslo en cuenta, para no comportarnos como √©l, pues en verdad no podemos saber si tambi√©n nosotros iremos a dar alg√ļn d√≠a al saco de los trapos viejos y seremos convertidos en papel, y toda nuestra historia, a√ļn lo m√°s √≠ntimo y secreto de ella, ser√° impresa, y andaremos por esos mundos teniendo que contarla.

El duende de la tienda

√Črase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que viv√≠a en una buhardilla y nada pose√≠a; y √©rase tambi√©n un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en la trastienda y era due√Īo de toda la casa; y en su habitaci√≥n moraba un duendecillo, al que todos los a√Īos, por Nochebuena, obsequiaba aqu√©l con un taz√≥n de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien pod√≠a hacerlo; y el duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas cosas. Un atardecer entr√≥ el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y el queso para su cena; no ten√≠a a quien enviar, por lo que iba √©l mismo. Di√©ronle lo que ped√≠a, lo pag√≥, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto de la cabeza. La mujer sab√≠a hacer algo m√°s que gesticular con la cabeza; era un pico de oro. El estudiante les correspondi√≥ de la misma manera y luego se qued√≥ parado, leyendo la hoja de papel que envolv√≠a el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, que jam√°s hubiera pensado que lo tratasen as√≠, pues era un libro de poes√≠a.

  • Todav√≠a nos queda m√°s -dijo el tendero-; lo compr√© a una vieja por unos granos de caf√©; por ocho chelines se lo cedo entero.
  • Muchas gracias -repuso el estudiante-. D√©melo a cambio del queso. Puedo comer pan solo; pero ser√≠a pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espl√©ndido, un hombre pr√°ctico, pero lo que es de poes√≠a, entiende menos que esa cuba. La verdad es que fue un tanto descort√©s al decirlo, especialmente por la cuba; pero tendero y estudiante se echaron a re√≠r, pues el segundo hab√≠a hablado en broma. Con todo, el duende se pic√≥ al o√≠r semejante comparaci√≥n, aplicada a un tendero que era due√Īo de una casa y encima vend√≠a una mantequilla excelente.

Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estaba acostado, excepto el estudiante, entr√≥ el duende en busca del pico de la due√Īa, pues no lo utilizaba mientras dorm√≠a; fue aplic√°ndolo a todos los objetos de la tienda, con lo cual √©stos adquir√≠an voz ¬†¬†¬† y ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† habla. y ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† pod√≠an ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† expresar ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† sus pensamientos y sentimientos tan bien como la propia se√Īora de la casa; pero, claro est√°, s√≥lo pod√≠a aplicarlo a un solo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¬°menudo barullo! El duende puso el pico en la cuba que conten√≠a los diarios viejos. – ¬ŅEs verdad que usted no sabe lo que es la poes√≠a?

  • Claro que lo s√© -respondi√≥ la cuba-. Es una cosa que ponen en la parte inferior de los peri√≥dicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay m√°s en m√≠ que en el estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco m√°s o menos.

Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste! Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieron la opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda mas remedio que respetarla y darla por buena.

  • ¬°Y ahora, al estudiante! -pens√≥; y subi√≥ callandito a la buhardilla, por la escalera de la cocina. Hab√≠a luz en el cuarto, y el duendecillo mir√≥ por el ojo de la cerradura y vio al estudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¬°qu√© claridad irradiaba de √©l!

De las p√°ginas emerg√≠a un viv√≠simo rayo de luz, que iba transform√°ndose en un tronco, en un poderoso √°rbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una de sus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza de doncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente l√≠mpidos. Los frutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una m√ļsica deliciosos resonaban en la destartalada habitaci√≥n. Jam√°s hab√≠a imaginado el duendecillo una magnificencia como aqu√©lla, jam√°s hab√≠a o√≠do hablar de cosa semejante. Por eso permaneci√≥ de puntillas, mirando hasta que se apag√≥ la luz. Seguramente el estudiante hab√≠a soplado la vela para acostarse; pero el duende segu√≠a en su sitio, pues continuaba oy√©ndose el canto, dulce y solemne, una deliciosa canci√≥n de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso.

  • ¬°Asombroso! -se dijo el duende-. ¬°Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedo con el estudiante… -. Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venci√≥ la sensatez y suspir√≥. – ¬°Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla! -. Y se volvi√≥; se volvi√≥ abajo, a casa del tendero. Fue una suerte que no tardase m√°s, pues la cuba hab√≠a gastado casi todo el pico de la due√Īa, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior, echada siempre de un lado; y se dispon√≠a justamente a volverse para empezar a contar por el lado opuesto, cuando entr√≥ el duende y le quit√≥ el pico; pero en adelante toda la tienda, desde el caj√≥n del dinero hasta la le√Īa de abajo, formaron sus opiniones calc√°ndolas sobre las de la cuba; todos la pon√≠an tan alta y le otorgaban tal confianza, que cuando el tendero le√≠a en el peri√≥dico de la tarde las noticias de arte y teatrales, ellos cre√≠an firmemente que proced√≠an de la cuba.

En cambio, el duendecillo ya no pod√≠a estarse quieto como antes, escuchando toda aquella erudici√≥n y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto ve√≠a brillar la luz en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban a las alturas; ten√≠a que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sent√≠a rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso, cuando Dios levanta sus olas; y romp√≠a a llorar, sin saber √©l mismo por qu√©, pero las l√°grimas le hac√≠an un gran bien. ¬°Qu√© magn√≠fico deb√≠a de ser estarse sentado bajo el √°rbol, junto al estudiante! Pero no hab√≠a que pensar en ello, y se daba por satisfecho contempl√°ndolo desde el ojo de la cerradura. Y all√≠ segu√≠a, en el fr√≠o rellano, cuando ya el viento oto√Īal se filtraba por los tragaluces, y el fr√≠o iba arreciando. S√≥lo que el duendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosos sones eran dominados por el silbar del viento. ¬°Uj√ļ, c√≥mo temblaba entonces, y bajaba corriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rinc√≥n, donde tan bien se estaba! Y cuando volvi√≥ la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, se declar√≥ resueltamente en favor del tendero. Pero a media noche despert√≥ al duendecillo un alboroto horrible, un gran estr√©pito en los escaparates, y gentes que iban y ven√≠an agitadas, mientras el sereno no cesaba de tocar el pito. Hab√≠a estallado un incendio, y toda la calle aparec√≠a iluminada. ¬ŅSer√≠a su casa o la del vecino? ¬ŅD√≥nde? ¬°Hab√≠a una alarma espantosa, una confusi√≥n terrible! La mujer del tendero estaba tan consternada, que se quit√≥ los pendientes de oro de las orejas y se los guard√≥ en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogi√≥ sus l√°minas de fondos p√ļblicos, y la criada, su mantilla de seda, que se hab√≠a podido comprar a fuerza de ahorros. Cada cual quer√≠a salvar lo mejor, y tambi√©n el duendecillo; y de un salto subi√≥ las escaleras y se meti√≥ en la habitaci√≥n del estudiante, quien, de pie junto a la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ard√≠a en la casa de enfrente. El duendecillo cogi√≥ el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, meti√©ndoselo en el gorro rojo lo sujet√≥ convulsivamente con ambas manos: el m√°s precioso tesoro de la casa estaba a salvo. Luego se dirigi√≥, corriendo por el tejado, a la punta de la chimenea, y all√≠ se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambas manos el gorro que conten√≠a el tesoro. S√≥lo entonces se dio cuenta de d√≥nde ten√≠a puesto su coraz√≥n; comprendi√≥ a qui√©n pertenec√≠a en realidad. Pero cuando el incendio estuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo:

  • Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causa de las papillas.

Y en esto se comport√≥ como un aut√©ntico ser humano. Todos procuramos estar bien con el tendero… por las papillas.

El Elfo del rosal

En el centro de un jard√≠n crec√≠a un rosal, cuajado de rosas, y en una de ellas, la m√°s hermosa de todas, habitaba un elfo, tan peque√Ī√≠n, que ning√ļn ojo humano pod√≠a distinguirlo. Detr√°s de cada p√©talo de la rosa ten√≠a un dormitorio. Era tan bien educado y tan guapo como pueda serlo un ni√Īo, y ten√≠a alas que le llegaban desde los hombros hasta los pies. ¬°Oh, y qu√© aroma exhalaban sus habitaciones, y qu√© claras y hermosas eran las paredes! No eran otra cosa sino los p√©talos de la flor, de color rosa p√°lido. Se pasaba el d√≠a gozando de la luz del sol, volando de flor en flor, bailando sobre las alas de la inquieta mariposa y midiendo los pasos que necesitaba dar para recorrer todos los caminos y senderos que hay en una sola hoja de tilo. Son lo que nosotros llamamos las nervaduras; para √©l eran caminos y sendas, ¬°y no poco largos! Antes de haberlos recorrido todos, se hab√≠a puesto el sol; claro que hab√≠a empezado algo tarde. Se enfri√≥ el ambiente, cay√≥ el roc√≠o, mientras soplaba el viento; lo mejor era retirarse a casa. El elfo ech√≥ a correr cuando pudo, pero la rosa se hab√≠a cerrado y no pudo entrar, y ninguna otra quedaba abierta. El pobre elfo se asust√≥ no poco. Nunca hab√≠a salido de noche, siempre hab√≠a permanecido en casita, dormitando tras los tibios p√©talos. ¬°Ay, su imprudencia le iba a costar la vida! Sabiendo que en el extremo opuesto del jard√≠n hab√≠a una glorieta recubierta de bella madreselva cuyas flores parec√≠an trompetillas pintadas, decidi√≥ refugiarse en una de ellas y aguardar la ma√Īana. Se traslad√≥ volando a la glorieta. ¬°Cuidado! Dentro hab√≠a dos personas, un hombre joven y guapo y una hermos√≠sima muchacha; sentados uno junto al otro, deseaban no tener que separarse en toda la eternidad; se quer√≠an con toda el alma, mucho m√°s de lo que el mejor de los hijos pueda querer a su madre y a su padre. – Y, no obstante, tenemos que separarnos -dec√≠a el joven- Tu hermano nos odia; por eso me env√≠a con una misi√≥n m√°s all√° de las monta√Īas y los mares. ¬°Adi√≥s, mi dulce prometida, pues lo eres a pesar de todo! Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una rosa despu√©s de haber estampado en ella un beso, tan intenso y sentido, que la flor se abri√≥. El elfo aprovech√≥ la ocasi√≥n para introducirse en ella, reclinando la cabeza en los suaves p√©talos fragantes; desde all√≠ pudo o√≠r perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio cuenta de que la rosa era prendida en el pecho del doncel. ¬°Ah, c√≥mo palpitaba el coraz√≥n debajo! Eran tan violentos sus latidos, que el elfo no pudo pegar el ojo. Pero la rosa no permaneci√≥ mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre la tom√≥ en su mano, y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la besaba con tanta frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo. √Čste pod√≠a percibir a trav√©s de la hoja el ardor de los labios del joven; y la rosa, por su parte, se hab√≠a abierto como al calor del sol m√°s c√°lido de mediod√≠a. Acerc√≥se entonces otro hombre, sombr√≠o y col√©rico; era el perverso hermano de la doncella. Sacando un afilado cuchillo de grandes dimensiones, lo clav√≥ en el pecho del enamorado mientras √©ste besaba la rosa. Luego le cort√≥ la cabeza y la enterr√≥, junto con el cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo. – Helo aqu√≠ olvidado y ausente -pens√≥ aquel malvado-; no volver√° jam√°s. Deb√≠a emprender un largo viaje a trav√©s de montes y oc√©anos. Es f√°cil perder la vida en estas expediciones, y ha muerto. No volver√°, y mi hermana no se atrever√° a preguntarme por √©l. Luego, con los pies, acumul√≥ hojas secas sobre la tierra mullida, y se march√≥ a su casa a trav√©s de la noche oscura. Pero no iba solo, como cre√≠a; lo acompa√Īaba el min√ļsculo elfo, montado en una enrollada hoja seca de tilo que se hab√≠a adherido al pelo del criminal, mientras enterraba a su v√≠ctima. Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignaci√≥n por aquel abominable crimen. El malvado lleg√≥ a casa al amanecer. Quit√≥se el sombrero y entr√≥ en el dormitorio de su hermana. La hermosa y lozana doncella, yac√≠a en su lecho, so√Īando en aqu√©l que tanto la amaba y que, seg√ļn ella cre√≠a, se encontraba en aquellos momentos caminando por bosques y monta√Īas. El perverso hermano se inclin√≥ sobre ella con una risa diab√≥lica, como s√≥lo el demonio sabe re√≠rse. Entonces la hoja seca se le cay√≥ del pelo, quedando sobre el cubrecamas, sin que √©l se diera cuenta. Luego sali√≥ de la habitaci√≥n para acostarse unas horas. El elfo salt√≥ de la hoja y, entr√°ndose en el o√≠do de la dormida muchacha, cont√≥le, como en sue√Īos, el horrible asesinato, describi√©ndole el lugar donde el hermano lo hab√≠a perpetrado y aquel en que yac√≠a el cad√°ver. Le habl√≥ tambi√©n del tilo florido que crec√≠a all√≠, y dijo: ¬ęPara que no pienses que lo que acabo de contarte es s√≥lo un sue√Īo, encontrar√°s sobre tu cama una hoja seca¬Ľ. Y, efectivamente, al despertar ella, la hoja estaba all√≠. ¬°Oh, qu√© amargas l√°grimas verti√≥! ¬°Y sin tener a nadie a quien poder confiar su dolor! La ventana permaneci√≥ abierta todo el d√≠a; al elfo le hubiera sido f√°cil irse a las rosas y a todas las flores del jard√≠n; pero no tuvo valor para abandonar a la afligida joven. En la ventana hab√≠a un rosal de Bengala; instal√≥se en una de sus flores y se estuvo contemplando a la pobre doncella. Su hermano se present√≥ repetidamente en la habitaci√≥n, alegre a pesar de su crimen; pero ella no os√≥ decirle una palabra de su cuita. No bien hubo oscurecido, la joven sali√≥ disimuladamente de la casa, se dirigi√≥ al bosque, al lugar donde crec√≠a el tilo, y, apartando las hojas y la tierra, no tard√≥ en encontrar el cuerpo del asesinado. ¬°Ah, c√≥mo llor√≥, y c√≥mo rog√≥ a Dios Nuestro Se√Īor que le concediese la gracia de una pronta muerte! Hubiera querido llevarse el cad√°ver a casa, pero al serle imposible, cogi√≥ la cabeza l√≠vida, con los cerrados ojos, y, besando la fr√≠a boca, sacudi√≥ la tierra adherida al hermoso cabello.¬† – ¬°La guardar√©! -dijo, y despu√©s de haber cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvi√≥ a su casa con la cabeza y una ramita de jazm√≠n que florec√≠a en el sitio de la sepultura. Llegada a su habitaci√≥n, cogi√≥ la maceta m√°s grande que pudo encontrar, deposit√≥ en ella la cabeza del muerto, la cubri√≥ de tierra y plant√≥ en ella la rama de jazm√≠n.

  • ¬°Adi√≥s, adi√≥s! -susurr√≥ el geniecillo, que, no pudiendo soportar por m√°s tiempo aquel gran dolor, vol√≥ a su rosa del jard√≠n. Pero estaba marchita; s√≥lo unas pocas hojas amarillas colgaban a√ļn del c√°liz verde.
  • ¬°Ah, qu√© pronto pasa lo bello y lo bueno! suspir√≥ el elfo. Por fin encontr√≥ otra rosa y estableci√≥ en ella su morada, detr√°s de sus delicados y fragantes p√©talos.

Cada ma√Īana se llegaba volando a la ventana de la desdichada muchacha, y siempre encontraba a √©sta llorando junto a su maceta. Sus amargas l√°grimas ca√≠an sobre la ramita de jazm√≠n, la cual crec√≠a y se pon√≠a verde y lozana, mientras la palidez iba invadiendo las mejillas de la doncella. Brotaban nuevas ramillas, y florec√≠an blancos capullitos, que ella besaba. El perverso hermano no cesaba de re√Īirle, pregunt√°ndole si se hab√≠a vuelto loca. No pod√≠a soportarlo, ni comprender por qu√© lloraba continuamente sobre aquella maceta. Ignoraba qu√© ojos cerrados y qu√© rojos labios se estaban convirtiendo all√≠ en tierra. La muchacha reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de la rosa sol√≠a encontrarla all√≠ dormida; entonces se deslizaba en su o√≠do y le contaba de aquel anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y del amor de los elfos; ella so√Īaba dulcemente. Un d√≠a, mientras se hallaba sumida en uno de estos sue√Īos, se apag√≥ su vida, y la muerte la acogi√≥, misericordiosa. Encontr√≥se en el cielo, junto al ser amado. Y los jazmines abrieron sus blancas flores y esparcieron su maravilloso aroma caracter√≠stico; era su modo de llorar a la muerta. El mal hermano se apropi√≥ la hermosa planta florida y la puso en su habitaci√≥n, junto a la cama, pues era preciosa, y su perfume, una verdadera delicia. La sigui√≥ el peque√Īo elfo de la rosa, volando de florecilla en florecilla, en cada una de las cuales habitaba una almita, y les habl√≥ del joven inmolado cuya cabeza era ahora tierra entre la tierra, y les habl√≥ tambi√©n del malvado hermano y de la desdichada hermana. – ¬°Lo sabemos -dec√≠a cada alma de las flores-, lo sabemos! ¬ŅNo brotamos acaso de los ojos y de los labios del asesinado? ¬°Lo sabemos, lo sabemos! -. Y hac√≠an con la cabeza unos gestos significativos. El elfo no lograba comprender c√≥mo pod√≠an estarse tan quietas, y se fue volando en busca de las abejas, que recog√≠an miel, y les cont√≥ la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la ma√Īana siguiente, dieran muerte al asesino. Pero la noche anterior, la primera que sigui√≥ al fallecimiento de la hermana, al quedarse dormido el malvado en su cama junto al oloroso jazm√≠n, se abrieron todos los c√°lices; invisibles, pero armadas de ponzo√Īosos dardos, salieron todas las almas de las flores y, penetrando primero en sus o√≠dos, le contaron sue√Īos de pesadilla; luego, volando a sus labios, le hirieron en la lengua con sus venenosas flechas. – ¬°Ya hemos vengado al muerto! -dijeron, y se retiraron de nuevo a las flores blancas del jazm√≠n. Al amanecer y abrirse s√ļbitamente la ventana del dormitorio, entraron el elfo de la rosa con la reina de las abejas y todo el enjambre, que ven√≠a a ejecutar su venganza. Pero ya estaba muerto; varias personas que rodeaban la cama dijeron: – El perfume del jazm√≠n lo ha matado. El elfo comprendi√≥ la venganza de las flores y lo explic√≥ a la reina de las abejas, y ella, con todo el enjambre, revolote√≥ zumbando en torno a la maceta. No hab√≠a modo de ahuyentar a los insectos, y entonces un hombre se llev√≥ el tiesto afuera; mas al picarle en la mano una de las abejas, solt√≥ √©l la maceta, que se rompi√≥ al tocar el suelo. Entonces descubrieron el l√≠vido cr√°neo, y supieron que el muerto que yac√≠a en el lecho era un homicida. La reina de las abejas segu√≠a zumbando en el aire y cantando la venganza de las flores, y cantando al elfo de la rosa, y pregonando que detr√°s de la hoja m√°s m√≠nima hay alguien que puede descubrir la maldad y vengarla.

El gollete de botella

En una tortuosa callejuela, entre varias m√≠seras casuchas, se alzaba una de paredes entramadas, alta y desvencijada. Viv√≠an en ella gente muy pobre; y lo m√°s m√≠sero de todo era la buhardilla, en cuya ventanuco colgaba, a la luz del sol, una vieja jaula abollada que ni siquiera ten√≠a bebedero; en su lugar hab√≠a un gollete de botella puesto del rev√©s, tapado por debajo con un tap√≥n de corcho y lleno de agua. Una vieja solterona estaba asomada al exterior; acababa de adornar con pr√≠mulas la jaula donde un diminuto pardillo saltaba de uno a otro palo cantando tan alegremente, que su voz resonaba a gran distancia. ¬ę¬°Ay, bien puedes t√ļ cantar! -exclam√≥ el gollete. Bueno, no es que lo dijera como lo decimos nosotros, pues un casco de botella no puede hablar, pero lo pens√≥ a su manera, como nosotros cuando hablamos para nuestros adentros -. S√≠, t√ļ puedes cantar, pues no te falta ning√ļn miembro. Si t√ļ supieras, como yo lo s√©, lo que significa haber perdido toda la parte inferior del cuerpo, sin quedarme m√°s que cuello y boca, y aun √©sta con un tap√≥n metido dentro… Seguro que no cantar√≠as. Pero vale m√°s as√≠, que siquiera t√ļ puedas alegrarte. Yo no tengo ning√ļn motivo para cantar, aparte que no s√© hacerlo; antes s√≠ sab√≠a, cuando era una botella hecha y derecha, y me frotaban con un tap√≥n. Era entonces una verdadera alondra, me llamaban la gran alondra. Y luego, cuando viv√≠a en el bosque, con la familia del pellejero y celebraron la boda de su hija… Me acuerdo como si fuese ayer. ¬°La de aventuras que he pasado, y que podr√≠a contarte! He estado en el fuego y en el agua, metida en la negra tierra, y he subido a alturas que muy pocos han alcanzado, y ah√≠ me tienes ahora en esta jaula, expuesta al aire y al sol. A lo mejor te gustar√≠a o√≠r mi historia, aunque no la voy a contar en voz alta, pues no puedo¬Ľ. Y as√≠ el gollete de botella – hablando para s√≠, o por lo menos pens√°ndolo para sus adentros – empez√≥ a contar su historia, que era notable de verdad. Entretanto, el pajarillo cantaba su alegre canci√≥n, y abajo en la calle todo el mundo iba y ven√≠a, pensando cada cual en sus problemas o en nada. Pero el gollete de la botella recuerda que recuerda. Vio el horno ardiente de la f√°brica donde, soplando, le hab√≠an dado vida; record√≥ que hac√≠a un calor sofocante en aquel horno estrepitoso, lugar de su nacimiento; que mirando a sus honduras le hab√≠an entrado ganas de saltar de nuevo a ellas, pero que, poco a poco, al irse enfriando, se fue sintiendo bien y a gusto en su nuevo sitio, en hilera con un regimiento entero de hermanos y hermanas, nacidas todas en el mismo horno, aunque unas destinadas a contener champa√Īa y otras cerveza, lo cual no era poca diferencia. M√°s tarde, ya en el ancho mundo, cabe muy bien que en una botella de cerveza se envase el exquisito ¬ęlacrimae Christi¬Ľ, y que en una botella de champa√Īa echen bet√ļn de calzado; pero siempre queda la forma, como ejecutoria del nacimiento. El noble es siempre noble, aunque por dentro est√© lleno de bet√ļn. Despu√©s de un rato, todas las botellas fueron embaladas, la nuestra con las dem√°s. No pensaba entonces ella que acabar√≠a en simple gollete y que servir√≠a de bebedero de p√°jaro en aquellas alturas, lo cual no deja de ser una existencia honrosa, pues siquiera se es algo. No volvi√≥ a ver la luz del d√≠a hasta que la desembalaron en la bodega de un cosechero, junto con sus compa√Īeras, y la enjuagaron por primera vez, cosa que le produjo una sensaci√≥n extra√Īa. Qued√≥se all√≠ vac√≠a y sin tapar, presa de un curioso desfallecimiento. Algo le faltaba, no sab√≠a qu√© a punto fijo, pero algo. Hasta que la llenaron de vino, un vino viejo y de solera; la taparon y lacraron, peg√°ndole a continuaci√≥n un papel en que se le√≠a: ¬ęPrimera calidad¬Ľ. Era como sacar sobresaliente en el examen; pero es que en realidad el vino era bueno, y la botella, buena tambi√©n. Cuando se es joven, todo el mundo se siente poeta. La botella se sent√≠a llena de canciones y versos referentes a cosas de las que no ten√≠a la menor idea: las verdes monta√Īas soleadas, donde maduran las uvas y donde las retozonas muchachas y los bulliciosos mozos cantan y se besan. ¬°Ah, qu√© bella es la vida! Todo aquello cantaba y resonaba en el interior de la botella, lo mismo que ocurre en el de los j√≥venes poetas, que con frecuencia tampoco saben nada de todo aquello. Un buen d√≠a la vendieron. El aprendiz del peletero fue enviado a comprar una botella de vino ¬ędel mejor¬Ľ, y as√≠ fue ella a parar al cesto, junto con jam√≥n, salchichas y queso, sin que faltaran tampoco una mantequilla de magn√≠fico aspecto y un pan exquisito. La propia hija del peletero vaci√≥ el cesto. Era joven y linda; re√≠an sus ojos azules, y una sonrisa se dibujaba en su boca, que hablaba tan elocuentemente como sus ojos. Sus manos eran finas y delicadas, y muy blancas, aunque no tanto como el cuello y el pecho. Ve√≠ase a la legua que era una de las mozas m√°s bellas de la ciudad, y, sin embargo, no estaba prometida. Cuando la familia sali√≥ al bosque, la cesta de la comida qued√≥ en el regazo de la hija; el cuello de la botella asomaba por entre los extremos del blanco pa√Īuelo; cubr√≠a el tap√≥n un sello de lacre rojo, que miraba al rostro de la muchacha. Pero no dejaba de echar tampoco ojeadas al joven marino, sentado a su lado. Era un amigo de infancia, hijo de un pintor retratista. Acababa de pasar felizmente su examen de piloto, y al d√≠a siguiente se embarcaba en una nave con rumbo a lejanos pa√≠ses. De ello hab√≠an estado hablando largamente mientras empaquetaban, y en el curso de la conversaci√≥n no se hab√≠a reflejado mucha alegr√≠a en los ojos y en la boca de la linda hija del peletero. Los dos j√≥venes se metieron por el verde bosque, enzarzados en un coloquio. ¬ŅDe qu√© hablar√≠an? La botella no lo oy√≥, pues se hab√≠a quedado en la cesta. Pas√≥ mucho rato antes de que la sacaran, pero cuando al fin, lo hicieron, hab√≠an sucedido cosas muy agradables; todos los ojos estaban sonrientes, incluso los de la hija, la cual apenas abr√≠a la boca, y ten√≠a las mejillas encendidas como rosas encarnadas. El padre cogi√≥ la botella llena y el sacacorchos. Es extra√Īo, s√≠, la impresi√≥n que se siente cuando a una la descorchan por vez primera. Jam√°s olvid√≥ el cuello de la botella aquel momento solemne; al saltar el tap√≥n le hab√≠a escapado de dentro un raro sonido, ¬ę¬°plump!¬Ľ, seguido de un gorgoteo al caer el vino en los vasos.

  • ¬°Por la felicidad de los prometidos! – dijo el padre, y todos los vasos se vaciaron hasta la √ļltima gota, mientras el joven piloto besaba a su hermosa novia.
  • ¬°Dichas y bendiciones! -exclamaron los dos viejos.

El mozo volvi√≥ a llenar los vasos. – ¬°Por mi regreso y por la boda de hoy en un a√Īo! -brind√≥, y cuando los vasos volvieron a quedar vac√≠os, levantando la botella, a√Īadi√≥: – ¬°Has asistido al d√≠a m√°s hermoso de mi vida; nunca m√°s volver√°s a servir! -. Y la arroj√≥ al aire. Poco pens√≥ entonces la muchacha que a√ļn ver√≠a volar otras veces la botella; y, sin embargo, as√≠ fue. La botella fue a caer en el espeso ca√Īaveral de un peque√Īo estanque que hab√≠a en el bosque; el gollete recordaba a√ļn perfectamente c√≥mo hab√≠a ido a parar all√≠ y c√≥mo hab√≠a pensado: ¬ęLes di vino y ellos me devuelven agua cenagosa; su intenci√≥n era buena, de todos modos¬Ľ. No pod√≠a ya ver a la pareja de novios ni a sus regocijados padres, pero durante largo rato los estuvo oyendo cantar y charlar alegremente. Llegaron en esto dos chiquillos campesinos, que, mirando por entre las ca√Īas, descubrieron la botella y se la llevaron a casa. Volv√≠a a estar atendida. En la casa del bosque donde moraban los muchachos, la v√≠spera hab√≠a llegado su hermano mayor, que era marino, para despedirse, pues iba a emprender un largo viaje. Corr√≠a la madre de un lado para otro empaquetando cosas y m√°s cosas; al anochecer, el padre ir√≠a a la ciudad a ver a su hijo por √ļltima vez antes de su partida, y a llevarle el √ļltimo saludo de la madre. Hab√≠a puesto ya en el hato una botellita de aguardiente de hierbas arom√°ticas, cuando se presentaron los muchachitos con la botella encontrada, que era mayor y m√°s resistente. Su capacidad era superior a la de la botellita, y el licor era muy bueno para el dolor de est√≥mago, pues entre otras muchas hierbas, conten√≠a corazoncillo. Esta vez no llenaron la botella con vino, como la anterior, sino con una poci√≥n amarga, aunque excelente, para el est√≥mago. La nueva botella reemplaz√≥ a la antigua, y as√≠ reanud√≥ aqu√©lla sus correr√≠as. Pas√≥ a bordo del barco propiedad de Peter Jensen, justamente el mismo en el que serv√≠a el joven piloto, el cual no vio la botella, aparte que lo m√°s probable es que no la hubiera reconocido ni pensado que era la misma con cuyo contenido hab√≠an brindado por su noviazgo y su feliz regreso. Aunque no era vino lo que la llenaba, no era menos bueno su contenido. A Peter Jensen lo llamaban sus compa√Īeros ¬ęEl boticario¬Ľ, pues a cada momento sacaba la botella y administraba a alguien la excelente medicina – excelente para el est√≥mago, entend√°monos -; y aquello dur√≥ hasta que se hubo consumido la √ļltima gota. Fueron d√≠as felices, y la botella sol√≠a cantar cuando la frotaban con el tap√≥n. De entonces le vino el nombre de alondra, la alondra de Peter Jensen. Hab√≠a transcurrido un largo tiempo, y la botella hab√≠a sido dejada, vac√≠a, en un rinc√≥n; mas he aqu√≠ que – si la cosa ocurri√≥ durante el viaje de ida o el de vuelta, la botella no lo supo nunca a punto fijo, pues jam√°s desembarc√≥ – se levant√≥ una tempestad. Olas enormes negras y densas, se encabritaban, levantaban el barco hasta las nubes y lo lanzaban en todas direcciones; quebr√≥se el palo mayor, un golpe de mar abri√≥ una v√≠a de agua, y las bombas resultaban in√ļtiles. Era una noche oscura como boca de lobo, y el barco se iba a pique; en el √ļltimo momento, el joven piloto escribi√≥ en una hoja de papel: ¬ę¬°En el nombre de Dios, naufragamos!¬Ľ. Estamp√≥ el nombre de su prometida, el suyo propio y el del buque, meti√≥ el papel en una botella vac√≠a que encontr√≥ a mano y, tap√°ndola fuertemente, la arroj√≥ al mar tempestuoso. Ignoraba que era la misma que hab√≠a servido para llenar los vasos de la alegr√≠a y de la esperanza. Ahora flotaba entre las olas llevando un mensaje de adi√≥s y de muerte. Hundi√≥se el barco, y con √©l la tripulaci√≥n, mientras la botella volaba como un p√°jaro, llevando dentro un coraz√≥n, una carta de amor. Y sali√≥ el sol y se puso de nuevo, y a la botella le pareci√≥ como si volviese a los tiempos de su infancia, en que ve√≠a el rojo horno ardiente. Vivi√≥ per√≠odos de calma y nuevas tempestades, pero ni se estrell√≥ contra una roca ni fue tragada por un tibur√≥n. M√°s de un a√Īo estuvo flotando al azar, ora hacia el Norte, ora hacia Mediod√≠a, a merced de las corrientes marinas. Por lo dem√°s, era due√Īa de s√≠, pero al cabo de un tiempo uno llega a cansarse incluso de esto. La hoja escrita, con el √ļltimo adi√≥s del novio a su prometida, s√≥lo duelo habr√≠a tra√≠do, suponiendo que hubiese ido a parar a las manos a que iba destinada. Pero, ¬Ņd√≥nde estaban aquellas manos, tan blancas cuando, all√° en el verde bosque, se extend√≠an sobre la jugosa hierba el d√≠a del noviazgo? ¬ŅD√≥nde estaba la hija del peletero? ¬ŅD√≥nde se hallaba su tierra, y cu√°l ser√≠a la m√°s pr√≥xima? La botella lo ignoraba; segu√≠a en su eterno vaiv√©n, y al fin se sent√≠a ya harta de aquella vida; su destino era otro. Con todo, continu√≥ su viaje, hasta que, finalmente, fue arrojada a la costa, en un pa√≠s extra√Īo. No comprend√≠a una palabra de lo que las gentes hablaban; no era la lengua que oyera en otros tiempos, y uno se siente muy desvalido cuando no entiende el idioma.

El gorro de dormir del solterón

Hay en Copenhague una calle que lleva el extra√Īo nombre de ¬ęHyskenstraede¬Ľ (Callej√≥n de Hysken). ¬ŅPor qu√© se llama as√≠ y qu√© significa su nombre? Hay quien dice que es de origen alem√°n, aunque esto ser√≠a atropellar esta lengua, pues en tal caso Hysken ser√≠a: ¬ęH√§uschen¬Ľ, palabra que significa ¬ęcasitas¬Ľ. Las tales casitas, por espacio de largos a√Īos, s√≥lo fueron barracas de madera, casi como las que hoy vemos en las ferias, tal vez un poco mayores, y con ventanas, que en vez de cristales ten√≠an placas de cuerno o de vejiga, pues el poner vidrios en las ventanas era en aquel tiempo todo un lujo. De esto, empero, hace tanto tiempo, que el bisabuelo dec√≠a, al hablar de ello: ¬ęAntiguamente…¬Ľ. Hoy hace de ello varios siglos. Los ricos comerciantes de Brema y Lubeck negociaban en Copenhague. Ellos no ven√≠an en persona, sino que enviaban a sus dependientes, los cuales se alojaban en los barracones de la Calleja de las casitas, y en ellas vend√≠an su cerveza y sus especias. La cerveza alemana era entonces muy estimada, y la hab√≠a de muchas clases: de Brema, de Pr√ľssinger, de Ems, sin faltar la de Brunswick. Vend√≠an luego una gran variedad de especias: azafr√°n, an√≠s, jengibre y, especialmente, pimienta. √Čsta era la m√°s estimada, y de aqu√≠ que a aquellos vendedores se les aplicara el apodo de ¬ępimenteros¬Ľ. Cuando sal√≠an de su pa√≠s, contra√≠an el compromiso de no casarse en el lugar de su trabajo. Muchos de ellos llegaban a edad avanzada y ten√≠an que cuidar de su persona, arreglar su casa y apagar la lumbre – cuando la ten√≠an -. Algunos se volv√≠an hura√Īos, como ni√Īos envejecidos, solitarios, con ideas y costumbres especiales. De ah√≠ viene que en Dinamarca se llame ¬ępimentero¬Ľ a todo hombre soltero que ha llegado a una edad m√°s que suficiente para casarse. Hay que saber todo esto para comprender mi cuento. Es costumbre hacer burla de los ¬ępimenteros¬Ľ o solterones, como decimos aqu√≠; una de sus bromas consiste en decirle que se vayan a acostar y que se calen el gorro de dormir hasta los ojos. Corta, corta, madera,¬† ¬°ay de ti, solter√≥n! El gorro de dormir se acuesta contigo,¬† en vez de un tesorito lindo y fino. S√≠, esto es lo que les cantan. Se burlan del solter√≥n y de su gorro de noche, precisamente porque conocen tan mal a uno y otro. ¬°Ay, no dese√©is a nadie el gorro de dormir! ¬ŅPor qu√©? Escuchad: Anta√Īo, la Calleja de las Casitas no estaba empedrada; sal√≠as de un bache para meterte en un hoyo, como en un camino removido por los carros, y adem√°s era muy angosta. Las casuchas se tocaban, y era tan reducido el espacio que mediaba entre una hilera y la de enfrente, que en verano sol√≠an tender una cuerda desde un tenducho al opuesto; toda la calle ol√≠a a pimienta, azafr√°n y jengibre. Detr√°s de las mesitas no sol√≠a haber gente joven; la mayor√≠a eran solterones, los cuales no cre√°is que fueran con peluca o gorro de dormir, pantal√≥n de felpa, y chaleco y chaqueta abrochados hasta el cuello, no; aunque √©sta era, en efecto, la indumentaria del bisabuelo de nuestro bisabuelo, y as√≠ lo vemos retratado. Los ¬ępimenteros¬Ľ no contaban con medios para hacerse retratar, y es una l√°stima que no tengamos ahora el cuadro de uno de ellos, retratado en su tienda o yendo a la iglesia los d√≠as festivos. El sombrero era alto y de ancha ala, y los m√°s j√≥venes se lo adornaban a veces con una pluma; la camisa de lana desaparec√≠a bajo un cuello vuelto, de hilo blanco; la chaqueta quedaba ce√Īida y abrochada de arriba abajo; la capa colgaba suelta sobre el cuerpo, mientras los pantalones bajaban rectos hasta los zapatos, de ancha punta, pues no usaban medias. Del cintur√≥n colgaban el cuchillo y la cuchara para el trabajo de la tienda, am√©n de un pu√Īal para la propia defensa, lo cual era muy necesario en aquellos tiempos. Justamente as√≠ iba vestido los d√≠as de fiesta el viejo Ant√≥n, uno de los solterones m√°s empedernidos de la calleja; s√≥lo que en vez del sombrero alto llevaba una capucha, y debajo de ella un gorro de punto, un aut√©ntico gorro de dormir. Se hab√≠a acostumbrado a llevarlo, y jam√°s se lo quitaba de la cabeza; y ten√≠a dos gorros de √©stos. Su aspecto ped√≠a a voces el retrato: era seco como un huso, ten√≠a la boca y los ojos rodeados de arrugas, largos dedos huesudos y cejas grises y erizadas. Sobre el ojo izquierdo le colgaba un gran mech√≥n que le sal√≠a de un lunar; no puede decirse que lo embelleciera, pero al menos serv√≠a para identificarlo f√°cilmente. Se dec√≠a de √©l que era de Brema, aunque en realidad no era de all√≠, pero s√≠ viv√≠a en Brema su patr√≥n. √Čl era de Turingia, de la ciudad de Eisenach, en la falda de la Wartburg. El viejo Ant√≥n sol√≠a hablar poco de su patria chica, pero tanto m√°s pensaba en ella. No era usual que los viejos vendedores de la calle se reunieran, sino que cada cual permanec√≠a en su tenducho, que se cerraba al atardecer, y entonces la calleja quedaba completamente oscura; s√≥lo un tenue resplandor sal√≠a por la peque√Īa placa de cuerno del rejado, y en el interior de la casucha, el viejo, sentado generalmente en la cama con su libro alem√°n de c√°nticos, entonaba su canci√≥n nocturnal o trajinaba hasta bien entrada la noche, ocupado en mil quehaceres. Divertido no lo era, a buen seguro. Ser forastero en tierra extra√Īa es condici√≥n bien amarga. Nadie se preocupa de uno, a no ser que le estorbe. Y entonces la preocupaci√≥n lleva consigo el quit√°rselo a uno de encima. En las noches oscuras y lluviosas, la calle aparec√≠a por dem√°s l√ļgubre y desierta. No hab√≠a luz; s√≥lo un diminuto farol colgaba en el extremo, frente a una imagen de la Virgen pintada en la pared. Se o√≠a tamborilear y chapotear el agua sobre el cercano baluarte, en direcci√≥n a la presa de Slotholm, cerca de la cual desembocaba la calle. Las veladas as√≠ resultan largas y aburridas, si no se busca en qu√© ocuparlas: no todos los d√≠as hay que empaquetar o desempaquetar, liar cucuruchos, limpiar los platillos de la balanza; hay que idear alguna otra cosa, que es lo que hac√≠a nuestro viejo Ant√≥n: se cos√≠a sus prendas o remendaba los zapatos. Por fin se acostaba, conservando puesto el gorro; se lo calaba hasta los ojos, y unos momentos despu√©s volv√≠a a levantarlo, para cerciorarse de que la luz estaba bien apagada. Palpaba el p√°bilo, apret√°ndolo con los dedos, y luego se echaba del otro lado, volviendo a encasquetarse el gorro. Pero muchas veces se le ocurr√≠a pensar: ¬Ņno habr√° quedado un ascua encendida en el braserillo que hay debajo de la mesa? Una chispita que quedara encendida, pod√≠a avivarse y provocar un desastre. Y volv√≠a a levantarse, bajaba la escalera de mano – pues otra no hab√≠a – y, llegado al brasero y comprobado que no se ve√≠a ninguna chispa, regresaba arriba. Pero no era raro que, a mitad de camino, le asaltase la duda de si la barra de la puerta estar√≠a bien puesta, y las aldabillas bien echadas. Y otra vez abajo sobre sus escu√°lidas piernas, tiritando y casta√Īete√°ndole los dientes, hasta que volv√≠a a meterse en cama, pues el fr√≠o es m√°s rabioso que nunca cuando sabe que tiene que marcharse. Cubr√≠ase bien con la manta, se hund√≠a el gorro de dormir hasta m√°s abajo de los ojos y procuraba apartar sus pensamientos del negocio y de las preocupaciones del d√≠a. Mas no siempre consegu√≠a aquietarse, pues entonces se presentaban viejos recuerdos y descorr√≠an sus cortinas, las cuales tienen a veces alfileres que pinchan. ¬°Ay!, exclama uno; y se la clavan en la carne y queman, y las l√°grimas le vienen a los ojos. As√≠ le ocurr√≠a con frecuencia al viejo Ant√≥n, que a veces lloraba l√°grimas ardientes, clar√≠simas perlas que ca√≠an sobre la manta o al suelo, resonando como acordes arrancados a una cuerda dolorida, como si salieran del coraz√≥n. Y al evaporarse, se inflamaban e iluminaban en su mente un cuadro de su vida que nunca se borraba de su alma. Si se secaba los ojos con el gorro, quedaban rotas las l√°grimas y la imagen, pero no su fuente, que brotaba del coraz√≥n. Aquellos cuadros no se presentaban por el orden que hab√≠an tenido en la realidad; lo corriente era que apareciesen los m√°s dolorosos, pero tambi√©n acud√≠an otros de una dulce tristeza, y √©stos eran los que entonces arrojaban las mayores sombras. Todos reconocen cu√°n magn√≠ficos son los hayedos de Dinamarca, pero en la mente de Ant√≥n se levantaba m√°s magn√≠fico todav√≠a el bosque de hayas de Wartburg; m√°s poderosos y venerables le parec√≠an los viejos robles que rodeaban el altivo castillo medieval, con las plantas trepadoras colgantes de los sillares; m√°s dulcemente ol√≠an las flores de sus manzanos que las de los manzanos daneses; percib√≠a bien distintamente su aroma. Rod√≥ una l√°grima, sonora y luminosa, y entonces vio claramente dos muchachos, un ni√Īo y una ni√Īa. Estaban jugando. El muchacho ten√≠a las mejillas coloradas, rubio cabello ondulado, ojos azules de expresi√≥n leal. Era el hijo del rico comerciante, Anto√Īito, √©l mismo. La ni√Īa ten√≠a ojos casta√Īos y pelo negro; la mirada, viva e inteligente; era Molly, hija del alcalde. Los dos chiquillos jugaban con una manzana, la sacud√≠an y o√≠an sonar en su interior las pepitas. Cortaban la fruta y se la repart√≠an por igual; luego se repart√≠an tambi√©n las semillas y se las com√≠an todas menos una; ten√≠an que plantarla, hab√≠a dicho la ni√Īa. – ¬°Ver√°s lo que sale! Saldr√° algo que nunca habr√≠as imaginado. Un manzano entero, pero no enseguida. Y depositaron la semilla en un tiesto, trabajando los dos con gran entusiasmo. El ni√Īo abri√≥ un hoyo en la tierra con el dedo, la chiquilla deposit√≥ en √©l la semilla, y los dos la cubrieron con tierra. Ahora no vayas a sacarla ma√Īana para ver si ha echado ra√≠ces – advirti√≥ Molly -; eso no se hace. Yo lo prob√© por dos veces con mis flores; quer√≠a ver si crec√≠an, tonta de m√≠, y las flores se murieron. Ant√≥n se qued√≥ con el tiesto, y cada ma√Īana, durante todo el invierno, sali√≥ a mirarlo, mas s√≥lo se ve√≠a la negra tierra. Pero al llegar la primavera, y cuando el sol ya calentaba, asomaron dos hojitas verdes en el tiesto. – Son yo y Molly – exclam√≥ Ant√≥n -. ¬°Es maravilloso! Pronto apareci√≥ una tercera hoja; ¬Ņqu√© significaba aquello? Y luego sali√≥ otra, y todav√≠a otra. D√≠a tras d√≠a, semana tras semana, la planta iba creciendo, hasta que se convirti√≥ en un arbolillo hecho y derecho. Y todo eso se reflejaba ahora en una √ļnica l√°grima, que se desliz√≥ y desapareci√≥; pero otras brotar√≠an de la fuente, del coraz√≥n del viejo Ant√≥n. En las cercan√≠as de Eisenach se extiende una l√≠nea de monta√Īas rocosas; una de ellas tiene forma redondeada y est√° desnuda, sin √°rboles, matorrales ni hierba. Se llama Venusberg, la monta√Īa de Venus, una diosa de los tiempos paganos a quien llamaban Dama Holle; todos los ni√Īos de Eisenach lo sab√≠an y lo saben a√ļn. Con sus hechizos hab√≠a atra√≠do al caballero Tannh√§user, el trovador del c√≠rculo de cantores de Wartburg. La peque√Īa Molly y Ant√≥n iban con frecuencia a la monta√Īa, y un d√≠a dijo ella:

  • ¬ŅA que no te atreves a llamar a la roca y gritar: ¬°¬ęDama Holle, Dama Holle, abre, que aqu√≠ est√° Tannh√§user!?¬Ľ.

Ant√≥n no se atrevi√≥, pero s√≠ Molly, aunque s√≥lo pronunci√≥ las palabras: ¬ę¬°Dama Holle, Dama Holle!¬Ľ en voz muy alta y muy clara; el resto lo dijo de una manera tan confusa, en direcci√≥n del viento, que Ant√≥n qued√≥ persuadido de que no hab√≠a dicho nada. ¬°Qu√© valiente estaba entonces! Ten√≠a un aire tan resuelto, como cuando se reun√≠a con otras ni√Īas en el jard√≠n, y todas se empe√Īaban en besarlo, precisamente porque √©l no se dejaba, y la emprend√≠a a golpes, por lo que ninguna se atrev√≠a a ello. Nadie excepto Molly, desde luego.

  • ¬°Yo puedo besarlo! – dec√≠a con orgullo, rode√°ndole el cuello con los brazos; en ello pon√≠a su pundonor. Ant√≥n se dejaba, sin darle mayor importancia. ¬°Qu√© bonita era, y qu√© atrevida! Dama Holle de la monta√Īa deb√≠a de ser tambi√©n muy hermosa, pero su belleza, dec√≠ase, era la enga√Īosa belleza del diablo. La mejor hermosura era la de Santa Isabel, patrona del pa√≠s, la piadosa princesa turingia, cuyas buenas obras eran exaltadas en romances y leyendas; en la capilla estaba su imagen, rodeada de l√°mparas de plata; pero Molly no se le parec√≠a en nada.

El manzano plantado por los dos ni√Īos iba creciendo de a√Īo en a√Īo, y lleg√≥ a ser tan alto, que hubo que trasplantarlo al aire libre, en el jard√≠n, donde ca√≠ el roc√≠o y el sol calentaba de verdad. All√≠ tom√≥ fuerzas para resistir al invierno. Despu√©s del duro agobio de √©ste, parec√≠a como si en primavera floreciese de alegr√≠a. En oto√Īo dio dos manzanas, una para Molly y otra para Ant√≥n; menos no hubiese sido correcto. El √°rbol hab√≠a crecido r√°pidamente, y Molly no le fue a la zaga; era fresca y lozana como una flor del manzano; pero no estaba √©l destinado a asistir por mucho tiempo a aquella floraci√≥n. Todo cambia, todo pasa. El padre de Molly se march√≥ de la ciudad, y Molly se fue con √©l, muy lejos. En nuestros d√≠as, gracias al tren, ser√≠a un viaje de unas horas, pero entonces llevaba m√°s de un d√≠a y una noche el trasladarse de Eisenach hasta la frontera oriental de Turingia, a la ciudad que hoy llamamos todav√≠a Weimar. Llor√≥ Molly, y llor√≥ Ant√≥n; todas aquellas l√°grimas se fund√≠an en una sola, que brillaba con los deslumbradores matices de la alegr√≠a. Molly le hab√≠a dicho que prefer√≠a quedarse con √©l a ver todas las bellezas de Weimar.

El intrépido soldadito de plomo

√Čranse una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, pues los hab√≠an fundido de una misma cuchara vieja. Llevaban el fusil al hombro y miraban de frente; el uniforme era precioso, rojo y azul. La primera palabra que escucharon en cuanto se levant√≥ la tapa de la caja que los conten√≠a fue: ¬ę¬°Soldados de plomo!¬Ľ. La pronunci√≥ un chiquillo, dando una gran palmada. Eran el regalo de su cumplea√Īos, y los aline√≥ sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales, excepto uno, que se distingu√≠a un poquito de los dem√°s: le faltaba una pierna, pues hab√≠a sido fundido el √ļltimo, y el plomo no bastaba. Pero con una pierna, se sosten√≠a tan firme como los otros con dos, y de √©l precisamente vamos a hablar aqu√≠. En la mesa donde los colocaron hab√≠a otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un bonito castillo de papel, por cuyas ventanas se ve√≠an las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual flotaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo primoroso, pero lo m√°s lindo era una muchachita que estaba en la puerta del castillo. De papel tambi√©n ella, llevaba un hermoso vestido y una estrecha banda azul en los hombros, a modo de faj√≠n, con una reluciente estrella de oropel en el centro, tan grande como su cara. La chiquilla ten√≠a los brazos extendidos, pues era una bailarina, y una pierna levantada, tanto, qu√© el soldado de plomo, no alcanzando a descubrirla, acab√≥ por creer que s√≥lo ten√≠a una, como √©l. ¬ęHe aqu√≠ la mujer que necesito -pens√≥-. Pero est√° muy alta para m√≠: vive en un palacio, y yo por toda vivienda s√≥lo tengo una caja, y adem√°s somos veinticinco los que vivimos en ella; no es lugar para una princesa. Sin embargo, intentar√© establecer relaciones¬Ľ. Y se situ√≥ detr√°s de una tabaquera que hab√≠a sobre la mesa, desde la cual pudo contemplar a sus anchas a la distinguida damita, que continuaba sosteni√©ndose sobre un pie sin caerse. Al anochecer, los soldados de plomo fueron guardados en su caja, y los habitantes de la casa se retiraron a dormir. √Čste era el momento que los juguetes aprovechaban para jugar por su cuenta, a ¬ęvisitas¬Ľ, a ¬ęguerra¬Ľ, a ¬ębaile¬Ľ; los soldados de plomo alborotaban en su caja, pues quer√≠an participar en las diversiones; mas no pod√≠an levantar la tapa. El cascanueces todo era dar volteretas, y el pizarr√≠n venga divertirse en la pizarra. Con el ruido se despert√≥ el canario, el cual intervino tambi√©n en el jolgorio, recitando versos. Los √ļnicos que no se movieron de su sitio fueron el soldado de plomo y la bailarina; √©sta segu√≠a sosteni√©ndose sobre la punta del pie, y √©l sobre su √ļnica pierna; pero sin desviar ni por un momento los ojos de ella. El reloj dio las doce y, ¬°pum!, salt√≥ la tapa de la tabaquera; pero lo que hab√≠a dentro no era rap√©, sino un duendecillo negro. Era un juguete sorpresa.

  • Soldado de plomo -dijo el duende-, ¬°no mires as√≠!

Pero el soldado se hizo el sordo.

  • ¬°Espera a que llegue la ma√Īana, ya ver√°s! a√Īadi√≥ el duende.

Cuando los ni√Īos se levantaron, pusieron el soldado en la ventana, y, sea por obra del duende o del viento, abri√≥se √©sta de repente, y el soldadito se precipit√≥ de cabeza, cayendo desde una altura de tres pisos. Fue una ca√≠da terrible. Qued√≥ clavado de cabeza entre los adoquines, con la pierna estirada y la bayoneta hacia abajo. La criada y el chiquillo bajaron corriendo a buscarlo; mas, a pesar de que casi lo pisaron, no pudieron encontrarlo. Si el soldado hubiese gritado: ¬ę¬°Estoy aqu√≠!¬Ľ, indudablemente habr√≠an dado con √©l, pero le pareci√≥ indecoroso gritar, yendo de uniforme. He aqu√≠ que comenz√≥ a llover; las gotas ca√≠an cada vez m√°s espesas, hasta convertirse en un verdadero aguacero. Cuando aclar√≥, pasaron por all√≠ dos mozalbetes callejeros

  • ¬°Mira! -exclam√≥ uno-. ¬°Un soldado de plomo! ¬°Vamos a hacerle navegar! Con un papel de peri√≥dico hicieron un barquito, y, embarcando en √©l. al soldado, lo pusieron en el arroyo; el barquichuelo fue arrastrado por la corriente, y los chiquillos segu√≠an detr√°s de √©l dando palmadas de contento. ¬°Dios nos proteja! ¬°y qu√© olas, y qu√© corriente! No pod√≠a ser de otro modo, con el diluvio que hab√≠a ca√≠do. El bote de papel no cesaba de tropezar y tambalearse, girando a veces tan bruscamente, que el soldado por poco se marea; sin embargo, continuaba impert√©rrito, sin pesta√Īear, mirando siempre de frente y siempre arma al hombro.

De pronto, el bote entr√≥ bajo un puente del arroyo; aquello estaba oscuro como en su caja. – ¬ę¬ŅD√≥nde ir√© a parar? -pensaba-. De todo esto tiene la culpa el duende. ¬°Ay, si al menos aquella muchachita estuviese conmigo en el bote! ¬°Poco me importar√≠a esta oscuridad!¬Ľ. De repente sali√≥ una gran rata de agua que viv√≠a debajo el puente.

  • ¬°Alto! -grit√≥-. ¬°A ver, tu pasaporte!

Pero el soldado de plomo no respondi√≥; √ļnicamente oprimi√≥ con m√°s fuerza el fusil. La barquilla sigui√≥ su camino, y la rata tras ella. ¬°Uf! ¬°C√≥mo rechinaba los dientes y gritaba a las virutas y las pajas:

  • ¬°Detenedlo, detenedlo! ¬°No ha pagado peaje!

¬°No ha mostrado el pasaporte! La corriente se volv√≠a cada vez m√°s impetuosa. El soldado ve√≠a ya la luz del sol al extremo del t√ļnel. Pero entonces percibi√≥ un estruendo capaz de infundir terror al m√°s valiente. Imaginad que, en el punto donde terminaba el puente, el arroyo se precipitaba en un gran canal. Para √©l, aquello resultaba tan peligroso como lo ser√≠a para nosotros el caer por una alta catarata. Estaba ya tan cerca de ella, que era imposible evitarla. El barquito sali√≥ disparado, pero nuestro pobre soldadito segu√≠a tan firme como le era posible. ¬°Nadie pod√≠a decir que hab√≠a pesta√Īeado siquiera! La barquita describi√≥ dos o tres vueltas sobre s√≠ misma con un ruido sordo, inund√°ndose hasta el borde; iba a zozobrar. Al soldado le llegaba el agua al cuello. La barca se hund√≠a por momentos, y el papel se deshac√≠a; el agua cubr√≠a ya la cabeza del soldado, que, en aquel momento supremo, acord√≥se de la linda bailarina, cuyo rostro nunca volver√≠a a contemplar. Pareci√≥le que le dec√≠an al o√≠do: ¬ę¬°Adi√≥s, adi√≥s, guerrero! ¬°Tienes que sufrir la muerte!¬Ľ. Desgarr√≥se entonces el papel, y el soldado se fue al fondo, pero en el mismo momento se lo trag√≥ un gran pez. ¬°All√≠ s√≠ se estaba oscuro! Peor a√ļn que bajo el puente del arroyo; y, adem√°s, ¬°tan estrecho! Pero el soldado segu√≠a firme, tendido cu√°n largo era, sin soltar el fusil. El pez continu√≥ sus evoluciones y horribles movimientos, hasta que, por fin, se qued√≥ quieto, y en su interior penetr√≥ un rayo de luz. Hizose una gran claridad, y alguien exclam√≥: ¬°El soldado de plomo!- El pez hab√≠a sido pescado, llevado al mercado y vendido; y, ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo abr√≠a con un gran cuchillo. Cogiendo por el cuerpo con dos dedos el soldadito, lo llev√≥ a la sala, pues todos quer√≠an ver aquel personaje extra√Īo salido del est√≥mago del pez; pero el soldado de plomo no se sent√≠a nada orgulloso. Pusi√©ronlo de pie sobre la mesa y – ¬°qu√© cosas m√°s raras ocurren a veces en el mundo! – encontr√≥se en el mismo cuarto de antes, con los mismos ni√Īos y los mismos juguetes sobre la mesa, sin que faltase el soberbio palacio y la linda bailarina, siempre sosteni√©ndose sobre la punta del pie y con la otra pierna al aire. Aquello conmovi√≥ a nuestro soldado, y estuvo a punto de llorar l√°grimas de plomo. Pero habr√≠a sido poco digno de √©l. La mir√≥ sin decir palabra. En √©stas, uno de los chiquillos, cogiendo al soldado, lo tir√≥ a la chimenea, sin motivo alguno; seguramente la culpa la tuvo el duende de la tabaquera. El soldado de plomo qued√≥ todo iluminado y sinti√≥ un calor espantoso, aunque no sab√≠a si era debido al fuego o al amor. Sus colores se hab√≠an borrado tambi√©n, a consecuencia del viaje o por la pena que sent√≠a; nadie habr√≠a podido decirlo. Mir√≥ de nuevo a la muchacha, encontr√°ronse las miradas de los dos, y √©l sinti√≥ que se derret√≠a, pero sigui√≥ firme, arma al hombro. Abri√≥se la puerta, y una r√°faga de viento se llev√≥ a la bailarina, que, cual una s√≠lfide, se levant√≥ volando para posarse tambi√©n en la chimenea, junto al soldado; se inflam√≥ y desapareci√≥ en un instante. A su vez, el soldadito se fundi√≥, quedando reducido a una peque√Īa masa informe. Cuando, al d√≠a siguiente, la criada sac√≥ las cenizas de la estufa, no quedaba de √©l m√°s que un trocito de plomo; de la bailarina, en cambio, hab√≠a quedado la estrella de oropel, carbonizada y negra.

El jabalí de bronce

En la ciudad de Florencia, no lejos de la Piazza del Granduca, corre una calle transversal que, si mal no recuerdo, se llama Porta Rossa. En ella, frente a una especie de mercado de hortalizas, se levanta la curiosa figura de un jabal√≠ de bronce, esculpido con mucho arte. Agua l√≠mpida y fresca fluye de la boca del animal, que con el tiempo ha tomado un color verde oscuro. S√≥lo el hocico brilla, como si lo hubiesen pulimentado – y as√≠ es en efecto – por la acci√≥n de los muchos centenares de chiquillos y pobres que, cogi√©ndose a √©l con las manos, acercan la boca a la del animal para beber. Es un bonito cuadro el de la bien dibujada fiera abrazada por un gracioso rapaz medio desnudo, que aplica su fresca boca al hocico de bronce. A cualquier forastero que llegue a Florencia le es f√°cil encontrar el lugar; no tiene m√°s que preguntar por el jabal√≠ de bronce al primer mendigo que encuentre, seguro que lo guiar√°n a √©l. Era un anochecer del invierno; las monta√Īas aparec√≠an cubiertas de nieve, pero en el cielo brillaba la luna llena; y la luna llena en Italia es tan luminosa como un d√≠a gris de invierno de los pa√≠ses n√≥rdicos; y le gana a√ļn, pues el aire brilla y adquiere relieve, mientras que en el Norte el techo de plomo, fr√≠o y l√ļgubre, deprime al hombre, lo aplasta contra el suelo, ese suelo h√ļmedo y fr√≠o que un d√≠a cubrir√° su ata√ļd. Un chiquillo harapiento se hab√≠a pasado todo el d√≠a sentado en el jard√≠n del Gran Duque, bajo el tejado de pinos, donde incluso en invierno florecen las rosas por millares; un chiquillo que pod√≠a pasar por la imagen de Italia, tal era de hermoso, sonriente y, sin embargo, enfermizo de aspecto. Sufr√≠a hambre y sed, nadie le daba un c√©ntimo y al oscurecer – hora de cerrar el jard√≠n – el portero lo ech√≥. Durante un largo rato se estuvo entregado a sus ensue√Īos en el puente que cruza el Arno, contemplando las estrellas que se reflejaban en el agua, entre √©l y el magn√≠fico puente de m√°rmol ¬ędella Trinit√°¬Ľ. Se dirigi√≥ luego hacia el jabal√≠ de bronce, hinc√≥ la rodilla al llegar a √©l y, pasando los brazos alrededor del cuello de la figura, aplic√≥ la boca al reluciente hocico y bebi√≥ a grandes tragos de su fresca agua. Al lado yac√≠an unas hojas de lechuga y dos o tres casta√Īas; aquello fue su cena. En la calle no hab√≠a ni un alma; el chiquillo estaba completamente solo; sent√≥se sobre el dorso del jabal√≠, se apoy√≥ hacia delante, de manera que su rizada cabecita descansara sobre la del animal, y, sin darse cuenta, qued√≥se profundamente dormido. Al sonar la medianoche, el jabal√≠ de bronce se estremeci√≥, y el ni√Īo oy√≥ que dec√≠a: – ¬°ag√°rrate bien, chiquillo, que voy a correr! -. Y emprendi√≥ la carrera, con √©l a cuestas. ¬°Extra√Īo paseo! Primero llegaron a la Piazza del Granduca, donde el caballo de bronce de la estatua del pr√≠ncipe los acogi√≥ relinchando. El policromo escudo de armas de las antiguas casas consistoriales brillaba como si fuese transparente, mientras el David de Miguel √Āngel bland√≠a su honda. Por doquier rebull√≠a una vida sorprendente. Los grupos de bronce que representan Perseo y el rapto de las Sabinas se agitaban fren√©ticamente; de la boca de las mujeres surgi√≥ un grito de mortal angustia, que reson√≥ en la gran plaza solitaria. El jabal√≠ de bronce se detuvo en el Palazzo degli Uffizi, bajo la arcada donde se re√ļne la nobleza en las fiestas de carnaval. – Ag√°rrate bien – repiti√≥ el animal -, vamos a subir por esta escalera -. El ni√Īo permanec√≠a callado, entre tembloroso y feliz. Entraron en una larga galer√≠a, que √©l conoc√≠a muy bien; ya antes hab√≠a estado en ella. De las paredes colgaban magn√≠ficos cuadros, y hab√≠a estatuas y bustos, todo iluminado por viv√≠sima luz, como en pleno d√≠a. Pero lo m√°s hermoso vino cuando se abrieron las puertas que daban acceso a una sala contigua. El ni√Īo no hab√≠a olvidado cu√°n magn√≠fico era aquello, pero nunca lo hab√≠a visto tan esplendoroso como aquella noche. Hab√≠a all√≠ una maravillosa mujer desnuda, como s√≥lo pueden moldearla la Naturaleza y el cincel de los grandes maestros. Mov√≠a los graciosos miembros, delfines saltaban a sus pies, la inmortalidad brillaba en sus ojos. El mundo la llama la Venus de M√©dicis. Todo en torno reluc√≠an las estatuas de m√°rmol, en las que la piedra aparec√≠a animada por la vida del esp√≠ritu: figuras de hombres magn√≠ficos, uno afilando la espada – por eso se le llama el Afilador -, m√°s all√° el grupo de los Pugilistas; la espada era aguzada, y los combatientes luchaban por la Diosa de la Belleza. El chiquillo estaba como deslumbrado por todo aquel esplendor; las paredes ard√≠an de color, y todo era vida y movimiento. Pod√≠an verse dos Venus, representando la Venus terrena, turgente y ardorosa, tal como Tiziano la hab√≠a apretado sobre su coraz√≥n. Eran dos soberbias figuras femeninas. Los bellos miembros desnudos se extend√≠an sobre los muelles almohadones; el pecho se levantaba, y la cabeza se mov√≠a dejando caer los abundantes rizos en torno a los bien curvados hombros, mientras los oscuros ojos expresaban ardientes pensamientos. Pero ninguno de aquellos personajes osaba salir por completo de su marco. La propia Diosa de la Belleza, los Pugilistas y el Afilador, permanec√≠an en sus puestos, pues la Gloria que irradiaba de la Madonna, de Jes√ļs y San Juan, los manten√≠a sujetos. Las im√°genes de los santos no eran ya im√°genes, sino los santos en persona. ¬°Qu√© esplendor y qu√© belleza de sala en sala! Y el ni√Īo lo ve√≠a todo; el jabal√≠ de bronce avanzaba paso a paso por entre toda aquella magnificencia. Una visi√≥n eclipsaba a la otra, pero una sola imagen se fij√≥ en el alma del ni√Īo, seguramente por los ni√Īos alegres y dichosos que aparec√≠an en ella, y que el peque√Īo ya hab√≠a visto antes a la luz del d√≠a. Son muchos los que pasan por delante de aquel cuadro sin apenas reparar en √©l, y, sin embargo, encierra un tesoro de poes√≠a. Es Cristo descendiendo a los infiernos; pero a su alrededor no se ve a los condenados, sino a los paganos. El florentino Angiolo Bronzino pint√≥ aquel cuadro, lo m√°s sublime del cual es la certeza reflejada en el rostro de los ni√Īos, de que ir√°n al cielo: dos de ellos se abrazan ya; uno, muy chiquit√≠n, tiende la mano a otro que est√° a√ļn en el abismo, y se se√Īala a s√≠ mismo, como diciendo: ¬ę¬°Me voy al cielo!¬Ľ. Todos los restantes permanecen indecisos, esperando o inclin√°ndose humildemente ante Jes√ļs Nuestro Se√Īor. El ni√Īo emple√≥ en la contemplaci√≥n de aquel cuadro mucho m√°s rato que en todos los dem√°s. El jabal√≠ de bronce segu√≠a parado delante de √©l. Se percibi√≥ un leve suspiro; ¬Ņsal√≠a de la pintura o del pecho del animal? El ni√Īo extendi√≥ el brazo hacia los sonrientes peque√Īuelos del cuadro, y entonces el jabal√≠ prosigui√≥ su camino, saliendo por el abierto vest√≠bulo.

  • ¬°Gracias, y Dios te bendiga, buen animal! – exclam√≥ el muchacho, acariciando a su montura, que bajaba saltando las escaleras.
  • ¬°Gracias, y Dios te bendiga a ti! – respondi√≥ el jabal√≠ -. Yo te he prestado un servicio, y t√ļ me has prestado otro a m√≠, pues s√≥lo con una criatura inocente sobre el lomo me son dadas fuerzas para correr. ¬ŅVes?, hasta puedo entrar dentro del c√≠rculo de luz que viene de la l√°mpara colgada ante el cuadro de la Virgen. A todas partes puedo llevarte, excepto a la iglesia; pero si t√ļ est√°s conmigo, puedo mirar a su interior a trav√©s de la puerta abierta. No te apees de mi espalda; si lo haces, caer√© muerto, tal como me ves durante el d√≠a en la calle de la Porta Rossa.
  • Me quedar√© contigo, mi buen animal – respondi√≥ el ni√Īo; y el jabal√≠ emprendi√≥ veloz carrera por las calles de Florencia, no deteni√©ndose hasta llegar a la plaza donde se levanta la iglesia de Santa Croce.

EL JARDINERO Y EL SE√ĎOR ¬† ¬† A una milla de distancia de la capital hab√≠a una antigua residencia se√Īorial rodeada de gruesos muros, con torres y hastiales. Viv√≠a all√≠, aunque s√≥lo en verano, una familia rica y de la alta nobleza. De todos los dominios que pose√≠a, esta finca era la mejor y m√°s hermosa. Por fuera parec√≠a como acabada de construir, y por dentro todo era c√≥modo y agradable. Sobre la puerta estaba esculpido el blas√≥n de la familia. Magn√≠ficas rocas se enroscaban en torno al escudo y los balcones, y una gran alfombra de c√©sped se extend√≠a por el patio. Hab√≠a all√≠ oxiacantos y acerolos de flores encarnadas, as√≠ como otras flores raras, adem√°s de las que se criaban en el invernadero. El propietario ten√≠a un jardinero excelente; daba gusto ver el jard√≠n, el huerto y los frutales. Contiguo quedaba todav√≠a un resto del primitivo jard√≠n del castillo, con setos de arbustos, cortados en forma de coronas y pir√°mides. Detr√°s quedaban dos viejos y corpulentos √°rboles, casi siempre sin hojas; por el aspecto se hubiera dicho que una tormenta o un hurac√°n los hab√≠a cubierto de grandes terrones de esti√©rcol, pero en realidad cada terr√≥n era un nido. Moraba all√≠ desde tiempos inmemoriales un mont√≥n de cuervos y cornejas. Era un verdadero pueblo de aves, y las aves eran los verdaderos se√Īores, los antiguos y aut√©nticos propietarios de la mansi√≥n se√Īorial. Despreciaban profundamente a los habitantes humanos de la casa, pero toleraban la presencia de aquellos seres rastreros, incapaces de levantarse del suelo. Sin embargo, cuando esos animales inferiores disparaban sus escopetas, las aves sent√≠an un cosquilleo en el espinazo; entonces, todas se echaban a volar asustadas, gritando ¬ę¬°rab, rab!¬Ľ. Con frecuencia el jardinero hablaba al se√Īor de la conveniencia de cortar aquellos √°rboles, que afeaban al paisaje. Una vez suprimidos, dec√≠a, la finca se librar√≠a tambi√©n de todos aquellos pajarracos chillones, que tendr√≠an que buscarse otro domicilio. Pero el due√Īo no quer√≠a desprenderse de los √°rboles ni de las aves; eran algo que formaba parte de los viejos tiempos, y de ning√ļn modo quer√≠a destruirlo.

  • Los √°rboles son la herencia de los p√°jaros; har√≠amos mal en quit√°rsela, mi buen Larsen. Tal era el nombre del jardinero, aunque esto no importa mucho a nuestra historia.
  • ¬ŅNo tienes a√ļn bastante campo para desplegar tu talento, amigo m√≠o? Dispones de todo el jard√≠n, los invernaderos, el vergel y el huerto. Cierto que lo ten√≠a, y lo cultivaba y cuidaba todo con celo y habilidad, cualidades que el se√Īor le reconoc√≠a, aunque a veces no se recataba de decirle que, en casas forasteras, com√≠a frutos y ve√≠a flores que superaban en calidad o en belleza a los de su propiedad; y aquello entristec√≠a al jardinero, que hubiera querido obtener lo mejor, y pon√≠a todo su esfuerzo en conseguirlo. Era bueno en su coraz√≥n y en su oficio.

Un d√≠a su se√Īor lo mand√≥ llamar, y, con toda la afabilidad posible, le cont√≥ que la v√≠spera, hall√°ndose en casa de unos amigos, le hab√≠an servido unas manzanas y peras tan jugosas y sabrosas, que hab√≠an sido la admiraci√≥n de todos los invitados. Cierto que aquella fruta no era del pa√≠s, pero conven√≠a importarla y aclimatarla, a ser posible. Se sab√≠a que la hab√≠an comprado en la mejor fruter√≠a de la ciudad; el jardinero deber√≠a darse una vuelta por all√≠, y averiguar de d√≥nde ven√≠an aquellas manzanas y peras, para adquirir esquejes. El jardinero conoc√≠a perfectamente al frutero, pues a √©l le vend√≠a, por cuenta del propietario, el sobrante de fruta que la finca produc√≠a. Se fue el hombre a la ciudad y pregunt√≥ al frutero de d√≥nde hab√≠a sacado aquellas manzanas y peras tan alabadas.

  • ¬°Si son de su propio jard√≠n! -respondi√≥ el vendedor, mostr√°ndoselas; y el jardinero las reconoci√≥ en seguida.

¬°No se puso poco contento el jardinero! Corri√≥ a decir a su se√Īor que aquellas peras y manzanas eran de su propio huerto. El amo no pod√≠a creerlo.

  • No es posible, Larsen. ¬ŅPodr√≠a usted traerme por escrito una confirmaci√≥n del frutero?

Y Larsen volvió con la declaración escrita.

  • ¬°Es extra√Īo! -dijo el se√Īor.

En adelante, todos los d√≠as fueron servidas a la mesa de Su Se√Īor√≠a grandes bandejas de las espl√©ndidas manzanas y peras de su propio jard√≠n, y fueron enviadas por fanegas y toneladas a amistades de la ciudad y de fuera de ella; incluso se exportaron. Todo el mundo se hac√≠a lenguas. Hay que observar, de todos modos, que los dos √ļltimos veranos hab√≠an sido particularmente buenos para los √°rboles frutales; la cosecha hab√≠a sido espl√©ndida en todo el pa√≠s. Transcurri√≥ alg√ļn tiempo; un d√≠a el se√Īor fue invitado a comer en la Corte. A la ma√Īana siguiente, Su Se√Īor√≠a mand√≥ llamar al jardinero. Hab√≠an servido unos melones producidos en el invernadero de Su Majestad, jugosos y sabros√≠simos.

  • Mi buen Larsen, vaya usted a ver al jardinero de palacio y p√≠dale semillas de estos exquisitos melones.
  • ¬°Pero si el jardinero de palacio recibi√≥ las semillas de aqu√≠! -respondi√≥ Larsen, satisfecho. – En este caso, el hombre ha sabido obtener un fruto mejor que el nuestro -replic√≥ Su Se√Īor√≠a-. Todos los melones resultaron excelentes. – Pues me siento muy orgulloso de ello -dijo el jardinero-. Debo manifestar a Vuestra Se√Īor√≠a, que este a√Īo el hortelano de palacio no ha tenido suerte con los melones, y al ver lo hermosos que eran los nuestros, y despu√©s de haberlos probado, encarg√≥ tres de ellos para palacio.
  • ¬°No, no Larsen! No vaya usted a imaginarse que aquellos melones eran de esta propiedad. – Pues estoy seguro de que lo eran -. Y se fue a ver al jardinero de palacio, y volvi√≥ con una declaraci√≥n escrita de que los melones servidos en la mesa real proced√≠an de la finca de Su Se√Īor√≠a.

Aquello fue una nueva sorpresa para el se√Īor, quien divulg√≥ la historia, mostrando la declaraci√≥n. Y de todas partes vinieron peticiones de que se les facilitaran pepitas de mel√≥n y esquejes de los √°rboles frutales. Recibi√©ronse noticias de que √©stos hab√≠an cogido bien y de que daban frutos excelentes, hasta el punto de que se les dio el nombre de Su Se√Īor√≠a, que, por consiguiente, pudo ya leerse en franc√©s, ingl√©s y alem√°n. ¬°Qui√©n lo hubiera pensado! ¬ę¬°Con tal de que al jardinero no se le suban los humos a la cabeza!¬Ľ, pens√≥ el se√Īor. Pero el hombre se lo tom√≥ de modo muy distinto. Deseoso de ser considerado como uno de los mejores jardineros del pa√≠s, esforz√≥se por conseguir a√Īo tras a√Īo los mejores productos. Mas con frecuencia ten√≠a que o√≠r que nunca consegu√≠a igualar la calidad de las peras y manzanas de aquel a√Īo famoso. Los melones segu√≠an siendo buenos, pero ya no ten√≠an aquel perfume. Las fresas pod√≠an llamarse excelentes, pero no superiores a las de otras fincas, y un a√Īo en que no prosperaron los r√°banos, s√≥lo se habl√≥ de aquel fracaso, sin mencionarse los productos que hab√≠an constituido un √©xito aut√©ntico. El due√Īo parec√≠a experimentar una sensaci√≥n de alivio cuando pod√≠a decir: – ¬°Este a√Īo no estuvo de suerte, amigo Larsen! -. Y se le ve√≠a content√≠simo cuando pod√≠a comentar: – Este a√Īo s√≠ que hemos fracasado. Un par de veces por semana, el jardinero cambiaba las flores de la habitaci√≥n, siempre con gusto exquisito y muy bien dispuestas; las combinaba de modo que resaltaran sus colores. – Tiene usted buen gusto, Larsen – dec√≠ale Su Se√Īor√≠a -. Es un don que le ha concedido Dios, no es obra suya. Un d√≠a se present√≥ el jardinero con una gran taza de cristal que conten√≠a un p√©talo de nen√ļfar; sobre √©l, y con el largo y grueso tallo sumergido en el agua, hab√≠a una flor radiante, del tama√Īo de un girasol.

  • ¬°El loto del Indost√°n! – exclam√≥ el due√Īo. Jam√°s hab√≠an visto aquella flor; durante el d√≠a la pusieron al sol, y al anochecer a la luz de una l√°mpara. Todos los que la ve√≠an la encontraban espl√©ndida y rar√≠sima; as√≠ lo manifest√≥ incluso la m√°s distinguida de las se√Īoritas del pa√≠s, una princesa, inteligente y bondadosa por a√Īadidura.

Su Se√Īor√≠a tuvo a honor regal√°rsela, y la princesa se la llev√≥ a palacio. Entonces el propietario se fue al jard√≠n con intenci√≥n de coger otra flor de la especie, pero no encontr√≥ ninguna, por lo que, llamando al jardinero, le pregunt√≥ de d√≥nde hab√≠a sacado el loto azul.

  • La he estado buscando in√ļtilmente – dijo el se√Īor -. He recorrido los invernaderos y todos los rincones del jard√≠n.
  • No, desde luego all√≠ no hay – dijo el jardinero . Es una vulgar flor del huerto. Pero, ¬Ņverdad que es bonita? Parece un cacto azul y, sin embargo, no es sino la flor de la alcachofa. – Pues ten√≠a que hab√©rmelo advertido -exclam√≥ Su Se√Īor√≠a-. Cre√≠mos que se trataba de una flor rara y ex√≥tica. Me ha hecho usted tirarme una plancha con la princesa. Vio la flor en casa, la encontr√≥ hermosa; no la conoc√≠a, a pesar de que es ducha en Bot√°nica, pero esta Ciencia nada tiene de com√ļn con las hortalizas. ¬ŅC√≥mo se le ocurri√≥, mi buen Larsen, poner una flor as√≠ en la habitaci√≥n? ¬°Es rid√≠culo!

Y la hermosa flor azul procedente del huerto fue desterrada del sal√≥n de Su Se√Īor√≠a, del que no era digna, y el due√Īo fue a excusarse ante la princesa, dici√©ndole que se trataba simplemente de una flor de huerto tra√≠da por el jardinero, el cual hab√≠a sido debidamente reconvenido. – Pues es una l√°stima y una injusticia -replic√≥ la princesa-. Nos ha abierto los ojos a una flor de adorno que despreci√°bamos, nos ha mostrado la belleza donde nunca la hab√≠amos buscado. Quiero que el jardinero de palacio me traiga todos los d√≠as, mientras est√©n floreciendo las alcachofas, una de sus flores a mi habitaci√≥n. Y la orden se cumpli√≥. Su Se√Īor√≠a mand√≥ decir al jardinero que le trajese otra flor de alcachofa.

  • Bien mirado, es bonita -observ√≥- y muy notable -. Y encomi√≥ al jardinero.

¬ęEsto le gusta a Larsen -pens√≥-. Es un ni√Īo mimado¬Ľ. Un d√≠a de oto√Īo estall√≥ una horrible tempestad, que arreci√≥ a√ļn durante la noche, con tanta furia que arranc√≥ de ra√≠z muchos grandes √°rboles de la orilla del bosque y, con gran pesar de Su Se√Īor√≠a – un ¬ęgran pesar¬Ľ lo llam√≥ el se√Īor -, pero con gran contento del jardinero, tambi√©n los dos √°rboles pelados llenos de nidos. Entre el fragor de la tormenta pudo o√≠rse el graznar alborotado de los cuervos y cornejas; las gentes de la casa afirmaron que golpeaban con las alas en los cristales.

  • Ya estar√° usted satisfecho, Larsen -dijo Su Se√Īor√≠a-; la tempestad ha derribado los √°rboles, y las aves se han marchado al bosque. Aqu√≠ nada queda ya de los viejos tiempos; ha desaparecido toda huella, toda se√Īal de ellos. Pero a m√≠ esto me apena.

El jardinero no contest√≥. Pensaba s√≥lo en lo que habla llevado en la cabeza durante mucho tiempo: en utilizar aquel lugar soleado de que antes no dispon√≠a. Lo iba a transformar en un adorno del jard√≠n, en un objeto de gozo para Su Se√Īor√≠a. Los corpulentos √°rboles abatidos hab√≠an destrozado y aplastado los antiqu√≠simos setos con todas sus figuras. El hombre los sustituy√≥ por arbustos y plantas recogidas en los campos y bosques de la regi√≥n. A ning√ļn otro jardinero se le hab√≠a ocurrido jam√°s aquella idea. √Čl dispuso los planteles teniendo en cuenta las necesidades de cada especie, procurando que recibiesen el sol o la sombra, seg√ļn las caracter√≠sticas de cada una. Cuid√≥ la plantaci√≥n con el mayor cari√Īo, y el conjunto creci√≥ magn√≠ficamente. Por la forma y el color, el enebro de Jutlandia se elev√≥ de modo parecido al cipr√©s italiano; luc√≠a tambi√©n, eternamente verde, tanto en los fr√≠os invernales como en el calor del verano, la brillante y espinosa oxiacanta. Delante crec√≠an helechos de diversas especies, algunas de ellas semejantes a hijas de palmeras, y otras, parecidas a los padres de esa hermosa y delicada planta que llamamos culantrillo. Estaba all√≠ la menospreciada bardana, tan linda cuando fresca, que habr√≠a encajado perfectamente en un ramillete. Estaba en tierra seca, pero a mayor profundidad que ella y en suelo h√ļmedo crec√≠a la acedera, otra planta humilde y, sin embargo, tan pintoresca y bonita por su talla y sus grandes hojas. Con una altura de varios palmos, flor contra flor, como un gran candelabro de muchos brazos, levant√°base la candelaria, trasplantada del campo. Y no faltaban tampoco las asp√©rulas, dientes de le√≥n y muguetes del bosque, ni la selv√°tica cala, ni la acederilla trifolia. Era realmente magn√≠fico. Delante, apoyadas en enrejados de alambre, crec√≠an, en l√≠nea, perales enanos de procedencia francesa. Como recib√≠an sol abundante y buenos cuidados, no tardaron en dar frutos tan jugosos como los de su tierra de origen. En lugar de los dos viejos √°rboles pelados erigieron un alta asta de bandera, en cuya cima ondeaba el Danebrog, y a su lado fueron clavadas otras estacas, por las que, en verano y oto√Īo, trepaban los zarcillos del l√ļpulo con sus fragantes inflorescencias en bola, mientras en invierno, siguiendo una antigua costumbre, se colgaba una gavilla de avena con objeto de que no faltase la comida a los pajarillos del cielo en la venturosa √©poca de las Navidades.

  • ¬°En su vejez, nuestro buen Larsen se nos vuelve sentimental! -dec√≠a Su Se√Īor√≠a-. Pero nos es fiel y adicto.

Por A√Īo Nuevo, una revista ilustrada de la capital public√≥ una fotograf√≠a de la antigua propiedad se√Īorial. Aparec√≠a en ella el asta con la bandera danesa y la gavilla de avena para las avecillas del cielo en los alegres d√≠as navide√Īos. El hecho fue comentado y alabado como una idea simp√°tica, que resucitaba, con todos sus honores, una vieja costumbre.

  • Resuenan las trompetas por todo lo que hace ese Larsen. ¬°Es un hombre afortunado! Casi hemos de sentirnos orgullosos de tenerlo.

Pero no se sent√≠a orgulloso el gran se√Īor. Se sent√≠a s√≥lo el amo que pod√≠a despedir a Larsen, pero que no lo hac√≠a. Era una buena persona, y de esta clase hay muchas, para suerte de los Larsen. Y √©sta es la historia ¬ędel jardinero y el se√Īor¬Ľ. Detente a pensar un poco en ella. ¬† ¬†

EL LIBRO MUDO

Junto a la carretera que cruzaba el bosque se levantaba una granja solitaria; la carretera pasaba precisamente a su trav√©s. Brillaba el sol, todas las ventanas estaban abiertas; en el interior reinaba gran movimiento, pero en la era, entre el follaje de un sa√ļco florido, hab√≠a un f√©retro abierto, con un cad√°ver que deb√≠a recibir sepultura aquella misma ma√Īana. Nadie velaba a su lado, nadie lloraba por el difunto, cuyo rostro aparec√≠a cubierto por un pa√Īo blanco. Bajo la cabeza ten√≠a un libro muy grande y grueso; las hojas eran de grandes pliegos de papel secante, y en cada una hab√≠a, ocultas y olvidadas, flores marchitas, todo un herbario, reunido en diferentes lugares. Deb√≠a ser enterrado con √©l, pues as√≠ lo hab√≠a dispuesto su due√Īo. Cada flor resum√≠a un cap√≠tulo de su vida. – ¬ŅQui√©n es el muerto? -preguntamos, y nos respondieron: – Aquel viejo estudiante de Upsala. Parece que en otros tiempos fue hombre muy despierto, que estudi√≥ las lenguas antiguas, cant√≥ e incluso compuso poes√≠as, seg√ļn dec√≠an. Pero algo le ocurri√≥, y se entreg√≥ a la bebida. Decay√≥ su salud, y finalmente vino al campo, donde alguien pagaba su pensi√≥n. Era dulce como un ni√Īo mientras no lo dominaban ideas l√ļgubres, pero entonces se volv√≠a salvaje y echaba a correr por el bosque como una bestia acosada. En cambio, cuando hab√≠an conseguido volverlo a casa y lo persuad√≠an de que hojease su libro de plantas secas, era capaz de pasarse el d√≠a entero mir√°ndolas, y a veces las l√°grimas le rodaban por las mejillas; sabe Dios en qu√© pensar√≠a entonces. Pero hab√≠a rogado que depositaran el libro en el f√©retro, y all√≠ estaba ahora. Dentro de poco rato clavar√≠an la tapa, y descansar√≠a apaciblemente en la tumba. Quitaron el pa√Īo mortuorio: la paz se reflejaba en el rostro del difunto, sobre el que daba un rayo de sol; una golondrina penetr√≥ como una flecha en el follaje y dio media vuelta, chillando, encima de la cabeza del muerto. ¬°Qu√© maravilloso es – todos hemos experimentado esta impresi√≥n – sacar a la luz viejas cartas de nuestra juventud y releerlas! Toda una vida asoma entonces, con sus esperanzas y cuidados. ¬°Cu√°ntas veces creemos que una persona con la que estuvimos unidos de coraz√≥n, est√° muerta hace tiempo, y, sin embargo, vive a√ļn, s√≥lo que hemos dejado de pensar en ella, aunque un d√≠a pensamos que seguiremos siempre a su lado, compartiendo las penas y las alegr√≠as. La hoja de roble marchita de aquel libro recuerda al compa√Īero, al condisc√≠pulo, al amigo para toda la vida; prendi√≥se aquella hoja a la gorra de estudiante aquel d√≠a que, en el verde bosque, cerraron el pacto de alianza perenne. ¬ŅD√≥nde est√° ahora? La hoja se conserva, la amistad se ha desvanecido. Hay aqu√≠ una planta ex√≥tica de invernadero, demasiado delicada para los jardines n√≥rdicos… Dir√≠ase que las hojas huelen a√ļn. Se la dio la se√Īorita del jard√≠n de aquella casa noble. Y aqu√≠ est√° el nen√ļfar que √©l mismo cogi√≥ y reg√≥ con amargas l√°grimas, la rosa de las aguas dulces. Y ah√≠ una ortiga; ¬Ņqu√© dicen sus hojas? ¬ŅQu√© estar√≠a pensando √©l cuando la arranc√≥ para guardarla? Ved aqu√≠ el muguete de la soledad selv√°tica, y la madreselva arrancada de la maceta de la taberna, y el desnudo y afilado tallo de hierba. El florido sa√ļco inclina sus umbelas tiernas y fragantes sobre la cabeza del muerto; la golondrina vuelve a pasar volando y lanzando su trino… Y luego vienen los hombres provistos de clavos y martillo; colocan la tapa encima del difunto, de manera que la cabeza repose sobre el libro… conservado… deshecho. ¬† ¬† ¬† EL LINO ¬† El lino estaba florido. Ten√≠a hermosas flores azules, delicadas como las alas de una polilla, y a√ļn mucho m√°s finas. El sol acariciaba las plantas con sus rayos, y las nubes las regaban con su lluvia, y todo ello le gustaba al lino como a los ni√Īos peque√Īos cuando su madre los lava y les da un beso por a√Īadidura. Son entonces mucho m√°s hermosos, y lo mismo suced√≠a con el lino.

  • Dice la gente que me sostengo admirablemente -dijo el lino- y que me alargo much√≠simo; tanto, que hacen conmigo una magn√≠fica pieza de tela. ¬°Qu√© feliz soy! Sin duda soy el m√°s feliz del mundo. Vivo con desahogo y tengo porvenir. ¬°C√≥mo vivifica el sol, y c√≥mo gusta y refresca la lluvia! Mi dicha es completa. Soy el ser m√°s feliz del mundo entero.
  • ¬°S√≠, s√≠, s√≠! -dijeron las estacas de la valla-, t√ļ no conoces el mundo, pero lo que es nosotras, nosotras tenemos nudos -y cruj√≠an lamentablemente: Ronca que ronca carraca,

ronca con tesón. Se terminó la canción.

  • No, no se termin√≥ -dijo el lino-. El sol luce por la ma√Īana, la lluvia reanima. Oigo c√≥mo crezco y siento c√≥mo florezco. ¬°Soy dichoso, dichoso, m√°s que ning√ļn otro!

Pero un d√≠a vinieron gentes que, agarrando al lino por el copete, lo arrancaron de ra√≠z, operaci√≥n que le doli√≥. Lo pusieron luego al agua como para ahogarlo, y a continuaci√≥n sobre el fuego, como para asarlo. ¬°Horrible! ¬ęNo siempre pueden marchar bien las cosas suspir√≥ el lino.- Hay que sufrir un poco, as√≠ se aprende¬Ľ. Pero las cosas se pusieron cada vez peor. El lino fue partido y roto, secado y peinado. √Čl ya no sab√≠a qu√© pensar de todo aquello. Luego fue a parar a la rueca, ¬°y ronca que ronca! No hab√≠a manera de concentrar las ideas. ¬ę¬°He sido enormemente feliz! -pensaba en medio de sus fatigas-. Hay que alegrarse de las cosas buenas de que se ha gozado. ¬°Alegr√≠a, alegr√≠a, vamos!¬Ľ -. As√≠ gritaba a√ļn, cuando lleg√≥ al telar, donde se transform√≥ en una magn√≠fica pieza de tela. Todas las plantas de lino entraron en una pieza.

  • ¬°Pero esto es extraordinario! Jam√°s lo hubiera cre√≠do. S√≠, la fortuna me sigue sonriendo, a pesar de todo. Las estacas sab√≠an bien lo que se dec√≠an con su

Ronca que ronca, carraca, ronca con tes√≥n. La canci√≥n no ha terminado a√ļn, ni mucho menos. No ha hecho m√°s que empezar. ¬°Es magn√≠fico! S√≠, he sufrido, pero en cambio de m√≠ ha salido algo; soy el m√°s feliz del mundo. Soy fuerte y suave, blanco y largo. ¬°Qu√© distinto a ser s√≥lo una planta, incluso dando flores! Nadie te cuida, y s√≥lo recibes agua cuando llueve. Ahora hay quien me atiende: la muchacha me da la vuelta cada ma√Īana, y al anochecer me riega con la regadera. La propia se√Īora del Pastor ha pronunciado un discurso sobre m√≠, diciendo que soy el lino mejor de la parroquia. No puede haber una dicha m√°s completa. Lleg√≥ la tela a casa y cay√≥ en manos de las tijeras. ¬°C√≥mo la cortaban, y qu√© manera de punzarla con la aguja! ¬°Verdaderamente no daba ning√ļn gusto! Pero de la tela salieron doce prendas de ropa blanca, de aquellas que es incorrecto nombrar, pero que necesitan todas las personas. ¬°Nada menos que doce prendas! – ¬°Mirad! ¬°Ahora s√≠ que de m√≠ ha salido algo! √Čste era, pues, mi destino. Es espl√©ndido; ahora presto un servicio al mundo, y as√≠ es como debe ser; esto da gusto de verdad. Nos hemos convertido en doce, y, sin embargo, seguimos siendo uno y el mismo, somos una docena. ¬°Qu√© sorpresas tiene la suerte! Pasaron a√Īos, ya no pod√≠an seguir sirviendo.

  • Alg√ļn d√≠a tendr√° que venir el final -dec√≠a cada prenda-. Bien me habr√≠a gustado durar m√°s tiempo, pero no hay que pedir imposibles.

Fueron cortadas a trozos y convertidas en trapos, por lo que creyeron que estaban listos definitivamente, pues los descuartizaron, estrujaron y cocieron (¡qué sé yo lo que hicieron con ellos!), y he aquí que quedaron transformados en un hermoso papel blanco.

  • ¬°Caramba, vaya sorpresa! ¬°Y sorpresa agradable adem√°s! -dijo el papel-. Soy ahora m√°s fino que antes, y escribir√°n en m√≠. ¬°Las cosas que van a escribir! √Čsta s√≠ que es una suerte fabulosa -. Y, en efecto, escribieron en √©l historias maravillosas, y la gente escuchaba embobada su lectura, pues eran narraciones de la mejor √≠ndole, de las que hacen a los hombres mejores y m√°s sabios de lo que fueran antes; era una verdadera bendici√≥n lo que dec√≠an aquellas palabras escritas.
  • Esto es m√°s de cuanto hab√≠a so√Īado mientras era una florecita del campo. ¬°C√≥mo pod√≠a ocurr√≠rseme que un d√≠a iba a llevar la alegr√≠a y el saber a los hombres! ¬°A√ļn ahora no acierto a comprenderlo! Y, no obstante, es verdad. Dios Nuestro Se√Īor sabe que nada he hecho por m√≠ mismo, nada m√°s que lo que ca√≠a dentro de mis humildes posibilidades. Y, con todo, me depara gozo tras gozo. Cada vez que pienso: ¬ę¬°Se termin√≥ la canci√≥n!¬Ľ, me encuentro elevado a una condici√≥n mejor y m√°s alta. Seguramente me enviar√°n ahora a viajar por el mundo entero, para que todos los hombres me lean. Es lo m√°s probable. Antes daba flores azules; ahora, en lugar de flores, tengo los m√°s bellos pensamientos. ¬°Soy el m√°s feliz del mundo!

Pero el papel no sali√≥ de viaje, sino que fue enviado a la imprenta, donde todo lo que ten√≠a escrito se imprimi√≥ para confeccionar un libro, o, mejor dicho, muchos centenares de libros; pues de esta manera un n√ļmero infinito de personas podr√≠an extraer de ellos mucho m√°s placer y provecho que si el √ļnico papel original hubiese recorrido todo el Globo, con la seguridad de que a mitad de camino habr√≠a quedado ya inservible. ¬ęS√≠, esto es indudablemente lo m√°s satisfactorio de todo -pens√≥ el papel escrito-. No se me hab√≠a ocurrido. Me quedo en casa y me tratan con todos los honores, como si fuese el abuelo. Y han escrito sobre m√≠; justamente sobre m√≠ fluyeron las palabras salidas de la pluma. Yo me quedo, y los libros se marchan. Ahora puede hacerse algo positivo. ¬°Qu√© contento estoy, y qu√© feliz me siento!¬Ľ. Despu√©s envolvieron el papel, formando un paquetito, y lo pusieron en un caj√≥n.

  • Cumplida la misi√≥n, conviene descansar -dijo el papel-. Es l√≥gico y razonable recogerse y reflexionar sobre lo que hay en uno. Hasta ahora no supe lo que se encerraba en m√≠. ¬ęCon√≥cete a ti mismo¬Ľ, ah√≠ est√° el progreso. ¬ŅQu√© vendr√° despu√©s?. De seguro que alg√ļn adelanto; ¬°siempre adelante!

Un d√≠a echaron todo el papel a la chimenea, pues iban a quemarlo en vez de venderlo al tendero para envolver mantequilla y az√ļcar. Hab√≠an acudido los chiquillos de la casa y formaban c√≠rculo; quer√≠an verlo arder, y contemplar las rojas chispas en el papel hecho ceniza, aquellas chispas que parec√≠an correr y extinguirse una tras otra con gran rapidez – son los ni√Īos que salen de la escuela, y la √ļltima chispa es el maestro; a menudo cree uno que se ha marchado ya, y resulta que vuelve a presentarse por detr√°s. Y todo el papel formaba un mont√≥n en el fuego. ¬°Qu√© modo de echar llamas! ¬ę¬°Uf!¬Ľ, dijo, y en un santiam√©n estuvo convertido todo √©l en una llama, que se elev√≥ mucho m√°s de lo que hiciera jam√°s la florecita azul del lino, y brill√≥ mucho m√°s tambi√©n que la blanca tela de hilo. Todas las letras escritas adquirieron instant√°neamente un tono rojo, y todas las palabras e ideas quedaron convertidas en llamas.

  • ¬°Ahora subo en l√≠nea recta hacia el Sol! exclam√≥ en el seno de la llama, y pareci√≥ como si mil voces lo dijeran al un√≠sono; y la llama se elev√≥ por la chimenea y sali√≥ al exterior. M√°s sutiles que las llamas, invisibles del todo a los humanos ojos, flotaban seres min√ļsculos, iguales en n√ļmero a las flores que hab√≠a dado el lino. Eran m√°s ligeros a√ļn que la llama que hablan producido, y cuando √©sta se extingui√≥, quedando del papel solamente las negras cenizas, siguieron ellos bailando todav√≠a un ratito, y all√≠ donde tocaban dejaban sus huellas, las chispas rojas. Los ni√Īos sal√≠an de la escuela, y el maestro, el √ļltimo de todos. Daba gozo verlo; los ni√Īos de la casa, de pie, cantaban junto a las cenizas apagadas: Ronca que ronca, carraca, ronca con tes√≥n.

¬°Se termin√≥ la canci√≥n! Pero los min√ļsculos seres invisibles dec√≠an a coro:

  • ¬°La canci√≥n no ha terminado, y esto es lo m√°s hermoso de todo! Lo s√©, y por eso soy el m√°s feliz del mundo.

Mas esto los ni√Īos no pueden o√≠rlo ni entenderlo, ni tienen por qu√© entenderlo, pues los ni√Īos no necesitan saberlo todo.

EL NIDO DE CISNES

Entre los mares Báltico y del Norte hay un antiguo nido de cisnes: se llama Dinamarca. En él nacieron y siguen naciendo cisnes que jamás morirán. En tiempos remotos, una bandada de estas aves voló, por encima de los Alpes, hasta las verdes llanuras de Milán; aquella bandada de cisnes recibió el nombre de longobardos. Otra, de brillante plumaje y ojos que reflejaban la lealtad, se dirigió a Bizancio, donde se sentó en el trono imperial y extendió sus amplias alas blancas a modo de escudo, para protegerlo. Fueron los varingos. En la costa de Francia resonó un grito de espanto ante la presencia de los cisnes sanguinarios, que llegaban con fuego bajo las alas, y el pueblo rogaba:

  • ¬°Dios nos libre de los salvajes normandos!

Sobre el verde césped de Inglaterra se posó el cisne danés, con triple corona real sobre la cabeza y extendiendo sobre el país el cetro de oro. Los paganos de la costa de Pomerania hincaron la rodilla, y los cisnes daneses llegaron con la bandera de la cruz y la espada desnuda.

  • Todo eso ocurri√≥ en √©pocas remot√≠simas – dir√°s.

También en tiempos recientes se han visto volar del nido cisnes poderosos. Hízose luz en el aire, hízose luz sobre los campos del mundo; con sus robustos aleteos, el cisne disipó la niebla opaca, quedando visible el cielo estrellado, como si se acercase a la Tierra. Fue el cisne Tycho Brahe.

  • S√≠, en aquel tiempo – dices -. Pero, ¬Ņy en nuestros d√≠as?

Vimos un cisne tras otro en majestuoso vuelo. Uno puls√≥ con sus alas las cuerdas del arpa de oro, y las notas resonaron en todo el Norte; las rocas de Noruega se levantaron m√°s altas, iluminadas por el sol de la Historia. Oy√≥se un murmullo entre los abetos y los abedules; los dioses n√≥rdicos, sus h√©roes y sus nobles matronas, se destacaron sobre el verde oscuro del bosque. Vimos un cisne que bat√≠a las alas contra la pe√Īa marm√≥rea, con tal fuerza que la quebr√≥, y las espl√©ndidas figuras encerradas en la piedra avanzaron hasta quedar inundadas de luz resplandeciente, y los hombres de las tierras circundantes levantaron la cabeza para contemplar las portentosas estatuas. Vimos un tercer cisne que hilaba la hebra del pensamiento, el cual da ahora la vuelta al mundo de pa√≠s en pa√≠s, y su palabra vuela con la rapidez del rayo. Dios Nuestro Se√Īor ama al viejo nido de cisnes construido entre los mares B√°ltico y Norte. Dejad si no que otras aves prepotentes se acerquen por los aires con prop√≥sito de destruirlo. ¬°No lo lograr√°n jam√°s! Hasta las cr√≠as implumes se colocan en circulo en el borde del nido; bien lo hemos visto. Recibir√°n los embates en pleno pecho, del que manar√° la sangre; mas ellos se defender√°n con el pico y con las garras. Pasar√°n a√ļn siglos, otros cisnes saldr√°n del nido, que ser√°n vistos y o√≠dos en toda la redondez del Globo, antes de que llegue la hora en que pueda decirse en verdad: – Es el √ļltimo de los cisnes, el √ļltimo canto que sale de su nido.

Mas cuentos cortos infantiles

EL NI√ĎO TRAVIESO

¬† ¬† √Črase una vez un anciano poeta, muy bueno y muy viejo. Un atardecer, cuando estaba en casa, el tiempo se puso muy malo; fuera llov√≠a a c√°ntaros, pero el anciano se encontraba muy a gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa, en la que ard√≠a un buen fuego y se asaban manzanas.

  • Ni un pelo de la ropa les quedar√° seco a los infelices que este temporal haya pillado fuera de casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos sentimientos.
  • ¬°√Ābrame! ¬°Tengo fr√≠o y estoy empapado! grit√≥ un ni√Īo desde fuera. Y llamaba a la puerta llorando, mientras la lluvia ca√≠a furiosa, y el viento hac√≠a temblar todas las ventanas.
  • ¬°Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta. Estaba ante ella un rapazuelo completamente desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos rubios. Tiritaba de fr√≠o; de no hallar refugio, seguramente habr√≠a sucumbido, v√≠ctima de la inclemencia del tiempo.
  • ¬°Pobre peque√Īo! -exclam√≥ el compasivo poeta, cogi√©ndolo de la mano-. ¬°Ven conmigo, que te calentar√©! Voy a darte vino y una manzana, porque eres tan precioso.

Y lo era, en efecto. Sus ojos parec√≠an dos l√≠mpidas estrellas, y sus largos y ensortijados bucles eran como de oro puro, aun estando empapados. Era un verdadero angelito, pero estaba p√°lido de fr√≠o y tir√≠taba con todo su cuerpo. Sosten√≠a en la mano un arco magnifico, pero estropeado por la lluvia; con la humedad, los colores de sus flechas se hab√≠an borrado y mezclado unos con otros. El poeta se sent√≥ junto a la estufa, puso al chiquillo en su regazo, escurri√≥le el agua del cabello, le calent√≥ las manitas en las suyas y le prepar√≥ vino dulce. El peque√Īo no tard√≥ en rehacerse: el color volvi√≥ a sus mejillas, y, saltando al suelo, se puso a bailar alrededor del anciano poeta.

  • ¬°Eres un rapaz alegre! -dijo el viejo-. ¬ŅC√≥mo te llamas?
  • Me llamo Amor -respondi√≥ el peque√Īo-. ¬ŅNo me conoces? Ah√≠ est√° mi arco, con el que disparo, puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el buen tiempo, y la luna brilla.
  • Pero tienes el arco estropeado -observ√≥ el anciano.
  • ¬°Mala cosa ser√≠a! -exclam√≥ el chiquillo, y, recogi√©ndolo del suelo, lo examin√≥ con atenci√≥n-. ¬°Bah!, ya se ha secado; no le ha pasado nada; la cuerda est√° bien tensa. ¬°Voy a probarlo! -. Tens√≥ el arco, p√ļsole una flecha y, apuntando, dispar√≥ certero, atravesando el coraz√≥n del buen poeta.- ¬°Ya ves que mi arco no est√° estropeado! -dijo, y, con una carcajada, se march√≥. ¬°Hab√≠ase visto un chiquillo m√°s malo! ¬°Disparar as√≠ contra el viejo poeta, que lo hab√≠a acogido en la caliente habitaci√≥n, se hab√≠a mostrado tan bueno con √©l y le hab√≠a dado tan exquisito vino y sus mejores manzanas! El buen se√Īor yac√≠a en el suelo, llorando; realmente le hab√≠an herido en el coraz√≥n.

-¬°Oh, qu√© ni√Īo tan p√©rfido es ese Amor! Se lo contar√© a todos los chiquillos buenos, para que est√©n precavidos y no jueguen con √©l, pues procurar√° causarles alg√ļn da√Īo. Todos los ni√Īos y ni√Īas buenos a quienes cont√≥ lo sucedido se pusieron en guardia contra las tretas de Amor, pero √©ste continu√≥ haciendo de las suyas, pues realmente es de la piel del diablo. Cuando los estudiantes salen de sus clases, √©l marcha a su lado, con un libro debajo del brazo y vestido con levita negra. No lo reconocen y lo cogen del brazo, creyendo que es tambi√©n un estudiante, y entonces √©l les clava una flecha en el pecho. Cuando las muchachas vienen de escuchar al se√Īor cura y han recibido ya la confirmaci√≥n √©l las sigue tambi√©n. S√≠, siempre va detr√°s de la gente. En el teatro se sienta en la gran ara√Īa, y echa llamas para que las personas crean que es una l√°mpara, pero ¬°qui√°!; demasiado tarde descubren ellas su error. Corre por los jardines y en torno a las murallas. S√≠, un d√≠a hiri√≥ en el coraz√≥n a tu padre y a tu madre. Preg√ļntaselo, ver√°s lo que te dicen. Cr√©eme, es un chiquillo muy travieso este Amor; nunca quieras tratos con √©l; acecha a todo el mundo. Piensa que un d√≠a dispar√≥, una flecha hasta a tu anciana abuela; pero de eso hace mucho tiempo. Ya pas√≥, pero ella no lo olvida. ¬°Caramba con este diablillo de Amor! Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que es.

EL PACTO DE AMISTAD

No hace mucho que volvimos de un viajecito, y ya estamos impacientes por emprender otro m√°s largo. ¬ŅAd√≥nde? Pues a Esparta, a Micenas, a Delfos. Hay cientos de lugares cuyo solo nombre os alboroza el coraz√≥n. Se va a caballo, cuesta arriba, por entre monte bajo y zarzales; un viajero solitario equivale a toda una caravana. √Čl va delante con su ¬ęargoyat¬Ľ, una ac√©mila transporta el ba√ļl, la tienda y las provisiones, y a retaguardia siguen, d√°ndole escolta, una pareja de gendarmes. Al t√©rmino de la fatigosa jornada, no le espera una posada ni un lecho mullido; con frecuencia, la tienda es su √ļnico techo, en medio de la grandiosa naturaleza salvaje. El ¬ęargoyat¬Ľ le prepara la cena: un arroz pilav; mir√≠adas de mosquitos revolotean en torno a la diminuta tienda; es una noche lamentable, y ma√Īana el camino cruzar√° r√≠os muy hinchados. ¬°Tente firme sobre el caballo, si no quieres que te lleve la corriente! ¬ŅCu√°l ser√° la recompensa para tus fatigas? La m√°s sublime, la m√°s rica. La Naturaleza se manifiesta aqu√≠ en toda su grandeza, cada lugar est√° lleno de recuerdos hist√≥ricos, alimento tanto para la vista como para el pensamiento. El poeta puede cantarlo, y el pintor, reproducirlo en cuadros opulentos; pero el aroma de la realidad, que penetra en los sentidos del espectador y los impregna para toda la eternidad, eso no pueden reproducirlo. En muchos apuntes he tratado de presentar de manera intuitiva un rinconcito de Atenas y de sus alrededores, y, sin embargo, ¬°qu√© p√°lido ha sido el cuadro resultante! ¬°Qu√© poco dice de Grecia, de este triste genio de la belleza, cuya grandeza y dolor jam√°s olvidar√° el forastero! Aquel pastor solitario de all√° en la roca, con el simple relato de una incidencia de su vida, sabr√≠a probablemente, mucho mejor que yo con mis pinturas, abrirte los ojos a ti, que quieres contemplar la tierra de los helenos en sus diversos aspectos.

  • Dej√©mosle, pues, la palabra -dice mi Musa-. El pastor de la monta√Īa nos hablar√° de una costumbre, una simp√°tica costumbre t√≠pica de su pa√≠s.

Nuestra casa era de barro, y por jambas ten√≠a unas columnas estriadas, encontradas en el lugar donde se construy√≥ la choza. El tejado bajaba casi hasta el suelo, y hoy era negruzco y feo, pero cuando lo colocaron esta a formado por un tejido de florida adelfa y frescas ramas de laurel, tra√≠das de las monta√Īas. En torno a la casa apenas quedaba espacio; las pe√Īas formaban paredes cortadas a pico, de un color negro y liso, y en lo m√°s alto de ellas colgaban con frecuencia jirones de nubes semejantes a blancas figuras vivientes. Nunca o√≠ all√≠ el canto de un p√°jaro, nunca vi bailar a los hombres al son de la gaita; pero en los viejos tiempos, este lugar era sagrado, y hasta su nombre lo recuerda, pues se llama Delfos. Los montes hoscos y tenebrosos aparec√≠an cubiertos de nieve; el m√°s alto, aquel de cuya cumbre tardaba m√°s en apagarse el sol poniente, era el Parnaso; el torrente que corr√≠a junto a nuestra casa bajaba de √©l, y anta√Īo hab√≠a sido sagrado tambi√©n. Hoy, el asno enturbia sus aguas con sus patas, pero la corriente sigue impetuosa y pronto recobra su limpidez. ¬°C√≥mo recuerdo aquel lugar y su santa y profunda soledad! En el centro de la choza encend√≠an fuego, y en su rescoldo, cuando s√≥lo quedaba un espeso mont√≥n de cenizas ardientes, coc√≠an el pan. Cuando la nieve se apilaba en torno a la casuca hasta casi ocultarla, mi madre parec√≠a m√°s feliz que nunca; me cog√≠a la cabeza entre las manos, me besaba en la frente y cantaba canciones que nunca le oyera en otras ocasiones, pues los turcos, nuestros amos, no las toleraban. Cantaba: ¬ęEn la cumbre del Olimpo, en el bajo bosque de pinos, estaba un viejo ciervo con los ojos llenos de l√°grimas; lloraba l√°grimas rojas, s√≠, y hasta verdes y azul celeste: Pas√≥ entonces un corzo: – ¬ŅQu√© tienes, que as√≠ lloras l√°grimas rojas, verdes y azuladas? – El turco ha venido a nuestra ciudad, cazando con perros salvajes, toda una jaur√≠a.

  • ¬°Los echar√© de las islas -dijo el corzo-, los echar√© de las islas al mar profundo!-. Pero antes de ponerse el sol el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo hab√≠a sido cazado y muerto¬Ľ.

Y cuando mi madre cantaba as√≠, se le humedec√≠an los ojos, y de sus largas pesta√Īas colgaba una l√°grima; pero ella la ocultaba y volv√≠a el pan negro en la ceniza. Yo entonces, apretando el pu√Īo, dec√≠a: -¬°Mataremos a los turcos!-. Mas ella repet√≠a las palabras de la canci√≥n: ¬ę- ¬°Los echar√© de las islas al mar profundo! -. Pero antes de ponerse el sol, el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo hab√≠a sido cazado y muerto¬Ľ. Llev√°bamos varios d√≠as, con sus noches, solos en la choza, cuando lleg√≥ mi padre; yo sab√≠a que iba a traerme conchas del Golfo de Lepanto, o tal vez un cuchillo, afilado y reluciente. Pero esta vez nos trajo una criaturita, una ni√Īa desnuda, bajo su pelliza. Iba envuelta en una piel, y al depositarla, desnuda, sobre el regazo de mi madre, vimos que todo lo que llevaba consigo eran tres monedas de plata atadas en el negro cabello. Mi padre dijo que los turcos hab√≠an dado muerte a los padres de la peque√Īa; tantas y tantas cosas nos cont√≥, que durante toda la noche estuve so√Īando con ello. Mi padre ven√≠a tambi√©n herido; mi madre le vend√≥ el brazo, pues la herida era profunda, y la gruesa pelliza estaba tiesa de la sangre coagulada. La chiquilla ser√≠a mi hermana, ¬°qu√© hermosa era! Los ojos de mi madre no ten√≠an m√°s dulzura que los suyos. Anastasia -as√≠ la llamaban- ser√≠a mi hermana, pues su padre la hab√≠a confiado al m√≠o, de acuerdo con la antigua costumbre que segu√≠amos observando. De j√≥venes hab√≠an trabado un pacto de fraternidad, eligiendo a la doncella m√°s hermosa y virtuosa de toda la comarca para tomar el juramento. Muy a menudo o√≠a yo hablar de aquella hermosa y rara costumbre.¬† Y, as√≠, la peque√Īa se convirti√≥ en mi hermana. La sentaba sobre mis rodillas, le tra√≠a flores y plumas de las aves montaraces, beb√≠amos juntos de las aguas del Parnaso, y juntos dorm√≠amos bajo el tejado de laurel de la choza, mientras mi madre segu√≠a cantando, invierno tras invierno, su canci√≥n de las l√°grimas rojas, verdes y azuladas. Pero yo no comprend√≠a a√ļn que era mi propio pueblo, cuyas inn√ļmeras cuitas se reflejaban en aquellas l√°grimas. Un d√≠a vinieron tres hombres; eran francos y vest√≠an de modo distinto a nosotros. Llevaban sus camas y tiendas cargadas en caballer√≠as, y los acompa√Īaban m√°s de veinte turcos, armados con sables y fusiles, pues los extranjeros eran amigos del baj√° e iban provistos de cartas de introducci√≥n. Ven√≠an con el solo objeto de visitar nuestras monta√Īas, escalar el Parnaso por entre la nieve y las nubes, y contemplar las extra√Īas rocas negras y escarpadas que rodeaban nuestra choza. No cab√≠an en ella, aparte que no pod√≠an soportar el humo que, desliz√°ndose por debajo del techo, sal√≠a por la baja puerta; por eso levantaron sus tiendas en el reducido espacio que quedaba al lado de la casuca, y asaron corderos y aves, y bebieron vino dulce y fuerte; pero los turcos no pod√≠an probarlo. Al proseguir su camino, yo los acompa√Ī√© un trecho con mi hermanita Anastasia a la espalda, envuelta en una piel de cabra. Uno de aquellos se√Īores francos me coloc√≥ delante de una roca y me dibuj√≥ junto con la ni√Īa, tan bien, que parec√≠amos vivos y como si fu√©semos una sola persona. Nunca hab√≠a yo pensado en ello, y, sin embargo, Anastasia y yo √©ramos uno solo, pues ella se pasaba la vida sentada en mis rodillas o colgada de mi espalda, y cuando yo so√Īaba, siempre figuraba ella en mis sue√Īos.

EL PATITO FEO

¬°Qu√© hermosa estaba la campi√Īa! Hab√≠a llegado el verano: el trigo estaba amarillo; la avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los pajares, en cuyos tejados se paseaba la cig√ľe√Īa, con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que era la lengua que le ense√Īara su madre. Rodeaban los campos y prados grandes bosques, y entre los bosques se escond√≠an lagos profundos. ¬°Qu√© hermosa estaba la campi√Īa! Ba√Īada por el sol levant√°base una mansi√≥n se√Īorial, rodeada de hondos canales, y desde el muro hasta el agua crec√≠an grandes plantas trepadoras formando una b√≥veda tan alta que dentro de ella pod√≠a estar de pie un ni√Īo peque√Īo, mas por dentro estaba tan enmara√Īado, que parec√≠a el interior de un bosque. En medio de aquella maleza, una gansa, sentada en el nido, incubaba sus huevos. Estaba ya impaciente, pues ¬°tardaban tanto en salir los polluelos, y recib√≠a tan pocas visitas! Los dem√°s patos prefer√≠an nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle compa√Ī√≠a y charlar un rato. Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro. ¬ę¬°Pip, pip!¬Ľ, dec√≠an los peque√Īos; las yemas hab√≠an adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita por la c√°scara rota.

  • ¬°cuac, cuac! – gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre las verdes hojas. La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos.
  • ¬°Qu√© grande es el mundo! -exclamaron los polluelos, pues ahora ten√≠an mucho m√°s sitio que en el interior del huevo.
  • ¬ŅCre√©is que todo el mundo es esto? -dijo la madre-. Pues and√°is muy equivocados. El mundo se extiende mucho m√°s lejos, hasta el otro lado del jard√≠n, y se mete en el campo del cura, aunque yo nunca he estado all√≠. ¬ŅEst√°is todos? -prosigui√≥, incorpor√°ndose-. Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto a√ļn. ¬ŅVa a tardar mucho? ¬°Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!
  • Bueno, ¬Ņqu√© tal vamos? -pregunt√≥ una vieja gansa que ven√≠a de visita.
  • ¬°Este huevo que no termina nunca! -respondi√≥ la clueca-. No quiere salir. Pero mira los dem√°s patitos: ¬Ņverdad que son lindos? Todos se parecen a su padre; y el sinverg√ľenza no viene a verme.
  • D√©jame ver el huevo que no quiere romper dijo la vieja-. Cre√©me, esto es un huevo de pava; tambi√©n a mi me enga√Īaron una vez, y pas√© muchas fatigas con los polluelos, pues le tienen miedo al agua. No pude con √©l; me desga√Īit√© y lo puse verde, pero todo fue in√ļtil. A ver el huevo. S√≠, es un huevo de pava. D√©jalo y ense√Īa a los otros a nadar.
  • Lo empollar√© un poquit√≠n m√°s dijo la clueca-. ¬°Tanto tiempo he estado encima de √©l, que bien puedo esperar otro poco!
  • ¬°C√≥mo quieras! ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† -contest√≥ ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† la ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† otra, despidi√©ndose.

Al fin se parti√≥ el huevo. ¬ę¬°Pip, pip!¬Ľ hizo el polluelo, saliendo de la c√°scara. Era gordo y feo; la gansa se qued√≥ mir√°ndolo:

  • Es un pato enorme -dijo-; no se parece a ninguno de los otros; ¬Ņser√° un pavo? Bueno, pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse a trompazos.

El d√≠a siguiente amaneci√≥ espl√©ndido; el sol ba√Īaba las verdes hojas de la enramada. La madre se fue con toda su prole al canal y, ¬°plas!, se arroj√≥ al agua. ¬ę¬°Cuac, cuac!¬Ľ -gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo tambi√©n; el agua les cubri√≥ la cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron a nadar tan lindamente. Las patitas se mov√≠an por s√≠ solas y todos chapoteaban, incluso el √ļltimo polluelo gordote y feo.

  • Pues no es pavo -dijo la madre-. ¬°F√≠jate c√≥mo mueve las patas, y qu√© bien se sostiene! Es hijo m√≠o, no hay duda. En el fondo, si bien se mira, no tiene nada de feo, al contrario. ¬°Cuac, cuac! Venid conmigo, os ense√Īar√© el gran mundo, os presentar√© a los patos del corral. Pero no os alej√©is de mi lado, no fuese que alguien os atropellase; y ¬°mucho cuidado con el gato!

Y se encaminaron al corral de los patos, donde había un barullo espantoso, pues dos familias se disputaban una cabeza de anguila. Y al fin fue el gato quien se quedó con ella.

  • ¬ŅVeis? As√≠ va el mundo -dijo la gansa madre, afil√°ndose el pico, pues tambi√©n ella hubiera querido pescar el bot√≠n-. ¬°Serv√≠os de las patas! y a ver si os despabil√°is. Id a hacer una reverencia a aquel pato viejo de all√≠; es el m√°s ilustre de todos los presentes; es de raza espa√Īola, por eso est√° tan gordo. Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es la mayor distinci√≥n que puede otorgarse a un pato. Es para que no se pierda y para que todos lo reconozcan, personas y animales. ¬°Ala, sacudiros! No met√°is los pies para dentro. Los patitos bien educados andan con las piernas esparrancadas, como pap√° y mam√°. ¬°As√≠!, ¬Ņveis? Ahora inclinad el cuello y decir: ¬ę¬°cuac!¬Ľ.

Todos obedecieron, mientras los dem√°s gansos del corral los miraban, diciendo en voz alta:

  • ¬°Vaya! s√≥lo faltaban √©stos; ¬°como si no fu√©semos ya bastantes! Y, ¬°qu√© asco! Fijaos en aquel pollito: ¬°a √©se s√≠ que no lo toleramos! -. Y enseguida se adelant√≥ un ganso y le propin√≥ un picotazo en el pescuezo.
  • ¬°D√©jalo en paz! -exclam√≥ la madre-. No molesta a nadie.
  • S√≠, pero es gordote y extra√Īo -replic√≥ el agresor-; habr√° que sacudirlo.
  • Tiene usted unos hijos muy guapos, se√Īora dijo el viejo de la pata vendada-. L√°stima de este gordote; √©se s√≠ que es un fracaso. Me gustar√≠a que pudiese retocarlo.
  • No puede ser, Se√Īor√≠a -dijo la madre-. Cierto que no es hermoso, pero tiene buen coraz√≥n y nada tan bien como los dem√°s; incluso dir√≠a que mejor. Me figuro que al crecer se arreglar√°, y que con el tiempo perder√° volumen. Estuvo muchos d√≠as en el huevo, y por eso ha salido demasiado robusto -. Y con el pico le pellizc√≥ el pescuezo y le alis√≥ el plumaje -. Adem√°s, es macho -prosigui√≥-, as√≠ que no importa gran cosa. Estoy segura de que ser√° fuerte y se despabilar√°.
  • Los dem√°s polluelos son encantadores de veras -dijo el viejo-. Consid√©rese usted en casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de tra√©rmela.

Y de este modo tomaron posesi√≥n de la casa. El pobre patito feo no recib√≠a sino picotazos y empujones, y era el blanco de las burlas de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas. ¬ę¬°Qu√© rid√≠culo!¬Ľ, se re√≠an todos, y el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se cre√≠a el emperador, se hench√≠a como un barco a toda vela y arremet√≠a contra el patito, con la cabeza colorada de rabia. El pobre animalito nunca sab√≠a d√≥nde meterse; estaba muy triste por ser feo y porque era la chacota de todo el corral. As√≠ transcurri√≥ el primer d√≠a; pero en los sucesivos las cosas se pusieron a√ļn peor. Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente, y no cesaban de gritar: – ¬°As√≠ te pescara el gato, bicho asqueroso!; y hasta la madre deseaba perderlo de vista. Los patos lo picoteaban; las gallinas lo golpeaban, y la muchacha encargada de repartir el pienso lo apartaba a puntapi√©s.

¬†EL PEQUE√ĎO TUK

Pues s√≠, √©ste era el peque√Īo Tuk. En realidad no se llamaba as√≠, pero √©ste era el nombre que se daba a s√≠ mismo cuando a√ļn no sab√≠a hablar. Quer√≠a decir Carlos, es un detalle que conviene saber. Resulta que ten√≠a que cuidar de su hermanita Gustava, mucho menor que √©l, y luego ten√≠a que aprenderse sus lecciones; pero, ¬Ņc√≥mo atender a las dos cosas a la vez? El pobre muchachito ten√≠a a su hermana sentada sobre las rodillas y le cantaba todas las canciones que sab√≠a, mientras sus ojos echaban alguna que otra mirada al libro de Geograf√≠a, que ten√≠a abierto delante de √©l. Para el d√≠a siguiente habr√≠a de aprenderse de memoria todas las ciudades de Zelanda y saberse, adem√°s, cuanto de ellas conviene conocer. Lleg√≥ la madre a casa y se hizo cargo de Gustavita. Tuk corri√≥ a la ventana y se estuvo leyendo hasta que sus ojos no pudieron m√°s, pues hab√≠a ido oscureciendo y su madre no ten√≠a dinero para comprar velas. – Ah√≠ va la vieja lavandera del callej√≥n -dijo la madre, que se hab√≠a asomado a la ventana-. La pobre apenas puede arrastrarse y a√ļn tiene que cargar con el cubo lleno de agua desde la bomba. Anda, Tuk, s√© bueno y ve a ayudar a la pobre viejecita. Har√°s una buena acci√≥n. Tuk corri√≥ a la calle a ayudarla, pero cuando estuvo de regreso la oscuridad era completa, y como no hab√≠a que pensar en encender la luz, no tuvo m√°s remedio que acostarse. Su lecho era un viejo camastro y, tendido en √©l estuvo pensando en su lecci√≥n de Geograf√≠a, en Zelanda y todo lo que hab√≠a explicado el maestro. Debiera haber seguido estudiando, pero era imposible, y se meti√≥ el libro debajo de la almohada, porque hab√≠a o√≠do decir que aquello ayudaba a retener las lecciones en la mente; pero no hay que fiarse mucho de lo que se oye decir. Y all√≠ se estuvo piensa que te piensa, hasta que de pronto le pareci√≥ que alguien le daba un beso en la boca y en los ojos. Se durmi√≥, y, sin embargo, no estaba dormido; era como si la anciana lavandera lo mirara con sus dulces ojos y le dijera: – Ser√≠a un gran pecado que ma√Īana no supieses tus lecciones. Me has ayudado, ahora te ayudar√© yo, y Dios Nuestro Se√Īor lo har√°, en todo momento. Y de pronto el libro empez√≥ a moverse y agitarse debajo de la almohada de nuestro peque√Īo Tuk.

  • ¬°Quiquiriqu√≠! ¬°Put, put! -. Era una gallina que ven√≠a de Kj√∂ge.
  • ¬°Soy una gallina de Kj√∂ge! -grit√≥, y luego se puso a contar del n√ļmero de habitantes que all√≠ hab√≠a, y de la batalla que en la ciudad se hab√≠a librado, a√Īadiendo empero que en realidad no val√≠a la pena mencionarla-. Otro meneo y zarandeo y, ¬°bum!, algo que se cae: un ave de madera, el papagayo del tiro al p√°jaro de Prast√∂. Dijo que en aquella ciudad viv√≠an tantos habitantes como clavos ten√≠a √©l en el cuerpo, y estaba no poco orgulloso de ello-. Thorwaldsen vivi√≥ muy cerca de m√≠. ¬°Catapl√ļn! ¬°Qu√© bien se est√° aqu√≠!

Pero Tuk ya no estaba tendido en su lecho; de repente se encontr√≥ montado sobre un caballo, corriendo a galope tendido. Un jinete magn√≠ficamente vestido, con brillante casco y flotante penacho, lo sosten√≠a delante de √©l, y de este modo atravesaron el bosque hasta la antigua ciudad de Vordingborg, muy grande y muy bulliciosa por cierto. Altivas torres se levantaban en el palacio real, y de todas las ventanas sal√≠a viv√≠sima luz; en el interior todo eran cantos y bailes: el rey Waldemar bailaba con las j√≥venes damas cortesanas, ricamente ataviadas. Despunt√≥ el alba, y con la salida del sol desaparecieron la ciudad, el palacio y las torres una tras otra, hasta no quedar sino una sola en la cumbre de la colina, donde se levantara antes el castillo. Era la ciudad muy peque√Īa y pobre, y los chiquillos pasaban con sus libros bajo el brazo, diciendo: – Dos mil habitantes -. Pero no era verdad, no ten√≠a tantos. Y Tuk segu√≠a en su camita, como so√Īando, y, sin embargo, no so√Īaba, pero alguien permanec√≠a junto a √©l.

  • ¬°Tuquito, Tuquito! -dijeron. Era un marino, un hombre muy peque√Ī√≠n, semejante a un cadete, pero no era un cadete.
  • Te traigo muchos saludos de Kors√∂r. Es una ciudad floreciente, llena de vida, con barcos de vapor y diligencias; antes pasaba por fea y aburrida, pero √©sta es una opini√≥n anticuada.
  • Estoy a orillas del mar, dijo Kors√∂r; tengo carreteras y parques y he sido la cuna de un poeta que ten√≠a ingenio y gracia; no todos los tienen. Una vez quise armar un barco para que diese la vuelta al mundo, mas no lo hice, aunque habr√≠a podido; y, adem√°s, ¬°huelo tan bien! Pues en mis puertas florecen las rosas m√°s bellas.

Tuk las vio, y ante su mirada todo apareci√≥ rojo y verde; pero cuando se esfumaron los colores, se encontr√≥ ante una ladera cubierta de bosque junto al l√≠mpido fiordo, y en la cima se levantaba una hermosa iglesia, antigua, con dos altas torres puntiagudas. De la ladera brotaban fuentes que bajaban en espesos riachuelos de aguas murmureantes, y muy cerca estaba sentado un viejo rey con la corona de oro sobre el largo cabello; era el rey Hroar de las Fuentes, en las inmediaciones de la ciudad de Roeskilde, como la llaman hoy d√≠a. Y todos los reyes y reinas de Dinamarca, coronados de oro, se encaminaban, cogidos de la mano, a la vieja iglesia, entre los sones del √≥rgano y el murmullo de las fuentes. Nuestro peque√Īo Tuk lo ve√≠a y o√≠a todo.

  • ¬°No olvides los Estados! -le dijo el rey Hroar. De pronto desapareci√≥ todo. ¬ŅD√≥nde hab√≠a ido a parar? Daba exactamente la impresi√≥n de cuando se vuelve la p√°gina de un libro. Y hete aqu√≠ una anciana, una escardadera venida de Sor√∂, donde la hierba crece en la plaza del mercado. Llevaba su delantal de tela gris sobre la cabeza y colg√°ndole de la espalda; estaba muy mojado – seguramente hab√≠a llovido -. S√≠ que ha llovido -dijo la mujer, y le cont√≥ muchas cosas divertidas de las comedias de Holberg, as√≠ como de Waldemar y Absal√≥n. Pero de pronto se encogi√≥ toda ella y se puso a mover la cabeza como si quisiera saltar-. ¬°Cuac! -dijo-, est√° mojado, est√° mojado; hay un silencio de muerte en Sor√∂ -. Se hab√≠a transformado en rana; ¬°cuac!, y luego otra vez en una vieja -. Hay que vestirse seg√ļn el tiempo -dijo-. ¬°Est√° mojado, est√° mojado! Mi ciudad es como una botella: se entra por el tap√≥n y luego hay que volver a salir. Antes ten√≠a yo corpulentas anguilas en el fondo de la botella, y ahora tengo muchachos robustos, de coloradas mejillas, que aprenden la sabidur√≠a: ¬°griego, hebreo, cuac, cuac! -. Sonaba como si las ranas cantasen o como cuando camin√°is por el pantano con grandes botas. Era siempre la misma nota, tan fastidiosa, tan mon√≥tona, que Tuk acab√≥ por quedarse profundamente dormido, y le sent√≥ muy bien el sue√Īo, porque empezaba a ponerse nervioso. Pero aun entonces tuvo otra visi√≥n, o lo que fuera. Su hermanita Gustava, la de ojos azules y cabello rubio ensortijado, se hab√≠a convertido en una esbelta muchacha, y, sin tener alas, pod√≠a volar. Y he aqu√≠ que los dos volaron por encima de Zelanda, por encima de sus verdes bosques y azules lagos.
  • ¬ŅOyes cantar el gallo, Tuquito? ¬°Quiquiriqu√≠! Las gallinas salen volando de Kj√∂ge. ¬°Tendr√°s un gallinero, un gran gallinero! No padecer√°s hambre ni miseria. Cazar√°s el p√°jaro, como suele decirse; ser√°s un hombre rico y feliz. Tu casa se levantar√° altivamente como la torre del rey Waldemar, y estar√° adornada con columnas de m√°rmol como las de Prast√∂. Ya me entiendes. Tu nombre famoso dar√° la vuelta a la Tierra, como el barco que deb√≠a partir de Kors√∂r y en Roeskilde – ¬°no te olvides de los Estados! dijo el rey Hroar -; hablar√°s con bondad y talento, Tuquito, y cuando desciendas a la tumba, reposar√°s tranquilo…
  • ¬°Como si estuviese en Sor√∂! – dijo Tuk, y se despert√≥. Brillaba la luz del d√≠a, y el ni√Īo no recordaba ya su sue√Īo; pero era mejor as√≠, pues nadie debe saber cu√°l ser√° su destino. Salt√≥ de la cama, abri√≥ el libro y en un periquete se supo la lecci√≥n. La anciana lavandera asom√≥ la cabeza por la puerta y, dirigi√©ndole un gesto cari√Īoso, le dijo:
  • ¬°Gracias, – hijo m√≠o, por tu ayuda! Dios Nuestro Se√Īor haga que se convierta en realidad tu sue√Īo m√°s hermoso.

Tuk no sab√≠a lo que hab√≠a so√Īado, pero ¬Ņcomprendes? Nuestro Se√Īor s√≠ lo sab√≠a. ¬† EL PORQUERIZO ¬† √Črase una vez un pr√≠ncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy peque√Īo, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el pr√≠ncipe quer√≠a hacer. Sin embargo, fue una gran osad√≠a por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¬ŅMe quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre hab√≠a llegado muy lejos. M√°s de cien princesas lo habr√≠an aceptado, pero, ¬Ņlo querr√≠a ella? Pues vamos a verlo. En la tumba del padre del pr√≠ncipe crec√≠a un rosal, un rosal maravilloso; florec√≠a solamente cada cinco a√Īos, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la ol√≠a se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. Adem√°s, el pr√≠ncipe ten√≠a un ruise√Īor que, cuando cantaba, habr√≠ase dicho que en su garganta se juntaban las m√°s bellas melod√≠as del universo. Decidi√≥, pues, que tanto la rosa como el ruise√Īor ser√≠an para la princesa, y se los envi√≥ encerrados en unas grandes cajas de plata. El Emperador mand√≥ que los llevaran al gran sal√≥n, donde la princesa estaba jugando a ¬ęvisitas¬Ľ con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que conten√≠an los regalos, exclam√≥ dando una palmada de alegr√≠a:

  • ¬°A ver si ser√° un gatito! -pero al abrir la caja apareci√≥ el rosal con la magn√≠fica rosa.
  • ¬°Qu√© linda es! -dijeron todas las damas. – Es m√°s que bonita -precis√≥ el Emperador-, ¬°es hermosa!

Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar.

  • ¬°Ay, pap√°, qu√© l√°stima! -dijo-. ¬°No es artificial, sino natural!
  • ¬°Qu√© l√°stima! -corearon las damas-. ¬°Es natural!
  • Vamos, no te aflijas a√ļn, y veamos qu√© hay en la otra caja -, aconsej√≥ el Emperador; y sali√≥ entonces el ruise√Īor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
  • ¬°Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban franc√©s a cual peor.
  • Este p√°jaro me recuerda la caja de m√ļsica de la difunta Emperatriz -observ√≥ un anciano caballero-. Es la misma melod√≠a, el mismo canto.
  • En efecto -asinti√≥ el Emperador, ech√°ndose a llorar como un ni√Īo.
  • Espero que no sea natural, ¬Ņverdad? -pregunt√≥ la princesa.
  • S√≠, lo es; es un p√°jaro de verdad -respondieron los que lo hab√≠an tra√≠do.
  • Entonces, dejadlo en libertad -orden√≥ la princesa; y se neg√≥ a recibir al pr√≠ncipe.

Pero éste no se dio por vencido. Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio.

  • Buenos d√≠as, se√Īor Emperador -dijo-. ¬ŅNo podr√≠ais darme trabajo en el castillo?
  • Bueno -replic√≥ el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos.

Y as√≠ el pr√≠ncipe pas√≥ a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y m√≠sero cuartucho en los s√≥tanos, junto a los cerdos, y all√≠ hubo de quedarse. Pero se pas√≥ el d√≠a trabajando, y al anochecer hab√≠a elaborado un primoroso pucherito, rodeado de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melod√≠a: ¬°Ay, querido Agust√≠n, todo tiene su fin! Pero lo m√°s asombroso era que, si se pon√≠a el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad. ¬°Desde luego la rosa no pod√≠a compararse con aquello! He aqu√≠ que acert√≥ a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al o√≠r la melod√≠a, se detuvo con una expresi√≥n de contento en su rostro; pues tambi√©n ella sab√≠a la canci√≥n del ¬ęQuerido Agust√≠n¬Ľ. Era la √ļnica que sab√≠a tocar, y lo hac√≠a con un solo dedo.

  • ¬°Es mi canci√≥n! -exclam√≥-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y preg√ļntale cu√°nto cuesta su instrumento. Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calz√≥ unos zuecos.
  • ¬ŅCu√°nto pides por tu puchero? -pregunt√≥.
  • Diez besos de la princesa -respondi√≥ el porquerizo.
  • ¬°Dios nos asista! -exclam√≥ la dama.
  • √Čste es el precio, no puedo rebajarlo -, observ√≥ √©l.
  • ¬ŅQu√© te ha dicho? -pregunt√≥ la princesa. – No me atrevo a repetirlo -replic√≥ la dama-. Es demasiado indecente.
  • Entonces d√≠melo al o√≠do -. La dama lo hizo as√≠.
  • ¬°Es un grosero! -exclam√≥ la princesa, y sigui√≥ su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

  • Escucha -dijo la princesa-. Preg√ļntale si aceptar√≠a diez besos de mis damas.
  • Muchas gracias -fue la r√©plica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
  • ¬°Es un fastidio! – exclam√≥ la princesa -. Pero, en fin, poneos todas delante de m√≠, para que nadie lo vea.

Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla. ¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se cocinaba, así el del chambelán como el del remendón. Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas.

  • Sabemos quien comer√° sopa dulce y tortillas, y quien comer√° papillas y asado. ¬°Qu√© interesante!
  • Interesant√≠simo -asinti√≥ la Camarera Mayor. – S√≠, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.
  • ¬°No faltaba m√°s! -respondieron todas-. ¬°Ni que decir tiene!

El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo.

  • ¬°Oh, esto es superbe! -exclam√≥ la princesa al pasar por el lugar.
  • ¬°Nunca o√≠ m√ļsica tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¬Ņeh?
  • Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que hab√≠a entrado a preguntar.
  • ¬°Este hombre est√° loco! -grit√≥ la princesa, ech√°ndose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observ√≥-. Por algo soy la hija del Emperador. Dile que le dar√© diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibir√° de mis damas.
  • ¬°Oh, se√Īora, nos dar√° mucha verg√ľenza! manifestaron ellas.
  • ¬°Ridiculeces! -replic√≥ la princesa-. Si yo lo beso, tambi√©n pod√©is hacerlo vosotras. No olvid√©is que os mantengo y os pago-. Y las damas no tuvieron m√°s remedio que resignarse. – Ser√°n cien besos de la princesa -replic√≥ √©l- o cada uno se queda con lo suyo.
  • Poneos delante de m√≠ -orden√≥ ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el pr√≠ncipe empez√≥ a besarla.
  • ¬ŅQu√© alboroto hay en la pocilga? -pregunt√≥ el Emperador, que acababa de asomarse al balc√≥n. Y, frot√°ndose los ojos, se cal√≥ los lentes-. Las damas de la Corte que est√°n haciendo de las suyas; bajar√© a ver qu√© pasa.

Y se apret√≥ bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas. ¬°Demonios, y no se dio poca prisa! Al llegar al patio se adelant√≥ callandito, callandito; por lo dem√°s, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese enga√Īo, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levant√≥ de puntillas.

  • ¬ŅQu√© significa esto? -exclam√≥ al ver el besuqueo, d√°ndole a su hija con la zapatilla en la cabeza cuando el porquerizo recib√≠a el beso n√ļmero ochenta y seis.
  • ¬°Fuera todos de aqu√≠! -grit√≥, en el colmo de la indignaci√≥n. Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo. Y he aqu√≠ a la princesa llorando, y al porquerizo rega√Ī√°ndole, mientras llov√≠a a c√°ntaros.
  • ¬°Ay, m√≠sera de m√≠! -exclamaba la princesa-. ¬ŅPor qu√© no acept√© al apuesto pr√≠ncipe? ¬°Qu√© desgraciada soy!

Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él.

  • He venido a decirte mi desprecio -exclam√≥ √©l-. Te negaste a aceptar a un pr√≠ncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruise√Īor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela. ¬°Pues ah√≠ tienes la recompensa!

Y entr√≥ en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar: ¬°Ay, querido Agust√≠n, todo tiene su fin! ¬† El ruise√Īor ¬† ¬† En China, como sabes muy bien, el Emperador es chino, y chinos son todos los que lo rodean. Hace ya muchos a√Īos de lo que voy a contar, mas por eso precisamente vale la pena que lo oig√°is, antes de que la historia se haya olvidado. El palacio del Emperador era el m√°s espl√©ndido del mundo entero, todo √©l de la m√°s delicada porcelana. Todo en √©l era tan precioso y fr√°gil, que hab√≠a que ir con mucho cuidado antes de tocar nada. El jard√≠n estaba lleno de flores maravillosas, y de las m√°s bellas colgaban campanillas de plata que sonaban para que nadie pudiera pasar de largo sin fijarse en ellas. S√≠, en el jard√≠n imperial todo estaba muy bien pensado, y era tan extenso, que el propio jardinero no ten√≠a idea de d√≥nde terminaba. Si segu√≠as andando, te encontrabas en el bosque m√°s espl√©ndido que quepa imaginar, lleno de altos √°rboles y profundos lagos. Aquel bosque llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes embarcaciones pod√≠an navegar por debajo de las ramas, y all√≠ viv√≠a un ruise√Īor que cantaba tan primorosamente, que incluso el pobre pescador, a pesar de sus muchas ocupaciones, cuando por la noche sal√≠a a retirar las redes, se deten√≠a a escuchar sus trinos. – ¬°Dios santo, y qu√© hermoso! -exclamaba; pero luego ten√≠a que atender a sus redes y olvidarse del p√°jaro; hasta la noche siguiente, en que, al llegar de nuevo al lugar, repet√≠a: – ¬°Dios santo, y qu√© hermoso! De todos los pa√≠ses llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jard√≠n; pero en cuanto o√≠an al ruise√Īor, exclamaban: – ¬°Esto es lo mejor de todo! De regreso a sus tierras, los viajeros hablaban de √©l, y los sabios escrib√≠an libros y m√°s libros acerca de la ciudad, del palacio y del jard√≠n, pero sin olvidarse nunca del ruise√Īor, al que pon√≠an por las nubes; y los poetas compon√≠an inspirad√≠simos poemas sobre el p√°jaro que cantaba en el bosque, junto al profundo lago. Aquellos libros se difundieron por el mundo, y algunos llegaron a manos del Emperador. Se hallaba sentado en su sill√≥n de oro, leyendo y leyendo; de vez en cuando hac√≠a con la cabeza un gesto de aprobaci√≥n, pues le satisfac√≠a leer aquellas magn√≠ficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jard√≠n. ¬ęPero lo mejor de todo es el ruise√Īor¬Ľ, dec√≠a el libro. ¬ę¬ŅQu√© es esto? -pens√≥ el Emperador-. ¬ŅEl ruise√Īor? Jam√°s he o√≠do hablar de √©l. ¬ŅEs posible que haya un p√°jaro as√≠ en mi imperio, y precisamente en mi jard√≠n? Nadie me ha informado. ¬°Est√° bueno que uno tenga que enterarse de semejantes cosas por los libros!¬Ľ Y mand√≥ llamar al mayordomo de palacio, un personaje tan importante, que cuando una persona de rango inferior se atrev√≠a a dirigirle la palabra o hacerle una pregunta, se limitaba a contestarle: ¬ę¬°P!¬Ľ. Y esto no significa nada.

  • Seg√ļn parece, hay aqu√≠ un p√°jaro de lo m√°s notable, llamado ruise√Īor -dijo el Emperador-. Se dice que es lo mejor que existe en mi imperio; ¬Ņpor qu√© no se me ha informado de este hecho?
  • Es la primera vez que oigo hablar de √©l -se justific√≥ el mayordomo-. Nunca ha sido presentado en la Corte.
  • Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en mi presencia -dijo el Emperador-. El mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.
  • Es la primera vez que oigo hablar de √©l -repiti√≥ el mayordomo-. Lo buscar√© y lo encontrar√©.

¬ŅEncontrarlo?, ¬Ņd√≥nde? El dignatario se cans√≥ de subir Y bajar escaleras y de recorrer salas y pasillos. Nadie de cuantos pregunt√≥ hab√≠a o√≠do hablar del ruise√Īor. Y el mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que se trataba de una de esas f√°bulas que suelen imprimirse en los libros. – Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantas√≠as y una cosa que llaman magia negra.

  • Pero el libro en que lo he le√≠do me lo ha enviado el poderoso Emperador del Jap√≥n replic√≥ el Soberano-; por tanto, no puede ser mentiroso. Quiero o√≠r al ruise√Īor. Que acuda esta noche a, mi presencia, para cantar bajo mi especial protecci√≥n. Si no se presenta, mandar√© que todos los cortesanos sean pateados en el est√≥mago despu√©s de cenar.
  • ¬°Tsing-pe! -dijo el mayordomo; y vuelta a subir y bajar escaleras y a recorrer salas y pasillos, y media Corte con √©l, pues a nadie le hac√≠a gracia que le patearan el est√≥mago. Y todo era preguntar por el notable ruise√Īor, conocido por todo el mundo menos por la

Corte. Finalmente, dieron en la cocina con una pobre muchachita, que exclam√≥: – ¬°Dios m√≠o! ¬ŅEl ruise√Īor? ¬°Claro que lo conozco! ¬°qu√© bien canta! Todas las noches me dan permiso para que lleve algunas sobras de comida a mi pobre madre que est√° enferma. Vive all√° en la playa, y cuando estoy de regreso, me paro a descansar en el bosque y oigo cantar al ruise√Īor. Y oy√©ndolo se me vienen las l√°grimas a los ojos, como si mi madre me besase. Es un recuerdo que me estremece de emoci√≥n y dulzura. – Peque√Īa fregaplatos -dijo el mayordomo-, te dar√© un empleo fijo en la cocina y permiso para presenciar la comida del Emperador, si puedes traernos al ruise√Īor; est√° citado para esta noche. Todos se dirigieron al bosque, al lugar donde el p√°jaro sol√≠a situarse; media Corte tomaba parte en la expedici√≥n. Avanzaban a toda prisa, cuando una vaca se puso a mugir.

  • ¬°Oh! -exclamaron los cortesanos-. ¬°Ya lo tenemos! ¬°Qu√© fuerza para un animal tan peque√Īo! Ahora que caigo en ello, no es la primera vez que lo oigo.
  • No, eso es una vaca que muge -dijo la fregona A√ļn tenemos que andar mucho.

Luego oyeron las ranas croando en una charca. Р¡Magnífico! -exclamó un cortesano-. Ya lo oigo, suena como las campanillas de la iglesia.

  • No, eso son ranas -contest√≥ la muchacha-.

Pero creo que no tardaremos en o√≠rlo. Y en seguida el ruise√Īor se puso a cantar.

  • ¬°Es √©l! -dijo la ni√Īa-. ¬°Escuchad, escuchad! ¬°All√≠ est√°! – y se√Īal√≥ un avecilla gris posada en una rama.
  • ¬ŅEs posible? -dijo el mayordomo-. Jam√°s lo habr√≠a imaginado as√≠. ¬°Qu√© vulgar!

Seguramente habr√° perdido el color, intimidado por unos visitantes tan distinguidos.

  • Mi peque√Īo ruise√Īor -dijo en voz alta la muchachita-, nuestro gracioso Soberano quiere que cantes en su presencia.
  • ¬°Con mucho gusto! – respondi√≥ el p√°jaro, y reanud√≥ su canto, que daba gloria o√≠rlo.
  • ¬°Parece campanitas de cristal! -observ√≥ el mayordomo.
  • ¬°Mirad c√≥mo se mueve su garganta! Es raro que nunca lo hubi√©semos visto. Causar√° sensaci√≥n en la Corte.
  • ¬ŅQuer√©is que vuelva a cantar para el Emperador? -pregunt√≥ el p√°jaro, pues cre√≠a que el Emperador estaba all√≠.
  • Mi peque√Īo y excelente ruise√Īor -dijo el mayordomo -tengo el honor de invitarlo a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podr√° deleitar con su magn√≠fico canto a Su Imperial Majestad.
  • Suena mejor en el bosque -objet√≥ el ruise√Īor; pero cuando le dijeron que era un deseo del Soberano, los acompa√Ī√≥ gustoso.

En palacio todo hab√≠a sido pulido y fregado. Las paredes y el suelo, que eran de porcelana, brillaban a la luz de millares de l√°mparas de oro; las flores m√°s exquisitas, con sus campanillas, hab√≠an sido colocadas en los corredores; las idas y venidas de los cortesanos produc√≠an tales corrientes de aire, que las campanillas no cesaban de sonar, y uno no o√≠a ni su propia voz. En medio del gran sal√≥n donde el Emperador estaba, hab√≠an puesto una percha de oro para el ruise√Īor. Toda la Corte estaba presente, y la peque√Īa fregona hab√≠a recibido autorizaci√≥n para situarse detr√°s de la puerta, pues ten√≠a ya el t√≠tulo de cocinera de la Corte. Todo el mundo llevaba sus vestidos de gala, y todos los ojos estaban fijos en la avecilla gris, a la que el Emperador hizo signo de que pod√≠a empezar. El ruise√Īor cant√≥ tan deliciosamente, que las l√°grimas acudieron a los ojos del Soberano; y cuando el p√°jaro las vio rodar por sus mejillas, volvi√≥ a cantar mejor a√ļn, hasta llegarle al alma. El Emperador qued√≥ tan complacido, que dijo que regalar√≠a su chinela de oro al ruise√Īor para que se la colgase al cuello. Mas el p√°jaro le dio las gracias, dici√©ndole que ya se consideraba suficientemente recompensado.

  • He visto l√°grimas en los ojos del Emperador; √©ste es para mi el mejor premio. Las l√°grimas de un rey poseen una virtud especial. Dios sabe que he quedado bien recompensado -y reanud√≥ su canto, con su dulce y melodioso voz.
  • ¬°Es la lisonja m√°s amable y graciosa que he escuchado en mi vida! -exclamaron las damas presentes; y todas se fueron a llenarse la boca de agua para gargarizar cuando alguien hablase con ellas; pues cre√≠an que tambi√©n ellas pod√≠an ser ruise√Īores. S√≠, hasta los lacayos y camareras expresaron su aprobaci√≥n, y esto es decir mucho, pues son siempre m√°s dif√≠ciles de contentar. Realmente, el ruise√Īor caus√≥ sensaci√≥n.

Se quedar√≠a en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante el d√≠a y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criados, a cada uno de los cuales estaba sujeto por medio de una cinta de seda que le ataron alrededor de la pierna. La verdad es que no eran precisamente de placer aquellas excursiones. ¬† ¬† ¬† ¬† EL TULLIDO ¬† √Črase una antigua casa se√Īorial, habitada por gente joven y apuesta. Ricos en bienes y dinero, quer√≠an divertirse y hacer el bien. Quer√≠an hacer feliz a todo el mundo, como lo eran ellos. Por Nochebuena instalaron un abeto magn√≠ficamente adornado en el antiguo sal√≥n de Palacio. Ard√≠a el fuego en la chimenea, y ramas del √°rbol navide√Īo enmarcaban los viejos retratos. Desde el atardecer reinaba tambi√©n la alegr√≠a en los aposentos de la servidumbre. Tambi√©n hab√≠a all√≠ un gran abeto con rojas y blancas velillas encendidas, banderitas danesas, cisnes recortados y redes de papeles de colores y llenas de golosinas. Hab√≠an invitado a los ni√Īos pobres de la parroquia, y cada uno hab√≠a acudido con su madre, a la cual, m√°s que a la copa del √°rbol, se le iban los ojos a la mesa de Nochebuena, cubierta de ropas de lana y de hilo, y toda clase de prendas de vestir. Aquello era lo que miraban las madres y los hijos ya mayorcitos, mientras los peque√Īos alargaban los brazos hacia las velillas, el oropel y las banderitas. La gente hab√≠a llegado a primeras horas de la tarde, y fue obsequiada con la cl√°sica sopa navide√Īa y asado de pato con berza roja. Una vez hubieron contemplado el √°rbol y recibido los regalos, se sirvi√≥ a cada uno un vaso de ponche y manzanas rellenas. Regresaron entonces a sus pobres casas, donde se habl√≥ de la ¬ębuena vida¬Ľ, es decir, de la buena comida, y se pas√≥ otra vez revista a los regalos. Entre aquella gente estaban Garten-Kirsten y Garten-Ole, un matrimonio que ten√≠a casa y comida a cambio de su trabajo en el jard√≠n de Sus Se√Īor√≠as. Cada Navidad recib√≠an su buena parte de los regalos. Ten√≠an adem√°s cinco hijos, y a todos los vest√≠an los se√Īores.

  • Son bondadosos nuestros amos -dec√≠an-. Tienen medios para hacer el bien, y gozan haci√©ndolo.
  • Ah√≠ tienen buenas ropas para que las rompan los cuatro -dijo Garten-Ole-. Mas, ¬Ņpor qu√© no hay nada para el tullido? Siempre suelen acordarse de √©l, aunque no vaya a la fiesta.

Era el hijo mayor, al que llamaban ¬ęEl tullido¬Ľ, pero su nombre era Juan. De ni√Īo hab√≠a sido el m√°s listo y vivaracho, pero de repente le entr√≥ una ¬ędebilidad en las piernas¬Ľ, como ellos dec√≠an, y desde entonces no pudo tenerse de pie ni andar. Llevaba ya cinco a√Īos en cama. – S√≠, algo me han dado tambi√©n para √©l -dijo la madre. Pero es s√≥lo un libro, para que pueda leer.

  • ¬°Eso no lo engordar√°! -observ√≥ el padre.

Pero Hans se alegr√≥ de su libro. Era un muchachito muy despierto, aficionado a la lectura, aunque aprovechaba tambi√©n el tiempo para trabajar en las cosas √ļtiles en cuanto se lo permit√≠a su condici√≥n. Era muy √°gil de dedos, y sab√≠a emplear las manos; confeccionaba calcetines de lana, e incluso mantas. La se√Īora hab√≠a hecho gran encomio de ellas y las hab√≠a comprado. Era un libro de cuentos el que acababan de regalar a Hans, y hab√≠a en √©l mucho que leer, y mucho que invitaba a pensar.

  • De nada va a servirle -dijeron los padres-. Pero dejemos que lea, le ayudar√° a matar el tiempo. No siempre ha de estar haciendo calceta.

Vino la primavera. Empezaron a brotar la hierba y las flores, y tambi√©n los hierbajos, como se suele llamar a las ortigas a pesar de las cosas bonitas que de ellas dice aquella canci√≥n religiosa: Si los reyes se reuniesen¬† y juntaran sus tesoros,¬† no podr√≠an a√Īadir¬† una sola hoja a la ortiga. En el jard√≠n de Sus Se√Īor√≠as hab√≠a mucho que hacer, no solamente para el jardinero y sus aprendices, sino tambi√©n para Garten-Kirsten y Garten-Ole.

  • ¬°Qu√© pesado! -dec√≠an-. A√ļn no hemos terminado de escardar y arreglar los caminos, y ya los han pisado de nuevo. ¬°Hay un ajetreo con los invitados de la casa! ¬°Lo que cuesta! Suerte que los se√Īores son ricos.
  • ¬°Qu√© mal repartido est√° todo! -dec√≠a Ole-. Seg√ļn el se√Īor cura, todos somos hijos de Dios. ¬ŅPor qu√© estas diferencias?
  • Por culpa del pecado original -respond√≠a Kirsten.

De eso hablaban una noche, sentados junto a la cama del tullido, que estaba leyendo sus cuentos. Las privaciones, las fatigas y los cuidados hab√≠an encallecido las manos de los padres, y tambi√©n su juicio y sus opiniones. No lo comprend√≠an, no les entraba en la cabeza, y por eso hablaban siempre con amargura y envidia. – Hay quien vive en la abundancia y la felicidad, mientras otros est√°n en la miseria. ¬ŅPor qu√© hemos de purgar la desobediencia y la curiosidad de nuestros primeros padres? ¬°Nosotros no nos habr√≠amos portado como ellos!

  • S√≠, habr√≠amos hecho lo mismo -dijo s√ļbitamente el tullido Hans. – Aqu√≠ est√°, en el libro.
  • ¬ŅQu√© es lo que est√° en el libro? -preguntaron los padres.

Y entonces Hans les ley√≥ el antiguo cuento del le√Īador y su mujer. Tambi√©n ellos dec√≠an pestes de la curiosidad de Ad√°n y Eva, culpables de su desgracia. He aqu√≠ que acert√≥ a pasar el rey del pa√≠s: ¬ęSeguidme -les dijo- y vivir√©is tan bien como yo: siete platos para comer y uno para mirarlo. Est√° en una sopera tapada, que no deb√©is tocar; de lo contrario, se habr√° terminado vuestra buena vida¬Ľ. ¬ę¬ŅQu√© puede haber en la sopera?¬Ľ, dijo la mujer. ¬ę¬°No nos importa!¬Ľ, replic√≥ el marido. ¬ęNo soy curiosa -prosigui√≥ ella-; s√≥lo quisiera saber por qu√© no nos est√° permitido levantar la tapadera. Estoy segura que es algo exquisito¬Ľ. ¬ęCon tal que no haya alguna trampa, por ejemplo, una pistola que al dispararse despierte a toda la casa¬Ľ. ¬ęTienes raz√≥n¬Ľ, dijo la mujer, sin tocar la sopera. Pero aquella noche so√Ī√≥ que la tapa se levantaba sola y sal√≠a del recipiente el aroma de aquel ponche delicioso que se sirve en las bodas y los entierros. Y hab√≠a una moneda de plata con esta inscripci√≥n: ¬ęSi beb√©is de este ponche, ser√©is las dos personas m√°s ricas del mundo, y todos los dem√°s hombres se convertir√°n en pordioseros comparados con vosotros¬Ľ. Despert√≥se la mujer y cont√≥ el sue√Īo a su marido. ¬ęPiensas demasiado en esto¬Ľ, dijo √©l. ¬ęPodr√≠amos hacerlo con cuidado¬Ľ, insisti√≥ ella. ¬ę¬°Cuidado!¬Ľ, dijo el hombre; y la mujer levant√≥ con gran cuidado la tapa. Y he aqu√≠ que saltaron dos ligeros ratoncillos, y en un santiam√©n desaparecieron por una ratonera. ¬ę¬°Buenas noches! -dijo el Rey-. Ya pod√©is volveros a vuestra casa a vivir de lo vuestro. Y no volv√°is a censurar a Ad√°n y Eva, pues os hab√©is mostrado tan curiosos y desagradecidos como ellos¬Ľ.

  • ¬°C√≥mo habr√° venido a parar al libro esta historia! -dijo Garten-Ole.
  • Dir√≠ase que est√° escrita precisamente para nosotros. Es cosa de pensarlo.

Al d√≠a siguiente volvieron al trabajo. Los tost√≥ el sol, y la lluvia los cal√≥ hasta los huesos. Rumiaron sus melanc√≥licos pensamientos. No hab√≠a anochecido a√ļn, cuando ya hab√≠an cenado sus papillas de leche.

  • ¬°Vuelve a leernos la historia del le√Īador! -dijo Garten-Ole.
  • Hay otras que todav√≠a no conoc√©is -respondi√≥ Hans.
  • No me importan dijo Garten-Ole -. Prefiero o√≠r la que conozco.

Y el matrimonio volvi√≥ a escucharla; y m√°s de una noche se la hicieron repetir. – No acabo de entenderlo -dijo Garten-Ole -. Con las personas ocurre lo que con la leche: que se cuaja, y una parte se convierte en fino reques√≥n, y la otra, en suero aguado. Los hay que tienen suerte en todo, se pasan el d√≠a muy repantingados y no sufren cuidados ni privaciones. El tullido oy√≥ lo que dec√≠a. El chico era d√©bil de piernas, pero despejado de cabeza, y les ley√≥ de su libro un cuento titulado ¬ęEl hombre sin necesidades ni preocupaciones¬Ľ. ¬ŅD√≥nde estar√≠a ese hombre? Hab√≠a que dar con √©l.

 EL ULTIMO DIA

De todos los d√≠as de nuestra vida, el m√°s santo es aquel en que morimos; es el √ļltimo d√≠a, el grande y sagrado d√≠a de nuestra transformaci√≥n. ¬ŅTe has detenido alguna vez a pensar seriamente en esa hora suprema, la √ļltima de tu existencia terrena? Hubo una vez un hombre, un creyente a machamartillo, seg√ļn dec√≠an, un campe√≥n de la divina palabra, que era para √©l ley, un celoso servidor de un Dios celoso. He aqu√≠ que la Muerte lleg√≥ a la vera de su lecho, la Muerte, con su cara severa de ultratumba.

  • Ha sonado tu hora, debes seguirme -le dijo, toc√°ndole los pies con su dedo g√©lido; y sus pies quedaron r√≠gidos. Luego la Muerte le toc√≥ la frente y el coraz√≥n, que ces√≥ de latir, y el alma sali√≥ en pos del √°ngel exterminador.

Pero en los breves segundos que transcurrieron entre el momento en que sinti√≥ el contacto de la Muerte en el pie y en la frente y el coraz√≥n, desfil√≥ por la mente del moribundo, como una enorme oleada negra, todo lo que la vida le hab√≠a aportado e inspirado. Con una mirada recorri√≥ el vertiginoso abismo y con un pensamiento instant√°neo abarc√≥ todo el camino inconmensurable. As√≠, en un instante, vio en una ojeada de conjunto, la mir√≠ada incontable de estrellas, cuerpos celestes y mundos que flotan en el espacio infinito. En un momento as√≠, el terror sobrecoge al pecador empedernido que no tiene nada a que agarrarse; tiene la impresi√≥n de que se hunde en el vac√≠o insondable. El hombre piadoso, en cambio, descansa tranquilamente su cabeza en Dios y se le entrega como un ni√Īo:

  • ¬°H√°gase en m√≠ Tu voluntad!

Pero aquel moribundo no se sent√≠a como un ni√Īo; se daba cuenta de que era un hombre. No temblaba como el pecador, pues se sab√≠a creyente. Se hab√≠a mantenido aferrado a las formas de la religi√≥n con toda rigidez; eran millones, lo sab√≠a, los destinados a seguir por el ancho camino de la condenaci√≥n; con el hierro y el fuego habr√≠a podido destruir aqu√≠ sus cuerpos, como ser√≠an destrozadas sus almas y seguir√≠an si√©ndolo por una eternidad. Pero su camino iba directo al cielo, donde la gracia le abr√≠a las puertas, la gracia prometedora. Y el alma sigui√≥ al √°ngel de la muerte, despu√©s de mirar por √ļltima vez al lecho donde yac√≠a la imagen del polvo envuelta en la mortaja, una copia extra√Īa del propio yo. Y volando llegaron a lo que parec√≠a un enorme vest√≠bulo, a pesar de que estaba en un bosque; la Naturaleza aparec√≠a recortada, distendida, desatada y dispuesta en hileras, arreglada artificiosamente como los antiguos jardines franceses; se celebraba una especie de baile de disfraces.

  • ¬°Ah√≠ tienes la vida humana! -dijo el √°ngel de la muerte.

Todos los personajes iban m√°s o menos disfrazados; no todos los que vest√≠an de seda y oro eran los m√°s nobles y poderosos, ni todos los que se cubr√≠an con el ropaje de la pobreza eran los m√°s bajos e insignificantes. Era una mascarada asombrosa, y lo m√°s sorprendente de ella era que todos se esforzaban cuidadosamente en ocultar algo debajo de sus vestidos; pero uno tiraba del otro para dejar aquello a la vista, y entonces asomaba una cabeza de animal: en uno, la de un mono, con su risa sard√≥nica; en otro, la de un feo chivo, de una viscosa serpiente o de un macilento pez. Era la bestia que todos llevamos dentro, la que arraiga en el hombre; y pegaba saltos, queriendo avanzar, y cada uno la sujetaba, con sus ropas, mientras los dem√°s la apartaban, diciendo: ¬ę¬°Mira! ¬°Ah√≠ est√°, ah√≠ est√°!¬Ľ, y cada uno pon√≠a al descubierto la miseria del otro.

  • ¬ŅQu√© animal viv√≠a en m√≠? -pregunt√≥ el alma errante; y el √°ngel de la muerte le se√Īal√≥ una figura orgullosa. Alrededor de su cabeza brillaba una aureola de brillantes colores, pero en el coraz√≥n del hombre se ocultaban los pies del animal, pies de pavo real; la aureola no era sino la cola abigarrada del ave.

Cuando prosiguieron su camino, otras grandes aves gritaron perversamente desde las ramas de los         árboles,           con      voces   humanas muy inteligibles:

  • Peregrino de la muerte, ¬Ņno te acuerdas de m√≠?

Eran los malos pensamientos y las concupiscencias de los d√≠as de su vida, que gritaban: ¬ę¬ŅNo te acuerdas de m√≠?¬Ľ. Por un momento se espant√≥ el alma, pues reconoci√≥ las voces, los malos pensamientos y deseos que se presentaban como testigos de cargo.

  • ¬°Nada bueno vive en nuestra carne, en nuestra naturaleza perversa! -exclam√≥ el alma-. Pero mis pensamientos no se convirtieron en actos, el mundo no vio sus malos frutos -. Y apresur√≥ el paso, para escapar de aquel horrible griter√≠o; mas los grandes pajarracos negros la persegu√≠an, describiendo c√≠rculos a su alrededor, gritando con todas sus fuerzas, como para que el mundo entero los oyese. El alma se puso a brincar como una corza acosada, y a cada salto pon√≠a el pie sobre agudas piedras, que le abr√≠an dolorosas heridas. – ¬ŅDe d√≥nde vienen estas piedras cortantes? Yacen en el suelo como hojas marchitas.
  • Cada una de ellas es una palabra imprudente que se escap√≥ de tus labios, y que hiri√≥ a tu pr√≥jimo mucho m√°s dolorosamente de como ahora las piedras te lastiman los pies. – ¬°Nunca pens√© en ello! -dijo el alma.
  • No juzgu√©is si no quer√©is ser juzgados -reson√≥ en el aire.
  • ¬°Todos hemos pecado! -dijo el alma, volviendo a levantarse-. Yo he observado fielmente la Ley y el Evangelio; hice lo que pude, no soy como los dem√°s.

Así llegaron a la puerta del cielo, y el ángel guardián de la entrada preguntó:

  • ¬ŅQui√©n eres? Dime cu√°l es tu fe y pru√©bamela con tus acciones.
  • He guardado rigurosamente los mandamientos. Me he humillado a los ojos del mundo, he odiado y perseguido la maldad y a los malos, a los que siguen por el ancho camino de la perdici√≥n, y seguir√© haci√©ndolo a sangre y fuego, si puedo.
  • ¬ŅEres entonces un adepto de Mahoma? pregunt√≥ el √°ngel.
  • ¬ŅYo? ¬°Jam√°s!
  • Quien empu√Īe la espada morir√° por la espada, ha dicho el Hijo. T√ļ no tienes su fe. ¬ŅEres acaso un hijo de Israel, de los que dicen con Mois√©s: ¬ęOjo por ojo, diente por diente¬Ľ; un hijo de Israel, cuyo Dios vengativo es s√≥lo dios de tu pueblo?
  • ¬°Soy cristiano!
  • No te reconozco ni en tu fe ni en tus hechos. La doctrina de Cristo es toda ella reconciliaci√≥n, amor y gracia.
  • ¬°Gracia! -reson√≥ en los et√©reos espacios; la puerta del cielo se abri√≥, y el alma se precipit√≥ hacia la incomparable magnificencia.

Pero la luz que de ella irradiaba eran tan cegadora, tan penetrante, que el alma hubo de retroceder como ante una espada desnuda; y las melodías sonaban dulces y conmovedoras, como ninguna lengua humana podría expresar. El alma, temblorosa, se inclinó más y más, mientras penetraba en ella la celeste claridad; y entonces sintió lo que nunca antes había sentido: el peso de su orgullo, de su dureza y su pecado. Se hizo la luz en su pecho.

  • Lo que de bueno hice en el mundo, lo hice porque no supe hacerlo de otro modo; pero lo malo… ¬°eso s√≠ que fue cosa m√≠a!

Y el alma se sinti√≥ deslumbrada por la pur√≠sima luz celestial y desplom√≥se desmayada, envuelta en s√≠ misma, postrada, inmadura para el reino de los cielos, y, pensando en la severidad y la justicia de Dios, no se atrevi√≥ a pronunciar la palabra ¬ęgracia¬Ľ. Y, no obstante, vino la gracia, la gracia inesperada. El cielo divino estaba en el espacio inmenso, el amor de Dios se derramaba, se vert√≠a en √©l en plenitud inagotable. – ¬°Santa, gloriosa, dulce y eterna seas, oh, alma humana! -cantaron los √°ngeles. Todos, todos retrocederemos asustados como aquella alma el d√≠a postrero de nuestra vida terrena, ante la grandiosidad y la gloria del reino ¬† de los ¬†¬†¬†¬†¬† cielos. Nos ¬†¬†¬† inclinaremos profundamente y nos postraremos humildes, y, no obstante, nos sostendr√° Su Amor y Su Gracia, y volaremos por nuevos caminos, purificados, ¬†¬†¬†¬† ennoblecidos ¬† y ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† mejores, acerc√°ndonos cada vez m√°s a la magnificencia de la luz, y, fortalecidos por ella, podremos entrar en la eterna claridad.

EL ULTIMO SUE√ĎO DEL VIEJO ROBLE

Hab√≠a una vez en el bosque, sobre los acantilados que daban al mar, un vetusto roble, que ten√≠a exactamente trescientos sesenta y cinco a√Īos. Pero todo este tiempo, para el √°rbol no significaba m√°s que lo que significan otros tantos d√≠as para nosotros, los hombres. Nosotros velamos de d√≠a, dormimos de noche y entonces tenemos nuestros sue√Īos. La cosa es distinta con el √°rbol, pues vela por espacio de tres estaciones, y s√≥lo en invierno queda sumido en sue√Īo; el invierno es su tiempo de descanso, es su noche tras el largo d√≠a formado por la primavera, el verano y el oto√Īo. Aquel insecto que apenas vive veinticuatro horas y que llamamos ef√≠mera, m√°s de un caluroso d√≠a de verano hab√≠a estado bailando, viviendo, flotando y disfrutando en torno a su copa. Despu√©s, el pobre animalito descansaba en silenciosa bienaventuranza sobre una de las verdes hojas de roble, y entonces el √°rbol le dec√≠a siempre:

  • ¬°Pobre peque√Īa! Tu vida entera dura s√≥lo un momento. ¬°Qu√© breve! Es un caso bien triste.
  • ¬ŅTriste? – respond√≠a invariablemente la ef√≠mera -. ¬ŅQu√© quieres decir? Todo es tan luminoso y claro, tan c√°lido y magn√≠fico, y yo me siento tan contenta…
  • Pero s√≥lo un d√≠a y todo termin√≥.
  • ¬ŅTermin√≥? – replicaba la ef√≠mera -. ¬ŅQu√© es lo que termina? ¬ŅHas terminado t√ļ, acaso?
  • No, yo vivo miles y miles de tus d√≠as, y mi d√≠a abarca estaciones enteras. Es un tiempo tan largo, que t√ļ no puedes calcularlo.
  • No te comprendo, la verdad. T√ļ tienes millares de mis d√≠as, pero yo tengo millares de instantes para sentirme contenta y feliz. ¬ŅTermina acaso toda esa magnificencia del mundo, cuando t√ļ mueres?
  • No – dec√≠a el roble -. Contin√ļa m√°s tiempo, un tiempo infinitamente m√°s largo del que puedo imaginar.
  • Entonces nuestra existencia es igual de larga, s√≥lo que la contamos de modo diferente.

Y la ef√≠mera danzaba y se mec√≠a en el aire, satisfecha de sus alas sutiles y primorosas, que parec√≠an hechas de tul y terciopelo. Gozaba del aire c√°lido, impregnado del aroma de los campos de tr√©bol y de las rosas silvestres, las lilas y la madreselva, para no hablar ya de la asp√©rula, las primaveras y la menta rizada. Tan intenso era el aroma, que la ef√≠mera sent√≠a como una ligera embriaguez. El d√≠a era largo y espl√©ndido, saturado de alegr√≠a y de aire suave, y en cuanto el sol se pon√≠a, el insecto se sent√≠a invadido de un agradable cansancio, producido por tanto gozar. Las alas se resist√≠an a sostenerlo, y, casi sin darse cuenta, se deslizaba por el tallo de hierba, blando y ondeante, agachaba la cabeza como s√≥lo √©l sabe hacerlo, y se quedaba alegremente dormido. √Čsta era su muerte. – ¬°Pobre, pobre ef√≠mera! – exclamaba el roble -. ¬°Qu√© vida tan breve! Y cada d√≠a se repet√≠a la misma danza, el mismo coloquio, la misma respuesta y el mismo desvanecerse en el sue√Īo de la muerte. Repet√≠ase en todas las generaciones de las ef√≠meras, y todas se mostraban igualmente felices y contentas. El roble hab√≠a estado en vela durante toda su ma√Īana primaveral, su mediod√≠a estival y su ocaso oto√Īal. Llegaba ahora el per√≠odo del sue√Īo, su noche. Acerc√°base el invierno. Ven√≠an ya las tempestades, cantando: ¬ę¬°Buenas noches, buenas noches! ¬°Cay√≥ una hoja, cay√≥ una hoja! ¬°Cosechamos, cosechamos! Vete a acostar. Te cantaremos en tu sue√Īo, te sacudiremos, pero, ¬Ņverdad que eso le hace bien a las viejas ramas? Crujen de puro placer. ¬°Duerme dulcemente, duerme dulcemente! Es tu noche n√ļmero trescientos sesenta y cinco; en realidad, eres docemesino. ¬°Duerme dulcemente! La nube verter√° nieve sobre ti. Te har√° de s√°bana, una caliente manta que te envolver√° los pies. Duerme dulcemente, y sue√Īa¬Ľ. Y el roble se qued√≥ despojado de todo su follaje, dispuesto a entregarse a su prolongado sue√Īo invernal y so√Īar; a so√Īar siempre con las cosas vividas, exactamente como en los sue√Īos de los humanos. Tambi√©n √©l hab√≠a sido peque√Īo. Su cuna hab√≠a sido una bellota. Seg√ļn el c√≥mputo de los hombres, se hallaba ahora en su cuarto siglo. Era el roble m√°s corpulento y hermoso del bosque; su copa rebasaba todos los dem√°s √°rboles, y era visible desde muy adentro del mar, sirviendo a los marinos de punto de referencia. No pensaba √©l en los muchos ojos que lo buscaban. En lo m√°s alto de su verde copa instalaban su nido las palomas torcaces, y el cuclillo gritaba su nombre. En oto√Īo, cuando las hojas parec√≠an l√°minas de cobre forjado, acud√≠an las aves de paso y descansaban en ella antes de emprender el vuelo a trav√©s del mar. Mas ahora hab√≠a llegado el invierno; el √°rbol estaba sin hojas, y quedaban al desnudo los √°ngulos y sinuosidades que formaban sus ramas. Ven√≠an las cornejas y los grajos a posarse a bandadas sobre √©l, charlando acerca de los duros tiempos que empezaban y de lo dif√≠cil que resultar√≠a procurarse la pitanza. Fue precisamente en los d√≠as santos de las Navidades cuando el roble tuvo su sue√Īo m√°s bello. Vais a o√≠rlo. El √°rbol se daba perfecta cuenta de que era tiempo de fiesta. Cre√≠a o√≠r en derredor el ta√Īido de las campanas de las iglesias, y se sent√≠a como en un espl√©ndido d√≠a de verano, suave y caliente. Verde y lozana extend√≠a su poderosa copa, los rayos del sol jugueteaban entre sus hojas y ramas, el aire estaba impregnado del aroma de hierbas y matas olorosas. Pintadas mariposas jugaban a la gallinita ciega, y las ef√≠meras danzaban como si todo hubiese sido creado s√≥lo para que ellas pudiesen bailar y alegrarse. Todo lo que el √°rbol hab√≠a vivido y visto en el curso de sus a√Īos desfilaba ante √©l como un festivo cortejo. Ve√≠a cabalgar a trav√©s del bosque gentileshombres y damas de tiempos remotos, con plumas en el sombrero y halcones en la mano. Resonaba el cuerno de caza, y ladraban los perros. Vio luego soldados enemigos con armas relucientes y uniformes abigarrados, con lanzas y alabardas, que levantaban, sus tiendas y volv√≠an a plegarlas; ard√≠an fuegos de vivaque, y bajo las amplias ramas del √°rbol los hombres cantaban y dorm√≠an. Vio felices parejas de enamorados que se encontraban a la luz de la luna y entallaban en la verdosa corteza las iniciales de sus nombres. Un d√≠a – hab√≠an transcurrido ya muchos a√Īos -, unos alegres estudiantes colgaron una c√≠tara y un arpa e√≥lica de las ramas del roble; y he aqu√≠ que ahora reaparec√≠an y sonaban melodiosamente. Las palomas torcaces arrullaban como si quisieran contar lo que sent√≠a el √°rbol, y el cuclillo pregonaba a voz en grito los d√≠as de verano que le quedaban a√ļn de vida. Fue como si un nuevo flujo de vida recorriese el √°rbol, desde las √ļltimas fibras de la ra√≠z hasta las ramas m√°s altas y las hojas. Sinti√≥ el roble como si se estirara y extendiera. Por las ra√≠ces notaba, que tambi√©n bajo tierra hay vida y calor. Sent√≠a crecer su fuerza, crec√≠a sin cesar. Elev√°base el tronco continuamente, ganando altura por momentos. La copa se hac√≠a m√°s densa, ensanch√°ndose y subiendo. Y cuanto m√°s crec√≠a el √°rbol, tanto mayor era su sensaci√≥n de bienestar y su anhelo, impregnado de felicidad indecible, de seguir elev√°ndose hasta llegar al sol resplandeciente y ardoroso. Rebasaba ya en mucho las nubes, que desfilaban por debajo de √©l cual oscuras bandadas de aves migratorias o de blancos cisnes. Y cada una de las hojas del √°rbol estaba dotada de vista, como, si tuviese un ojo capaz de ver. Las estrellas se hicieron visibles de d√≠a, tal eran de grandes y brillantes; cada una luc√≠a como un par de ojos, unos ojos muy dulces y l√≠mpidos. Recordaban queridos ojos conocidos, ojos de ni√Īos, de enamorados, cu√°ndo se encontraban bajo el √°rbol. Eran momentos de infinita felicidad, y, sin embargo, en medio de su ventura sinti√≥ el roble un vivo af√°n de que todos los restantes √°rboles del bosque, matas, hierbas y flores, pudieran elevarse con √©l, para disfrutar tambi√©n de aquel esplendor y de aquel gozo. Entre tanta magnificencia, una cosa faltaba a la felicidad del poderoso roble: no poder compartir su dicha con todos, grandes y peque√Īos, y este sentimiento hac√≠a vibrar las ramas y las hojas con tanta intensidad como un pecho humano. Movi√≥se la copa del √°rbol como si buscara algo, como si algo le faltara. Mir√≥ atr√°s, y la fragancia de la asp√©rula y la a√ļn m√°s intensa de la madreselva y la violeta, subieron hasta ella; y el roble crey√≥, o√≠r la llamada del cuclillo. Y he aqu√≠ que empezaron a destacar por entre las nubes las verdes cimas del bosque, y el roble vio c√≥mo crec√≠an los dem√°s √°rboles hasta alcanzar su misma altura. Las hierbas y matas sub√≠an tambi√©n; algunas se desprend√≠an de las ra√≠ces, para encaramarse m√°s r√°pidamente. El abedul fue el m√°s ligero; cual blanco rayo proyect√≥ a lo alto su esbelto tronco, mientras las ramas se agitaban como un tul verde o como banderas. Todo el bosque crec√≠a, incluso la ca√Īa de pardas hojas, y las aves segu√≠an cantando, y en el tallito que ondeaba a modo de una verde cinta de seda, el saltamontes jugaba con el ala posada sobre la pata. Zumbaban los abejorros y las abejas, cada p√°jaro entonaba su canci√≥n, y todo era melod√≠a y regocijo en las regiones del √©ter.

  • Pero tambi√©n deber√≠an participar la florecilla del agua – dijo el roble -, y la campanilla azul, y la diminuta margarita -. S√≠, el roble deseaba que todos, hasta los m√°s humildes, pudiesen tomar parte en la fiesta.
  • ¬°Aqu√≠ estamos, aqu√≠ estamos! – se oy√≥ gritar. – Pero la hermosa asp√©rula del √ļltimo verano (el a√Īo pasador hubo aqu√≠ una verdadera alfombra de lirios de los valles) y el manzano, silvestre, ¬°tan hermoso como era!, y toda la magnificencia de a√Īos atr√°s… ¬°qu√© l√°stima que haya muerto todo, y no puedan gozar con nosotros!
  • ¬°Aqu√≠ estamos, aqu√≠ estamos! – oy√≥se el coro, m√°s alto a√ļn que antes. Parec√≠a como si se hubiesen adelantado en su vuelo.
  • ¬°Qu√© hermoso! – exclam√≥, entusiasmado, el viejo roble ¬°Los tengo a todos, grandes y chicos, no falta ni uno! ¬ŅC√≥mo es posible tanta dicha?
  • En el reino de Dios todo es posible – oy√≥se una voz.

Y el árbol, que seguía creciendo incesantemente, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.

  • Esto es lo mejor de todo – exclam√≥ el √°rbol -. Ya no me sujeta nada all√° abajo. Ya puedo elevarme hasta el infinito en la luz y la gloria. Y me rodean todos los que quiero, chicos y grandes.
  • ¬°Todos!

√Čste fue el sue√Īo del roble; y mientras so√Īaba, una furiosa tempestad se desencaden√≥ por mar y tierra en la santa noche de Navidad. El oc√©ano lanzaba terribles olas contra la orilla, cruji√≥ el √°rbol y fue arrancado de ra√≠z, precisamente mientras so√Īaba que sus ra√≠ces se desprend√≠an del suelo. Sus trescientos sesenta y cinco a√Īos no representaban ya m√°s que el d√≠a de la ef√≠mera. La ma√Īana de Navidad, cuando volvi√≥ a salir el sol, la tempestad se hab√≠a calmado. Todas las campanas doblaban en son de fiesta, y de todas las chimeneas, hasta la del jornalero, que era la m√°s peque√Īa y humilde, elev√°base el humo azulado, como del altar en un sacrificio de acci√≥n de gracias. El mar se fue tambi√©n calmando progresivamente, y en un gran buque que aquella noche hab√≠a tenido que capear el temporal, fueron izados los gallardetes.

  • ¬°No est√° el √°rbol, el viejo roble que nos se√Īalaba la tierra! – dec√≠an los marinos -. Ha sido abatido en esta noche tempestuosa. ¬ŅQui√©n va a sustituirlo? Nadie podr√° hacerlo.

Tal fue el paneg√≠rico, breve pero efusivo, que se dedic√≥ al √°rbol, el cual yac√≠a tendido en la orilla, bajo un manto de nieve. Y sobre √©l resonaba un solemne coro procedente del barco, una canci√≥n evocadora de la alegr√≠a navide√Īa y de la redenci√≥n del alma humana por Cristo, y de la vida eterna: Regoc√≠jate, grey cristiana. Vamos ya a bajar anclas. Nuestra alegr√≠a es sin par. ¬°Aleluya, aleluya! As√≠ dec√≠a el himno religioso, y todos los tripulantes se sent√≠an elevados a su manera por el canto y la oraci√≥n, como el viejo roble en su √ļltimo sue√Īo, el sue√Īo m√°s bello de su Nochebuena.

 ELVIEJO FAROL

Has o√≠do la historia del viejo farol de la calle? No es muy alegre por cierto; sin embargo, vale la pena o√≠rla. Era un buen farol que hab√≠a estado alumbrando la calle durante muchos a√Īos. Lo dieron de baja, y aqu√©lla era la √ļltima noche que, desde lo alto de su poste, deb√≠a enviar su luz a la calle. Por eso su estado de √°nimo era algo parecido al de una vieja bailarina que da su √ļltima representaci√≥n, sabiendo que al d√≠a siguiente habr√° de encerrarse, olvidada, en su buhardilla. El farol ten√≠a miedo del d√≠a siguiente, pues no ignoraba que ser√≠a llevado por primera vez a las casas consistoriales, donde el ¬ęilustre Concejo municipal¬Ľ dictaminar√≠a si era a√ļn √ļtil o in√ļtil. Decidir√≠an entonces si lo enviar√≠an a iluminar uno de los puentes o una f√°brica del campo; tal vez ir√≠a a parar a una fundici√≥n, como chatarra, y entonces podr√≠a convertirse en mil cosas diferentes; pero lo atormentaba la duda de si en su nueva condici√≥n conservar√≠a el recuerdo de su existencia como farol. Lo que s√≠ era seguro es que deber√≠a separarse del vigilante y su mujer, a quienes consideraba como su familia: se convirti√≥ en farol el d√≠a en que el hombre fue nombrado vigilante. Por aquel entonces la mujer era muy peripuesta; s√≥lo al anochecer, cuando pasaba por all√≠, levantaba los ojos para mirarlo; pero de d√≠a no lo hac√≠a jam√°s. En cambio, en el curso de los √ļltimos a√Īos, cuando ya los tres, el vigilante, su mujer y el farol, hab√≠an envejecido, ella lo hab√≠a cuidado, limpiado la l√°mpara y echado aceite. Era un matrimonio honrado, y a la l√°mpara no le hab√≠an estafado ni una gota. Y he aqu√≠ que aqu√©lla era su √ļltima noche de calle; al d√≠a siguiente lo llevar√≠an al ayuntamiento. Estos pensamientos ten√≠an muy perturbado al farol; imaginaos, pues, c√≥mo arder√≠a. Pero por su cabeza pasaron tambi√©n otros recuerdos; hab√≠a visto muchas cosas e iluminado otras muchas, acaso tantas como el ¬ęilustre Concejo municipal¬Ľ; pero se lo callaba, porque era un farol viejo y honrado y no quer√≠a despotricar contra nadie, y menos contra una autoridad. Pens√≥ en muchas cosas, mientras oscilaba su llama; era como si un presentimiento le dijese: ¬ęS√≠, tambi√©n se acordar√°n de ti. All√≠ estaba aquel apuesto joven – ¬°ay, cu√°ntos a√Īos hab√≠an pasado! – que lleg√≥ con una carta escrita en elegante papel color de rosa, con canto dorado y fina escritura femenina. La ley√≥ dos veces, y, bes√°ndola, levant√≥ hasta m√≠ la mirada, que dec√≠a: – ¬°Soy el m√°s feliz de los hombres!. – S√≥lo √©l y yo supimos lo que dec√≠a aquella primera carta de la amada. Recuerdo tambi√©n otro par de ojos; ¬°es curioso, los saltos que pueden darse con el pensamiento! En nuestra calle hubo un d√≠a un magn√≠fico entierro; la mujer, joven y bonita, yac√≠a en el f√©retro, en el coche f√ļnebre tapizado de terciopelo. Luc√≠an tantas flores y coronas, y brillaban tantos blandones, que yo qued√© casi eclipsado. Toda la acera estaba llena de personas que acompa√Īaban al cad√°ver; pero cuando todos los cirios se hubieron alejado y yo mir√© a mi alrededor, quedaba solamente un hombre junto al poste, llorando, y nunca olvidar√© aquellos ojos llenos de tristeza que me miraban¬Ľ. Muchos pensamientos pasaron as√≠ por la mente del viejo farol, que alumbraba la calle por vez postrera. El centinela que es relevado conoce por lo menos a su sucesor y puede decirle unas palabras; pero el farol no conoc√≠a al suyo, y, sin embargo, le habr√≠a proporcionado algunas informaciones acerca de la lluvia y la niebla, de hasta d√≥nde llegaba la luz de la luna en la acera, y de qu√© lado soplaba el viento. En el arroyo hab√≠a tres personajes que se hab√≠an presentado al farol, en la creencia de que √©l ten√≠a atribuciones para designar a su sucesor. Uno de ellos era una cabeza de arenque, que en la oscuridad es fosforescente, por lo cual pensaba que representar√≠a un notable ahorro de aceite si lo colocaban en la cima del poste de alumbrado. El segundo aspirante era un pedazo de madera podrida, el cual luce tambi√©n, y aun m√°s que un bacalao, seg√ļn afirmaba √©l, diciendo, adem√°s, que era el √ļltimo resto de un √°rbol, que anta√Īo hab√≠a sido la gloria del bosque. El tercero era una luci√©rnaga. De d√≥nde proced√≠a, el farol lo ignoraba, pero lo cierto era que se hab√≠a presentado y que era capaz de dar luz; sin embargo, la cabeza de arenque y la madera podrida aseguraban que s√≥lo pod√≠a brillar a determinadas horas, por lo que no merec√≠a ser tomada en consideraci√≥n. El viejo farol objet√≥ que ninguno de los tres pose√≠a la intensidad luminosa suficiente para ser elevado a la categor√≠a de l√°mpara callejera, pero ninguno se lo crey√≥, y cuando se enteraron de que el farol no estaba facultado para otorgar el puesto, manifestaron que la medida era muy acertada, pues realmente estaba demasiado decr√©pito para poder elegir con justicia. Entonces lleg√≥ el viento, que ven√≠a de la esquina y sopl√≥ por el tubo de ventilaci√≥n del viejo farol.

  • ¬°Qu√© oigo! -dijo-. ¬ŅQu√© ma√Īana te marchas? ¬Ņ√Čsta es la √ļltima noche que nos encontramos?

En ese caso voy a hacerte un regalo; voy a airearte la cabeza de tal modo, que no sólo recordarás clara y perfectamente todo lo que has oído y visto, sino que además verás con la mayor lucidez cuanto se lea o se cuente en tu presencia.

  • ¬°Bueno es esto! -dijo el viejo farol-. Muchas gracias. ¬°Con tal que no me fundan!
  • No lo har√°n todav√≠a -dijo el viento-, y ahora voy a soplar en tu memoria. Si consigues m√°s regalos de esta clase, disfrutar√°s de una vejez dichosa.
  • ¬°Con tal que no me fundan! -repiti√≥ el farol-. ¬ŅPodr√≠as tambi√©n en este caso asegurarme la memoria?
  • Viejo farol, s√© razonable -dijo el viento soplando. En aquel mismo momento sali√≥ la luna-. ¬ŅY usted qu√© regalo trae? – pregunt√≥ el viento.
  • Yo no regalo nada -respondi√≥ la luna-. Estoy en menguante, y los faroles nunca me han iluminado, sino al contrario, soy yo quien he dado luz a los faroles -. Y as√≠ diciendo, la luna se ocult√≥ de nuevo detr√°s de las nubes, pues no quer√≠a que la importunasen.

Cayó entonces una gota de agua, como de una gotera, y fue a dar en el tubo de ventilación; pero dijo que procedía de las grises nubes, y era también un regalo, acaso el mejor de todos.

  • Te penetro de tal manera, que tendr√°s la propiedad de transformarte, en una noche, si lo deseas, en herrumbre, desmoron√°ndote y convirti√©ndote en polvo -. Al farol le pareci√≥ aqu√©l un regalo muy poco envidiable, y el viento estuvo de acuerdo con √©l-. ¬ŅNo tiene nada mejor? ¬ŅNo tiene nada mejor? -sopl√≥ con toda su fuerza. En esto cay√≥ una brillante estrella fugaz, que dibuj√≥ una larga estela luminosa.
  • ¬ŅQu√© ha sido esto? -exclam√≥ la cabeza de arenque-. ¬ŅNo acaba de caer una estrella? Me parece que se meti√≥ en el farol. ¬°Caramba!, si personajes tan encumbrados solicitan tambi√©n el cargo, ya podemos nosotros retirarnos a casita -. Y as√≠ lo hizo, junto con sus compa√Īeros. Pero el farol brill√≥ de pronto con una intensidad asombrosa -. ¬°√Čste s√≠ que ha sido un magn√≠fico regalo! -dijo-. Las estrellas rutilantes, que tanto me gustaron siempre y que brillan tan maravillosamente, mucho m√°s de lo que yo haya podido hacerlo nunca a pesar de todos mis deseos y esfuerzos, han reparado en m√≠, pobre viejo farol, y me han enviado un regalo por una de ellas. Y este regalo consiste en que todo lo que yo pienso y veo tan claramente, tambi√©n puede ser visto por todos aquellos a quienes quiero. Y √©ste si que es un verdadero placer, pues la alegr√≠a compartida es doble alegr√≠a.
  • Es un pensamiento muy digno -dijo el viento-, pero, ¬Ņno sabes que tambi√©n las velas pertenecen a esta clase? Si no encienden dentro de ti una vela, no puedes ayudar a nadie a ver nada. En esto no han pensado las estrellas; creen que todo lo que brilla tiene en s√≠, por lo menos, una vela. Pero estoy cansado -a√Īadi√≥ el viento voy a echarme un rato-. Y se calm√≥.

Al d√≠a siguiente -bueno, el d√≠a podemos saltarlo-, a la noche siguiente estaba el farol en la butaca. ¬ŅY d√≥nde? Pues en casa del vigilante, el cual hab√≠a rogado al ilustre Concejo Municipal que le permitiese guardarlo, en pago de sus muchos y buenos servicios. Se rieron de √©l, pero se lo dieron, y ah√≠ ten√©is a nuestro farol en la butaca, al lado de la estufa encendida; y parec√≠a como si hubiese crecido, tanto, que ocupaba casi todo el sill√≥n. Los viejos estaban cenando, y dirig√≠an de vez en cuando afectuosas miradas al farol, al que gustosos habr√≠an asignado un puesto en la mesa. Su vivienda estaba en el s√≥tano, a dos buenas varas bajo tierra. Para llegar a su habitaci√≥n hab√≠a que atravesar un corredor enlosado, pero dentro la temperatura era agradable, pues hab√≠an puesto burlete en la puerta. El cuarto ten√≠a un aspecto limpio y aseado, con cortinas en torno a las camas y en las ventanitas, sobre las cuales se ve√≠an dos singulares macetas, que el marinero Christian hab√≠a tra√≠do de las Indias Orientales u Occidentales. Eran dos elefantes de arcilla, a los que faltaba el dorso; en el lugar de √©ste brotaban, de la tierra que llenaba el cuerpo de los elefantes, un magn√≠fico puerro y un gran geranio florido: la primera maceta era el huerto del matrimonio; la segunda, su jard√≠n. De la pared colgaba un gran cuadro de vistosos colores: ¬ęEl Congreso de Viena¬Ľ. De este modo ten√≠an reunidos a todos los emperadores y reyes. Un reloj de Bornholm, con sus pesas de plomo, cantaba su eterno tic-tac, adelant√°ndose siempre; pero mejor es un reloj que adelanta que uno que atrasa, pensaban los viejos. Estaban, pues, comiendo su cena, seg√ļn ya dijimos, con el farol depositado en el sill√≥n, cerca de la estufa. Al farol parec√≠ale que aquello era el mundo al rev√©s. Pero cuando el vigilante, mir√°ndolo, empez√≥ a hablar de lo que hab√≠an pasado juntos, bajo la lluvia y la niebla, en las claras y breves noches de verano y la √©poca de las nieves, en que tanto hab√≠a deseado √©l regresar a su s√≥tano, el farol sinti√≥ que todo volv√≠a a estar en su sitio, pues ve√≠a todo lo que el otro contaba, como si estuviese all√≠ mismo. Realmente el viento lo hab√≠a iluminado por dentro. Eran diligentes y despiertos los dos viejos; ni una hora permanec√≠an ociosos. En la tarde del domingo sacaban del armario alg√ļn libro, generalmente un relato de viajes, y el viejo le√≠a en voz alta acerca de √Āfrica, con sus grandes selvas y elefantes salvajes, y la anciana escuchaba atentamente, dirigiendo miradas de reojo a las macetas de arcilla en figura de elefantes -. ¬°Me parece casi que los veo! -dec√≠a. Entonces, el farol experimentaba viv√≠simos deseos de tener all√≠ una vela, para que la encendiesen en su interior; as√≠, la mujer ver√≠a las cosas con la misma claridad que √©l: los corpulentos √°rboles, las entrelazadas ramas, los negros a caballo y grandes manadas de elefantes aplastando con sus anchos pies los ca√Īaverales y los arbustos.

  • ¬ŅDe qu√© me sirven todas mis aptitudes, si no hay aqu√≠ ninguna vela? -suspiraba el farol-. S√≥lo tienen aceite y luces de sebo, pero eso no es suficiente.

Un d√≠a apareci√≥ en el s√≥tano todo un paquete de cabos de vela; los mayores fueron encendidos, y los m√°s peque√Īos los utiliz√≥ la vieja para encerar el hilo cuando cos√≠a. Ya ten√≠an luz de vela, pero a ninguno de los ancianos se le ocurr√≠a poner un cabo en el farol.

  • Y yo aqu√≠ quieto, con mis raras aptitudes dec√≠a √©ste-. Lo poseo todo y no puedo compartirlo con ellos. No saben que podr√≠a transformar las blancas paredes en hermos√≠simos tapices, en ricos bosques, en todo cuanto pudieran apetecer. ¬°No lo saben!

Por lo dem√°s, el farol descansaba muy limpito y aseado en un rinc√≥n, bien visible a todas horas; y aun cuando la gente dec√≠a que era un trasto viejo, el vigilante y su mujer lo segu√≠an guardando; le ten√≠an afecto. Un d√≠a -era el cumplea√Īos del vigilante-, la vieja se acerc√≥ al farol y dijo:

  • Voy a iluminar la casa en tu obsequio.

El farol hizo crujir el tubo de ventilaci√≥n, pensando: ¬ę¬°Ahora ver√°n lo que es luz!¬Ľ. Pero en lugar de una vela le pusieron aceite. Ardi√≥ toda la noche, pero sabiendo que el don que le concedieran las estrellas, el mejor don de todos, seria un tesoro muerto para esta vida. Y so√Ī√≥ – cuando se poseen semejantes facultades, bien se puede so√Īar – que los viejos hab√≠an muerto, y que √©l hab√≠a ido a parar al fundidor e iba a ser fundido; tem√≠a tambi√©n que lo llevasen al ayuntamiento, y el ilustre Concejo Municipal lo condenase; pero aun cuando pose√≠a la propiedad de convertirse en herrumbre y polvo a su antojo, no lo hizo. As√≠ pas√≥ al horno de fundici√≥n y fue transformado en hermos√≠simo candelabro de hierro, destinado a sostener un cirio. Di√©ronle forma de √°ngel, un √°ngel que sosten√≠a un ramo de flores; en el centro del ramo pusieron la vela, y el candelabro fue colocado sobre una mesa escritorio cubierta de un pa√Īo verde. La habitaci√≥n era acogedora; hab√≠a muchos libros, colgaban hermosos cuadros – era la morada de un poeta, y todo lo que dec√≠a y escrib√≠a se reflejaba en derredor. La habitaci√≥n evocaba espesos bosques oscuros, prados ba√Īados de sol donde se paseaba arrogante la cig√ľe√Īa, cubiertas de naves mecidas por las olas…

  • ¬°Qu√© aptitudes tengo! -dijo el farol al despertarse-. Casi deber√≠a desear que me fundieran. Pero no, no mientras vivan estos viejos. Me quieren por m√≠ mismo. Vengo a ser un poco como su hijo, pues me cuidaron y me dieron aceite, y lo paso tan bien como ¬ęEl Congreso¬Ľ, con todo y ser √©l tan noble.

Desde aquel día menguó su agitación interior; y bien se lo merecía el viejo y honrado farol.         EL YESQUERO   Por la carretera marchaba un soldado marcando el paso. ¡Un, dos, un, dos! Llevaba la mochila al hombro y un sable al costado, pues venía de la guerra, y ahora iba a su pueblo. Mas he aquí que se encontró en el camino con una vieja bruja. ¡Uf!, ¡qué espantajo!, con aquel labio inferior que le colgaba hasta el pecho.

  • ¬°Buenas tardes, soldado! – le dijo -. ¬°Hermoso sable llevas, y qu√© mochila tan grande! Eres un soldado hecho y derecho. Voy a ense√Īarte la manera de tener todo el dinero que desees.
  • ¬°Gracias, vieja bruja! – respondi√≥ el soldado.
  • ¬ŅVes aquel √°rbol tan corpulento? – prosigui√≥ la vieja, se√Īalando uno que crec√≠a a poca distancia -. Por dentro est√° completamente hueco. Pues bien, tienes que trepar a la copa y ver√°s un agujero; te deslizar√°s por √©l hasta que llegues muy abajo del tronco. Te atar√© una cuerda alrededor de la cintura para volverte a subir cuando llames.
  • ¬ŅY qu√© voy a hacer dentro del √°rbol? – pregunt√≥ el soldado.
  • ¬°Sacar dinero! – exclam√≥ la bruja -. Mira; cuando est√©s al pie del tronco te encontrar√°s en un gran corredor muy claro, pues lo alumbran m√°s de cien l√°mparas. Ver√°s tres puertas; podr√°s abrirlas, ya que tienen la llave en la cerradura. Al entrar en la primera habitaci√≥n encontrar√°s en el centro una gran caja, con un perro sentado encima de ella. El animal tiene ojos tan grandes como tazas de caf√©; pero no te apures. Te dar√© mi delantal azul; lo extiendes en el suelo, coges r√°pidamente al perro, lo depositas sobre el delantal y te embolsas todo el dinero que quieras; son monedas de cobre. Si prefieres plata, deber√°s entrar en el otro aposento; en √©l hay un perro con ojos tan grandes como ruedas de molino; pero esto no debe preocuparse. Lo pones sobre el delantal y coges dinero de la caja. Ahora bien, si te interesa m√°s el oro, puedes tambi√©n obtenerlo, tanto como quieras; para ello debes entrar en el tercer aposento. Mas el perro que hay en √©l tiene los ojos tan grandes como la Torre Redonda. ¬°A esto llamo yo un perro de verdad! Pero nada de asustarte. Lo colocas sobre mi delantal, y no te har√° ning√ļn da√Īo, y podr√°s sacar de la caja todo el oro que te venga en gana.
  • ¬°No est√° mal!- exclam√≥ el soldado -. Pero, ¬Ņqu√© habr√© de darte, vieja bruja? Pues supongo que algo querr√°s para ti.
  • No – contest√≥ la mujer -, ni un c√©ntimo. Para m√≠ sacar√°s un viejo yesquero, que mi abuela se olvid√≥ ah√≠ dentro, cuando estuvo en el √°rbol la √ļltima vez.
  • Bueno, pues √°tame ya la cuerda a la cintura – convino el soldado.
  • Ah√≠ tienes – respondi√≥ la bruja -, y toma tambi√©n mi delantal azul.

Subióse el soldado a la copa del árbol, se deslizó por el agujero y, tal como le dijera la bruja, se encontró muy pronto en el espacioso corredor en el que ardían las lámparas. Y abrió la primera puerta. ¡Uf! Allí estaba el perro de ojos como tazas de café, mirándolo fijamente.

  • ¬°Buen muchacho! – dijo el soldado, cogiendo al animal y deposit√°ndolo sobre el delantal de la bruja. Llen√≥se luego los bolsillos de monedas de cobre, cerr√≥ la caja, volvi√≥ a colocar al perro encima y pas√≥ a la habitaci√≥n siguiente. En efecto, all√≠ estaba el perro de ojos como ruedas de molino.
  • Mejor har√≠as no mir√°ndome as√≠ -le dijo-. Te va a doler la vista -. Y sent√≥ al perro sobre el delantal. Al ver en la caja tanta plata, tir√≥ todas las monedas de cobre que llevaba encima y se llen√≥ los bolsillos y la mochila de las del blanco metal.

Pasó entonces al tercer aposento. Aquello presentaba mal cariz; el perro tenía, en efecto, los ojos tan grandes como la Torre Redonda, y los movía como sí fuesen ruedas de molino.

  • ¬°Buenas noches! -dijo el soldado llev√°ndose la mano a la gorra, pues perro como aquel no lo hab√≠a visto en su vida. Una vez lo hubo observado bien, pens√≥: ¬ęBueno, ya est√° visto¬Ľ, cogi√≥ al perro, lo puso en el suelo y abri√≥ la caja. ¬°Se√Īor, y qu√© montones de oro! Habr√≠a como para comprar la ciudad de Copenhague entera, con todos los cerditos de mazap√°n de las pasteler√≠as y todos los soldaditos de plomo, l√°tigos y caballos de madera de balanc√≠n del mundo entero. ¬°All√≠ s√≠ que hab√≠a oro, palabra!

Tiró todas las monedas de plata que llevaba encima, las reemplazó por otras de oro, y se llenó los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas de tal modo que apenas podía moverse. ¡No era poco rico, ahora! Volvió a poner al perro sobre la caja, cerró la puerta y, por el hueco del tronco, gritó

  • ¬°S√ļbeme ya, vieja bruja!
  • ¬ŅTienes el yesquero? – pregunt√≥ la mujer.
  • ¬°Caramba! – exclam√≥ el soldado -, ¬°pues lo hab√≠a olvidado! Y fue a buscar la bolsita, con la yesca y el pedernal dentro. La vieja lo sac√≥ del √°rbol, y nuestro hombre se encontr√≥ de nuevo en el camino, con los bolsillos, las botas, la mochila y la gorra repletos de oro.
  • ¬ŅPara qu√© quieres el yesquero? – pregunt√≥ el soldado.
  • ¬°Eso no te importa! – replic√≥ la bruja -. Ya tienes tu dinero; ahora dame la bolsita.
  • ¬ŅConque s√≠, eh? – exclam√≥ el mozo -. ¬°Me dices enseguida para qu√© quieres el yesquero, o desenvaino el sable y te corto la cabeza!
  • ¬°No! -insisti√≥ la mujer.

Y el soldado le cercen√≥ la cabeza y dej√≥ en el suelo el cad√°ver de la bruja. Puso todo el dinero en su delantal, colg√≥selo de la espalda como un hato, guard√≥ tambi√©n el yesquero y se encamin√≥ directamente a la ciudad. Era una poblaci√≥n magn√≠fica, y nuestro hombre entr√≥ en la mejor de sus posadas y pidi√≥ la mejor habitaci√≥n y sus platos preferidos, pues ya era rico con tanto dinero. Al criado que recibi√≥ orden de limpiarle las botas ocurri√≥sele que eran muy viejas para tan rico caballero; pero es que no se hab√≠a comprado a√ļn unas nuevas. Al d√≠a siguiente adquiri√≥ unas botas como Dios manda y vestidos elegantes. Y ah√≠ ten√©is al soldado convertido en un gran se√Īor. Le contaron todas las magnificencias que conten√≠a la ciudad, y le hablaron del Rey y de lo preciosa que era la princesa, su hija.

  • ¬ŅD√≥nde se puede ver? – pregunt√≥ el soldado.
  • No hay medio de verla – le respondieron -. Vive en un gran palacio de cobre, rodeado de muchas murallas y torres. Nadie, excepto el Rey, puede entrar y salir, pues existe la profec√≠a de que la princesa se casar√° con un simple soldado, y el Monarca no quiere pasar por ello. ¬ęMe gustar√≠a verla¬Ľ, pens√≥ el soldado; pero no hab√≠a modo de obtener una autorizaci√≥n. El hombre llevaba una gran vida: iba al teatro, paseaba en coche por el parque y daba mucho dinero a los pobres, lo cual dec√≠a mucho en su favor. Se acordaba muy bien de lo duro que es no tener una perra gorda. Ahora era rico, vest√≠a hermosos trajes e hizo muchos amigos, que lo consideraban como persona excelente, un aut√©ntico caballero, lo cual gustaba al soldado. Pero como cada d√≠a gastaba dinero y nunca ingresaba un c√©ntimo, al final le quedaron s√≥lo dos ochavos. Tuvo que abandonar las lujosas habitaciones a que se hab√≠a acostumbrado y alojarse en la buhardilla, en un cuartucho s√≥rdido bajo el tejado, limpiarse √©l mismo las botas y coserlas con una aguja saquera. Y sus amigos dejaron de visitarlo; ¬°hab√≠a que subir tantas escaleras!.

EN EL MAR REMOTO ¬† Varios grandes barcos hab√≠an sido enviados a las regiones del Polo Norte para descubrir los l√≠mites m√°s septentrionales entre la tierra y el mar, e investigar hasta d√≥nde pod√≠an avanzar los hombres en aquellos parajes. Llevaban ya mucho tiempo abri√©ndose paso por entre la niebla y los hielos, y sus tripulaciones hab√≠an tenido que sufrir muchas penalidades. Ahora hab√≠a llegado el invierno y desaparecido el sol; durante muchas, muchas semanas, rein√≥ la noche continua; en derredor todo era un √ļnico bloque de hielo, en el que los barcos hab√≠an quedado aprisionados; la nieve alcanzaba gran altura, y con ella hab√≠an construido casas en forma de colmena, algunas grandes como t√ļmulos, y otras, m√°s peque√Īas, capaces de albergar solamente de dos a cuatro hombres. Sin embargo, la oscuridad no era completa, pues las auroras boreales enviaban sus resplandores rojos y azules; era como un eterno castillo de fuegos artificiales, y la nieve desped√≠a un tenue brillo; la noche era all√≠ como un largo crep√ļsculo llameante. En los per√≠odos de mayor claridad se presentaban grupos de ind√≠genas de singular√≠simo aspecto, con sus hirsutos abrigos de pieles; iban montados en trineos construidos de trozos de hielo, y tra√≠an pieles en grandes fardos, gracias a las cuales las casas de nieve pudieron ser provistas de calientes alfombras. Las pieles serv√≠an, adem√°s, de mantas y almohadas, y con ellas los marineros se arreglaban camas bajo sus c√ļpulas de nieve, mientras en el exterior arreciaba el fr√≠o con una intensidad desconocida incluso en los m√°s rigurosos inviernos n√≥rdicos. En nuestra patria era todav√≠a oto√Īo, y de ello se acordaban aquellos hombres perdidos en tan altas latitudes; pensaban en el sol de su tierra y en el follaje amarillo que colgaba a√ļn de sus √°rboles. El reloj les dijo que era noche y hora de acostarse, y en una de las chozas de nieve dos hombres se tendieron a descansar. El m√°s joven ten√≠a consigo el mejor y m√°s preciado tesoro de la patria, regalo de su abuela en el momento de su partida: la Biblia. Cada noche se la pon√≠a debajo de la cabeza; ya desde ni√Īo sab√≠a lo que en ella estaba escrito. Le√≠a un trozo cada d√≠a, y estando en el lecho le ven√≠an con gran frecuencia a la memoria aquellas santas palabras de consuelo: ¬ęSi tomase yo las alas de la aurora y estuviese en el mar m√°s remoto, Tu mano me guiar√≠a hasta all√≠, y Tu diestra me sostendr√≠a¬Ľ. Y a estas palabras de verdad se cerraban sus ojos y llegaba el sue√Īo, la revelaci√≥n del esp√≠ritu en Dios; el alma estaba viva mientras el cuerpo reposaba; √©l lo sent√≠a, parec√≠ale como si resonasen viejas y queridas melod√≠as, como si le envolvieran tibias brisas estivales; y desde su lecho ve√≠a c√≥mo un gran resplandor se filtraba a trav√©s de la n√≠vea c√ļpula. Levantaba la cabeza, y aquel blanco refulgente no era pared ni techo, sino las grandes alas de un √°ngel, a cuyo rostro dulce y radiante alzaba los ojos. Como del c√°liz de un lirio sal√≠a el √°ngel de las p√°ginas de la Biblia, extend√≠a los brazos, y las paredes de la choza se esfumaban a modo de un sutil y vaporoso manto de niebla: los verdes prados y colinas de la patria, y sus bosques oscuros y rojizos se extend√≠an en derredor, al sol apacible de un bello d√≠a de oto√Īo; el nido de la cig√ľe√Īa estaba vac√≠o, pero colgaban todav√≠a frutos de los manzanos silvestres, aunque hab√≠an ca√≠do ya las hojas; brillaban los rojos escaramujos, y el estornino silbaba en su peque√Īa jaula verde, colocada sobre la ventana de la casa de campo, donde ten√≠a √©l su hogar; el p√°jaro silbaba como le hab√≠an ense√Īado, y la abuela le pon√≠a mijo en la jaula, seg√ļn viera hacer siempre al nieto; y la hija del herrero, tan joven y tan linda, sacaba agua del pozo y dirig√≠a un saludo a la abuela, quien le correspond√≠a con un gesto de la cabeza, mostr√°ndole al mismo tiempo una carta llegada de muy lejos. Se hab√≠a recibido aquella misma ma√Īana; ven√≠a de las heladas tierras del polo Norte, donde se encontraba el nieto – en manos de Dios -. Y las dos mujeres re√≠an y lloraban a la vez, y √©l, que todo lo ve√≠a y o√≠a desde aquellos parajes de hielo y nieve, en el mundo del esp√≠ritu bajo las alas del √°ngel, re√≠a con ellas y con ellas lloraba. En la carta se le√≠an aquellas mismas palabras de la Biblia: ¬ęEn el mar m√°s remoto, su diestra me sostendr√°¬Ľ. Son√≥ en derredor una sublime m√ļsica, como salida de un coro celeste, mientras el √°ngel extend√≠a sus alas, a modo de velo, sobre el mozo dormido… Se desvaneci√≥ el sue√Īo; en la choza reinaba la oscuridad, pero la Biblia segu√≠a bajo su cabeza, la fe y la esperanza moraban en su coraz√≥n, Dios estaba con √©l, y tambi√©n la patria, ¬ęen el mar remoto¬Ľ. ¬† ¬† ¬† ES LA PURA VERDAD

  • ¬°Es un caso espantoso! -exclam√≥ una gallina del extremo opuesto del pueblo, donde el hecho no hab√≠a sucedido-. ¬°Ha pasado algo espantoso en el gallinero de all√°! Lo que es esta noche, no duermo sola. Menos mal que somos tantas -. Y les cont√≥ el caso, y a las dem√°s gallinas se les erizaron las plumas, y al gallo se le cay√≥ la cresta. ¬°Es la pura verdad!

Pero empecemos por el principio, pues la cosa sucedió en un gallinero del otro extremo del pueblo. Se ponía el sol, y las gallinas se subían a su percha; una de ellas, blanca y paticorta, ponía sus huevos con toda regularidad y era una gallina de lo más respetable. Una vez en su percha, se dedicó a asearse con el pico, y en la operación perdió una pluma.

  • ¬°Ya vol√≥ una! -dijo-. Cuanto m√°s me desplumo, m√°s guapa estoy -. Lo dijo en broma, pues de todas las gallinas era la de car√°cter m√°s alegre; por lo dem√°s, como ya dijimos, era la respetabilidad personificada. Y luego se puso a dormir.

El gallinero estaba a oscuras; las gallinas estaban alineadas en su percha, pero la contigua a la nuestra permanecía despierta. Aquellas palabras las había oído y no las había oído, como a menudo conviene hacer en este mundo, si uno quiere vivir en paz y tranquilidad. Con todo, no pudo contenerse y dijo a la vecina del otro lado:

  • ¬ŅNo has o√≠do? No quiero citar nombres, pero lo cierto es que hay aqu√≠ una gallina que se despluma para parecer m√°s hermosa. Si yo fuese gallo, la despreciar√≠a.

Pero he aquí que más arriba de las gallinas vivía la lechuza, con su marido y su prole; todos los miembros de la familia tenían un oído finísimo y oyeron las palabras de la gallina, y, oyéndolas, revolvieron los ojos, y la madre lechuza se puso a abanicarse con las alas.

  • ¬°No escuch√©is esas cosas! Pero hab√©is o√≠do lo que acaban de decir, ¬Ņverdad?. Yo lo he o√≠do con mis propias orejas; ¬°lo que oir√°n a√ļn, las pobres, antes de que se me caigan! Hay una gallina que hasta tal punto ha perdido toda noci√≥n de decencia, que se est√° arrancando todas las plumas a la vista del gallo.
  • Prenez garde aux enfants! -exclam√≥ el padre lechuza-. Estas cosas no son para que las oigan los ni√Īos.
  • Pero voy a cont√°rselo a la lechuza de enfrente. Es la m√°s respetable de estos alrededores -. Y se ech√≥ a volar.
  • ¬°Juj√ļ, uj√ļ! -y las dos se estuvieron as√≠ comadreando sobre el palomar del vecino, y luego contaron la historia a las palomas: – ¬ŅHab√©is o√≠do, hab√©is o√≠do? ¬°Uj√ļ! Hay una gallina que por amor del gallo se ha arrancado todas las plumas. ¬°Y se morir√° helada, si no lo ha hecho ya! ¬°Uj√ļ!
  • ¬ŅD√≥nde, d√≥nde? -arrullaron las palomas.
  • En el corral de enfrente. Es como si lo hubiese visto con mis ojos. Es un caso tan indecoroso, que una casi no se atreve a contarlo, pero es la pura verdad.
  • ¬°La purra, la purra verrdad! -corearon las palomas, y, dirigi√©ndose al gallinero de abajo: – Hay una gallina -dijeron-, y hay quien afirma que son dos, que se han arrancado todas las plumas para distinguirse de las dem√°s y llamar la atenci√≥n del gallo. Es el colmo… y peligroso, adem√°s, pues se puede pescar un resfriado y morirse de una calentura… Y parece que ya han muerto, ¬°las dos!
  • ¬°Despertad, despertad! -grit√≥ el gallo subi√©ndose a la valla con los ojos so√Īolientos, pero vociferando a todo pulm√≥n: – ¬°Tres gallinas han muerto v√≠ctimas de su desgraciado amor por un gallo!. Se arrancaron todas las plumas. Es una historia horrible, y no quiero guard√°rmela en el buche. ¬°Pasadla, que corra! – ¬°Que corra! -silbaron los murci√©lagos, y las gallinas cacarearon, y los gallos cantaron: – ¬°Que corra, que corra! -. Y de este modo la historia fue pasando de gallinero en gallinero, hasta llegar, finalmente, a aquel del cual hab√≠a salido.
  • Son cinco gallinas -dec√≠an- que se han arrancado todas las plumas para que el gallo viera c√≥mo hab√≠an adelgazado por su amor, y luego se picotearon mutuamente hasta matarse, con gran bochorno y verg√ľenza de su familia y gran perjuicio para el due√Īo.

Como es natural, la gallina a la que se la había soltado la plumita no se reconoció como la protagonista del suceso, y siendo, como era, una gallina respetable, dijo:

  • Este tipo de gallinas merecen el desprecio general. ¬°Desgraciadamente, abundan mucho! √Čstas cosas no deben ocultarse, y har√© cuanto pueda para que el hecho se publique en el peri√≥dico; que lo sepa todo el pa√≠s. Se lo tienen bien merecido las gallinas, y tambi√©n su familia. Y la cosa apareci√≥ en el peri√≥dico, en letras de molde, y es la pura verdad: ¬ęUna plumilla puede muy bien convertirse en cinco gallinas¬Ľ.

HISTORIA DE UNA MADRE ¬† ¬† ¬† Estaba una madre sentada junto a la cuna de su hijito, muy afligida y angustiada, pues tem√≠a que el peque√Īo se muriera. √Čste, en efecto, estaba p√°lido como la cera, ten√≠a los ojitos medio cerrados y respiraba casi imperceptiblemente, de vez en cuando con una aspiraci√≥n profunda, como un suspiro. La tristeza de la madre aumentaba por momentos al contemplar a la tierna criatura. Llamaron a la puerta y entr√≥ un hombre viejo y pobre, envuelto en un holgado cobertor, que parec√≠a una manta de caballo; son mantas que calientan, pero √©l estaba helado. Se estaba en lo m√°s crudo del invierno; en la calle todo aparec√≠a cubierto de hielo y nieve, y soplaba un viento cortante. Como el viejo tiritaba de fr√≠o y el ni√Īo se hab√≠a quedado dormido, la madre se levant√≥ y puso a calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para reanimar al anciano. √Čste se hab√≠a sentado junto a la cuna, y mec√≠a al ni√Īo. La madre volvi√≥ a su lado y se estuvo contemplando al peque√Īo, que respiraba fatigosamente y levantaba la manita. – ¬ŅCrees que vivir√°? -pregunt√≥ la madre-. ¬°El buen Dios no querr√° quit√°rmelo! El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un gesto extra√Īo con la cabeza; lo mismo pod√≠a ser afirmativo que negativo. La mujer baj√≥ los ojos, y las l√°grimas rodaron por sus mejillas. Ten√≠a la cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y se qued√≥ un momento como aletargada; pero volvi√≥ en seguida en s√≠, temblando de fr√≠o.

  • ¬ŅQu√© es esto? -grit√≥, mirando en todas direcciones. El viejo se hab√≠a marchado, y la cuna estaba vac√≠a. ¬°Se hab√≠a llevado al ni√Īo! El reloj del rinc√≥n dej√≥ o√≠r un ruido sordo, la gran pesa de plomo cay√≥ rechinando hasta el suelo, ¬°paf!, y las agujas se detuvieron.

La desolada madre salió corriendo a la calle, en busca del hijo. En medio de la nieve había una mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le dijo:

  • La Muerte estuvo en tu casa; lo s√©, pues la vi escapar con tu hijito. Volaba como el viento. ¬°Jam√°s devuelve lo que se lleva!
  • ¬°Dime por d√≥nde se fue! -suplic√≥ la madre-. ¬°Ens√©√Īame el camino y la alcanzar√©!
  • Conozco el camino -respondi√≥ la mujer vestida de negro pero antes de dec√≠rtelo tienes que cantarme todas las canciones con que meciste a tu peque√Īo. Me gustan, las o√≠ muchas veces, pues soy la Noche. He visto correr tus l√°grimas mientras cantabas.
  • ¬°Te las cantar√© todas, todas! -dijo la madre-, pero no me detengas, para que pueda alcanzarla y encontrar a mi hijo.

Pero la Noche permaneci√≥ muda e inm√≥vil, y la madre, retorci√©ndose las manos, cant√≥ y llor√≥; y fueron muchas las canciones, pero fueron a√ļn m√°s las l√°grimas. Entonces dijo la Noche:

  • Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque de abetos. En √©l vi desaparecer a la Muerte con el ni√Īo.

Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino, y la mujer no sabía por dónde tomar. Levantábase allí un zarzal, sin hojas ni flores, pues era invierno, y las ramas estaban cubiertas de nieve y hielo.

  • ¬ŅNo has visto pasar a la Muerte con mi hijito? – S√≠ -respondi√≥ el zarzal- pero no te dir√© el camino que tom√≥ si antes no me calientas apret√°ndome contra tu pecho; me muero de fr√≠o, y mis ramas est√°n heladas.

Y ella estrechó el zarzal contra su pecho, apretándolo para calentarlo bien; y las espinas se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a grandes gotas. Pero del zarzal brotaron frescas hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal era el ardor con que la acongojada madre lo había estrechado contra su corazón! Y la planta le indicó el camino que debía seguir. Llegó a un gran lago, en el que no se veía ninguna embarcación. No estaba bastante helado para sostener su peso, ni era tampoco bastante somero para poder vadearlo; y, sin embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Echóse entonces al suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero ¡qué criatura humana sería capaz de ello! Mas la angustiada madre no perdía la esperanza de que sucediera un milagro.

  • ¬°No, no lo conseguir√°s! -dijo el lago-. Mejor ser√° que hagamos un trato. Soy aficionado a coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas m√°s puras que jam√°s he visto. Si est√°s dispuesta a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te conducir√© al gran invernadero donde reside la Muerte, cuidando flores y √°rboles; cada uno de ellos es una vida humana.
  • ¬°Ay, qu√© no diera yo por llegar a donde est√° mi hijo! -exclam√≥ la pobre madre-, y se ech√≥ a llorar con m√°s desconsuelo a√ļn, y sus ojos se le desprendieron y cayeron al fondo del lago, donde quedaron convertidos en precios√≠simas perlas. El lago la levant√≥ como en un columpio y de un solo impulso la situ√≥ en la orilla opuesta. Se levantaba all√≠ un gran edificio, cuya fachada ten√≠a m√°s de una milla de largo. No pod√≠a distinguirse bien si era una monta√Īa con sus bosques y cuevas, o si era obra de alba√Īiler√≠a; y menos lo pod√≠a averiguar la pobre madre, que hab√≠a perdido los ojos a fuerza de llorar.
  • ¬ŅD√≥nde encontrar√© a la Muerte, que se march√≥ con mi hijito? -pregunt√≥.
  • No ha llegado todav√≠a -dijo la vieja sepulturera que cuida del gran invernadero de la Muerte-. ¬ŅQui√©n te ha ayudado a encontrar este lugar?
  • El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-. Es misericordioso, y t√ļ lo ser√°s tambi√©n. ¬ŅD√≥nde puedo encontrar a mi hijo?
  • Lo ignoro -replic√≥ la mujer-, y veo que eres ciega. Esta noche se han marchitado muchos √°rboles y flores; no tardar√° en venir la Muerte a trasplantarlos. Ya sabr√°s que cada persona tiene su propio √°rbol de la vida o su flor, seg√ļn su naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en ellas palpita un coraz√≥n; el coraz√≥n de un ni√Īo puede tambi√©n latir. Atiende, tal vez reconozcas el latido de tu hijo, pero, ¬Ņqu√© me dar√°s si te digo lo que debes hacer todav√≠a?
  • Nada me queda para darte -dijo la afligida madre pero ir√© por ti hasta el fin del mundo.
  • Nada hay all√≠ que me interese -respondi√≥ la mujer pero puedes cederme tu larga cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te dar√© yo la m√≠a, que es blanca, pero tambi√©n te servir√°.
  • ¬ŅNada m√°s? -dijo la madre-. T√≥mala enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso cabello, y se qued√≥ con el suyo, blanco como la nieve.

Entraron entonces en el gran invernadero de la Muerte, donde crec√≠an √°rboles y flores en maravillosa mezcolanza. Hab√≠a preciosos, jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peon√≠as fuertes como √°rboles; y hab√≠a tambi√©n plantas acu√°ticas, algunas lozanas, otras enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y cangrejos negros se agarraban a sus tallos. Crec√≠an soberbias palmeras, robles y pl√°tanos, y no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada √°rbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era una vida humana; la persona viv√≠a a√ļn: √©ste en la China, √©ste en Groenlandia o en cualquier otra parte del mundo. Hab√≠a grandes √°rboles plantados en macetas tan peque√Īas y angostas, que parec√≠an a punto de estallar; en cambio, ve√≠anse m√≠seras florecillas emergiendo de una tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor. La desolada madre fue inclin√°ndose sobre las plantas m√°s diminutas, oyendo el latido del coraz√≥n humano que hab√≠a en cada una; y entre millones reconoci√≥ el de su hijo.

  • ¬°Es √©ste! -exclam√≥, alargando la mano hacia una peque√Īa flor azul de azafr√°n que colgaba de un lado, gravemente enferma.
  • ¬°No toques la flor! -dijo la vieja-. Qu√©date aqu√≠, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy esperando de un momento a otro, no dejes que arranque la planta; amen√°zala con hacer t√ļ lo mismo con otras y entonces tendr√° miedo. Es responsable de ellas, ante Dios; sin su permiso no debe arrancarse ninguna.

De pronto sintióse en el recinto un frío glacial, y la madre ciega comprendió que entraba la Muerte.

  • ¬ŅC√≥mo encontraste el camino hasta aqu√≠? pregunt√≥.- ¬ŅC√≥mo pudiste llegar antes que yo?
  • ¬°Soy madre! -respondi√≥ ella.

La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor de azafrán, pero la mujer interpuso las suyas con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una de sus hojas. La Muerte sopló sobre sus manos y ella sintió que su soplo era más frío que el del viento polar. Y sus manos cedieron y cayeron inertes.

  • ¬°Nada podr√°s contra m√≠! -dijo la Muerte. – ¬°Pero s√≠ lo puede el buen Dios! -respondi√≥ la mujer.
  • ¬°Yo hago s√≥lo su voluntad! -replic√≥ la Muerte. Soy su jardinero. Tomo todos sus √°rboles y flores y los trasplanto al jard√≠n del Para√≠so, en la tierra desconocida; y t√ļ no sabes c√≥mo es y lo que en el jard√≠n ocurre, ni yo puedo dec√≠rtelo.
  • ¬°Devu√©lveme mi hijo! -rog√≥ la madre, prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las manos sobre dos hermosas flores, y grit√≥ a la Muerte:
  • ¬°Las arrancar√© todas, pues estoy desesperada! – ¬°No las toques! -exclam√≥ la Muerte-. Dices que eres desgraciada, y pretendes hacer a otra madre tan desdichada como t√ļ.
  • ¬°Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las flores-. ¬ŅQui√©n es esa madre?
  • Ah√≠ tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he sacado del lago; ¬°brillaban tanto! No sab√≠a que eran los tuyos. T√≥malos, son m√°s claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que est√° a tu lado; te dir√© los nombres de las dos flores que quer√≠as arrancar y ver√°s todo su porvenir, todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a punto de destruir.

Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia ver cómo una de las flores era una bendición para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura esparcía a su alrededor. La vida de la otra era, en cambio, tristeza y miseria, dolor y privaciones.

  • Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la Muerte.
  • ¬ŅCu√°l es la flor de la desgracia y cu√°l la de la ventura? -pregunt√≥ la madre.
  • Esto no te lo dir√© -contest√≥ la Muerte-. S√≥lo sabr√°s que una de ellas era la de tu hijo. Has visto el destino que estaba reservado a tu propio hijo, su porvenir en el mundo.

La madre lanz√≥ un grito de horror: – ¬ŅCu√°l de las dos era mi hijo? ¬°D√≠melo, s√°came de la incertidumbre! Pero si es el desgraciado, l√≠bralo de la miseria, ll√©vaselo antes. ¬°Ll√©vatelo al reino de Dios! ¬°Olv√≠date de mis l√°grimas, olv√≠date de mis s√ļplicas y de todo lo que dije e hice!

  • No te comprendo -dijo la Muerte-. ¬ŅQuieres que te devuelva a tu hijo o prefieres que me vaya con √©l adonde ignoras lo que pasa?

La madre, retorciendo las manos, cay√≥ de rodillas y elev√≥ esta plegaria a Dios Nuestro Se√Īor:

  • ¬°No me escuches cuando te pida algo que va contra Tu voluntad, que es la m√°s sabia! ¬°No me escuches! ¬°No me escuches!

Y dej√≥ caer la cabeza sobre el pecho, mientras la Muerte se alejaba con el ni√Īo, hacia el mundo desconocido.

HOLGER EL DAN√ČS

Hay en Dinamarca un viejo castillo llamado Kronborg. Est√° junto al √Ėresund, estrecho que cruzan diariamente centenares de grandes barcos, lo mismo ingleses que rusos y prusianos, saludando al viejo castillo con salvas de artiller√≠a, ¬°bum!, y √©l contesta con sus ca√Īones: ¬°bum! Pues de esta forma los ca√Īones dicen ¬ę¬°Buenos d√≠as!¬Ľ y ¬ę¬°Muchas gracias!¬Ľ. En invierno no pasa por all√≠ ning√ļn buque, ya que entonces est√° todo cubierto de hielo, hasta muy arriba de la costa sueca; pero en la buena estaci√≥n es una verdadera carretera. Ondean las banderas danesa y sueca, y las poblaciones de ambos pa√≠ses se dicen ¬ę¬°Buenos d√≠as!¬Ľ y ¬ę¬°Muchas gracias!¬Ľ, pero no a ca√Īonazos, sino con un amistoso apret√≥n de manos, y unos llevan pan blanco y rosquillas a los otros, pues la comida forastera siempre sabe mejor. Pero lo m√°s estupendo de todo es el castillo de Kronborg, en cuyas cuevas, profundas y tenebrosas, a las que nadie baja, reside Holger el Dan√©s. Va vestido de hierro y acero, y apoya la cabeza en sus robustos brazos; su larga barba cuelga por sobre la mesa de m√°rmol, a la que est√° pegada. Duerme y sue√Īa, pero en sue√Īos ve todo lo que ocurre all√° arriba, en Dinamarca. Por Nochebuena baja siempre un √°ngel de Dios y le dice que es cierto lo que ha so√Īado, y que puede seguir durmiendo tranquilamente, pues Dinamarca no se encuentra a√ļn en verdadero peligro. Si este peligro se presentara, Holger, el viejo dan√©s, se levantar√≠a, y romper√≠a la mesa al retirar la barba. Volver√≠a al mundo y pegar√≠a tan fuerte, que sus golpes se oir√≠an en todos los √°mbitos de la Tierra. Un anciano explic√≥ a su nietecito todas estas cosas acerca de Holger, y el peque√Īo sab√≠a que todo lo que dec√≠a su abuelo era la pura verdad. Mientras contaba, el viejo se entreten√≠a tallando una gran figura de madera que representar√≠a a Holger, destinada a adornar la proa de un barco; pues el abuelo era escultor de madera, o sea, un hombre que talla figuras para espolones de barcos, figuras que van de acuerdo con el nombre del nav√≠o. Y en aquella ocasi√≥n hab√≠a representado a Holger, erguido y altivo, con su larga barba, la ancha espada de combate en una mano, mientras la otra se apoyaba en el escudo adornado con las armas danesas. El abuelo cont√≥ tantas y tantas cosas de hombres y mujeres notables de Dinamarca, que el nieto crey√≥ al fin que sab√≠a tanto como el propio Holger, el cual, adem√°s, se limitaba a so√Īarlas; y cuando se fue a acostar, p√ļsose a pensar tanto en aquello, que aplic√≥ la barbilla contra la colcha y se dio a creer que ten√≠a una luenga barba pegada a ella. El abuelo se hab√≠a quedado para proseguir su trabajo, y realizaba la √ļltima parte del mismo, que era el escudo dan√©s. Cuando ya estuvo listo contempl√≥ su obra, pensando en todo lo que leyera y oyera, y en lo que aquella noche hab√≠a explicado al muchachito. Hizo un gesto con la cabeza, se limpi√≥ las gafas y, volviendo a sentarse, dijo: – Durante el tiempo que me queda de vida, seguramente no volver√° Holger; pero ese peque√Īo que duerme ah√≠ tal vez lo vea y est√© a su lado el d√≠a que sea necesario. Y el viejo abuelo repiti√≥ su gesto, y cuanto m√°s examinaba su Holger, m√°s se convenc√≠a de que hab√≠a hecho una buena talla; pareci√≥le que cobraba color, y que la armadura brillaba como hierro y acero; en el escudo de armas, los corazones se enrojec√≠an gradualmente, y los leones coronados, saltaban.

  • Es el escudo m√°s hermoso de cuantos existen en el mundo entero -dijo el viejo-. Los leones son la fuerza, y los corazones, la piedad y el amor. Contempl√≥ el primer le√≥n y pens√≥ en el rey Knud, que incorpor√≥ la gran Inglaterra al trono de Dinamarca; y al considerar el segundo record√≥ a Waldemar, unificador de Dinamarca y conquistador de los pa√≠ses vendos; el tercer le√≥n le trajo a la memoria a Margarita, que uni√≥ Dinamarca, Suecia y Noruega. Y cuando se fij√≥ en los rojos corazones, pareci√©ronle que brillaban a√ļn m√°s que antes; eran llamas que se mov√≠an, y sus, pensamientos fueron en pos de cada uno de ellos.

La primera llama lo condujo a una estrecha y oscura cárcel, ocupada por una prisionera, una hermosa mujer, hija de Cristián IV: Leonora Ulfeldt; y la llama se posó, cual una rosa, en su pecho, floreciendo y brillando con el corazón de la mejor y más noble de todas las mujeres danesas.

  • S√≠, es uno de los corazones del escudo de Dinamarca -dijo el abuelo. Y luego su mente se dirigi√≥ a la llama segunda, que lo llev√≥ a alta mar, donde los ca√Īones tronaban, y los barcos aparec√≠an envueltos en humo; y la llama se fij√≥, como una condecoraci√≥n, en el pecho de Hvitfeldt cuando, para salvar la flota, vol√≥ su propio barco con √©l a bordo.

La tercera llama lo transport√≥ a las m√≠seras caba√Īas de Groenlandia, donde el p√°rroco Hans Egede realizaba su apostolado de amor con palabras y obras; la llama era una estrella en su pecho, un coraz√≥n en las armas danesas. Y los pensamientos del abuelo se anticiparon a la llama flotante, pues sab√≠a ad√≥nde iba √©sta. En la pobre vivienda de la campesina, Federico VI, de pie, escrib√≠a con tiza su nombre en las vigas. La llama temblaba sobre su pecho y en su coraz√≥n; en aquella humilde estancia, su coraz√≥n pas√≥ a forzar parte del escudo dan√©s. Y el viejo se sec√≥ los ojos, pues hab√≠a conocido al rey Federico, con sus cabellos de plata y sus nobles ojos azules, y por √©l hab√≠a vivido. Y juntando las manos se qued√≥ inm√≥vil, con la mirada fija. Entr√≥ entonces su nuera a decir al anciano que era ya muy tarde y hora de descansar, y que la mesa estaba puesta.

  • Pero, ¬°qu√© hermosa estatua has hecho, abuelo! -exclam√≥ la joven-. ¬°Holger y nuestro escudo completo! Dir√≠a que esta cara la he visto ya antes.
  • No, t√ļ no la has visto -dijo el abuelo-, pero yo s√≠, y he procurado tallarla en la madera, tal y como la tengo en la memoria. Cuando los ingleses estaban en la rada el d√≠a 2 de abril, supimos demostrar que √©ramos los antiguos daneses. A bordo del ¬ęDinamarca¬Ľ, donde yo serv√≠a en la escuadra de Steen Bille, hab√≠a a mi lado un hombre; habr√≠ase dicho que las balas le ten√≠an miedo. Cantaba alegremente viejas canciones, mientras disparaba y combat√≠a como si fuese un ser sobrehumano. Me acuerdo todav√≠a de su rostro; pero no s√©, ni lo sabe nadie, de d√≥nde vino ni ad√≥nde fue. Muchas veces he pensado si ser√≠a Holger, el viejo dan√©s, en persona, que habr√≠a salido de Kronborg para acudir en nuestra ayuda a la hora del peligro.

Esto es lo que pens√©, y ah√≠ est√° su efigie. Y la figura proyectaba una gran sombra en la pared e incluso sobre parte del techo; parec√≠a como si all√≠ estuviese el propio Holger, pues la sombra se mov√≠a; claro que pod√≠a tambi√©n ser debido a que la llama de la l√°mpara ard√≠a de manera irregular. La nuera dio un beso al abuelo y lo acompa√Ī√≥ hasta el gran sill√≥n colocado delante de la mesa, y ella y su marido, hijo del viejo y padre del chiquillo que dorm√≠a en la cama, se sentaron a cenar. El anciano habl√≥ de los leones y de los daneses, de la fuerza y la clemencia, y explic√≥ de modo bien claro que exist√≠a otra fuerza, adem√°s de la espada, y se√Īal√≥ el armario que guardaba viejos libros; all√≠ estaban las comedias completas de Holberg, tan le√≠das y rele√≠das, que uno cre√≠a conocer desde hac√≠a much√≠simo tiempo a todos sus personajes.

  • ¬ŅVeis? √Čste tambi√©n supo zurrar -dijo el abuelo-. Hizo cuanto pudo por acabar con todo lo disparatado y torpe que hab√≠a en la gente -y, se√Īalando el espejo sobre el cual estaba el calendario con la Torre Redonda, dijo: – Tambi√©n Tico Brahe manej√≥ la espada, pero no con el prop√≥sito de cortar carne y quebrar huesos, sino para trazar un camino m√°s preciso entre las estrellas del cielo. Y luego aquel cuyo padre fue de mi profesi√≥n, el hijo del viejo escultor, aquel a quien yo mismo he visto, con su blanco cabello y anchos hombros, aquel cuyo nombre es famoso en todos los pa√≠ses de la

Tierra. S√≠, √©l sab√≠a esculpir, yo s√≥lo s√© tallar. S√≠, Holger puede aparec√©rsenos en figuras muy diversas, para que en todos los pueblos se hable de la fuerza de Dinamarca. ¬ŅBrindamos a la salud de Bertel?. Pero el peque√Īo, en su cama, ve√≠a claramente el viejo Kronborg y el √Ėresund, y ve√≠a al verdadero Holger all√° abajo, con su barba pegada a la mesa de m√°rmol, so√Īando con todo lo que sucede ac√° arriba. Y Holger so√Īaba tambi√©n en la reducida y pobre vivienda del imaginero, o√≠a cuanto en ella se hablaba, y, con un movimiento de la cabeza, sin despertar de su sue√Īo, dec√≠a:

  • S√≠, acordaos de m√≠, daneses, retenedme en vuestra memoria. No os abandonar√© en la hora de la necesidad.

All√°, ante el Kronborg, brillaba la luz del d√≠a, y el viento llevaba las notas del cuerno de caza a las tierras vecinas; los barcos, al pasar, enviaban sus salvas: ¬°bum! ¬°bum!, y desde el castillo contestaban: ¬°bum! ¬°bum! Pero Holger no se despertaba, por ruidosos que fuesen los ca√Īonazos, pues s√≥lo dec√≠an: ¬ę¬°Buenos d√≠as!¬Ľ, ¬ę¬°Muchas gracias!¬Ľ. De un modo muy distinto tendr√≠an que disparar para despertarlo; pero un d√≠a u otro despertar√°, pues Holger el dan√©s es de recia madera. ¬† ¬† ¬† IB Y CRISTINA ¬† No lejos de Gudenaa, en la selva de Silkeborg, se levanta, semejante a un gran muro, una loma llamada Aasen, a cuyo pie, del lado de Poniente, hab√≠a, y sigue habiendo a√ļn, un peque√Īo cortijo, rodeado por una tierra tan √°rida, que la arena brilla por entre las escu√°lidas mieses de centeno y cebada. Desde entonces han transcurrido muchos a√Īos. La gente que viv√≠a all√≠ por aquel tiempo cultivaba su m√≠sero terru√Īo y criaba adem√°s tres ovejas, un cerdo y dos bueyes; de hecho, viv√≠an con cierta holgura, a fuerza de aceptar las cosas tal como ven√≠an. Incluso habr√≠an podido tener un par de caballos, pero dec√≠an, como los dem√°s campesinos: ¬ęEl caballo se devora a s√≠ mismo¬Ľ. Un caballo se come todo lo que gana. JeppeJ√§nsen trabajaba en verano su peque√Īo campo, y en invierno confeccionaba zuecos con mano h√°bil. Ten√≠a adem√°s, un ayudante; un hombre muy ducho en la fabricaci√≥n de aquella clase de calzado: lo hac√≠a resistente, a la vez que ligero y elegante. Tallaban asimismo cucharas de madera, y el negocio les rend√≠a; no pod√≠a decirse que aquella gente fuesen pobres. El peque√Īo Ib, un chiquillo de 7 a√Īos, √ļnico hijo de la casa, se sentaba a su lado a mirarlo; cortaba un bastoncito, y sol√≠a cortarse tambi√©n los dedos, pero un d√≠a tall√≥ dos trozos de madera que parec√≠an dos zuequitos. Dijo que iba a regalarlos a Cristinita, la hija de un marinero, una ni√Īa tan delicada y encantadora, que habr√≠a podido pasar por una princesa. Vestida adecuadamente, nadie hubiera imaginado que proced√≠a de una casa de turba del erial de Seis. All√≠ moraba su padre, viudo, que se ganaba el sustento transportando le√Īa desde el bosque a las anguileras de Silkeborg, y a veces incluso m√°s lejos, hasta Randers. No ten√≠a a nadie a quien confiar a Cristina, que ten√≠a un a√Īo menos que Ib; por eso la llevaba casi siempre consigo, en la barca y a trav√©s del erial y los ar√°ndanos. Cuando ten√≠a que llegarse a Randers, dejaba a Cristinita en casa de JeppeJ√§nsen. Los dos ni√Īos se llevaban bien, tanto en el juego como a las horas de la comida; cavaban hoyos en la tierra, se encaramaban a los √°rboles y corr√≠an por los alrededores; un d√≠a se atrevieron incluso a subirse solos hasta la cumbre de la loma y adentrarse un buen trecho en el bosque, donde encontraron huevos de chocha; fue un gran acontecimiento. Ib no hab√≠a estado nunca en el erial de Seis, ni cruzado en barca los lagos de Gudenaa, pero ahora iba a hacerlo: el barquero lo hab√≠a invitado, y la v√≠spera se fue con √©l a su casa. A la madrugada los dos ni√Īos se instalaron sobre la le√Īa apilada en la barca y desayunaron con pan y frambuesas. El barquero y su ayudante impulsaban la embarcaci√≥n con sus p√©rtigas; la corriente les facilitaba el trabajo, y as√≠ descendieron el r√≠o y atravesaron los lagos, que parec√≠an cerrados por todas partes por el bosque y los ca√Īaverales. Sin embargo, siempre encontraban un paso por entre los altos √°rboles, que inclinaban las ramas hasta casi tocar el suelo, y los robles que las alargaban a su encuentro, como si, habi√©ndose recogido las mangas, quisieran mostrarles sus desnudos y nudosos brazos. Viejos alisos que la corriente hab√≠a arrancado de la orilla, se agarraban fuertemente al suelo por las ra√≠ces, formando islitas de bosque. Los nen√ļfares se mec√≠an en el agua; era un viaje delicioso. Finalmente llegaron a las anguileras, donde el agua rug√≠a al pasar por las esclusas. ¬°Cu√°ntas cosas nuevas estaban viendo Ib y Cristina! En aquel entonces no hab√≠a all√≠ ninguna f√°brica ni ninguna ciudad, y tan s√≥lo se ve√≠an la vieja granja, en la que trabajaban unos cuantos hombres. El agua, al precipitarse por las esclusas, y el griter√≠o de los patos salvajes, eran los √ļnicos signos de vida, que se suced√≠an sin interrupci√≥n. Una vez descargada la le√Īa, el padre de Cristina compr√≥ un buen manojo de anguilas y un cochinillo reci√©n sacrificado, y lo guard√≥ todo en un cesto, que puso en la popa de la embarcaci√≥n. Luego emprendieron el regreso, contra corriente, pero como el viento era favorable y pudieron tender las velas, la cosa marchaba tan bien como si un par de caballos tirasen de la barca. Al llegar a un lugar del bosque cercano a la vivienda del ayudante, √©ste y el padre de Cristina desembarcaron, despu√©s de recomendar a los ni√Īos que se estuviesen muy quietecitos y formales. Pero ellos no obedecieron durante mucho rato; quisieron ver el interior del cesto que conten√≠a el lechoncito; sacaron el animal, y, como los dos se empe√Īaron en sostenerlo, se les cay√≥ al agua, y la corriente se lo llev√≥. Fue un suceso horrible. Ib salt√≥ a tierra y ech√≥ a correr un trecho; luego salt√≥ tambi√©n Cristina.

  • ¬°Ll√©vame contigo! – grit√≥, y se metieron saltando entre la maleza; pronto perdieron de vista la barca y el r√≠o. Continuaron corriendo otro peque√Īo trecho, pero luego Cristina se cay√≥ y se ech√≥ a llorar; Ib acudi√≥ a ayudarla.
  • Ven conmigo – dijo -, la casa est√° all√° arriba -. Pero no era as√≠. Siguieron errando por un terreno cubierto de hojas marchitas y de ramas secas ca√≠das, que cruj√≠an bajo sus piececitos. De pronto oyeron un ¬†¬†¬†¬†¬†¬† penetrante ¬†¬†¬†¬†¬† ¬† Se detuvieron y escucharon. Entonces reson√≥ el chillido de un √°guila – era un chillido siniestro, – que los asust√≥ en extremo. Sin embargo, delante de ellos, en lo espeso del bosque, crec√≠an en n√ļmero infinito magn√≠ficos ar√°ndanos. Era demasiado tentador para que pudieran pasar de largo, y se entretuvieron comiendo las bayas, manch√°ndose de azul la boca y las mejillas. En esto se oy√≥ otra llamada.
  • ¬°Nos pegar√°n por lo del lech√≥n! – dijo Cristina. – V√°monos a casa – respondi√≥ Ib -; est√° aqu√≠ en el bosque.

Se pusieron en marcha y llegaron a un camino de carros, pero que no conduc√≠a a su casa. Mientras tanto hab√≠a oscurecido, y los ni√Īos ten√≠an miedo. El singular silencio que los rodeaba era s√≥lo interrumpido por el feo grito del b√ļho o de otras aves que no conoc√≠an los ni√Īos. Finalmente se enredaron entre la maleza. Cristina rompi√≥ a llorar e Ib hizo lo mismo, y cuando hubieron llorado por espacio de una hora, se tumbaron sobre las hojas y se quedaron dormidos. El sol se hallaba ya muy alto en el cielo cuando despertaron; ten√≠an fr√≠o, pero Ib pens√≥ que subi√©ndose a una loma cercana a poca distancia, donde el sol brillaba por entre los √°rboles, podr√≠an calentarse y, adem√°s, ver√≠an la casa de sus padres. Pero lo cierto es que se encontraban muy lejos de ella, en el extremo opuesto del bosque. Treparon a la cumbre del mont√≠culo y se encontraron en una ladera que descend√≠a a un lago claro y transparente; los peces aparec√≠an alineados, visibles a los rayos del sol. Fue un espect√°culo totalmente inesperado, y por otra parte descubrieron junto a ellos un avellano muy cargado de frutos, a veces siete en un solo manojo. Cogieron las avellanas, rompieron las c√°scaras y se comieron los frutos tiernos, que empezaban ya a estar en saz√≥n. Luego vino una nueva sorpresa, mejor dicho, un susto: del espesor de bosque sali√≥ una mujer vieja y alta, de rostro moreno y cabello negro y brillante; el blanco de sus ojos resaltaba como en los de un moro. Llevaba un l√≠o a la espalda y un nudoso bast√≥n en la mano; era una gitana. Los ni√Īos, al principio, no comprendieron lo que dijo, pero entonces la mujer se sac√≥ del bolsillo tres gruesas avellanas, en cada una de las cuales, seg√ļn dijo, se conten√≠an las cosas m√°s maravillosas; eran avellanas m√°gicas. Ib la mir√≥; la mujer parec√≠a muy amable, y el chiquillo, cobrando √°nimo, le pregunt√≥ si le dar√≠a las avellanas. Ella se las dio, y luego se llen√≥ el bolsillo de las que hab√≠a en el arbusto. Ib y Cristina contemplaron con ojos abiertos las tres avellanas maravillosas.

  • ¬ŅHabr√° en √©sta un coche con caballos? – pregunt√≥ Ib.
  • Hay una carroza de oro con caballos de oro tambi√©n – contest√≥ la vieja.
  • ¬°Entonces d√°mela! – dijo Cristinita. Ib se la entreg√≥, y la mujer la at√≥ en la bufanda de la ni√Īa.
  • ¬ŅY en √©sta, no habr√≠a una bufanda tan bonita como la de Cristina? – inquiri√≥ Ib.
  • ¬°Diez hay! – contest√≥ la mujer – y adem√°s hermosos vestidos, medias y un sombrero.
  • ¬°Pues tambi√©n la quiero! – dijo Cristina; e Ib le dio la segunda avellana. La tercera era peque√Īa y negra.
  • T√ļ puedes quedarte con √©sta – dijo Cristina -, tambi√©n es bonita.
  • ¬ŅY qu√© hay dentro? – pregunt√≥ el ni√Īo.
  • Lo mejor para ti – respondi√≥ la gitana.

Y el peque√Īo se guard√≥ la avellana. Entonces la mujer se ofreci√≥ a ense√Īarles el camino que conduc√≠a a su casa, y, con su ayuda, Ib y Cristina regresaron a ella, encontrando a la familia angustiada por su desaparici√≥n. Los perdonaron, pese a que se hab√≠an hecho acreedores a una buena paliza, en primer lugar por haber dejado caer al agua el lechoncito, y despu√©s por su escapada. Cristina se volvi√≥ a su casita del erial, mientras Ib se quedaba en la suya del bosque. Al anochecer lo primero que hizo fue sacar la avellana que encerraba ¬ęlo mejor¬Ľ. La puso entre la puerta y el marco, apret√≥, y la avellana se parti√≥ con un crujido; pero dentro no ten√≠a carne, sino que estaba llena de una especie de rap√© o tierra negra. Estaba agusanada, como suele decirse. ¬ę¬°Ya me lo figuraba! – pens√≥ Ib -. ¬ŅC√≥mo en una avellana tan peque√Īa, iba a haber sitio para lo mejor de todo? Tampoco Cristina encontrar√° en las suyas ni los lindos vestidos ni el coche de oro¬Ľ. Lleg√≥ el invierno y el A√Īo Nuevo. Pasaron otros varios a√Īos. El ni√Īo tuvo que ir a la escuela de confirmandos, y el p√°rroco viv√≠a lejos. Por aquellos d√≠as present√≥se el barquero y dijo a los padres de Ib que Cristina deb√≠a marcharse de casa, a ganarse el pan. Hab√≠a tenido la suerte de caer en buenas manos, es decir, de ir a servir a la casa de personas excelentes, que eran los ricos fondistas de la comarca de Herning. Entrar√≠a en la casa para ayudar a la due√Īa, y si se portaba bien, seguir√≠a con ellos una vez recibida la confirmaci√≥n. Ib y Cristina se despidieron; todo el mundo los llamaba ¬ęlos novios¬Ľ. Al separarse le ense√Ī√≥ ella las dos nueces que √©l le diera el d√≠a en que se hab√≠an perdido en el bosque, y que todav√≠a guardaba; y le dijo, adem√°s, que conservaba asimismo en su ba√ļl los zuequitos que √©l le hab√≠a hecho y regalado. Y luego se separaron. Ib recibi√≥ la confirmaci√≥n, pero se qued√≥ en casa de su madre; era un buen oficial zuequero, y en verano cuidaba de la buena marcha de la peque√Īa finca. La mujer s√≥lo lo ten√≠a a √©l, pues el padre hab√≠a muerto. Raras veces – y aun √©stas por medio de un postill√≥n o de un campesino de Aal – recib√≠a noticias de Cristina. Estaba contenta en la casa de los ricos fondistas, y el d√≠a de su confirmaci√≥n escribi√≥ a su padre, y en la carta, enviaba saludos para Ib y su madre. Algo dec√≠a tambi√©n de seis camisas nuevas y un bonito vestido que le hab√≠an regalado los se√Īores. Realmente eran buenas noticias.

  • A la primavera siguiente, un hermoso d√≠a llamaron a la puerta de Ib y su madre. Eran el barquero y Cristina. Le hab√≠an dado permiso para hacer una breve visita a su casa, y, habiendo encontrado una oportunidad para ir a Tem y regresar el mismo d√≠a, la hab√≠a aprovechado. Era linda y elegante como una aut√©ntica se√Īorita, y llevaba un hermoso vestido, confeccionado con gusto extremo y que le sentaba a las mil maravillas. All√≠ estaba ataviada como una reina, mientras Ib la recib√≠a en sus viejos indumentos de trabajo. No supo decirle una palabra; cierto que le estrech√≥ la mano y, reteni√©ndola, sinti√≥se feliz, pero sus labios no acertaban a moverse. No as√≠ Cristina, que habl√≥ y cont√≥ muchas cosas y dio un beso a

Ib.

  • ¬ŅAcaso no me conoces? – le pregunt√≥. Pero incluso cuando estuvieron solos √©l, sin soltarle la mano, no sab√≠a decirle sino:
  • ¬°Te has vuelto una se√Īorita, y yo voy tan desastrado! ¬°Cu√°nto he pensado en ti y en aquellos tiempos de antes!

Cogidos del brazo subieron al mont√≠culo y contemplaron, por encima del Gudenaa, el erial de Seis con sus grandes colinas; pero Ib permanec√≠a callado. Sin embargo, al separarse vio bien claro en el alma que Cristina deb√≠a ser su esposa; ya de ni√Īos los hab√≠an llamado los novios; le pareci√≥ que eran prometidos, a pesar de que ni uno ni otro hab√≠an pronunciado la promesa.

JUAN EL LOBO

All√° en el campo, en una vieja mansi√≥n se√Īorial, viv√≠a un anciano propietario que ten√≠a dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir la mano de la hija del Rey. Estaban en su derecho, pues la princesa hab√≠a mandado pregonar que tomar√≠a por marido a quien fuese capaz de entretenerla con mayor gracia e ingenio. Los dos hermanos estuvieron prepar√°ndose por espacio de ocho d√≠as; √©ste era el plazo m√°ximo que se les conced√≠a, m√°s que suficiente, empero, ya que eran muy instruidos, y esto es una gran ayuda. Uno se sab√≠a de memoria toda la enciclopedia latina, y adem√°s la colecci√≥n de tres a√Īos enteros del peri√≥dico local, tanto del derecho como del rev√©s. El otro conoc√≠a todas las leyes gremiales p√°rrafo por p√°rrafo, y todo lo que debe saber el presidente de un gremio. De este modo, pensaba, podr√≠a hablar de asuntos del Estado y de temas eruditos. Adem√°s, sab√≠a bordar tirantes, pues era fino y √°gil de dedos.

  • Me llevar√© la princesa – afirmaban los dos; por eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo; el que se sab√≠a de memoria la enciclopedia y el peri√≥dico, recibi√≥ uno negro como azabache, y el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y diestro en la confecci√≥n de tirantes, uno blanco como la leche. Adem√°s, se untaron los √°ngulos de los labios con aceite de h√≠gado de bacalao, para darles mayor agilidad. Todos los criados salieron al patio para verlos montar a caballo, y entonces compareci√≥ tambi√©n el tercero de los hermanos, pues eran tres, s√≥lo que el otro no contaba, pues no se pod√≠a comparar en ciencia con los dos mayores, y, as√≠, todo el mundo lo llamaba el bobo.
  • ¬ŅAd√≥nde vais con el traje de los domingos? – pregunt√≥.
  • A palacio, a conquistar a la hija del Rey con nuestros discursos. ¬ŅNo o√≠ste al pregonero? – y le contaron lo que ocurr√≠a.
  • ¬°Demonios! Pues no voy a perder la ocasi√≥n – exclam√≥ el bobo -. Y los hermanos se rieron de √©l y partieron al galope. – ¬°Dadme un caballo, padre! – dijo Juan el bobo -. Me gustar√≠a casarme. Si la princesa me acepta, me tendr√°, y si no me acepta, ya ver√© de tenerla yo a ella.
  • ¬°Qu√© sandeces est√°s diciendo! – intervino el padre. – No te dar√© ning√ļn caballo. ¬°Si no sabes hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden presentarse en todas partes.
  • Si no me dais un caballo – replic√≥ el bobo – montar√© el macho cabr√≠o; es m√≠o y puede llevarme. – Se subi√≥ a horcajadas sobre el animal, y, d√°ndole con el tal√≥n en los ijares, emprendi√≥ el trote por la carretera. ¬°Vaya trote! – ¬°Atenci√≥n, que vengo yo! – gritaba el bobo; y se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz resonaba a gran distancia.

Los hermanos, en cambio, avanzaban en silencio, sin decir palabra; aprovechaban el tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas que pensaban exponer.

  • ¬°Eh, eh! – grit√≥ el bobo, ¬°aqu√≠ estoy yo! ¬°Mirad lo que he encontrado en la carretera! -. Y les mostr√≥ una corneja muerta.
  • ¬°Imb√©cil! – exclamaron los otros -, ¬Ņpara qu√© la quieres?
  • ¬°Se la regalar√© a la princesa!
  • ¬°Haz lo que quieras! – contestaron, soltando la carcajada y siguiendo su camino.
  • ¬°Eh, eh!, ¬°aqu√≠ estoy yo! ¬°Mirad lo que he encontrado! ¬°No se encuentra todos los d√≠as! Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro. – ¬°Est√ļpido! – dijeron -, es un zueco viejo, y sin la pala. ¬ŅTambi√©n se lo regalar√°s a la princesa?
  • ¬°Claro que s√≠! – respondi√≥ el bobo; y los hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho. – ¬°Eh, eh!, ¬°aqu√≠ estoy yo! – volvi√≥ a gritar el bobo -. ¬°Voy de mejor en mejor! ¬°Arrea! ¬°Se ha visto cosa igual!
  • ¬ŅQu√© has encontrado ahora? – preguntaron los hermanos. – ¬°Oh! – exclam√≥ el bobo -. Es demasiado bueno para decirlo. ¬°C√≥mo se alegrar√° la princesa!
  • ¬°Qu√© asco! – exclamaron los hermanos -. ¬°Si es lodo cogido de un hoyo!
  • Exacto, esto es – asinti√≥ el bobo -, y de clase fin√≠sima, de la que resbala entre los dedos – y as√≠ diciendo, se llen√≥ los bolsillos de barro.

Los hermanos pusieron los caballos al galope y dejaron al otro rezagado en una buena hora. Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde los pretendientes eran numerados por el orden de su llegada y dispuestos en fila de a seis de frente, tan apretados que no podían mover los brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque el uno estaba delante del otro. Todos los demás moradores del país se habían agolpado alrededor del palacio, encaramándose hasta las ventanas, para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien entraba uno en la sala, parecía como si se le hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar palabra.

  • ¬°No sirve! – iba diciendo la princesa -. ¬°Fuera! Lleg√≥ el turno del hermano que se sab√≠a de memoria la enciclopedia; pero con aquel largo plant√≥n se le hab√≠a olvidado por completo. Para acabar de complicar las cosas, el suelo cruj√≠a, y el techo era todo √©l un espejo, por lo cual nuestro hombre se ve√≠a cabeza abajo; adem√°s, en cada ventana hab√≠a tres escribanos y un corregidor que tomaban nota de todo lo que se dec√≠a, para publicarlo enseguida en el peri√≥dico, que se vend√≠a a dos chelines en todas las esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por a√Īadidura, hab√≠an encendido la estufa, que estaba candente.
  • ¬°Qu√© calor hace aqu√≠ dentro! – fueron las primeras palabras del pretendiente.
  • Es que hoy mi padre asa pollos – dijo la princesa.
  • ¬°Ah! – y se qued√≥ clavado; aquella respuesta no la hab√≠a previsto; no le sal√≠a ni una palabra, con tantas cosas ingeniosas que ten√≠a preparadas.
  • ¬°No sirve! ¬°Fuera! – orden√≥ la princesa. Y el mozo hubo de retirarse, para que pasase su hermano segundo.
  • ¬°Qu√© calor m√°s terrible! – dijo √©ste.
  • ¬°S√≠, asamos pollos! – explic√≥ la hija del Rey. – ¬ŅC√≥mo di… di, c√≥mo di… ? – tartamude√≥ √©l, y todos los escribanos anotaron: ¬ę¬ŅC√≥mo di… di, c√≥mo di… ?¬Ľ.
  • ¬°No sirve! ¬°Fuera! – decret√≥ la princesa. Toc√≥le entonces el turno al bobo, quien entr√≥ en la sala caballero en su macho cabr√≠o.
  • ¬°Demonios, qu√© calor! – observ√≥.
  • Es que estoy asando pollos – contest√≥ la princesa.
  • ¬°Al pelo! – dijo el bobo. – As√≠, no le importar√° que ase tambi√©n una corneja, ¬Ņverdad?
  • Con mucho gusto, no faltaba m√°s – respondi√≥ la hija del Rey -. Pero, ¬Ņtraes algo en que asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador. – Yo s√≠ los tengo – exclam√≥ alegremente el otro. – He aqu√≠ un excelente puchero, con mango de esta√Īo – y, sacando el viejo zueco, meti√≥ en √©l la corneja.
  • Pues, ¬°vaya banquete! – dijo la princesa -. Pero, ¬Ņy la salsa?

La traigo en el bolsillo – replic√≥ el bobo -. Tengo para eso y mucho m√°s – y se sac√≥ del bolsillo un pu√Īado de barro.

  • ¬°Esto me gusta! – exclam√≥ la princesa -. Al menos t√ļ eres capaz de responder y de hablar. ¬°T√ļ ser√°s mi marido! Pero, ¬Ņsabes que cada palabra que digamos ser√° escrita y ma√Īana aparecer√° en el peri√≥dico? Mira aquella ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es el peor, pues no entiende nada. – Desde luego, esto s√≥lo lo dijo para amedrentar al solicitante. Y todos los escribanos soltaron la carcajada e hicieron una mancha de tinta en el suelo. – ¬ŅAquellas se√Īor√≠as de all√≠? – pregunt√≥ el bobo -. ¬°Ah√≠ va esto para el corregidor! – y, vaci√°ndose los bolsillos, arroj√≥ todo el barro a la cara del personaje.
  • ¬°Magn√≠fico! – exclam√≥ la princesa. – Yo no habr√≠a podido. Pero aprender√©.

Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo una esposa y una corona y se sentó en un trono Рy todo esto lo hemos sacado del diario del corregidor, lo cual no quiere decir que debamos creerlo a pies juntillas.

LA AGUJA DE ZURCIR

√Črase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda, que se cre√≠a ser una aguja de coser. – Fijaos en lo que hac√©is y manejadme con cuidado -dec√≠a a los dedos que la manejaban-. No me dej√©is caer, que si voy al suelo, las pasar√©is negras para encontrarme. ¬°Soy tan fina! – ¬°Vamos, vamos, que no hay para tanto! dijeron los dedos sujet√°ndola por el cuerpo.

  • Mirad, aqu√≠ llego yo con mi s√©quito -prosigui√≥ la aguja, arrastrando tras s√≠ una larga hebra, pero sin nudo.

Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la cocinera; el cuero de la parte superior había reventado y se disponían a coserlo.

  • ¬°Qu√© trabajo m√°s ordinario! -exclam√≥ la aguja-. No es para m√≠. ¬°Me rompo, me rompo! y se rompi√≥-. ¬ŅNo os lo dije? -suspir√≥ la v√≠ctima-. ¬°Soy demasiado fina!
  • Ya no sirve para nada -pensaron los dedos; pero hubieron de seguir sujet√°ndola, mientras la cocinera le aplicaba una gota de lacre y luego era clavada en la pechera de la blusa.
  • ¬°Toma! ¬°Ahora soy un prendedor! -dijo la vanidosa-. Bien sab√≠a yo que con el tiempo har√≠a carrera. Cuando una vale, un d√≠a u otro se lo reconocen -. Y se r√≠o para sus adentros, pues por fuera es muy dif√≠cil ver cu√°ndo se r√≠e una aguja de zurcir. Y se qued√≥ all√≠ tan orgullosa c√≥mo si fuese en coche, y paseaba la mirada a su alrededor.
  • ¬ŅPuedo tomarme la libertad de preguntarle, con el debido respeto, si acaso es usted de oro? -inquiri√≥ el alfiler, vecino suyo-. Tiene usted un porte majestuoso, y cabeza propia, aunque peque√Īa. Debe procurar crecer, pues no siempre se pueden poner gotas de lacre en el cabo.

Al oír esto, la aguja se irguió con tanto orgullo, que se soltó de la tela y cayó en el vertedero, en el que la cocinera estaba lavando.

  • Ahora me voy de viaje -dijo la aguja-. ¬°Con tal que no me pierda! -. Pero es el caso que se perdi√≥.

¬ęEste mundo no est√° hecho para m√≠ -pens√≥, ya en el arroyo de la calle-. Soy demasiado fina. Pero tengo conciencia de mi valer, y esto siempre es una peque√Īa satisfacci√≥n¬Ľ. Y mantuvo su actitud, sin perder el buen humor. Por encima de ella pasaban flotando toda clase de objetos: virutas, pajas y pedazos de peri√≥dico. ¬ę¬°C√≥mo navegan! -dec√≠a la aguja-. ¬°Poco se imaginan lo que hay en el fondo!. Yo estoy en el fondo y aqu√≠ sigo clavada. ¬°Toma!, ahora pasa una viruta que no piensa en nada del mundo como no sea en una ¬ęviruta¬Ľ, o sea, en ella misma; y ahora viene una paja: ¬°qu√© manera de revolcarse y de girar! No pienses tanto en ti, que dar√°s contra una piedra. ¬°Y ahora un trozo de peri√≥dico! Nadie se acuerda de lo que pone, y, no obstante, ¬°c√≥mo se ahueca! Yo, en cambio, me estoy aqu√≠ paciente y quieta; s√© lo que soy y seguir√© si√©ndolo…¬Ľ. Un d√≠a fue a parar a su lado un objeto que brillaba tanto, que la aguja pens√≥ que tal vez ser√≠a un diamante; pero en realidad era un casco de botella. Y como brillaba, la aguja se dirigi√≥ a √©l, present√°ndose como alfiler de pecho.

  • ¬ŅUsted debe ser un diamante, verdad?
  • .. s√≠, algo por el estilo.

Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas excepcionales, y se enzarzaron en una conversación acerca de lo presuntuosa que es la gente.

  • ¬ŅSabes? yo viv√≠ en el estuche de una se√Īorita dijo la aguja de zurcir-; era cocinera; ten√≠a cinco dedos en cada mano, pero nunca he visto nada tan engre√≠do como aquellos cinco dedos; y, sin embargo, toda su misi√≥n consist√≠a en sostenerme, sacarme del estuche y volverme a meter en √©l.
  • ¬ŅBrillaban acaso? -pregunt√≥ el casco de botella.
  • ¬ŅBrillar? -exclam√≥ la aguja-. No; pero a orgullosos nadie los ganaba. Eran cinco hermanos, todos dedos de nacimiento. Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al lado del otro, a pesar de que ninguno era de la misma longitud. El de m√°s afuera, se llamaba ¬ęPulgar¬Ľ, era corto y gordo, estaba separado de la mano, y como s√≥lo ten√≠a una articulaci√≥n en el dorso, s√≥lo pod√≠a hacer una inclinaci√≥n; pero afirmaba que si a un hombre se lo cortaban, quedaba in√ļtil para el servicio militar. Luego ven√≠a el ¬ęLameollas¬Ľ, que se met√≠a en lo dulce y en lo amargo, se√Īalaba el sol y la luna y era el que apretaba la pluma cuando escrib√≠an. El ¬ęLarguirucho¬Ľ se miraba a los dem√°s desde lo alto; el ¬ęBorde dorado¬Ľ se paseaba con un aro de oro alrededor del cuerpo, y el menudo ¬ęMe√Īique¬Ľ no hac√≠a nada, de lo cual estaba muy ufano. Todo era jactarse y vanagloriarse. Por eso fui yo a dar en el vertedero.
  • Ahora estamos aqu√≠, brillando -dijo el casco de botella. En el mismo momento lleg√≥ m√°s agua al arroyo, lo desbord√≥ y se llev√≥ el casco. – ¬°Vamos! A √©ste lo han despachado -dijo la aguja-. Yo me quedo, soy demasiado fina, pero esto es mi orgullo, y vale la pena -. Y permaneci√≥ altiva, sumida en sus pensamientos. – De tan fina que soy, casi creer√≠a que nac√≠ de un rayo de sol. Tengo la impresi√≥n de que el sol me busca siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi padre me encuentra. Si no se me hubiese roto el ojo, creo que llorar√≠a; pero no, no es distinguido llorar.

Un día se presentaron varios pilluelos y se pusieron a rebuscar en el arroyo, en pos de clavos viejos, perras chicas y otras cosas por el estilo. Era una ocupación muy sucia, pero ellos se divertían de lo lindo.

  • ¬°Ay! -exclam√≥ uno; se hab√≠a pinchado con la aguja de zurcir-. ¬°Esta marrana!
  • ¬°Yo no soy ninguna marrana, sino una se√Īorita! -protest√≥ la aguja; pero nadie la oy√≥. El lacre se hab√≠a desprendido, y el metal estaba ennegrecido; pero el negro hace m√°s esbelto, por lo que la aguja se crey√≥ a√ļn m√°s fina que antes.
  • ¬°Ah√≠ viene flotando una c√°scara de huevo! gritaron los chiquillos, y clavaron en ella la aguja.
  • Negra sobre fondo blanco -observ√≥ √©sta-. ¬°Qu√© bien me sienta! Soy bien visible. ¬°Con tal que no me maree, ni vomite! -. Pero no se mare√≥ ni vomit√≥.
  • Es una gran cosa contra el mareo tener est√≥mago de acero. En esto s√≠ que estoy por encima del vulgo. Me siento como si nada. Cu√°nto m√°s fina es una, m√°s resiste.
  • ¬°Crac! -exclam√≥ la c√°scara, al sentirse aplastada por la rueda de un carro.
  • ¬°Uf, c√≥mo pesa! -a√Īadi√≥ la aguja-. Ahora s√≠ que me mareo. ¬°Me rompo, me rompo! -. Pero no se rompi√≥, pese a haber sido atropellada por un carro. Qued√≥ en el suelo, y, lo que es por m√≠, puede seguir all√≠ muchos a√Īos.

 

 LA CAMPANA

A la ca√≠da de la tarde, cuando se pone el sol, y las nubes brillan como si fuesen de oro por entre las chimeneas, en las estrechas calles de la gran ciudad sol√≠a orse un sonido singular, como el ta√Īido de una campana; pero se percib√≠a s√≥lo por un momento, pues el estr√©pito del tr√°nsito rodado y el griter√≠o eran demasiado fuertes. – Toca la campana de la tarde -dec√≠a la gente-, se est√° poniendo el sol. Para los que viv√≠an fuera de la ciudad, donde las casas estaban separadas por jardines y peque√Īos huertos, el cielo crepuscular era a√ļn m√°s hermoso, y los sones de la campana llegaban m√°s intensos; habr√≠ase dicho que proced√≠an de alg√ļn templo situado en lo m√°s hondo del bosque fragante y tranquilo, y la gente dirig√≠a la mirada hacia √©l en actitud recogida. Transcurri√≥ bastante tiempo. La gente dec√≠a: – ¬ŅNo habr√° una iglesia all√° en el bosque? La campana suena con una rara solemnidad. ¬ŅVamos a verlo? Los ricos se dirigieron al lugar en coche, y los pobres a pie, pero a todos se les hizo extraordinariamente largo el camino, y cuando llegaron a un grupo de sauces que crec√≠an en la orilla del bosque, se detuvieron a acampar y, mirando las largas ramas desplegadas sobre sus cabezas, creyeron que estaban en plena selva. Sali√≥ el pastelero y plant√≥ su tienda, y luego vino otro, que colg√≥ una campana en la cima de la suya; por cierto que era una campana alquitranada, para resistir la lluvia, pero le faltaba el badajo. De regreso a sus casas, las gentes afirmaron que la excursi√≥n hab√≠a sido muy rom√°ntica, muy distinta a una simple merienda. Tres personas aseguraron que se hab√≠an adentrado en el bosque, llegando hasta su extremo, sin dejar de percibir el extra√Īo ta√Īido de la campana; pero les daba la impresi√≥n de que ven√≠a de la ciudad. Una de ellas compuso sobre el caso todo un poema, en el que dec√≠a que la campana sonaba como la voz de una madre a los o√≠dos de un hijo querido y listo. Ninguna melod√≠a era comparable al son de la campana. El Emperador del pa√≠s se sinti√≥ tambi√©n intrigado y prometi√≥ conferir el t√≠tulo de ¬ęcampanero universal¬Ľ a quien descubriese la procedencia del sonido, incluso en el caso de que no se tratase de una campana. Fueron muchos los que salieron al bosque, pero uno solo trajo una explicaci√≥n plausible. Nadie penetr√≥ muy adentro, y √©l tampoco; sin embargo, dijo que aquel sonido de campana ven√≠a de una viej√≠sima lechuza que viv√≠a en un √°rbol hueco; era una lechuza sabia que no cesaba de golpear con la cabeza contra el √°rbol. Lo que no pod√≠a precisar era si lo que produc√≠a el sonido era la cabeza o el tronco hueco. El hombre fue nombrado campanero universal, y en adelante cada a√Īo escribi√≥ un tratado sobre la lechuza; pero la gente se qued√≥ tan enterada como antes. Lleg√≥ la fiesta de la confirmaci√≥n; el predicador hab√≠a hablado con gran elocuencia y unci√≥n, y los ni√Īos quedaron muy enfervorizados. Para ellos era un d√≠a muy importante, ya que de golpe pasaban de ni√Īos a personas mayores; el alma infantil se transportaba a una personalidad dotada de mayor raz√≥n. Brillaba un sol delicioso; los ni√Īos salieron de la ciudad y no tardaron en o√≠r, procedente del bosque, el ta√Īido de la enigm√°tica campana, m√°s claro y recio que nunca. A todos, excepto a tres, entr√°ronles ganas de ir en su busca: una ni√Īa prefiri√≥ volverse a casa a probarse el vestido de baile, pues el vestido y el baile hab√≠an sido precisamente la causa de que la confirmaran en aquella ocasi√≥n, ya que de otro modo no hubiera asistido; el segundo fue un pobre ni√Īo, a quien el hijo del fondista hab√≠a prestado el traje y los zapatos, a condici√≥n de devolverlos a una hora determinada; el tercero manifest√≥ que nunca iba a un lugar desconocido sin sus padres; siempre hab√≠a sido un ni√Īo obediente, y quer√≠a seguir si√©ndolo despu√©s de su confirmaci√≥n. Y que nadie se burle de √©l, a pesar de que los dem√°s lo hicieron. As√≠, aparte los tres mencionados, los restantes se pusieron en camino. Luc√≠a el sol y gorjeaban los p√°jaros, y los ni√Īos que acababan de recibir el sacramento iban cantando, cogidos de las manos, pues todav√≠a no ten√≠an dignidades ni cargos, y eran todos iguales ante Dios. Dos de los m√°s peque√Īos no tardaron en fatigarse, y se volvieron a la ciudad; dos ni√Īas se sentaron a trenzar guirnaldas de flores, y se quedaron tambi√©n rezagadas; y cuando los dem√°s llegaron a los sauces del pastelero, dijeron: – ¬°Toma, ya estamos en el bosque! La campana no existe; todo son fantas√≠as. De pronto, la campana son√≥ en lo m√°s profundo del bosque, tan magn√≠fica y solemne, que cuatro o cinco de los muchachos decidieron adentrarse en la selva. El follaje era muy espeso, y resultaba en extremo dif√≠cil seguir adelante; las asp√©rulas y las anemonas eran demasiado altas, y las floridas enredaderas y las zarzamoras colgaban en largas guirnaldas de √°rbol a √°rbol, mientras trinaban los ruise√Īores y jugueteaban los rayos del sol. ¬°Qu√© espl√©ndido! Pero las ni√Īas no pod√≠an seguir por aquel terreno; se hubieran roto los vestidos. Hab√≠a tambi√©n enormes rocas cubiertas de musgos multicolores, y una l√≠mpida fuente manaba, dejando o√≠r su maravillosa canci√≥n: ¬°gluc, gluc! – ¬ŅNo ser√° √©sta la campana? -pregunt√≥ uno de los confirmandos, ech√°ndose al suelo a escuchar-. Habr√≠a que estudiarlo bien -y se qued√≥, dejando que los dem√°s se marchasen. Llegaron a una casa hecha de corteza de √°rbol y ramas. Un gran manzano silvestre cargado de fruto se encaramaba por encima de ella, como dispuesto a sacudir sus manzanas sobre el tejado, en el que florec√≠an rosas; las largas ramas se apoyaban precisamente en el hastial, del que colgaba una peque√Īa campana. ¬ŅSer√≠a la que hab√≠an o√≠do? Todos convinieron en que s√≠, excepto uno, que afirm√≥ que era demasiado peque√Īa y delicada para que pudiera o√≠rse a tan gran distancia; eran distintos los sones capaces de conmover un coraz√≥n humano. El que as√≠ habl√≥ era un pr√≠ncipe, y los otros dijeron: ¬ęLos de su especie siempre se las dan de m√°s listos que los dem√°s¬Ľ. Prosigui√≥, pues, solo su camino, y a medida que avanzaba sent√≠a cada vez m√°s en su pecho la soledad del bosque; pero segu√≠a oyendo la campanita junto a la que se hab√≠an quedado los dem√°s, y a intervalos, cuando el viento tra√≠a los sones de la del pastelero, o√≠a tambi√©n los cantos que de all√≠ proced√≠an. Pero las campanadas graves segu√≠an resonando m√°s fuertes, y pronto pareci√≥ como si, adem√°s, tocase un √≥rgano; sus notas ven√≠an del lado donde est√° el coraz√≥n. Se produjo un rumoreo entre las zarzas y el pr√≠ncipe vio ante s√≠ a un muchacho calzado con zuecos y vestido con una chaqueta tan corta, que las mangas apenas le pasaban de los codos. Se conocieron enseguida, pues el mocito result√≥ ser aquel mismo confirmando que no hab√≠a podido ir con sus compa√Īeros por tener que devolver al hijo del posadero el traje y los zapatos. Una vez cumplido el compromiso, se hab√≠a encaminado tambi√©n al bosque en zuecos y pobremente vestido, atra√≠do por los ta√Īidos, tan graves y sonoros, de la campana.

  • Podemos ir juntos -dijo el pr√≠ncipe. Mas el pobre chico estaba avergonzado de sus zuecos, y, tirando de las cortas mangas de su chaqueta, aleg√≥ que no podr√≠a alcanzarlo; cre√≠a adem√°s que la campana deb√≠a buscarse hacia la derecha, que es el lado de todo lo grande y magn√≠fico. – En este caso no volveremos a encontrarnos respondi√≥ el pr√≠ncipe; y se despidi√≥ con un gesto amistoso. El otro se introdujo en la parte m√°s espesa del bosque, donde los espinos no tardaron en desgarrarle los ya m√≠seros vestidos y ensangrentarse cara, manos y pies. Tambi√©n el pr√≠ncipe recibi√≥ algunos ara√Īazos, pero el sol alumbraba su camino. Lo seguiremos, pues era un mocito avispado.
  • ¬°He de encontrar la campana! -dijo- aunque tenga que llegar al fin del mundo.

Los malcarados monos, desde las copas de los √°rboles, le ense√Īaban los dientes con sus risas burlonas.

  • ¬ŅY si le di√©semos una paliza? -dec√≠an-. ¬ŅVamos a apedrearlo? ¬°Es un pr√≠ncipe!

Pero el mozo continuó infatigable bosque adentro, donde crecían las flores más maravillosas. Había allí blancos lirios estrellados con estambres rojos como la sangre, tulipanes de color azul celeste, que centelleaban entre las enredaderas, y manzanos cuyos frutos parecían grandes y brillantes pompas de jabón. ¡Cómo refulgían los árboles a la luz del sol! En derredor, en torno a bellísimos prados verdes, donde el ciervo y la corza retozaban entre la alta hierba, crecían soberbios robles y hayas, y en los lugares donde se había desprendido la corteza de los troncos, hierbas y bejucos brotaban de las grietas. Había también vastos espacios de selva ocupados por plácidos lagos, en cuyas aguas flotaban blancos cisnes agitando las alas. El príncipe se detenía con frecuencia a escuchar; a veces le parecía que las graves notas de la campana salían de uno de aquellos lagos, pero muy pronto se percataba de que no venían de allí, sino demás adentro del bosque. Se puso el sol, el aire tomó una tonalidad roja de fuego, mientras en la selva el silencio se hacía absoluto. El muchacho se hincó de rodillas y, después de cantar el salmo vespertino, dijo:

  • Jam√°s encontrar√© lo que busco; ya se pone el sol y llega la noche, la noche oscura. Tal vez logre ver a√ļn por √ļltima vez el sol, antes de que se oculte del todo bajo el horizonte. Voy a trepar a aquella roca; su cima es tan elevada como la de los √°rboles m√°s altos.

Y agarr√°ndose a los sarmientos y ra√≠ces, se puso a trepar por las h√ļmedas piedras, donde se arrastraban las serpientes de agua, y los sapos lo recib√≠an croando; pero √©l lleg√≥ a la cumbre antes de que el astro, visto desde aquella altura, desapareciera totalmente. ¬°Gran Dios, qu√© maravilla! El mar, inmenso y majestuoso, cuyas largas olas rodaban hasta la orilla, extend√≠ase ante √©l, y el sol, semejante a un gran altar reluciente, aparec√≠a en el punto en que se un√≠an el mar y el cielo. Todo se disolv√≠a en radiantes colores, el bosque cantaba, y cantaba el oc√©ano, y su coraz√≥n les hac√≠a coro; la Naturaleza entera se hab√≠a convertido en un enorme y sagrado templo, cuyos pilares eran los √°rboles y las nubes flotantes, cuya alfombra la formaban las flores y hierbas, y la espl√©ndida c√ļpula el propio cielo. En lo alto se apagaron los rojos colores al desaparecer el sol, pero en su lugar se encendieron millones de estrellas como otras tantas l√°mparas diamantinas, y el pr√≠ncipe extendi√≥ los brazos hacia el cielo, hacia el bosque y hacia el mar; y de pronto, viniendo del camino de la derecha, se present√≥ el muchacho pobre, con sus mangas cortas y sus zuecos; hab√≠a llegado tambi√©n a tiempo, recorrida su ruta. Los dos mozos corrieron al encuentro uno de otro y se cogieron de las manos en el gran templo de la Naturaleza y de la Poes√≠a, mientras encima de ellos resonaba la santa campana invisible, y los esp√≠ritus bienaventurados la acompa√Īaban en su vaiv√©n cantando un venturoso aleluya.

LA CASA VIEJA

Hab√≠a en una callejuela una casa muy vieja, muy vieja; ten√≠a casi trescientos a√Īos, seg√ļn pod√≠a leerse en las vigas, en las que estaba escrito el a√Īo, en cifras talladas sobre una guirnalda de tulipanes y hojas de l√ļpulo. Hab√≠a tambi√©n versos escritos en el estilo de los tiempos pasados, y sobre cada una de las ventanas en la viga, se ve√≠a esculpida una cara grotesca, a modo de caricatura. Cada piso sobresal√≠a mucho del inferior, y bajo el tejado hab√≠an puesto una gotera con cabeza de drag√≥n; el agua de lluvia sal√≠a por sus fauces, pero tambi√©n por su barriga, pues la canal ten√≠a un agujero. Todas las otras casas de la calle eran nuevas y bonitas, con grandes cristales en las ventanas y paredes lisas; bien se ve√≠a que nada quer√≠an tener en com√ļn con la vieja, y seguramente pensaban: ¬ę¬ŅHasta cu√°ndo seguir√° este viejo armatoste, para verg√ľenza de la calle? Adem√°s, el balc√≥n sobresale de tal modo que desde nuestras ventanas nadie puede ver lo que pasa all√≠. La escalera es ancha como la de un palacio y alta como la de un campanario. La barandilla de hierro parece la puerta de un pante√≥n, y adem√°s tiene pomos de lat√≥n. ¬°Habr√°se visto!¬Ľ. Frente por frente hab√≠a tambi√©n casas nuevas que pensaban como las anteriores; pero en una de sus ventanas viv√≠a un ni√Īo de coloradas mejillas y ojos claros y radiantes, al que le gustaba la vieja casa, tanto a la luz del sol como a la de la luna. Se entreten√≠a mirando sus decr√©pitas paredes, y se pasaba horas enteras imaginando los cuadros m√°s singulares y el aspecto que a√Īos atr√°s deb√≠a de ofrecer la calle, con sus escaleras, balcones y puntiagudos hastiales; ve√≠a pasar soldados con sus alabardas y correr los canalones como dragones y vestiglos. Era realmente una casa notable. En el piso alto viv√≠a un anciano que vest√≠a calz√≥n corto, casaca con grandes botones de lat√≥n y una majestuosa peluca. Todas las ma√Īanas iba a su cuarto un viejo sirviente, que cuidaba de la limpieza y hac√≠a los recados; aparte √©l, el anciano de los calzones cortos viv√≠a completamente solo en la vetusta casona. A veces se asomaba a la ventana; el chiquillo lo saludaba entonces con la cabeza, y el anciano le correspond√≠a de igual modo. As√≠ se conocieron, y entre ellos naci√≥ la amistad, a pesar de no haberse hablado nunca; pero esto no era necesario. El chiquillo oy√≥ c√≥mo sus padres dec√≠an:

  • El viejo de enfrente parece vivir con desahogo, pero est√° terriblemente solo.

El domingo siguiente el ni√Īo cogi√≥ un objeto, lo envolvi√≥ en un pedazo de papel, sali√≥ a la puerta y dijo al mandadero del anciano:

  • Oye, ¬Ņquieres hacerme el favor de dar esto de mi parte al anciano se√Īor que vive arriba? Tengo dos soldados de plomo y le doy uno, porque s√© que est√° muy solo.

El viejo sirviente asinti√≥ con un gesto de agrado y llev√≥ el soldado de plomo a la vieja casa. Luego volvi√≥ con el encargo de invitar al ni√Īo a visitar a su vecino, y el ni√Īo acudi√≥, despu√©s de pedir permiso a sus padres. Los pomos de lat√≥n de la barandilla de la escalera brillaban mucho m√°s que de costumbre; dir√≠ase que los hab√≠an pulimentado con ocasi√≥n de aquella visita; y parec√≠a que los trompeteros de talla, que estaban esculpidos en la puerta saliendo de tulipanes, soplaran con todas sus fuerzas y con los carrillos mucho m√°s hinchados que lo normal. ¬ę¬°Taratatr√°! ¬°Que viene el ni√Īo! ¬°Taratatr√°!¬Ľ, tocaban; y se abri√≥ la puerta. Todas las paredes del vest√≠bulo estaban cubiertas de antiguos cuadros representando caballeros con sus armaduras y damas vestidas de seda; y las armas rechinaban, y las sedas cruj√≠an. Ven√≠a luego una escalera que, despu√©s de subir un buen trecho, volv√≠a a bajar para conducir a una azotea muy decr√©pita, con grandes agujeros y largas grietas, de las que brotaban hierbas y hojas. Toda la azotea, el patio y las paredes estaban revestidas de verdor, y aun no siendo m√°s que un terrado, parec√≠a un jard√≠n. Hab√≠a all√≠ viejas macetas con caras pintadas, y cuyas asas eran orejas de asno; pero las flores crec√≠an a su antojo, como plantas silvestres. De uno de los tiestos se desparramaban en todos sentidos las ramas y reto√Īos de una espesa clavellina, y los reto√Īos hablaban en voz alta, diciendo: ¬ę¬°He recibido la caricia del aire y un beso del sol, y √©ste me ha prometido una flor para el domingo, una florecita para el domingo!¬Ľ. Pas√≥ luego a una habitaci√≥n cuyas paredes estaban revestidas de cuero de cerdo, estampado de flores doradas. El dorado se desluce¬† pero el cuero queda,¬† dec√≠an las paredes. Hab√≠a sillones de altos respaldos, tallados de modo pintoresco y con brazos a ambos lados. ¬ę¬°Si√©ntese! ¬°Tome asiento! -dec√≠an-. ¬°Ay! ¬°C√≥mo crujo! Seguramente tendr√© la gota, como el viejo armario. La gota en la espalda, ¬°ay!¬Ľ. Finalmente, el ni√Īo entr√≥ en la habitaci√≥n del mirador, en la cual estaba el anciano.

  • Muchas gracias por el soldado de plomo, amiguito m√≠o -dijo el viejo-. Y mil gracias tambi√©n por tu visita.

¬ę¬°Gracias, gracias!¬Ľ, o bien ¬ę¬°crrac, crrac!¬Ľ, se o√≠a de todos los muebles. Eran tantos, que casi se estorbaban unos a otros, pues, todos quer√≠an ver al ni√Īo. En el centro de la pared colgaba el retrato de una hermosa dama, de aspecto alegre y juvenil, pero vestida a la antigua, con el pelo empolvado y las telas tiesas y holgadas; no dijo ni ¬ęgracias¬Ľ ni ¬ęcrrac¬Ľ, pero miraba al peque√Īo con ojos dulces. √Čste pregunt√≥ al viejo: -¬Ņ De d√≥nde lo has sacado?

  • Del ropavejero de enfrente -respondi√≥ el hombre-. Tiene muchos retratos. Nadie los conoce ni se preocupa de ellos, pues todos est√°n muertos y enterrados; pero a √©sta la conoc√≠ yo en tiempos; hace ya cosa de medio siglo que muri√≥.

Bajo el cuadro colgaba, dentro de un marco y cubierto con cristal, un ramillete de flores marchitas; seguramente habr√≠an sido cogidas tambi√©n medio siglo atr√°s, tan viejas parec√≠an. El p√©ndulo del gran reloj marcaba su tictac, y las manecillas giraban, y todas las cosas de la habitaci√≥n se iban volviendo a√ļn m√°s viejas; pero ellos no lo notaron.

  • En casa dicen -observ√≥ el ni√Īo- que vives muy solo.
  • ¬°Oh! -sonri√≥ el anciano-, no tan solo como crees. A menudo vienen a visitarme los viejos pensamientos, con todo lo que traen consigo, y, adem√°s, ahora has venido t√ļ. No tengo por qu√© quejarme.

Entonces sacó del armario un libro de estampas, entre las que figuraban largas comitivas, coches singularísimos como ya no se ven hoy día, soldados y ciudadanos con las banderas de las corporaciones: la de los sastres llevaba unas tijeras sostenidas por dos leones; la de los zapateros iba adornada con un águila, sin zapatos, es cierto, pero con dos cabezas, pues los zapateros lo quieren tener todo doble, para poder decir: es un par. ¡Qué hermoso libro de estampas! El anciano pasó a otra habitación a buscar golosinas, manzanas y nueces; en verdad que la vieja casa no carecía de encantos.

  • No lo puedo resistir! -exclam√≥ de s√ļbito el soldado de plomo desde su sitio encima de la c√≥moda-. Esta casa est√° sola y triste. No; quien ha conocido la vida de familia, no puede habituarse a esta soledad. ¬°No lo resisto! El d√≠a se hace terriblemente largo, y la noche, m√°s larga a√ļn. Aqu√≠ no es como en tu casa, donde tu padre y tu madre charlan alegremente, y donde t√ļ y los dem√°s chiquillos est√°is siempre alborotando. ¬ŅC√≥mo puede el viejo vivir tan solo? ¬ŅImaginas lo que es no recibir nunca un beso, ni una mirada amistosa, o un √°rbol de Navidad? Una tumba es todo lo que espera. ¬°No puedo resistirlo!

LA ESPINOSA SENDA DEL HONOR ¬† Circula todav√≠a por ah√≠ un viejo cuento titulado: ¬ęLa espinosa senda del honor, de un cazador llamado Bryde, que lleg√≥ a obtener grandes honores y dignidades, pero s√≥lo a costa de muchas contrariedades y vicisitudes en el curso de su existencia¬Ľ. Es probable que algunos de vosotros lo hay√°is o√≠do contar de ni√Īos, y tal vez le√≠do de mayores, y acaso os haya hecho pensar en los abrojos de vuestro propio camino y en sus muchas ¬ęadversidades¬Ľ. La leyenda y la realidad tienen muchos puntos de semejanza, pero la primera se resuelve arm√≥nicamente ac√° en la Tierra, mientras que la segunda las m√°s de las veces lo hace m√°s all√° de ella, en la eternidad. La Historia Universal es una linterna m√°gica que nos ofrece en una serie de proyecciones, el oscuro trasfondo de lo presente; en ellas vemos c√≥mo caminan por la espinosa senda del honor los bienhechores de la Humanidad, los m√°rtires del genio. Estas luminosas im√°genes irradian de todos los tiempos y de todos los pa√≠ses, cada una durante un solo instante, y, sin embargo, llenando toda una vida, con sus luchas y sus victorias. Consideremos aqu√≠ algunos de los componentes de esta hueste de m√°rtires, que no terminar√° mientras dure la Tierra. Vemos un anfiteatro abarrotado. Las Nubes, de Arist√≥fanes, env√≠an a la muchedumbre torrentes de s√°tira y humor; en escena, el hombre m√°s notable de Atenas, el que fue para el pueblo un escudo contra los treinta tiranos, es ridiculizado espiritual y f√≠sicamente: S√≥crates, el que en el fragor de la batalla salv√≥ a Alcib√≠ades y a Jenofonte, el hombre cuyo esp√≠ritu se elev√≥ por encima de los dioses de la Antig√ľedad, √©l mismo se halla presente; se ha levantado de su banco de espectador y se ha adelantado para que los atenienses que se r√≠en puedan comprobar si se parece a la caricatura que de √©l se presenta al p√ļblico. All√≠ est√° erguido, destacando muy por encima de todos. T√ļ, amarga y ponzo√Īosa cicuta, hab√≠as de ser aqu√≠ el emblema de Atenas, no el olivo. Siete ciudades se disputan el honor de haber sido la cuna de Homero; despu√©s que hubo muerto, se entiende. Fijaos en su vida: Va errante por las ciudades, recitando sus versos para ganarse el sustento, sus cabellos encanecen a fuerza de pensar en el ma√Īana. √Čl, el m√°s poderoso vidente con los o√≠dos del esp√≠ritu, es ciego y est√° solo; la acerada espina rasga y destroza el manto del rey de los poetas. Sus cantos siguen vivos, y s√≥lo por √©l viven los dioses y los h√©roes de la Antig√ľedad. De Oriente y Occidente van surgiendo, imagen tras imagen, remotas y apartadas entre s√≠ por el tiempo y el espacio, y, sin embargo, siempre en la senda espinosa del honor, donde el cardo no florece hasta que ha llegado la hora de adornar la tumba. Bajo las palmeras avanzan los camellos, ricamente cargados de √≠ndigo y de otros valiosos tesoros. El Rey los env√≠a a aquel cuyos cantos constituyen la alegr√≠a del pueblo y la gloria de su tierra; se ha descubierto el paradero de aquel a quien la envidia y la falacia enviaron al destierro… La caravana se acerca a la peque√Īa ciudad donde hall√≥ asilo; un pobre cad√°ver conducido a la puerta la hace detener. El muerto es precisamente el hombre a quien busca: Firdusi…¬† Ha recorrido toda la espinosa senda del honor. El africano de toscos rasgos, gruesos labios y cabello negro y lanoso, mendiga en las gradas de m√°rmol de palacio de la capital lusitana; es el fiel esclavo de Camoens; sin √©l y sin las limosnas que le arrojan, morir√≠a de hambre su se√Īor, el poeta de Las Lusiadas. Sobre la tumba de Camoens se levanta hoy un magn√≠fico monumento. Una nueva proyecci√≥n. Detr√°s de una reja de hierro vemos a un hombre, p√°lido como la muerte, con larga barba hirsuta.

  • ¬°He realizado un descubrimiento, el mayor desde hace siglos – grita -, y llevo m√°s de veinte a√Īos encerrado aqu√≠!
  • ¬ŅQui√©n es?
  • ¬°Un loco! – dice el guardi√°n -. ¬°A lo que puede llegar un hombre! ¬°Est√° empe√Īado en que es posible avanzar al impulso del vapor!

Salom√≥n de Caus, descubridor de la fuerza del vapor, cuyas imprecisas palabras de presentimiento no fueron comprendidas por un Richelieu, muri√≥ en el manicomio. Ah√≠ tenemos a Col√≥n, burlado y perseguido un d√≠a por los golfos callejeros porque se hab√≠a propuesto descubrir un nuevo mundo, ¬°y lo descubri√≥! Las campanas de j√ļbilo doblan a su regreso victorioso, pero las de la envidia no tardar√°n en ahogar los sones de aqu√©llas. El descubridor de mundos, que levant√≥ del mar la tierra americana y la ofreci√≥ a su rey, es recompensado con cadenas de hierro, que pedir√° sean puestas en su ata√ļd, como testimonios del mundo y de la estima de su √©poca. Las im√°genes se suceden; est√° muy concurrida la senda espinosa del honor. He aqu√≠, en el seno de la noche y las tinieblas, aquel que calcul√≥ la altitud de las monta√Īas de la Luna, que recorri√≥ los espacios hasta las estrellas y los planetas, el coloso que vio y oy√≥ el esp√≠ritu de la Naturaleza, y sinti√≥ que la Tierra se mov√≠a bajo sus pies: Galileo. Ciego y sordo est√°, un anciano, traspasado por la espina del sufrimiento en los tormentos del ment√≠s, con fuerzas apenas para levantar el pie, que un d√≠a, en el dolor de su alma, golpe√≥ el suelo al ser borradas las palabras de la verdad: ¬ę¬°Y, sin embargo, se mueve!¬Ľ. Ah√≠ est√° una mujer de alma infantil, llena de entusiasmo y de fe, a la cabeza del ej√©rcito combatiente, empu√Īando la bandera y llevando a su patria a la victoria y la salvaci√≥n. Estalla el j√ļbilo… y se enciende la hoguera: Juana de Arco, la bruja, es quemada viva. Peor a√ļn, los siglos venideros escupir√°n sobre el blanco lirio: Voltaire, el s√°tiro de la raz√≥n, cantar√° La pucelle. En el Congreso de Viborg, la nobleza danesa quema las leyes del Rey: brillan en las llamas, iluminan la √©poca y al legislador, proyectan una aureola en la tenebrosa torre donde √©l est√° aprisionado, envejecido, encorvado, ara√Īando trazos con los dedos en la mesa de piedra; √©l, otrora se√Īor de tres reinos, el monarca popular, el amigo del burgu√©s y del campesino: Cristi√°n II, de recio car√°cter en una dura √©poca. Sus enemigos escriben su historia. Pensemos en sus veintisiete a√Īos de cautiverio, cuando nos venga a la mente su crimen. All√≠ se hace a la vela una nave de Dinamarca; en alto m√°stil hay un hombre que contempla por √ļltima vez la Isla Hveen: es Tycho Brahe, que levantar√° el nombre de su patria hasta las estrellas y ser√° recompensado con la ofensa y el disgusto. Emigra a una tierra extra√Īa: ¬ęEl cielo est√° en todas partes, ¬Ņqu√© m√°s necesito?¬Ľ, son sus palabras; parte el m√°s ilustre de nuestros hombres, para verse honrado y libre en un pa√≠s extranjero. ¬ę¬°Ah, libre, incluso de los insoportables dolores del cuerpo!¬Ľ, o√≠mos suspirar a trav√©s de los tiempos. ¬°Qu√© cuadro! Griffenfeld, un Prometeo dan√©s, encadenado a la rocosa Isla de Munkholm. Nos hallamos en Am√©rica, al borde de un caudaloso r√≠o; se ha congregado una muchedumbre, un barco va a zarpar contra viento y marea, desafiando los elementos. Roberto Fulton se llama el hombre que se cree capaz de esta haza√Īa. El barco inicia el viaje; de pronto se queda parado, y la multitud r√≠e, silba y grita; su propio padre silba tambi√©n: – ¬°Orgullo, locura! ¬°Has encontrado tu merecido! ¬°Qu√© encierren a esta cabeza loca! -. Entonces se rompe un diminuto clavo que por unos momentos hab√≠a frenado la m√°quina, las ruedas giran, las palas vencen la resistencia del agua, el buque arranca… La lanzadera del vapor reduce las horas a minutos entre las tierras del mundo. Humanidad, ¬Ņcomprendes cu√°n sublime fue este despertar de la conciencia, esta revelaci√≥n al alma de su misi√≥n, este instante en que todas las heridas del espinoso sendero del honor – incluso las causadas por propia culpa – se disuelven en cicatrizaci√≥n, en salud, fuerza y claridad, la disonancia se transforma en armon√≠a, los hombres ven la manifestaci√≥n de la gracia de Dios, concedida a un elegido y por √©l transmitida a todos? As√≠ la espinosa senda del honor aparece como una aureola que nimba la Tierra. ¬°Feliz el que aqu√≠ abajo ha sido designado para emprenderla, incorporado graciosamente a los constructores del puente que une a los hombres con Dios! Sostenido por sus alas poderosas, vuela el esp√≠ritu de la Historia a trav√©s de los tiempos mostrando – para est√≠mulo y consuelo, para despertar una piedad que invita a la meditaci√≥n -, sobre un fondo oscuro, en cuadros luminosos, el sendero del honor, sembrado de abrojos, que no termina, como en la leyenda, en esplendor y gozo aqu√≠ en la Tierra, sino m√°s all√° de ella, en el tiempo y en la eternidad.

 LA FAMILIA FELIZ

La hoja verde m√°s grande de nuestra tierra es seguramente la del lampazo. Si te la pones delante de la barriga, parece todo un delantal, y si en tiempo lluvioso te la colocas sobre la cabeza, es casi tan √ļtil como un paraguas; ya ves si es enorme. Un lampazo nunca crece solo. Donde hay uno, seguro que hay muchos m√°s. Es un goce para los ojos, y toda esta magnificencia es pasto de los caracoles, los grandes caracoles blancos, que en tiempos pasados, la gente distinguida hac√≠a cocer en estofado y, al com√©rselos, exclamaba: ¬ę¬°Aj√°, qu√© bien sabe!¬Ľ, persuadida de que realmente era apetitoso; pues, como digo, aquellos caracoles se nutr√≠an de hojas de lampazo, y por eso se sembraba la planta. Pues bien, hab√≠a una vieja casa solariega en la que ya no se com√≠an caracoles. Estos animales se hab√≠an extinguido, aunque no los lampazos, que crec√≠an en todos los caminos y bancales; una verdadera invasi√≥n. Era un aut√©ntico bosque de lampazos, con alg√ļn que otro manzano o ciruelo; por lo dem√°s, nadie habr√≠a podido suponer que aquello hab√≠a sido anta√Īo un jard√≠n. Todo eran lampazos, y entre ellos viv√≠an los dos √ļltimos y matusal√©micos caracoles. Ni ellos mismos sab√≠an lo viejos que eran, pero se acordaban perfectamente de que hab√≠an sido muchos m√°s, de que descend√≠an de una familia oriunda de pa√≠ses extranjeros, y de que todo aquel bosque hab√≠a sido plantado para ellos y los suyos. Nunca hab√≠an salido de sus lindes, pero no ignoraban que m√°s all√° hab√≠a otras cosas en el mundo, una, sobre todo, que se llamaba la ¬ęcasa se√Īorial¬Ľ, donde ellos eran cocidos y, vueltos de color negro, colocados en una fuente de plata; pero no ten√≠an idea de lo que ocurr√≠a despu√©s. Por otra parte, no pod√≠an imaginarse qu√© impresi√≥n deb√≠a causar el ser cocido y colocado en una fuente de plata; pero seguramente ser√≠a delicioso, y distinguido por dem√°s. Ni los abejorros, ni los sapos, ni la lombriz de tierra, a quienes hab√≠an preguntado, pudieron informarles; ninguno hab√≠a sido cocido ni puesto en una fuente de plata. Los viejos caracoles blancos eran los m√°s nobles del mundo, de eso s√≠ estaban seguros. El bosque estaba all√≠ para ellos, y la casa se√Īorial, para que pudieran ser cocidos y depositados en una fuente de plata. Viv√≠an muy solos y felices, y como no ten√≠an descendencia, hab√≠an adoptado un caracolillo ordinario, al que educaban como si hubiese sido su propio hijo; pero el peque√Īo no crec√≠a, pues no pasaba de ser un caracol ordinario. Los viejos, particularmente la madre, la Madre Caracola, crey√≥ observar que se desarrollaba, y pidi√≥ al padre que se fijara tambi√©n; si no pod√≠a verlo, al menos que palpara la peque√Īa cascara; y √©l la palp√≥ y vio que la madre ten√≠a raz√≥n. Un d√≠a se puso a llover fuertemente.

  • Escucha el rampatapl√°n de la lluvia sobre los lampazos -dijo el viejo.
  • S√≠, y las gotas llegan hasta aqu√≠ -observ√≥ la madre-. Bajan por el tallo. Ver√°s c√≥mo esto se moja. Suerte que tenemos nuestra buena casa, y que el peque√Īo tiene tambi√©n la suya. Salta a la vista que nos han tratado mejor que a todos los restantes seres vivos; que somos los reyes de la creaci√≥n, en una palabra. Poseemos una casa desde la hora en que nacemos, y para nuestro uso exclusivo plantaron un bosque de lampazos. Me gustar√≠a saber hasta d√≥nde se extiende, y que hay ah√≠ afuera.
  • No hay nada fuera de aqu√≠ – respondi√≥ el padre -. Mejor que esto no puede haber nada, y yo no tengo nada que desear.
  • Pues a m√≠ -dijo la vieja- me gustar√≠a llegarme a la casa se√Īorial, que me cocieran y me pusieran en una fuente de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por ello y, cr√©eme, debe de ser algo excepcional.
  • Tal vez la casa est√© destruida -objet√≥ el caracol padre-, o quiz√°s el bosque de lampazos la ha cubierto, y los hombres no pueden salir. Por lo dem√°s, no corre prisa; t√ļ siempre te precipitas, y el peque√Īo sigue tu ejemplo. En tres d√≠as se ha subido a lo alto del tallo; realmente me da v√©rtigo, cuando levanto la cabeza para mirarlo.
  • No seas tan rega√Ī√≥n -dijo la madre-. El chiquillo trepa con mucho cuidado, y estoy segura de que a√ļn nos dar√° muchas alegr√≠as; al fin y a la postre, no tenemos m√°s que a √©l en la vida. ¬ŅHas pensado alguna vez en encontrarle esposa? ¬ŅNo crees que si nos adentr√°semos en la selva de lampazos, tal vez encontrar√≠amos a alguno de nuestra especie?
  • Seguramente habr√° por all√≠ caracoles negros dijo el viejo- caracoles negros sin c√°scara; pero, ¬°son tan ordinarios!, y, sin embargo, son orgullosos. Pero podr√≠amos encargarlo a las hormigas, que siempre corren de un lado para otro, como si tuviesen mucho que hacer. Seguramente encontrar√≠an una mujer para nuestro peque√Īo.
  • Yo conozco a la m√°s hermosa de todas -dijo una de las hormigas-, pero me temo que no haya nada que hacer, pues se trata de una reina.
  • ¬ŅY eso qu√© importa? -dijeron los viejos-.

¬ŅTiene una casa?

  • ¬°Tiene un palacio! -exclam√≥ la hormiga-, un bell√≠simo palacio hormiguero, con setecientos corredores.
  • Muchas gracias -dijo la madre-. Nuestro hijo no va a ir a un nido de hormigas. Si no sab√©is otra cosa mejor, lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan a mucho mayor distancia, tanto si llueve como si hace sol, y conocen el bosque de lampazos por dentro y por fuera.
  • ¬°Tenemos esposa para √©l! -exclamaron los mosquitos-. A cien pasos de hombre en un zarzal, vive un caracolito con casa; es muy peque√Ī√≠n, pero tiene la edad suficiente para casarse. Est√° a no m√°s de cien pasos de hombre de aqu√≠.
  • Muy bien, pues que venga -dijeron los viejos-. √Čl posee un bosque de lampazos, y ella, s√≥lo un zarzal.

Y enviaron recado a la se√Īorita caracola. Invirti√≥ ocho d√≠as en el viaje, pero ah√≠ estuvo precisamente la distinci√≥n; por ello pudo verse que pertenec√≠a a la especie apropiada. Y se celebr√≥ la boda. Seis luci√©rnagas alumbraron lo mejor que supieron; por lo dem√°s, todo discurri√≥ sin alboroto, pues los viejos no soportaban francachelas ni bullicio. Pero Madre Caracola pronunci√≥ un hermoso discurso; el padre no pudo hablar, por causa de la emoci√≥n. Luego les dieron en herencia todo el bosque de lampazos y dijeron lo que hab√≠an dicho siempre, que era lo mejor del mundo, y que si viv√≠an honradamente y como Dios manda, y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrar√≠an alg√ļn d√≠a en la casa se√Īorial, ser√≠an cocidos hasta quedar negros y los pondr√≠an en una fuente de plata. Terminado el discurso, los viejos se metieron en sus casas, de las cuales no volvieron ya a salir; se durmieron definitivamente. La joven pareja rein√≥ en el bosque y tuvo una numerosa descendencia; pero nadie los coci√≥ ni los puso en una fuente de plata, de lo cual dedujeron que la mansi√≥n se√Īorial se hab√≠a hundido y que en el mundo se hab√≠a extinguido el g√©nero humano; y como nadie los contradijo, la cosa deb√≠a de ser verdad. La lluvia ca√≠a s√≥lo para ellos sobre las hojas de lampazo, con su rampatapl√°n, y el sol brillaba √ļnicamente para alumbrarles el bosque y fueron muy felices. Toda la familia fue muy feliz, de veras.

LA GOTA DE AGUA

Seguramente sabes lo que es un cristal de aumento, una lente circular que hace las cosas cien veces mayores de lo que son. Cuando se coge y se coloca delante de los ojos, y se contempla a su través una gota de agua de la balsa de allá fuera, se ven más de mil animales maravillosos     que, de        otro     modo, pasan inadvertidos; y, sin embargo, están allí, no cabe duda. Diríase casi un plato lleno de cangrejos que saltan en revoltijo. Son muy voraces, se arrancan unos a otros brazos y patas, muslos y nalgas, y, no obstante, están alegres y satisfechos a su manera. Pues he aquí que vivía en otro tiempo un anciano a quien todos llamaban Crible-Crable, pues tal era su nombre. Quería siempre hacerse con lo mejor de todas las cosas, y si no se lo daban, se lo tomaba por arte de magia. Así, peligraba cuanto estaba a su alcance. El viejo estaba sentado un día con un cristal de aumento ante los ojos, examinando una gota de agua que había extraído de un charco del foso. ¡Dios mío, que hormiguero! Un sinfín de animalitos yendo de un lado para otro, y venga saltar y brincar, venga zamarrearse y devorarse mutuamente.

  • ¬°Qu√© asco! -exclam√≥ el viejo Crible-Crable -. ¬ŅNo habr√° modo de obligarlos a vivir en paz y quietud, y de hacer que cada uno se cuide de sus cosas? -. Y piensa que te piensa, pero como no encontraba la soluci√≥n, tuvo que acudir a la brujer√≠a.
  • Hay que darles color, para poder verlos m√°s bien -dijo, y les verti√≥ encima una gota de un l√≠quido parecido a vino tinto, pero que en realidad era sangre de hechicera de la mejor clase, de la de a seis peniques. Y todos los animalitos quedaron te√Īidos de rosa; parec√≠a una ciudad llena de salvajes desnudos.
  • ¬ŅQu√© tienes ah√≠? -le pregunt√≥ otro viejo brujo que no ten√≠a nombre, y esto era precisamente lo bueno de √©l.
  • Si adivinas lo que es -respondi√≥ Crible-Crable -, te lo regalo; pero no es tan f√°cil acertarlo, si no se sabe.

El brujo innominado mir√≥ por la lupa y vio efectivamente una cosa comparable a una ciudad donde toda la gente corr√≠a desnuda. Era horrible, pero m√°s horrible era a√ļn ver c√≥mo todos se empujaban y golpeaban, se pellizcaban y ara√Īaban, mord√≠an y desgre√Īaban. El que estaba arriba quer√≠a irse abajo, y viceversa. – ¬°F√≠jate, f√≠jate!, su pata es m√°s larga que la m√≠a. ¬°Paf! ¬°Fuera con ella! Ah√≠ va uno que tiene un chich√≥n detr√°s de la oreja, un chichoncito insignificante, pero le duele, y todav√≠a le va a doler m√°s. Y se echaban sobre √©l, y lo agarraban, y acababan comi√©ndoselo por culpa del chich√≥n. Otro permanec√≠a quieto, pac√≠fico como una doncellita; s√≥lo ped√≠a tranquilidad y paz. Pero la doncellita no pudo quedarse en su rinc√≥n: tuvo que salir, la agarraron y, en un momento, estuvo descuartizada y devorada.

  • ¬°Es muy divertido! -dijo el brujo.
  • S√≠, pero ¬Ņqu√© crees que es? -pregunt√≥ CribleCrable -. ¬ŅEres capaz de adivinarlo?
  • Toma, pues es muy f√°cil -respondi√≥ el otro-. Es Copenhague o cualquiera otra gran ciudad, todas son iguales. Es una gran ciudad, la que sea.
  • ¬°Es agua del charco! – contest√≥ Crible-Crable.

LA GRAN SERPIENTE DE MAR ¬† √Črase un pececillo marino de buena familia, cuyo nombre no recuerdo; pero esto te lo dir√°n los sabios. El pez ten√≠a mil ochocientos hermanos, todos de la misma edad. No conoc√≠an a su padre ni a su madre, y desde un principio tuvieron que gobern√°rselas solos, nadando de un lado para otro, lo cual era muy divertido. Agua para beber no les faltaba: todo el oc√©ano, y en la comida no ten√≠an que pensar, pues ven√≠a sola. Cada uno segu√≠a sus gustos, y cada uno estaba destinado a tener su propia historia, pero nadie pensaba en ello. La luz del sol penetraba muy al fondo del agua, clara y luminosa, e iluminaba un mundo de maravillosas criaturas, algunas enormes y horribles, con bocas espantosas, capaces de tragarse de un solo bocado a los mil ochocientos hermanos; pero a ellos no se les ocurr√≠a pensarlo, ya que hasta el momento ninguno hab√≠a sido engullido. Los peque√Īos nadaban en grupo apretado, como es costumbre de los arenques y caballas. Y he aqu√≠ que cuando m√°s a gusto nadaban en las aguas l√≠mpidas y transparentes, sin pensar en nada, de pronto se precipit√≥ desde lo alto, con un ruido pavoroso, una cosa larga y pesada, que parec√≠a no tener fin. Aquella cosa iba alarg√°ndose y alarg√°ndose cada vez m√°s, y todo pececito que tocaba quedaba descalabrado o tan mal parado, que se acordar√≠a de ello toda la vida. Todos los peces, grandes y peque√Īos, tanto los que habitaban en la superficie como los del fondo del mar, se apartaban espantados, mientras el pesado y largu√≠simo objeto se hund√≠a progresivamente, en una longitud de millas y millas a trav√©s del oc√©ano. Peces y caracoles, todos los seres vivientes que nadan, se arrastran o son llevados por la corriente, se dieron cuenta de aquella cosa horrible, aquella anguila de mar monstruosa y desconocida que de repente descend√≠a de las alturas. ¬ŅQu√© era pues? Nosotros lo sabemos. Era el gran cable submarino, de millas y millas de longitud, que los hombres tend√≠an entre Europa y Am√©rica. Dondequiera que cay√≥ se produjo un p√°nico, un desconcierto y agitaci√≥n entre los moradores del mar. Los peces voladores saltaban por encima de la superficie marina a tanta altura como pod√≠an; el salmonete sal√≠a disparado como un tiro de escopeta, mientras otros peces se refugiaban en las profundidades marinas, ech√°ndose hacia abajo con tanta prisa, que llegaban al fondo antes que all√≠ hubieran visto el cable telegr√°fico, espantando al bacalao y a la platija, que merodeaban apaciblemente por aquellas regiones, zamp√°ndose a sus semejantes. Unos cohombros de mar se asustaron tanto, que vomitaron sus propios est√≥magos, a pesar de lo cual siguieron vivos, pues para ellos esto no es un grave trastorno. Muchas langostas y cangrejos, a fuerza de revolverse, se salieron de su buena coraza, dej√°ndose en ella sus patas. Con todo aquel espanto y barullo, los mil ochocientos hermanos se dispersaron y ya no volvieron a encontrarse nunca; en todo caso, no se reconocieron. S√≥lo media docena se qued√≥ en un mismo lugar, y, al cabo de unas horas de estarse quietecitos, pasado ya el primer susto, empezaron a sentir el cosquilleo de la curiosidad. Miraron a su alrededor, arriba y abajo, y en las honduras creyeron entrever el horrible monstruo, espanto de grandes y chicos. La cosa estaba tendida sobre el suelo del mar, hasta m√°s lejos de lo que alcanzaba su vista; era muy delgada, pero no sab√≠an hasta qu√© punto podr√≠a hincharse ni cu√°n fuerte era. Se estaba muy quieta, pero, tem√≠an ellos, a lo mejor era un ardid.

  • Dejadlo donde est√°. No nos preocupemos de √©l -dijeron los pececillos m√°s prudentes; pero el m√°s peque√Īo estaba empe√Īado en saber qu√© diablos era aquello. Puesto que hab√≠a venido de arriba, arriba le informar√≠an seguramente, y as√≠ el grupo se remont√≥ nadando hacia la superficie. El mar estaba encalmado, sin un soplo de viento. All√≠ se encontraron con un delf√≠n; es un gran saltar√≠n, una especie de payaso que sabe dar volteretas sobre el mar. Ten√≠a buenos ojos, debi√≥ de haberlo visto todo y estar√≠a enterado. Lo interrogaron, pero result√≥ que s√≥lo hab√≠a estado atento a s√≠ mismo y a sus cabriolas, sin ver nada; no supo contestar, y permaneci√≥ callado con aire orgulloso.

Dirigi√©ronse entonces a la foca, que en aquel preciso momento se sumerg√≠a. √Čsta fue m√°s cort√©s, a pesar de que se come los peces peque√Īos; pero aquel d√≠a estaba harta. Sab√≠a algo m√°s que el saltar√≠n.

  • Me he pasado varias noches echada sobre una piedra h√ļmeda, desde donde ve√≠a la tierra hasta una distanciada varias millas. All√≠ hay unos seres muy taimados que en su lengua se llaman hombres. Andan siempre detr√°s de nosotros pero generalmente nos escapamos de sus manos. Eso es lo que yo he hecho, y de seguro que lo mismo hizo la anguila marina por quien pregunt√°is. Estuvo en su poder, en la tierra firme, Dios sabe cu√°nto tiempo. Los hombres la cargaron en un barco para transportarla a otra tierra, situada al otro lado del mar. Yo vi c√≥mo se esforzaban y lo que les cost√≥ dominarla, pero al fin lo consiguieron, pues ella estaba muy d√©bil fuera del agua. La arrollaron y dispusieron en c√≠rculos; o√≠ el ruido que hac√≠an para sujetarla, pero, con todo, ella se les escap√≥, desliz√°ndose por la borda. La ten√≠an agarrada con todas sus fuerzas, muchas manos la sujetaban, pero se escabull√≥ y pudo llegar al fondo. Y supongo que all√≠ se quedar√° hasta nueva orden.
  • Est√° algo delgada -dijeron los pececillos.
  • La han matado de hambre -respondi√≥ la foca-, pero se repondr√° pronto y recobrar√° su antigua gordura y corpulencia. Supongo que es la gran serpiente de mar, que tanto temen los hombres y de la que tanto hablan. Yo no la hab√≠a visto nunca, ni cre√≠a en ella; ahora pienso que es √©sta -y as√≠ diciendo, se zambull√≥.
  • ¬°Lo que sabe √©sa! ¬°Y c√≥mo se explica! -dijeron los peces-. Nunca supimos nosotros tantas cosas. ¬°Con tal que no sean mentiras!
  • V√°monos abajo a averiguarlo -dijo el m√°s peque√Ī√≠n-. En camino oiremos las opiniones de otros peces.
  • No daremos ni un coletazo por saber nada replicaron los otros, dando la vuelta.
  • Pues yo, all√° me voy -afirm√≥ el peque√Īo, y puso rumbo al fondo del mar. Pero estaba muy lejos del lugar donde yac√≠a ¬ęel gran objeto sumergido¬Ľ. El pececillo todo era mirar y buscar a uno y otro lado, a medida que se hund√≠a en el agua.

Nunca hasta entonces le hab√≠a parecido tan grande el mundo. Los arenques circulaban en grandes bandadas, brillando como una gigantesca embarcaci√≥n de plata, seguidos de las caballas, todav√≠a m√°s vistosas. Pasaban peces de mil formas, con dibujos de todos los colores; medusas semejantes a flores semitransparentes se dejaban arrastrar, perezosas, por la corriente. Grandes plantas crec√≠an en el fondo del mar, hierbas altas como el brazo y √°rboles parecidos a palmeras, con las hojas cubiertas de luminosos crust√°ceos. Por fin el pececillo distingui√≥ all√° abajo una faja oscura y larga, y a ella se dirigi√≥; pero no era ni un pez ni el cable, sino la borda de un gran barco naufragado, partido en dos por la presi√≥n del agua. El pececillo estuvo nadando por las c√°maras y bodegas. La corriente se hab√≠a llevado todas las v√≠ctimas del naufragio, menos dos: una mujer joven yac√≠a extendida, con un ni√Īo en brazos. El agua los levantaba y mec√≠a; parec√≠an dormidos. El pececillo se llev√≥ un gran susto; ignoraba que ya no pod√≠an despertarse. Las algas y plantas marinas colgaban a modo de follaje sobre la borda y sobre los hermosos cuerpos de la madre y el hijo. El silencio y la soledad eran absolutos. El pececillo se alej√≥ con toda la ligereza que le permitieron sus aletas, en busca de unas aguas m√°s luminosas y donde hubiera otros peces. No hab√≠a llegado muy lejos cuando se top√≥ con un ballenato enorme.

  • ¬°No me tragues! -rog√≥le el pececillo-. Soy tan peque√Īo, que no tienes ni para un diente, y me siento muy a gusto en la vida.
  • ¬ŅQu√© buscas aqu√≠ abajo, d√≥nde no vienen los de tu especie? le pregunt√≥ el ballenato.

Y el pez le contó lo de la anguila maravillosa o lo que fuera, que se había sumergido desde la superficie, asustando incluso a los más valientes del mar. Р¡Oh, oh! -exclamó la ballena, tragando tanta agua, que hubo de disparar un chorro enorme para remontarse a respirar-. Entonces eso fue lo que me cosquilleo en el lomo cuando me volví. Lo tomé por el mástil de un barco que hubiera podido usar como estaca. Pero eso no pasó aquí; fue mucho más lejos. Voy a enterarme. Así como así, no tengo otra cosa que hacer. Y se puso a nadar, y el pececito lo siguió, aunque a cierta distancia, pues por donde pasaba el ballenato se producía una corriente impetuosa.

 LA HUCHA

El cuarto de los ni√Īos estaba lleno de juguetes. En lo m√°s alto del armario estaba la hucha; era de arcilla y ten√≠a figura de cerdo, con una rendija en la espalda, naturalmente, rendija que hab√≠an agrandado con un cuchillo para que pudiesen introducirse escudos de plata; y conten√≠a ya dos de ellos, am√©n de muchos chelines. El cerdito-hucha estaba tan lleno, que al agitarlo ya no sonaba, lo cual es lo m√°ximo que a una hucha puede pedirse. All√≠ se estaba, en lo alto del armario, elevado y digno, mirando altanero todo lo que quedaba por debajo de √©l; bien sab√≠a que con lo que llevaba en la barriga habr√≠a podido comprar todo el resto, y a eso se le llama estar seguro de s√≠ mismo. Lo mismo pensaban los restantes objetos, aunque se lo callaban; pues no faltaban temas de conversaci√≥n. El caj√≥n de la c√≥moda, medio abierto, permit√≠a ver una gran mu√Īeca, m√°s bien vieja y con el cuello remachado. Mirando al exterior, dijo:

  • Ahora jugaremos a personas, que siempre es divertido. – ¬°El alboroto que se arm√≥! Hasta los cuadros se volvieron de cara a la pared – pues bien sab√≠an que ten√≠an un reverso -, pero no es que tuvieran nada que objetar.

Era medianoche, la luz de la luna entraba por la ventana, iluminando gratis la habitaci√≥n. Era el momento de empezar el juego; todos fueron invitados, incluso el cochecito de los ni√Īos, a pesar de que contaba entre los juguetes m√°s bastos.

  • Cada uno tiene su m√©rito propio – dijo el cochecito -. No todos podemos ser nobles. Alguien tiene que hacer el trabajo, como suele decirse.

El cerdo-hucha fue el √ļnico que recibi√≥ una invitaci√≥n escrita; estaba demasiado alto para suponer que oir√≠a la invitaci√≥n oral. No contest√≥ si pensaba o no acudir, y de hecho no acudi√≥. Si ten√≠a que tomar parte en la fiesta, lo har√≠a desde su propio lugar. Que los dem√°s obraran en consecuencia; y as√≠ lo hicieron. El peque√Īo teatro de t√≠teres fue colocado de forma que el cerdo lo viera de frente; empezar√≠an con una representaci√≥n teatral, luego habr√≠a un t√© y debate general; pero comenzaron con el debate; el caballo-columpio habl√≥ de ejercicios y de pura sangre, el cochecito lo hizo de trenes y vapores, cosas todas que estaban dentro de sus respectivas especialidades, y de las que pod√≠an disertar con conocimiento de causa. El reloj de pared habl√≥ de los tiquismiquis de la pol√≠tica. Sab√≠a la hora que hab√≠a dado la campana, aun cuando alguien afirmaba que nunca andaba bien. El bast√≥n de bamb√ļ se hallaba tambi√©n presente, orgulloso de su virola de lat√≥n y de su pomo de plata, pues iba acorazado por los dos extremos. Sobre el sof√° yac√≠an dos almohadones bordados, muy monos y con muchos pajarillos en la cabeza. La comedia pod√≠a empezar, pues. Sent√°ronse todos los espectadores, y se les dijo que pod√≠an chasquear, crujir y repiquetear, seg√ļn les viniera en gana, para mostrar su regocijo. Pero el l√°tigo dijo que √©l no chasqueaba por los viejos, sino √ļnicamente por los j√≥venes y sin compromiso.

  • Pues yo lo hago por todos – replic√≥ el petardo. – Bueno, en un sitio u otro hay que estar – opin√≥ la escupidera.

Tales eran, pues, los pensamientos de cada cual, mientras presenciaba la funci√≥n. No es que √©sta valiera gran cosa, pero los actores actuaban bien, todos volv√≠an el lado pintado hacia los espectadores, pues estaban construidos para mirarlos s√≥lo por aquel lado, y no por el opuesto. Trabajaron estupendamente, siempre en primer plano de la escena; tal vez el hilo resultaba demasiado largo, pero as√≠ se ve√≠an mejor. La mu√Īeca remachada se emocion√≥ tanto, que se le solt√≥ el remache, y en cuanto al cerdo-hucha, se impresion√≥ tambi√©n a su manera, por lo que pens√≥ hacer algo en favor de uno de los artistas; decidi√≥ acordarse de √©l en su testamento y disponer que, cuando llegase su hora, fuese enterrado con √©l en el pante√≥n de la familia. Se divert√≠an tanto con la comedia, que se renunci√≥ al t√©, content√°ndose con el debate. Esto es lo que ellos llamaban jugar a ¬ęhombres y mujeres¬Ľ, y no hab√≠a en ello ninguna malicia, pues era s√≥lo un juego. Cada cual pensaba en s√≠ mismo y en lo que deb√≠a pensar el cerdo; √©ste fue el que estuvo cavilando por m√°s tiempo, pues reflexionaba sobre su testamento y su entierro, que, por muy lejano que estuviesen, siempre llegar√≠an demasiado pronto. Y, de repente, ¬°cataplum!, se cay√≥ del armario y se hizo mil pedazos en el suelo, mientras los chelines saltaban y bailaban, las piezas menores gru√Ī√≠an, las grandes rodaban por el piso, y un escudo de plata se empe√Īaba en salir a correr mundo. Y sali√≥, lo mismo que los dem√°s, en tanto que los cascos de la hucha iban a parar a la basura; pero ya al d√≠a siguiente hab√≠a en el armario una nueva hucha, tambi√©n en figura de cerdo. No ten√≠a a√ļn ni un chel√≠n en la barriga, por lo que no pod√≠a matraquear, en lo cual se parec√≠a a su antecesora; todo es comenzar, y con este comienzo pondremos punto final al cuento.

LA LLAVE DE LA

CASA ¬† Todas las llaves tienen su historia, y ¬°hay tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj, las llaves de San Pedro… Podr√≠amos contar cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo de la llave de la casa del se√Īor Consejero. Aunque sali√≥ de una cerrajer√≠a, cualquiera hubiese cre√≠do que hab√≠a venido de una orfebrer√≠a, seg√ļn estaba de limada y trabajada. Siendo demasiado voluminosa para el bolsillo del pantal√≥n, hab√≠a que llevarla en la de la chaqueta, donde estaba a oscuras, aunque tambi√©n ten√≠a su puesto fijo en la pared, al lado de la silueta del Consejero cuando ni√Īo, que parec√≠a una alb√≥ndiga de asado de ternera. D√≠cese que cada persona tiene en su car√°cter y conducta algo del signo del zod√≠aco bajo el cual naci√≥: Toro, Virgen, Escorpi√≥n, o el nombre que se le d√© en el calendario. Pero la se√Īora Consejera afirmaba que su marido no hab√≠a nacido bajo ninguno de estos signos, sino bajo el de la ¬ęcarretilla¬Ľ, pues siempre hab√≠a que estar empuj√°ndolo. Su padre lo empuj√≥ a un despacho, su madre lo empuj√≥ al matrimonio, y su esposa lo condujo a empujones hasta su cargo de Consejero de c√°mara, aunque se guard√≥ muy bien de decirlo; era una mujer cabal y discreta, que sab√≠a callar a tiempo y hablar y empujar en el momento oportuno. El hombre era ya entrado en a√Īos, ¬ębien proporcionado¬Ľ, seg√ļn dec√≠a √©l mismo, hombre de erudici√≥n, buen coraz√≥n y con ¬ęinteligencia de llave¬Ľ, t√©rmino que aclararemos m√°s adelante. Siempre estaba de buen humor, apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad, costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a menos que su se√Īora estuviese presente para empujarlo. Ten√≠a que pararse a hablar con cada conocido que encontraba; y sus conocidos no eran pocos, por lo que siempre se enfriaba la comida. La se√Īora Consejera lo vigilaba desde la ventana. – ¬°Ah√≠ llega! -dec√≠a la criada-. Pon la sopa. ¬°Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con uno. ¬°Saca el puchero del fuego, que cocer√° demasiado! ¬°ahora viene! ¬°Vuelve la olla al fuego! -. Pero no llegaba. A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y hab√≠a saludado a su mujer con un gesto de la cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no pod√≠a dejar de dirigirle unas palabras. Y si luego sobreven√≠a un tercero, sujetaba al anterior por el ojal, y al segundo lo cog√≠a de la mano, al propio tiempo que llamaba a otro que trataba de escabullirse. Era para poner a prueba la paciencia de la Consejera. – ¬°Consejero, consejero! -exclamaba-. ¬°Ay! Este hombre naci√≥ bajo el signo de la carretilla; no se mueve del sitio, como no le empujen. Era muy aficionado a entrar en las librer√≠as y ojear libros y revistas. Pagaba un peque√Īo honorario a su librero a cambio de poderse llevar a casa los libros de nueva publicaci√≥n. Se le permit√≠a cortar las hojas en sentido longitudinal, mas no en el transversal, pues no hubieran podido venderse como nuevos. Era, en todos los aspectos, un peri√≥dico viviente, pues estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros, cr√≠ticas literarias y comadrer√≠as ciudadanas, y sol√≠a hacer misteriosas alusiones a cosas que todo el mundo ignoraba. Las sab√≠a por la llave de la casa. Desde sus tiempos de reci√©n casados, los Consejeros viv√≠an en casa propia, y desde entonces ten√≠an la misma llave. Lo que no conoc√≠an a√ļn eran sus maravillosas virtudes; √©stas no las descubrieron hasta m√°s tarde. Reinaba a la saz√≥n Federico VI. En Copenhague no hab√≠a a√ļn ni gas ni faroles de aceite, como no exist√≠an tampoco el Tivoli ni el Casino, ni tranv√≠as, ni ferrocarriles. Hab√≠a pocas diversiones, en comparaci√≥n con las de hoy. Los domingos era costumbre dar un paseo hasta la puerta del cementerio. All√≠, la gente le√≠a las inscripciones funerarias, se sentaba en la hierba, merendaba y echaba un traguito. O bien se llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la banda militar que tocaba frente a palacio, y donde se congregaba mucho p√ļblico para ver a la familia real remando en los estrechos canales, con el Rey al tim√≥n y la Reina saludando desde la barca a todos los ciudadanos sin distinci√≥n de clases. Las familias acomodadas de la capital iban all√≠ a tomar el t√© vespertino. En una casita de campo situada delante del parque les suministraban agua hirviendo, pero la tetera deb√≠an tra√©rsela ellos. All√≠ se dirigieron los Consejeros una soleada tarde de domingo; la criada los preced√≠a con la tetera, un cesto con la comida y la botella de aguardiente de Spendrup. – Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no sea que a la vuelta no podamos entrar en casa. Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta ma√Īana se rompi√≥ el cord√≥n de la campanilla. Volveremos ¬†¬†¬†¬† tarde. ¬†¬†¬†¬† A ¬†¬†¬†¬† la ¬†¬†¬†¬† vuelta ¬†¬†¬†¬† de Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro, a ver la pantomima de ¬ęArlequ√≠n¬Ľ en el teatro Casortis. Los personajes bajan en una nube. Cuesta dos marcos la entrada. Y fueron a Frederichsberg, oyeron la m√ļsica, vieron la lancha real con la bandera ondeante, y vieron tambi√©n al anciano monarca y los cisnes blancos. Despu√©s de una buena merienda se dirigieron al teatro, pero llegaron tarde. Los n√ļmeros de baile hab√≠an terminado, y empezado la pantomima. Como de costumbre, llegaron tarde por culpa del Consejero, que se hab√≠a detenido cincuenta veces en el camino a charlar con un conocido y otro. En el teatro encontr√≥se tambi√©n con buenos amigos, y cuando termin√≥ la funci√≥n hubo que acompa√Īar a una familia al ¬ępuente¬Ľ a tomar un vaso de ponche; era inexcusable, y s√≥lo tardar√≠an diez minutos; pero estos diez minutos se convirtieron en una hora; la charla era inagotable. De particular inter√©s result√≥ un bar√≥n sueco, o tal vez alem√°n, el Consejero no lo sab√≠a a punto fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la llave que aqu√©l le ense√Ī√≥, y que ya nunca m√°s olvidar√≠a. ¬°Fue la mar de interesante! Consist√≠a en obligar a la llave a responder a cuanto se le preguntara, aun lo m√°s rec√≥ndito. La llave del Consejero se prestaba de modo particular a la experiencia, pues ten√≠a el palet√≥n pesado. El bar√≥n pasaba el √≠ndice por ,el ojo de la llave y dejaba a √©sta colgando; cada pulsaci√≥n de la punta del dedo la pon√≠a en movimiento, haci√©ndole dar un giro, y si no lo hac√≠a, el bar√≥n se las apa√Īaba para hacerle dar vueltas disimuladamente a su voluntad. Cada giro era una letra, empezando desde la A y llegando hasta la que se quisiera, seg√ļn el orden alfab√©tico. Una vez obtenida la primera letra, la llave giraba en sentido opuesto; busc√°base entonces la letra siguiente, y as√≠ hasta obtener, con palabras y frases enteras, la respuesta a la pregunta. Todo era pura charlataner√≠a, pero resultaba divertido. Este fue el primer pensamiento del Consejero, pero luego se dej√≥ sugestionar por el juego.

  • ¬°Vamos, vamos! -exclam√≥, al fin, la Consejera-. A las doce cierran la puerta de Poniente. No llegaremos a tiempo, s√≥lo nos queda un cuarto de hora. ¬°Ya podemos correr! Ten√≠an que darse prisa. Varias personas que se dirig√≠an a la ciudad se les adelantaron.

Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la caseta del vigilante, dieron las doce y se cerr√≥ la puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a los Consejeros con la criada, la tetera y la canasta vac√≠a. Algunos estaban asustados, otros indignados, cada cual se lo tomaba a su manera. ¬ŅQu√© hacer? Por fortuna, desde hac√≠a alg√ļn tiempo se hab√≠a dado orden de dejar abierta una de las puertas: la del Norte. Por ella pod√≠an entrar los peatones en la ciudad, atravesando la caseta del guarda. El camino no era corto, pero la noche era hermosa, con un cielo sereno y estrellado, cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces. Croaban las ranas en los fosos y en el pantano. La gente iba cantando, una canci√≥n tras otra, pero el Consejero no cantaba ni miraba las estrellas, y como tampoco miraba donde pon√≠a los pies, se cay√≥, cuan largo era, sobre el borde del foso. Cualquiera habr√≠a dicho que hab√≠a bebido demasiado, mas lo que se le hab√≠a subido a la cabeza no era el ponche, sino la llave. Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la caseta del guarda entraron en la ciudad.

  • ¬°Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-. Estamos en la puerta de casa.
  • Pero, ¬Ņd√≥nde est√° la llave? -exclam√≥ el Consejero. No la ten√≠a ni en el bolsillo trasero ni el lateral.
  • ¬°Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. ¬ŅNo tienes la llave? La habr√°s perdido en tus juegos de manos con el bar√≥n. ¬ŅC√≥mo entraremos ahora? El cord√≥n de la campanilla se rompi√≥ esta ma√Īana, como sabes, y el vigilante no tiene llave de la casa. ¬°Es para desesperarse!

La criada se puso a chillar. El Consejero era el √ļnico que no perd√≠a la calma.

  • Hay que romper un vidrio de la droguer√≠a dijo-. Despertaremos al tendero y entraremos por su tienda. Me parece que ser√° lo mejor.

Rompi√≥ un cristal, rompi√≥ otro, y gritando: ¬ę¬°Petersen!¬Ľ, meti√≥ por el hueco el mango del paraguas. Del interior lleg√≥ la voz de la hija del droguero, el cual abri√≥ la puerta de la tienda, gritando: ¬ę¬°Vigilante!¬Ľ, y antes de que hubiese tenido tiempo de ver y reconocer a la familia consejeril y de abrirle la puerta, silb√≥ el vigilante, y de la calle contigua le respondi√≥ su compa√Īero con otro silbido. Empez√≥ a asomarse gente a las ventanas:

  • ¬ŅD√≥nde est√° el fuego? ¬ŅQu√© es ese ruido? -se preguntaban mutuamente, y segu√≠an pregunt√°ndoselo todav√≠a cuando ya el Consejero estaba en su piso, se quitaba la chaqueta y… aparec√≠a la llave; no en el bolsillo, sino en el forro; se hab√≠a metido por un agujero que, desde luego, no debiera de estar all√≠.

Desde aquella noche, la llave de la calle adquiri√≥ una particular importancia, no s√≥lo cuando se sal√≠a, sino tambi√©n cuando la familia se quedaba en casa, pues el Consejero, en una exhibici√≥n de sus habilidades, formulaba preguntas a la llave y recib√≠a sus respuestas. Pensaba √©l antes la respuesta m√°s veros√≠mil y la hac√≠a dar a la llave. Al fin, √©l mismo acab√≥ por creer en las contestaciones, muy al contrario del boticario, un joven pr√≥ximo pariente de la Consejera. Dicho boticario era una buena cabeza, lo que podr√≠amos llamar una cabeza anal√≠tica. Ya de ni√Īo hab√≠a escrito cr√≠ticas sobre libros y obras de teatro, aunque guardando el anonimato, como hacen tantos. No cre√≠a en absoluto en los esp√≠ritus, y mucho menos en los de las llaves. – Ver√° usted, respetado se√Īor Consejero -dec√≠a-: creo en la llave y en los esp√≠ritus de las llaves en general, tan firmemente como en esta nueva ciencia que empieza a difundirse, en el velador giratorio y en los esp√≠ritus de los muebles viejos y nuevos. ¬ŅHa o√≠do, hablar de ello? Yo s√≠. He dudado, ¬Ņsabe usted?, pues soy algo esc√©ptico; pero me convert√≠ al leer una horripilante historia en una prestigiosa revista extranjera. ¬°Imag√≠nese se√Īor Consejero! Voy a relat√°rselo todo, tal como lo le√≠. Dos muchachos muy listos vieron c√≥mo sus padres evocaban el esp√≠ritu de una gran mesa del comedor. Estaban solos e intentaron infundir vida a una vieja c√≥moda, imitando a sus padres. Y, en efecto, brot√≥ la vida, despert√≥se el esp√≠ritu, pero no toleraba √≥rdenes dadas por ni√Īos. Levant√≥se con tanta furia, que todo la c√≥moda cruj√≠a; abri√≥ todos los cajones, y con las patas -las patas de la c√≥moda- meti√≥ a un chiquillo en cada caj√≥n, echando luego a correr con ellos escaleras abajo y por la calle, hasta el canal, en el que se precipit√≥; los peque√Īos murieron ahogados. Los cad√°veres recibieron sepultura en tierra cristiana, pero la c√≥moda fue conducida ante el tribunal, acusada de infanticidio y condenada a ser quemada viva en la plaza p√ļblica. ¬°As√≠ lo he le√≠do! – dijo el boticario -. Lo he le√≠do en una revista extranjera, conste que no me lo he inventado. ¬°Que la llave me lleve, si no digo verdad! ¬°Lo juro por ella! El Consejero consider√≥ que se trataba de una broma demasiado grosera. Jam√°s los dos pudieron ponerse de acuerdo en materia de llaves; el boticario era cerrado a ellas.

 LA MARGARITA

Oid bien lo que os voy a contar: All√° en la campa√Īa, junto al camino, hay una casa de campo, que de seguro habr√©is visto alguna vez. Delante tiene un jardincito con flores y una cerca pintada. All√≠ cerca, en el foso, en medio del bello y verde c√©sped, crec√≠a una peque√Īa margarita, a la que el sol enviaba sus confortantes rayos con la misma generosidad que a las grandes y suntuosas flores del jard√≠n; y as√≠ crec√≠a ella de hora en hora. All√≠ estaba una ma√Īana, bien abiertos sus peque√Īos y blanqu√≠simos p√©talos, dispuestos como rayos en torno al solecito amarillo que tienen en su centro las margaritas. No se preocupaba de que nadie la viese entre la hierba, ni se dol√≠a de ser una pobre flor insignificante; se sent√≠a contenta y, vuelta de cara al sol, estaba mir√°ndolo mientras escuchaba el alegre canto de la alondra en el aire. As√≠, nuestra margarita era tan feliz como si fuese d√≠a de gran fiesta, y, sin embargo, era lunes. Los ni√Īos estaban en la escuela, y mientras ellos estudiaban sentados en sus bancos, ella, erguida sobre su tallo, aprend√≠a a conocer la bondad de Dios en el calor del sol y en la belleza de lo que la rodeaba, y se le ocurri√≥ que la alondra cantaba aquello mismo que ella sent√≠a en su coraz√≥n; y la margarita mir√≥ con una especie de respeto a la avecilla feliz que as√≠ sab√≠a cantar y volar, pero sin sentir amargura por no poder hacerlo tambi√©n ella. ¬ę¬°Veo y oigo! -pensaba-; el sol me ba√Īa y el viento me besa. ¬°Cu√°n bueno ha sido Dios conmigo!¬Ľ. En el jard√≠n viv√≠an muchas flores distinguidas y tiesas; cuanto menos aroma exhalaban, m√°s presum√≠an. La peonia se hinchaba para parecer mayor que la rosa; pero no es el tama√Īo lo que vale. Los tulipanes exhib√≠an colores maravillosos; bien lo sab√≠an y por eso se ergu√≠an todo lo posible, para que se les viese mejor. No prestaban la menor atenci√≥n a la humilde margarita de all√° fuera, la cual los miraba, pensando: ¬ę¬°Qu√© ricos y hermosos son! ¬°Seguramente vendr√°n a visitarlos las aves m√°s espl√©ndidas! ¬°Qu√© suerte estar tan cerca; as√≠ podr√© ver toda la fiesta!¬Ľ. Y mientras pensaba esto, ¬ę¬°chirrit!¬Ľ, he aqu√≠ que baja la alondra volando, pero no hacia el tulip√°n, sino hacia el c√©sped, donde estaba la peque√Īa margarita. √Čsta tembl√≥ de alegr√≠a, y no sab√≠a qu√© pensar. El avecilla revoloteaba a su alrededor, cantando: ¬ę¬°Qu√© mullida es la hierba! ¬°Qu√© linda florecita, de coraz√≥n de oro y vestido de plata!¬Ľ. Porque, realmente, el punto amarillo de la margarita reluc√≠a como oro, y eran como plata los diminutos p√©talos que lo rodeaban. Nadie podr√≠a imaginar la dicha de la margarita. El p√°jaro la bes√≥ con el pico y, despu√©s de dedicarle un canto melodioso, volvi√≥ a remontar el vuelo, perdi√©ndose en el aire azul. Transcurri√≥ un buen cuarto de hora antes de que la flor se repusiera de su sorpresa. Un poco avergonzada, pero en el fondo rebosante de gozo, mir√≥ a las dem√°s flores del jard√≠n; habiendo presenciado el honor de que hab√≠a sido objeto, sin duda comprender√≠an su alegr√≠a. Los tulipanes continuaban tan envarados como antes, pero ten√≠an las caras enfurru√Īadas y coloradas, pues la escena les hab√≠a molestado. Las peonias ten√≠an la cabeza toda hinchada. ¬°Suerte que no pod√≠an hablar! La margarita hubiera o√≠do cosas bien desagradables. La pobre advirti√≥ el malhumor de las dem√°s, y lo sent√≠a en el alma. En √©stas se present√≥ en el jard√≠n una muchacha, armada de un gran cuchillo, afilado y reluciente, y, dirigi√©ndose directamente hacia los tulipanes, los cort√≥ uno tras otro. ¬ę¬°Qu√© horror! -suspir√≥ la margarita-. ¬°Ahora s√≠ que todo ha terminado para ellos!¬Ľ. La muchacha se alej√≥ con los tulipanes, y la margarita estuvo muy contenta de permanecer fuera, en el c√©sped, y de ser una humilde florecilla. Y sinti√≥ gratitud por su suerte, y cuando el sol se puso, pleg√≥ sus hojas para dormir, y toda la noche so√Ī√≥ con el sol y el pajarillo. A la ma√Īana siguiente, cuando la margarita, feliz, abri√≥ de nuevo al aire y a la luz sus blancos p√©talos como si fuesen diminutos brazos, reconoci√≥ la voz de la avecilla; pero era una tonada triste la que cantaba ahora. ¬°Buenos motivos ten√≠a para ello la pobre alondra! La hab√≠an cogido y estaba prisionera en una jaula, junto a la ventana abierta. Cantaba la dicha de volar y de ser libre; cantaba las verdes mieses de los campos y los viajes maravillosos que hiciera en el aire infinito, llevada por sus alas. ¬°La pobre avecilla estaba bien triste, encerrada en la jaula! ¬°C√≥mo hubiera querido ayudarla, la margarita! Pero, ¬Ņqu√© hacer? No se le ocurr√≠a nada. Olvid√≥se de la belleza que la rodeaba, del calor del sol y de la blancura de sus hojas; s√≥lo sab√≠a pensar en el p√°jaro cautivo, para el cual nada pod√≠a hacer. De pronto salieron dos ni√Īos del jard√≠n; uno de ellos empu√Īaba un cuchillo grande y afilado, como el que us√≥ la ni√Īa para cortar los tulipanes. Vinieron derechos hacia la margarita, que no acertaba a comprender su prop√≥sito.

  • Podr√≠amos cortar aqu√≠ un buen trozo de c√©sped para la alondra -dijo uno, poni√©ndose a recortar un cuadrado alrededor de la margarita, de modo que la flor qued√≥ en el centro.
  • ¬°Arranca la flor! -dijo el otro, y la margarita tuvo un estremecimiento de p√°nico, pues si la arrancaban morir√≠a, y ella deseaba vivir, para que la llevaran con el c√©sped a la jaula de la alondra encarcelada.
  • No, d√©jala -dijo el primero-; hace m√°s bonito as√≠ – y de esta forma la margarita se qued√≥ con la hierba y fue llevada a la jaula de la alondra.

Pero la infeliz avecilla segu√≠a llorando su cautiverio, y no cesaba de golpear con las alas los alambres de la jaula. La margarita no sab√≠a pronunciar una sola palabra de consuelo, por mucho que quisiera. Y de este modo transcurri√≥ toda la ma√Īana. ¬ę¬°No tengo agua! -exclam√≥ la alondra prisionera-. Se han marchado todos, y no han pensado en ponerme una gota para beber. Tengo la garganta seca y ardiente, me ahogo, estoy calenturienta, y el aire es muy pesado. ¬°Ay, me morir√©, lejos del sol, de la fresca hierba, de todas las maravillas de Dios!¬Ľ, y hundi√≥ el pico en el c√©sped, para reanimarse un poquit√≠n con su humedad. Entonces se fij√≥ en la margarita, y, salud√°ndola con la cabeza y d√°ndole un beso, dijo: ¬°Tambi√©n t√ļ te agostar√°s aqu√≠, pobre florecilla! T√ļ y este pu√Īado de hierba verde es cuanto me han dejado de ese mundo inmenso que era m√≠o. Cada tallito de hierba ha de ser para m√≠ un verde √°rbol, y cada una de tus blancas hojas, una fragante flor. ¬°Ah, t√ļ me recuerdas lo mucho que he perdido! ¬ę¬°Qui√©n pudiera consolar a esta avecilla desventurada!¬Ľ -pensaba la margarita, sin lograr mover un p√©talo; pero el aroma que exhalaban sus hojillas era mucho m√°s intenso del que suele serles propio. Lo advirti√≥ la alondra, y aunque sent√≠a una sed abrasadora que le hac√≠a arrancar las briznas de hierba una tras otra, no toc√≥ a la flor. Lleg√≥ el atardecer, y nadie vino a traer una gota de agua al pobre pajarillo. √Čste extendi√≥ las lindas alas, sacudi√©ndolas espasm√≥dicamente; su canto se redujo a un melanc√≥lico ¬ę¬°pip, pip!¬Ľ; agach√≥ la cabeza hacia la flor y su coraz√≥n se quebr√≥, de miseria y de nostalgia. La flor no pudo, como la noche anterior, plegar las alas y entregarse al sue√Īo, y qued√≥ con la cabeza colgando, enferma y triste. Los ni√Īos no comparecieron hasta la ma√Īana siguiente, y al ver el p√°jaro muerto se echaron a llorar. Vertiendo muchas l√°grimas, le excavaron una primorosa tumba, que adornaron luego con p√©talos de flores. Colocaron el cuerpo de la avecilla en una hermosa caja colorada, pues hab√≠an pensado hacerle un entierro principesco. Mientras vivi√≥ y cant√≥ se olvidaron de √©l, dejaron que sufriera privaciones en la jaula; y, en cambio, ahora lo enterraban con gran pompa y muchas l√°grimas. El trocito de c√©sped con la margarita lo arrojaron al polvo de la carretera; nadie pens√≥ en aquella florecilla que tanto hab√≠a sufrido por el pajarillo, y que tanto habr√≠a dado por poderlo consolar.

LA NI√ĎA DE LOS FOSFOROS

¬°Qu√© fr√≠o hac√≠a!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la √ļltima noche del a√Īo, la noche de San Silvestre. Bajo aquel fr√≠o y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre ni√Īa, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¬°de qu√© le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre hab√≠a llevado √ļltimamente, y a la peque√Īa le ven√≠an tan grandes, que las perdi√≥ al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que ven√≠an a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la hab√≠a puesto un mozalbete, que dijo que la har√≠a servir de cuna el d√≠a que tuviese hijos. Y as√≠ la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el fr√≠o. En un viejo delantal llevaba un pu√Īado de f√≥sforos, y un paquete en una mano. En todo el santo d√≠a nadie le hab√≠a comprado nada, ni le hab√≠a dado un m√≠sero chel√≠n; volv√≠ase a su casa hambrienta y medio helada, ¬°y parec√≠a tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve ca√≠an sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubr√≠an el cuello; pero no estaba ella para presumir. En un √°ngulo que formaban dos casas -una m√°s saliente que la otra-, se sent√≥ en el suelo y se acurruc√≥ hecha un ovillo. Encog√≠a los piececitos todo lo posible, pero el fr√≠o la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrev√≠a a volver a casa, pues no hab√≠a vendido ni un f√≥sforo, ni recogido un triste c√©ntimo. Su padre le pegar√≠a, adem√°s de que en casa hac√≠a fr√≠o tambi√©n; s√≥lo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que hab√≠an procurado tapar las rendijas. Ten√≠a las manitas casi ateridas de fr√≠o. ¬°Ay, un f√≥sforo la aliviar√≠a seguramente! ¬°Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sac√≥ uno: ¬ę¬°ritch!¬Ľ. ¬°C√≥mo chispe√≥ y c√≥mo quemaba! Dio una llama clara, c√°lida, como una lucecita, cuando la resguard√≥ con la mano; una luz maravillosa. Pareci√≥le a la peque√Īuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de lat√≥n; el fuego ard√≠a magn√≠ficamente en su interior, ¬°y calentaba tan bien! La ni√Īa alarg√≥ los pies para calent√°rselos a su vez, pero se extingui√≥ la llama, se esfum√≥ la estufa, y ella se qued√≥ sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano. Encendi√≥ otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvi√≥ a √©sta transparente como si fuese de gasa, y la ni√Īa pudo ver el interior de una habitaci√≥n donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanqu√≠simo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato salt√≥ fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigi√≥ hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apag√≥ el f√≥sforo, dejando visible tan s√≥lo la gruesa y fr√≠a pared. Encendi√≥ la ni√Īa una tercera cerilla, y se encontr√≥ sentada debajo de un hermos√≠simo √°rbol de Navidad. Era a√ļn m√°s alto y m√°s bonito que el que viera la √ļltima Nochebuena, a trav√©s de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ard√≠an en las ramas verdes, y de √©stas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La peque√Īa levant√≥ los dos bracitos… y entonces se apag√≥ el f√≥sforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendi√≥ y traz√≥ en el firmamento una larga estela de fuego. ¬ęAlguien se est√° muriendo¬Ľ -pens√≥ la ni√Īa, pues su abuela, la √ļnica persona que la hab√≠a querido, pero que estaba muerta ya, le hab√≠a dicho: Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios. Frot√≥ una nueva cerilla contra la pared; se ilumin√≥ el espacio inmediato, y apareci√≥ la anciana abuelita, radiante, dulce y cari√Īosa. – ¬°Abuelita! -exclam√≥ la peque√Īa-. ¬°Ll√©vame, contigo! S√© que te ir√°s tambi√©n cuando se apague el f√≥sforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el √°rbol de Navidad. Apresur√≥se a encender los f√≥sforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los f√≥sforos brillaron con luz m√°s clara que la del pleno d√≠a. Nunca la abuelita hab√≠a sido tan alta y tan hermosa; tom√≥ a la ni√Īa en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la peque√Īa sintiera ya fr√≠o, hambre ni miedo. Estaban en la mansi√≥n de Dios Nuestro Se√Īor. Pero en el √°ngulo de la casa, la fr√≠a madrugada descubri√≥ a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente… Muerta, muerta de fr√≠o en la √ļltima noche del A√Īo Viejo. La primera ma√Īana del Nuevo A√Īo ilumin√≥ el peque√Īo cad√°ver, sentado, con sus f√≥sforos, un paquetito de los cuales aparec√≠a consumido casi del todo. ¬ę¬°Quiso calentarse!¬Ľ, dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que hab√≠a visto, ni el esplendor con que, en compa√Ī√≠a de su anciana abuelita, hab√≠a subido a la gloria del A√Īo Nuevo.

LA NI√ĎA JUDIA

Asist√≠a a la escuela de pobres, entre otros ni√Īos, una muchachita jud√≠a, despierta y buena, la m√°s lista del colegio. No pod√≠a tomar parte en una de las lecciones, la de Religi√≥n, pues la escuela era cristiana. Durante la clase de Religi√≥n le permit√≠an estudiar su libro de Geograf√≠a o resolver sus ejercicios de Matem√°ticas, pero la chiquilla ten√≠a terminados muy pronto sus deberes. Ten√≠a delante un libro abierto, pero ella no lo le√≠a; escuchaba desde su asiento, y el maestro no tard√≥ en darse cuenta de que segu√≠a con m√°s atenci√≥n que los dem√°s alumnos.

  • Oc√ļpate de tu libro – le dijo, con dulzura y gravedad; pero ella lo mir√≥ con sus brillantes ojos negros, y, al preguntarle, comprob√≥ que la ni√Īa estaba mucho m√°s enterada que sus compa√Īeros. Hab√≠a escuchado, comprendido y asimilado las explicaciones.

Su padre era un hombre de bien, muy pobre. Cuando llev√≥ a la ni√Īa a la escuela, puso por condici√≥n que no la instruyesen en la fe cristiana. Pero se temi√≥ que si sal√≠a de la escuela mientras se daba la clase de ense√Īanza religiosa, perturbar√≠a la disciplina o despertar√≠a recelos y antipat√≠as en los dem√°s, y por eso se quedaba en su banco; pero las cosas no pod√≠an continuar as√≠. El maestro llam√≥ al padre de la chiquilla y le dijo que deb√≠a elegir entre retirar a su hija de la escuela o dejar que se hiciese cristiana.

  • No puedo soportar sus miradas ardientes, el fervor y anhelo de su alma por las palabras del Evangelio – a√Īadi√≥.

El padre rompió a llorar:

  • Yo mismo s√© muy poco de nuestra religi√≥n – dijo -, pero su madre era una hija de Israel, firme en su fe, y en el lecho de muerte le promet√≠ que nuestra hija nunca ser√≠a bautizada. Debo cumplir mi promesa, es para m√≠ un pacto con Dios.

Y la ni√Īa fue retirada de la escuela de los cristianos. Hab√≠an transcurrido algunos a√Īos. En una de las ciudades m√°s peque√Īas de Jutlandia serv√≠a, en una modesta casa de la burgues√≠a, una pobre muchacha de fe mosaica, llamada Sara; ten√≠a el cabello negro como √©bano, los ojos oscuros, pero brillantes y luminosos, como suele ser habitual entre las hijas del Oriente. La expresi√≥n del rostro segu√≠a siendo la de aquella ni√Īa que, desde el banco de la escuela, escuchaba con mirada inteligente. Cada domingo llegaban a la calle, desde la iglesia, los sones del √≥rgano y los c√°nticos de los fieles; llegaban a la casa donde la joven jud√≠a trabajaba, laboriosa y fiel.

  • Guardar√°s el s√°bado – ordenaba su religi√≥n; pero el s√°bado era para los cristianos d√≠a de labor, y s√≥lo pod√≠a observar el precepto en lo m√°s √≠ntimo de su alma, y esto le parec√≠a insuficiente. Sin embargo, ¬Ņqu√© son para Dios los d√≠as y las horas? Este pensamiento se hab√≠a despertado en su alma, y el domingo de los cristianos pod√≠a dedicarlo ella en parte a sus propias devociones; y como a la cocina llegaban los sones del √≥rgano y los coros, para ella aquel lugar era santo y apropiado para la meditaci√≥n. Le√≠a entonces el Antiguo Testamento, tesoro y refugio de su pueblo, limit√°ndose a √©l, pues guardaba profundamente en la memoria las palabras que dijeran su padre y su maestro cuando fue retirada de la escuela, la promesa hecha a la madre moribunda, de que Sara no se har√≠a nunca cristiana, que jam√°s abandonar√≠a la fe de sus antepasados. El Nuevo Testamento deb√≠a ser para ella un libro cerrado, a pesar de que sab√≠a muchas de las cosas que conten√≠a, pues los recuerdos de ni√Īez no se hab√≠an borrado de su memoria. Una velada hall√°base Sara sentada en un rinc√≥n de la sala, atendiendo a la lectura del jefe de la familia; le estaba permitido, puesto que no le√≠a el Evangelio, sino un viejo libro de Historia; por eso se hab√≠a quedado. Trataba el libro de un caballero h√ļngaro que, prisionero de un baj√° turco, era uncido al arado junto con los bueyes y tratado a latigazos; las burlas y malos tratos lo hab√≠an llevado al borde de la muerte. La esposa del cautivo vendi√≥ todas sus alhajas e hipotec√≥ el castillo y las tierras, a la vez que sus amigos aportaban cuantiosas sumas, pues el rescate exigido era enorme; fue reunido, sin embargo, y el caballero, redimido del oprobio y la esclavitud. Enfermo y achacoso, regres√≥ el hombre a su patria. Poco despu√©s son√≥ la llamada general a la lucha contra los enemigos de la Cristiandad; el enfermo, al o√≠rla, no se dio punto de reposo hasta verse montado en su corcel; sus mejillas recobraron los colores, parecieron volver sus fuerzas, y parti√≥ a la guerra. Y ocurri√≥ que hizo prisionero precisamente a aquel mismo baj√° que lo hab√≠a uncido al arado y lo hab√≠a hecho objeto de toda suerte de burlas y malos tratos. Fue encerrado en una mazmorra, pero al poco rato acudi√≥ a visitarlo el caballero y le pregunt√≥:
  • ¬ŅQu√© crees que te espera?
  • Bien lo s√© – respondi√≥ el turco -. ¬°Tu venganza!
  • S√≠, la venganza del cristiano – repuso el caballero. – La doctrina de Cristo nos manda perdonar a nuestros enemigos y amar a nuestro pr√≥jimo, pues Dios es amor. Vuelve en paz a tu tierra y a tu familia, y aprende a ser compasivo y humano con los que sufren.

El prisionero prorrumpió en llanto:

  • ¬°C√≥mo pod√≠a yo esperar lo que estoy viendo! Estaba seguro, de que me esperaban el martirio y la tortura; por eso me tom√© un veneno que me matar√° en pocas horas. ¬°Voy a morir, no hay salvaci√≥n posible! Pero antes de que termine mi vida, expl√≠came la doctrina que encierra tanto amor y tanta gracia, pues es una doctrina grande y divina! ¬°Deja que en ella muera, que muera cristiano! – Su petici√≥n fue atendida.

Tal fue la leyenda, la historia, que el due√Īo de la casa ley√≥ en alta voz. Todos la escucharon con fervor, pero, sobre todo, llen√≥ de fuego, y de vida a aquella muchacha sentada en el rinc√≥n: Sara, la joven jud√≠a. Grandes l√°grimas asomaron a sus brillantes ojos negros; en su alma infantil volvi√≥ a sentir, como ya la sintiera anta√Īo en el banco de la escuela, la sublimidad del Evangelio. Las l√°grimas rodaron por sus mejillas. ¬ę¬°No dejes que mi hija se haga cristiana!¬Ľ, hab√≠an sido las √ļltimas palabras de su madre moribunda; y en su coraz√≥n y en su alma resonaban aquellas otras palabras del mandamiento divino: ¬ęHonrar√°s a tu padre y a tu madre¬Ľ. ¬ę¬°No soy cristiana! Me llaman la jud√≠a; a√ļn el domingo √ļltimo me lo llamaron en son de burla los hijos del vecino, cuando me estaba frente a la puerta abierta de la iglesia mirando el brillo de los cirios del altar y escuchando los cantos de los fieles. Desde mis tiempos de la escuela hasta ahora he venido sintiendo en el Cristianismo una fuerza que penetra en mi coraz√≥n como un rayo de sol aunque cierre los ojos. Pero no te afligir√© en la tumba, madre, no ser√© perjura al voto de mi padre: no leer√© la Biblia cristiana. Tengo al Dios de mis antepasados; ante √Čl puedo inclinar mi cabeza¬Ľ. Y transcurrieron m√°s a√Īos. Muri√≥ el cabeza de la familia y dej√≥ a su esposa en situaci√≥n apurada. Hab√≠a que renunciar a la muchacha; pero Sara no se fue, sino que acudi√≥ en su ayuda en el momento de necesidad; contribuy√≥ a sostener el peso de la casa, trabajando hasta altas horas de a noche y procurando el pan de cada d√≠a con la labor de sus manos. Ning√ļn pariente quiso acudir en auxilio de la familia; la viuda, cada d√≠a m√°s d√©bil, hab√≠a de pasarse meses enteros en la cama, enferma. Sara la cuidaba, la velaba, trabajaba, dulce y piadosa; era una bendici√≥n para la casa hundida.

  • Toma la Biblia – dijo un d√≠a la enferma. – L√©eme un fragmento. ¬°Es tan larga la velada y siento tantos deseos de o√≠r la palabra de Dios! Sara baj√≥ la cabeza; dobl√≥ las manos sobre la Biblia y, abri√©ndola, se puso a leerla a la enferma. A menudo le acud√≠an las l√°grimas a los ojos, pero aumentaba en ellos la claridad, y tambi√©n en su alma: ¬ęMadre, tu hija no puede recibir el bautismo de los cristianos ni ingresar en su comunidad; lo quisiste as√≠ y respetar√© tu voluntad; estamos unidos aqu√≠ en la tierra, pero m√°s all√° de ella… estamos a√ļn m√°s unidos en Dios, que nos gu√≠a y lleva allende la muerte. √Čl desciende a la tierra, y despu√©s de dejarla sufrir la hace m√°s rica. ¬°Lo comprendo! No s√© yo misma c√≥mo fue. ¬°Es por √Čl, en √Čl: Cristo!¬Ľ. Estremeci√≥se al pronunciar su nombre, y un bautismo de fuego la recorri√≥ toda ella con m√°s fuerza de la que el cuerpo pod√≠a soportar, por lo que cay√≥ desplomada, m√°s rendida que la enferma a quien velaba.
  • ¬°Pobre Sara! – dijeron -, no ha podido resistir tanto trabajo y tantas velas.

La llevaron al hospital, donde muri√≥. La enterraron, pero no al cementerio de los cristianos; no hab√≠a en √©l lugar para la joven jud√≠a, sino fuera, junto al muro; all√≠ recibi√≥ sepultura. Y el Hijo de Dios, que resplandece sobre las tumbas de los cristianos, proyecta tambi√©n su gloria sobre la de aquella doncella jud√≠a – que reposa fuera del sagrado recinto; y los c√°nticos religiosos que resuenan en el camposanto cristiano lo hacen tambi√©n sobre su tumba, a la que tambi√©n lleg√≥ la revelaci√≥n: ¬ę¬°Hay una resurrecci√≥n ,en Cristo!¬Ľ, en √Čl, el Se√Īor, que dijo a sus disc√≠pulos: ¬ęJuan os ha bautizado con agua, pero yo os bautizar√© en el nombre del Esp√≠ritu Santo¬Ľ.

LA PAREJA DE ENAMORADOS

Un trompo y una pelota yacían juntos en una caja, entre otros diversos juguetes, y el trompo dijo a la pelota:

  • ¬ŅPor qu√© no nos hacemos novios, puesto que vivimos juntos en la caja?

Pero la pelota, que estaba cubierta de un bello tafilete y presum√≠a como una encopetada se√Īorita, ni se dign√≥ contestarle. Al d√≠a siguiente vino el ni√Īo propietario de los juguetes, y se le ocurri√≥ pintar el trompo de rojo y amarillo y clavar un clavo de lat√≥n en su centro. El trompo resultaba verdaderamente espl√©ndido cuando giraba.

  • ¬°M√≠reme! -dijo a la pelota-. ¬ŅQu√© me dice ahora? ¬ŅQuiere que seamos novios? Somos el uno para el otro. Usted salta y yo bailo. ¬ŅPuede haber una pareja m√°s feliz?
  • ¬ŅUsted cree? -dijo la pelota con iron√≠a-. Seguramente ignora que mi padre y mi madre fueron zapatillas de tafilete, y que mi cuerpo es de corcho espa√Īol.
  • S√≠, pero yo soy de madera de caoba -respondi√≥ la peonza- y el propio alcalde fue quien me torne√≥. Tiene un torno y se divirti√≥ mucho haci√©ndome.
  • ¬ŅEs cierto lo que dice? -pregunt√≥ la pelota.
  • ¬°Qu√© jam√°s reciba un latigazo si miento! respondi√≥ el trompo.
  • Desde luego, sabe usted hacerse valer -dijo la pelota-; pero no es posible; estoy, como quien dice, prometida con una golondrina. Cada vez que salto en el aire, asoma la cabeza por el nido y pregunta: ¬ę¬ŅQuiere? ¬ŅQuiere?¬Ľ. Yo, interiormente, le he dado ya el s√≠, y esto vale tanto como un compromiso. Sin embargo, aprecio sus sentimientos y le prometo que no lo olvidar√©.
  • ¬°Vaya consuelo! -exclam√≥ el trompo, y dejaron de hablarse.

Al d√≠a siguiente, el ni√Īo jug√≥ con la pelota. El trompo la vio saltar por los aires, igual que un p√°jaro, tan alta, que la perd√≠a de vista. Cada vez volv√≠a, pero al tocar el suelo pegaba un nuevo salto sea por af√°n de volver al nido de la golondrina, sea porque ten√≠a el cuerpo de corcho. A la novena vez desapareci√≥ y ya no volvi√≥; por mucho que el ni√Īo estuvo busc√°ndola, no pudo dar con ella.

  • ¬°Yo s√© d√≥nde est√°! -suspir√≥ el trompo-. ¬°Est√° en el nido de la golondrina y se ha casado con ella!

Cuanto m√°s pensaba el trompo en ello tanto m√°s enamorado se sent√≠a de la pelota. Su amor crec√≠a precisamente por no haber logrado conquistarla. Lo peor era que ella hubiese aceptado a otro. Y el trompo no cesaba de pensar en la pelota mientras bailaba y zumbaba; en su imaginaci√≥n la ve√≠a cada vez m√°s hermosa. As√≠ pasaron algunos a√Īos y aquello se convirti√≥ en un viejo amor. El trompo ya no era joven. Pero he aqu√≠ que un buen d√≠a lo doraron todo. ¬°Nunca hab√≠a sido tan hermoso! En adelante ser√≠a un trompo de oro, y saltaba que era un contento. ¬°Hab√≠a que o√≠r su ronr√≥n! Pero de pronto peg√≥ un salto excesivo y… ¬°adi√≥s! Lo buscaron por todas partes, incluso en la bodega, pero no hubo modo de encontrarlo. ¬ŅD√≥nde estar√≠a? Hab√≠a saltado al dep√≥sito de la basura, d√≥nde se mezclaban toda clase de cachivaches, tronchos de col, barreduras y escombros ca√≠dos del canal√≥n.

  • ¬°A buen sitio he ido a parar! Aqu√≠ se me despintar√° todo el dorado. ¬°Vaya gentuza la que me rodea!-. Y dirigi√≥ una mirada de soslayo a un largo troncho de col que hab√≠an cortado demasiado cerca del repollo, y luego otra a un extra√Īo objeto esf√©rico que parec√≠a una manzana vieja. Pero no era una manzana, sino una vieja pelota, que se hab√≠a pasado varios a√Īos en el canal√≥n y estaba medio consumida por la humedad.
  • ¬°Gracias a Dios que ha venido uno de los nuestros, con quien podr√© hablar! -dijo la pelota considerando al dorado trompo.
  • Tal y como me ve, soy de tafilete, me cosieron manos de doncella y tengo el cuerpo de corcho espa√Īol, pero nadie sabe apreciarme. Estuve a punto de casarme con una golondrina, pero ca√≠ en el canal√≥n, y en √©l me he pasado seguramente cinco a√Īos. ¬°Ay, c√≥mo me ha hinchado la lluvia! Cr√©eme, ¬°es mucho tiempo para una se√Īorita de buena familia!

Pero el trompo no respondió; pensaba en su viejo amor, y, cuanto más oía a la pelota, tanto más se convencía de que era ella. Vino en éstas la criada, para verter el cubo de la basura.

  • ¬°Anda, aqu√≠ est√° el trompo dorado! -dijo.

El trompo volvi√≥ a la habitaci√≥n de los ni√Īos y recobr√≥ su honor y prestigio, pero de la pelota nada m√°s se supo. El trompo ya no habl√≥ m√°s de su viejo amor. El amor se extingue cuando la amada se ha pasado cinco a√Īos en un canal√≥n y queda hecha una sopa; ni siquiera es reconocida al encontrarla en un cubo de basura.

LA PASTORA Y EL DESHOLLINADOR

¬ŅHas visto alguna vez uno de estos armarios muy viejos, ennegrecidos por los a√Īos, adornados con tallas de volutas y follaje? Pues uno as√≠ hab√≠a en una sala; era una herencia de la bisabuela, y de arriba abajo estaba adornado con tallas de rosas y tulipanes. Presentaba los arabescos m√°s raros que quepa imaginar, y entre ellos sobresal√≠an cabecitas de ciervo con sus cornamentas. En el centro, hab√≠an tallado un hombre de cuerpo entero; su figura era de verdad c√≥mica, y en su cara se dibujaba una mueca, pues aquello no se pod√≠a llamar risa. Ten√≠a patas de cabra, cuernecitos en la cabeza y una luenga barba. Los ni√Īos de la casa lo llamaban siempre el ¬ęSargento-mayor-y-menormariscal-de-campo-pata-de-chivo¬Ľ; era un nombre muy largo, y son bien pocos los que ostentan semejante titulo; ¬°y no debi√≥ de tener poco trabajo, el que lo esculpi√≥! Y all√≠ estaba, con la vista fija en la mesa situada debajo del espejo, en la que hab√≠a una linda pastorcilla de porcelana, con zapatos dorados, el vestido graciosamente sujeto con una rosa encarnada, un dorado sombrerito en la cabeza y un b√°culo de pastor en la mano: era un primor. A su lado hab√≠a un peque√Īo deshollinador, negro como el carb√≥n, aunque asimismo de porcelana, tan fino y pulcro como otro cualquiera; lo de deshollinador s√≥lo lo representaba: el fabricante de porcelana lo mismo hubiera podido hacer de √©l un pr√≠ncipe, ¬°qu√© m√°s le daba! He ah√≠, pues, al hombrecillo con su escalera, y unas mejillas blancas y sonrosadas como las de la muchacha, lo cual no dejaba de ser un contrasentido, pues un poquito de holl√≠n le hubiera cuadrado mejor. Estaba de pie junto a la pastora; los hab√≠an colocado all√≠ a los dos, y, al encontrarse tan juntos, se hab√≠an enamorado. Nada hab√≠a que objetar: ambos eran de la misma porcelana e igualmente fr√°giles. A su lado hab√≠a a√ļn otra figura, tres veces mayor que ellos: un viejo chino que pod√≠a agachar la cabeza. Era tambi√©n de porcelana, y pretend√≠a ser el abuelo de la zagala, aunque no estaba en situaci√≥n de probarlo. Afirmaba tener autoridad sobre ella, y, en consecuencia, hab√≠a aceptado, con un gesto de la cabeza, la petici√≥n que el ¬ęSargento-mayor-y-menor-mariscal-decampo-pata-de-chivo¬Ľ le hab√≠a hecho de la mano de la pastora.

  • Tendr√°s un marido -dijo el chino a la muchacha- que estoy casi convencido, es de madera de √©bano; har√° de ti la

¬ęSargenta-mayor-y-menor-mariscal-de-campopata-de-chivo¬Ľ. Su armario est√° repleto de objetos de plata, ¬°y no digamos ya lo que deben contener los cajones secretos!

  • ¬°No quiero entrar en el oscuro armario! protest√≥ la pastorcilla-. He o√≠do decir que guarda en √©l once mujeres de porcelana. – En este caso, t√ļ ser√°s la duod√©cima -replic√≥ el chino-. Esta noche, en cuanto cruja el viejo armario, se celebrar√° la boda, ¬°como yo soy chino! -. E, inclinando la cabeza, se qued√≥ dormido.

La pastorcilla, llorosa, levant√≥ los ojos al due√Īo de su coraz√≥n, el deshollinador de porcelana. – Quisiera pedirte un favor. ¬ŅQuieres venirte conmigo por esos mundos de Dios? Aqu√≠ no podemos seguir.

  • Yo quiero todo lo que t√ļ quieras -respondi√≥le el mocito.- V√°monos enseguida, estoy seguro de que podr√© sustentarte con mi trabajo.
  • ¬°Oh, si pudi√©semos bajar de la mesa sin contratiempo! -dijo ella-. S√≥lo me sentir√© contenta cuando hayamos salido a esos mundos.

√Čl la tranquiliz√≥, y le ense√Ī√≥ c√≥mo ten√≠a que colocar el piececito en las labradas esquinas y en el dorado follaje de la pata de la mesa; sirvi√≥se de su escalera, y en un santiam√©n se encontraron en el suelo. Pero al mirar al armario, observaron en √©l una agitaci√≥n; todos los ciervos esculpidos alargaban la cabeza y, levantando la cornamenta, volv√≠an el cuello; el ¬ęSargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campopata-de-chivo¬Ľ peg√≥ un brinco y grit√≥ al chino:

  • ¬°Se escapan, se escapan!

Los pobrecillos, asustados, se metieron en un cajón que había debajo de la ventana. Había allí tres o cuatro barajas, aunque ninguna completa, y un teatrillo de títeres montado un poco a la buena de Dios. Precisamente se estaba representando una función y todas las damas, oros y corazones, tréboles y espadas, sentados en las primeras filas, se abanicaban con sus tulipanes; detrás quedaban las sotas, mostrando que tenían cabeza o, por decirlo mejor, cabezas, una arriba y otra abajo, como es costumbre en los naipes. El argumento trataba de dos enamorados que no podían ser el uno para el otro, y la pastorcilla se echó a llorar, por lo mucho que el drama se parecía al suyo.

  • ¬°No puedo resistirlo! -exclam√≥-. ¬°Tengo que salir del caj√≥n! -. Pero una vez volvieron a estar en el suelo y levantaron los ojos a la mesa, el viejo chino, despierto, se tambale√≥ con todo el cuerpo, pues por debajo de la cabeza lo ten√≠a de una sola pieza.
  • ¬°Que viene el viejo chino! -grit√≥ la zagala azorada, cayendo de rodillas.
  • Se me ocurre una idea -dijo el deshollinador-. ¬ŅY si nos meti√©semos en aquella gran jarra de la esquina? Estaremos entre rosas y espliego, y si se acerca le arrojaremos sal a los ojos.
  • No servir√≠a de nada -respondi√≥ ella-. Adem√°s, s√© que el chino y la jarra estuvieron prometidos, y siempre queda cierta simpat√≠a en semejantes circunstancias. No; el √ļnico recurso es lanzarnos al mundo.
  • ¬ŅDe verdad te sientes con valor para hacerlo? pregunt√≥ el deshollinador-. ¬ŅHas pensado en lo grande que es y que nunca podremos volver a este lugar?
  • S√≠ -afirm√≥ ella.

El deshollinador la mir√≥ fijamente y luego dijo: – Mi camino pasa por la chimenea. ¬ŅDe veras te sientes con √°nimo para aventurarte en el horno y trepar por la tuber√≠a? Saldr√≠amos al exterior de la chimenea; una vez all√≠, ya sabr√≠a yo apa√Ī√°rmelas. Subiremos tan arriba, que no podr√°n alcanzarnos, y en la cima hay un orificio que sale al vasto mundo. Y la condujo a la puerta del horno.

  • ¬°Qu√© oscuridad! -exclam√≥ ella, sin dejar de seguir a su gu√≠a por la caja del horno y por el tubo, oscuro como boca de lobo.
  • Estamos ahora en la chimenea -explic√≥le √©l-. F√≠jate: all√° arriba brilla la m√°s hermosa de las estrellas.

Era una estrella del cielo que les enviaba su luz, exactamente como para mostrarles el camino. Y ellos venga trepar y arrastrarse. ¡Horrible camino, y tan alto! Pero el mozo la sostenía, indicándole los mejores agarraderos para apoyar sus piececitos de porcelana. Así llegaron al borde superior de la chimenea y se sentaron en él, pues estaban muy cansados, y no sin razón. Encima de ellos extendíase el cielo con todas sus estrellas, y a sus pies quedaban los tejados de la ciudad. Pasearon la mirada en derredor, hasta donde alcanzaron los ojos; la pobre pastorcilla jamás habla imaginado cosa semejante; reclinó la cabecita en el hombro de su deshollinador y prorrumpió en llanto, con tal vehemencia que se le saltaba el oro del cinturón.

  • ¬°Es demasiado! -exclam√≥-. No podr√© soportarlo, el mundo es demasiado grande. ¬°Ojal√° estuviese sobre la mesa, bajo el espejo! No ser√© feliz hasta que vuelva a encontrarme all√≠. Te he seguido al ancho mundo; ahora podr√≠as devolverme al lugar de donde salimos. Lo har√°s, si es verdad que me quieres.

El deshollinador le record√≥ prudentemente el viejo chino y el ¬ęSargento-mayor-y-menormariscal-de-campo-pata-de-chivo¬Ľ, pero ella no cesaba de sollozar y besar a su compa√Īerito, el cual no pudo hacer otra cosa que ceder a sus s√ļplicas, aun siendo una locura. Y as√≠ bajaron de nuevo, no sin muchos tropiezos, por la chimenea, y se arrastraron por la tuber√≠a y el horno. No fue nada agradable.¬† Una vez en la caja del horno, pegaron la oreja a la puerta para enterarse de c√≥mo andaban las cosas en la sala. Reinaba un profundo silencio; miraron al interior y… ¬°Dios m√≠o!, el viejo chino yac√≠a en el suelo. Se hab√≠a ca√≠do de la mesa cuando trat√≥ de perseguirlos, y se rompi√≥ en tres pedazos; toda la espalda era uno de ellos, y la cabeza, rodando, hab√≠a ido a parar a una esquina. El ¬ęSargento-mayor-y-menor- mariscal-de-campo-pata-de-chivo¬Ľ segu√≠a en su puesto con aire pensativo.

  • ¬°Horrible! -exclam√≥ la pastorcita-. El abuelo roto a pedazos, y nosotros tenemos la culpa. ¬°No lo resistir√©! -y se retorc√≠a las manos.
  • A√ļn es posible pegarlo -dijo el deshollinador-. Pueden pegarlo muy bien, tranquil√≠zate; si le ponen masilla en la espalda y un buen clavo en la nuca quedar√° como nuevo; a√ļn nos dir√° cosas desagradables.
  • ¬ŅCrees? -pregunt√≥ ella. Y treparon de nuevo a la mesa.
  • Ya ves lo que hemos conseguido -dijo el deshollinador-. Pod√≠amos habernos ahorrado todas estas fatigas.
  • ¬°Si al menos estuviese pegado el abuelo! observ√≥ la muchacha-. ¬ŅCostar√° muy caro?

Pues lo pegaron, s√≠ se√Īor; la familia cuid√≥ de ello. Fue encolado por la espalda y clavado por el pescuezo, con lo cual qued√≥ como nuevo, aunque no pod√≠a ya mover la cabeza.

  • Se ha vuelto usted muy orgulloso desde que se hizo pedazos -dijo el ¬ęSargento-mayor-ymenor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo¬Ľ -. Y la verdad que no veo los motivos. ¬ŅMe la va a dar o no?

El deshollinador y la pastorcilla dirigieron al viejo chino una mirada conmovedora, temerosos de que agachase la cabeza; pero le era imposible hacerlo, y le resultaba muy molesto tener que explicar a un extra√Īo que llevaba un clavo en la nuca. Y de este modo siguieron viviendo juntas aquellas personitas de porcelana, bendiciendo el clavo del abuelo y queri√©ndose hasta que se hicieron pedazos a su vez. ¬† ¬† ¬† ¬† LA PIEDRA FILOSOFAL ¬† ¬† ¬† Sin duda conoces la historia de Holger Danske. No te la voy a contar, y s√≥lo te preguntar√© si recuerdas que ¬ęHolger Danske conquist√≥ la vasta tierra de la India Oriental, hasta el t√©rmino del mundo, hasta aquel √°rbol que llaman √°rbol del Sol¬Ľ, seg√ļn narra Christen Pedersen. ¬ŅSabes qui√©n es Christen Pedersen? No importa que no lo conozcas. All√≠, Holger Danske confiri√≥ al Preste Juan poder y soberan√≠a sobre la tierra de la India. ¬ŅConoces al Preste Juan? Bueno eso tampoco tiene importancia, pues no ha de salir en nuestra historia. En ella te hablamos del √°rbol del Sol ¬ęde la tierra de Indias Orientales, en el extremo del mundo¬Ľ, seg√ļn cre√≠an entonces los que no hab√≠an estudiado Geograf√≠a como nosotros. Pero tampoco esto importa. El √°rbol del Sol era un √°rbol magn√≠fico, como nosotros nunca hemos visto ni lo ver√°s t√ļ. Su copa abarcaba un radio de varias millas; en realidad era todo un bosque, y cada rama, a√ļn la m√°s peque√Īa, era como un √°rbol entero. Hab√≠a palmeras, hayas, pinos, en fin, todas las especies de √°rboles que crecen en el vasto mundo, brotaban all√≠ cual ramitas de las ramas grandes, y √©stas, con sus curvaturas y nudos, parec√≠an a su vez valles y monta√Īas, y estaban revestidas de un verdor aterciopelado y cuajado de flores. Cada rama era como un gran prado florido o un hermos√≠simo jard√≠n. El sol enviaba sus rayos bienhechores; por algo era el √°rbol del Sol, y en √©l se reun√≠an las aves de todos los confines del mundo: las procedentes de las selvas v√≠rgenes americanas, las que ven√≠an de las rosaledas de Damasco y de los desiertos y sabanas del √Āfrica, donde el elefante y el le√≥n creen reinar como √ļnicos soberanos. Ven√≠an las aves polares y tambi√©n la cig√ľe√Īa y la golondrina, naturalmente. Pero no s√≥lo acud√≠an las aves: el ciervo, la ardilla, el ant√≠lope y otros mil animales veloces y hermosos se sent√≠an all√≠ en su casa. La copa del √°rbol era un gran jard√≠n perfumado, y en ella, el centro de donde las ramas mayores irradiaban cual verdes colinas, levant√°base un palacio de cristal, desde cuyas ventanas se ve√≠an todos los pa√≠ses del mundo. Cada torre se ergu√≠a como un lirio, y se sub√≠a a su cima por el interior del tallo, en el que hab√≠a una escalera. Como se puede comprender f√°cilmente, las hojas ven√≠an a ser como unos balcones a los que uno pod√≠a asomarse, y en lo m√°s alto de la flor hab√≠a una gran sala circular, brillante y maravillosa, cuyo techo era el cielo azul, con el sol y las estrellas. No menos soberbios, aunque de otra forma, eran los vastos salones del piso inferior del palacio, en cuyas paredes se reflejaba el mundo entero. En ellas pod√≠a verse todo lo que suced√≠a, y no hac√≠a falta leer los peri√≥dicos, los cuales, por otra parte, no exist√≠an. Todos los sucesos desfilaban en im√°genes vivientes sobre la pared; claro que no era posible atender a todas, pues cada cosa tiene sus l√≠mites, valederos incluso para el m√°s sabio de los hombres, y el hecho es que all√≠ moraba el m√°s sabio de todos. Su nombre es tan dif√≠cil de pronunciar, que no sabr√≠as hacerlo aunque te empe√Īaras, de manera que vamos a dejarlo. Sab√≠a todo lo que un hombre puede saber y todo lo que se sabr√° en esta Tierra nuestra, con todos los inventos realizados y los que a√ļn quedan por realizar; pero no m√°s, pues, como ya dijimos, todo tiene sus l√≠mites. El sabio rey Salom√≥n, con ser tan sabio, no le llegaba en ciencia ni a la mitad. Ejerc√≠a su dominio sobre las fuerzas de la Naturaleza y sobre poderosos esp√≠ritus. La misma Muerte ten√≠a que present√°rsele cada ma√Īana con la lista de los destinados a morir en el transcurso del d√≠a; pero el propio rey Salom√≥n tuvo un d√≠a que fallecer, y √©ste era el pensamiento que, a menudo y con extra√Īa intensidad, ocupaba al sabio, al poderoso se√Īor del palacio del √°rbol del Sol. Tambi√©n √©l, tan superior a todos los dem√°s humanos en sabidur√≠a, estaba condenado a morir. No lo ignoraba; y sus hijos morir√≠an asimismo; como las hojas del bosque, caer√≠an y se convertir√≠an en polvo. Como desaparecen las hojas de los √°rboles y su lugar es ocupado por otras, as√≠ ve√≠a desvanecerse el g√©nero humano, y las hojas ca√≠das jam√°s renacen; se transforman en polvo, o en otras partes del vegetal. ¬ŅQu√© es de los hombres cuando viene el √Āngel de la Muerte? ¬ŅQu√© significa en realidad morir? El cuerpo se disuelve, y el alma… s√≠, ¬Ņqu√© es el alma? ¬ŅQu√© ser√° de ella? ¬ŅAd√≥nde va? ¬ęA la vida eterna¬Ľ, respond√≠a, consoladora, la Religi√≥n. Pero, ¬Ņc√≥mo se hace el tr√°nsito? ¬ŅD√≥nde se vive y c√≥mo? ¬ęAll√° en el cielo – contestaban las gentes piadosas -, all√≠ es donde vamos¬Ľ. ¬ę¬°All√° arriba! – repet√≠a el sabio, levantando los ojos al sol y las estrellas -, ¬°all√° arriba!¬Ľ – y ve√≠a, dada la forma esf√©rica de la Tierra, que el arriba y el abajo eran una sola y misma cosa, seg√ļn el lugar en que uno se halle en la flotante bola terrestre. Si sub√≠a hasta el punto culminante del Planeta, el aire, que ac√° abajo vemos claro y transparente, el ¬ęcielo luminoso¬Ľ se convert√≠a en un espacio oscuro, negro como el carb√≥n y tupido como un pa√Īo, y el sol aparec√≠a sin rayos ardientes, mientras nuestra Tierra estaba como envuelta en una niebla de color anaranjado. ¬°Qu√© limitado era el ojo del cuerpo! ¬°Qu√© poco alcanzaba el del alma! ¬°Qu√© pobre era nuestra ciencia! El propio sabio sab√≠a bien poco de lo que tanto nos importar√≠a saber. En la c√°mara secreta del palacio se guardaba el m√°s precioso tesoro de la tierra: ¬ęEl libro de la Verdad¬Ľ. Lo le√≠a hoja tras hoja. Era un libro que todo hombre puede leer, aunque s√≥lo a fragmentos. Ante algunos ojos las letras bailan y no dejan descifrar las palabras. En algunas p√°ginas la escritura se vuelve a veces tan p√°lida y borrosa, que parecen hojas en blanco. Cuanto m√°s sabio se es, tanto mejor se puede leer, y el m√°s sabio es el que m√°s lee. Nuestro sabio pod√≠a adem√°s concentrar la luz de las estrellas, la del sol, la de las fuerzas ocultas y la del esp√≠ritu. Con todo este brillo se le hac√≠a a√ļn m√°s visible la escritura de las hojas. Mas en el cap√≠tulo titulado ¬ęLa vida despu√©s de la muerte¬Ľ no se distingu√≠a ni la menor manchita. Aquello lo acongojaba. ¬ŅNo conseguir√≠a encontrar ac√° en la Tierra una luz que le hiciese visible lo que dec√≠a ¬ęEl libro de la Verdad¬Ľ? Como el sabio rey Salom√≥n, comprend√≠a el lenguaje de los animales, o√≠a su canto y su discurso, mas no por ello adelantaba en sus conocimientos. Descubri√≥ en las plantas y los metales ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† fuerzas ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† capaces ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† de ¬†¬†¬†¬†¬†¬† alejar ¬† las enfermedades y la muerte, pero ninguna capaz de destruirla. En todo lo que hab√≠a sido creado y √©l pod√≠a alcanzar, buscaba la luz capaz de iluminar la certidumbre de una vida eterna, pero no la encontraba. Ten√≠a abierto ante sus ojos ¬ęEl libro de la Verdad¬Ľ, mas las p√°ginas estaban en blanco. El Cristianismo le ofrec√≠a en la Biblia la consoladora promesa de una vida eterna, pero √©l se empe√Īaba vanamente en leer en su propio libro. Ten√≠a cinco hijos, instruidos como s√≥lo puede instruirlos el padre m√°s sabio, y una hija hermosa, dulce e inteligente, pero ciega. Esta desgracia apenas la sent√≠a ella, pues su padre y sus hermanos le hac√≠an de ojos, y su sentimiento √≠ntimo le daba la seguridad suficiente. Nunca los hijos se hab√≠an alejado m√°s all√° de donde se extend√≠an las ramas de los √°rboles, y menos a√ļn la hija; todos se sent√≠an felices en la casa de su ni√Īez, en el pa√≠s de su infancia, en el espl√©ndido y fragante √°rbol del Sol. Como todos los ni√Īos, gustaban de o√≠r cuentos, y su padre les contaba muchas cosas que otros ni√Īos no habr√≠an comprendido; pero aqu√©llos eran tan inteligentes como entre nosotros suelen ser la mayor√≠a de los viejos. Explic√°bales los cuadros vivientes que ve√≠an en las paredes del palacio, las acciones de los hombres y los acontecimientos en todos los pa√≠ses de la Tierra, y con frecuencia los hijos sent√≠an deseos de encontrarse en el lugar de los sucesos y de participar en las grandes haza√Īas. Mas el padre les dec√≠a entonces lo dif√≠cil y amarga que es la vida en la Tierra, y que las cosas no discurr√≠an en ella como las ve√≠an desde su maravilloso mundo infantil. Habl√°bales de la Belleza, la Verdad y la Bondad, diciendo que estas tres cosas sosten√≠an unido al mundo y que, bajo la presi√≥n que sufr√≠an, se transformaban en una piedra preciosa m√°s l√≠mpida que el diamante. Su brillo ten√≠a valor ante Dios, lo iluminaba todo, y esto era en realidad la llamada piedra filosofal. Dec√≠ales que, del mismo modo que partiendo de lo creado se deduc√≠a la existencia de Dios, as√≠ tambi√©n partiendo de los mismos hombres se llegaba a la certidumbre de que aquella piedra ser√≠a encontrada. M√°s no pod√≠a decirles, y esto era cuanto sab√≠a acerca de ella. Para otros ni√Īos, aquella explicaci√≥n hubiera sido incomprensible, pero los suyos s√≠ la entendieron, y andando el tiempo es de creer que tambi√©n la entender√°n los dem√°s. No se cansaban de preguntar a su padre acerca de la Belleza, la Bondad y la Verdad, y √©l les explicaba mil cosas, y les dijo tambi√©n que cuando Dios cre√≥ al hombre con limo de la tierra, estamp√≥ en √©l cinco besos de fuego salidos del coraz√≥n, f√©rvidos besos divinos, y ellos son lo que llamamos los cinco sentidos: por medio de ellos vemos, sentimos y comprendemos la Belleza, la Bondad y la Verdad; por ellos apreciamos y valoramos las cosas, ellos son para nosotros una protecci√≥n y un est√≠mulo. En ellos tenemos cinco posibilidades de percepci√≥n, interiores y exteriores, ra√≠z y cima, cuerpo y alma. Los ni√Īos pensaron mucho en todo aquello; d√≠a y noche ocupaba sus pensamientos. El hermano mayor tuvo un sue√Īo maravilloso y extra√Īo, que luego tuvo tambi√©n el segundo, y despu√©s el tercero y el cuarto. Todos so√Īaron lo mismo: que se marchaban a correr mundo y encontraban la piedra filosofal. Como una llama refulgente, brillaba en sus frentes cuando, a la claridad del alba, regresaban, montados en sus veloc√≠simos corceles, al palacio paterno, a trav√©s de los prados verdes y aterciopelados del jard√≠n de su patria. Y la piedra preciosa irradiaba una luz celestial y un resplandor tan vivo sobre las hojas del libro, que se hac√≠a visible lo que en ellas estaba escrito acerca de la vida de ultratumba. La hermana no so√Ī√≥ en irse al mundo, ni le pas√≥ la idea por la mente; para ella, el mundo era la casa de su padre. – Me marcho a correr mundo – dijo el mayor -. Tengo que probar sus azares y su modo de vida, y alternar con los hombres. S√≥lo quiero lo bueno y lo verdadero; con ellos encontrar√© lo bello. A mi regreso cambiar√°n muchas cosas. Sus pensamientos eran audaces y grandiosos, como suelen serlo los nuestros cuando estamos en casa, junto a la estufa, antes de salir al mundo y experimentar los rigores del viento y la intemperie y las punzadas de los abrojos. En √©l, como en sus hermanos, los cinco sentidos estaban muy desarrollados, tanto interior como exteriormente, pero cada uno ten√≠a un sentido que superaba en perfecci√≥n a los restantes. En el mayor era el de la vista, y buen servicio le prestar√≠a. Ten√≠a ojos para todas las √©pocas, – dec√≠a – ojos para todos los pueblos, ojos capaces de ver incluso en el interior de la tierra, donde yacen los tesoros, y en el interior del coraz√≥n humano, como si √©ste estuviera s√≥lo recubierto por una l√°mina de cristal; es decir, que en una mejilla que se sonroja o palidece, o en un ojo que llora o r√≠e, ve√≠a mucho m√°s de lo que vemos nosotros. El ciervo y el ant√≠lope lo acompa√Īaron hasta la frontera occidental, y all√≠ se les juntaron los cisnes salvajes, que volaban hacia el Noroeste. √Čl los sigui√≥, y pronto se encontr√≥ en el vasto mundo, lejos de la tierra de su padre, la cual se extiende ¬ępor Oriente hasta el conf√≠n del mundo¬Ľ..

LA PRINCESA DEL GUISANTE

√Črase una vez un pr√≠ncipe que quer√≠a casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorri√≥ todo el mundo, mas siempre hab√≠a alg√ļn pero. Princesas hab√≠a muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parec√≠a sospechoso. As√≠ regres√≥ a su casa muy triste, pues estaba empe√Īado en encontrar a una princesa aut√©ntica. Una tarde estall√≥ una terrible tempestad; suced√≠anse sin interrupci√≥n los rayos y los truenos, y llov√≠a a c√°ntaros; era un tiempo espantoso. En √©stas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudi√≥ a abrir.¬† Una princesa estaba en la puerta; pero ¬°santo Dios, c√≥mo la hab√≠an puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le met√≠a por las ca√Īas de los zapatos y le sal√≠a por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera. ¬ęPronto lo sabremos¬Ľ, pens√≥ la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levant√≥ la cama y puso un guisante sobre la tela met√°lica; luego amonton√≥ encima veinte colchones, y encima de √©stos, otros tantos edredones. En esta cama deb√≠a dormir la princesa. Por la ma√Īana le preguntaron qu√© tal hab√≠a descansado. – ¬°Oh, muy mal! -exclam√≥-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¬°Sabe Dios lo que habr√≠a en la cama! ¬°Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¬°Horrible!. Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, hab√≠a sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, pod√≠a ser tan sensible. El pr√≠ncipe la tom√≥ por esposa, pues se hab√≠a convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pas√≥ al museo, donde puede verse todav√≠a, si nadie se lo ha llevado. Esto s√≠ que es una historia, ¬Ņverdad?.

LA PRINCESA Y EL FRIJOL

Hab√≠a una vez un pr√≠ncipe que quer√≠a casarse con una princesa, pero que no se contentaba sino con una princesa de verdad. De modo que se dedic√≥ a buscarla por el mundo entero, aunque in√ļtilmente, ya que a todas las que le presentaban les hallaba alg√ļn defecto. Princesas hab√≠a muchas, pero nunca pod√≠a estar seguro de que lo fuesen de veras: siempre hab√≠a en ellas algo que no acababa de estar bien. As√≠ que regres√≥ a casa lleno de sentimiento, pues ¬°deseaba tanto una verdadera princesa! Cierta noche se desat√≥ una tormenta terrible. Menudeaban los rayos y los truenos y la lluvia ca√≠a a c√°ntaros ¬°aquello era espantoso! De pronto tocaron a la puerta de la ciudad, y el viejo rey fue a abrir en persona. En el umbral hab√≠a una princesa. Pero, ¬°santo cielo, c√≥mo se hab√≠a puesto con el mal tiempo y la lluvia! El agua le chorreaba por el pelo y las ropas, se le colaba en los zapatos y le volv√≠a a salir por los talones. A pesar de esto, ella insist√≠a en que era una princesa real y verdadera. ¬ęBueno, eso lo sabremos muy pronto¬Ľ, pens√≥ la vieja reina. Y, sin decir una palabra, se fue a su cuarto, quit√≥ toda la ropa de la cama y puso un frijol sobre el bastidor; luego coloc√≥ veinte colchones sobre el fr√≠jol, y encima de ellos, veinte almohadones hechos con las plumas m√°s suaves que uno pueda imaginarse. All√≠ tendr√≠a que dormir toda la noche la princesa. A la ma√Īana siguiente le preguntaron c√≥mo hab√≠a dormido. -¬°Oh, terriblemente mal! -dijo la princesa-. Apenas pude cerrar los ojos en toda la noche. ¬°Vaya usted a saber lo que hab√≠a en esa cama! Me acost√© sobre algo tan duro que amanec√≠ llena de cardenales por todas partes. ¬°Fue sencillamente horrible! Oyendo esto, todos comprendieron enseguida que se trataba de una verdadera princesa, ya que hab√≠a sentido el fr√≠jol nada menos que a trav√©s de los veinte colchones y los veinte almohadones. S√≥lo una princesa pod√≠a tener una piel tan delicada. Y as√≠ el pr√≠ncipe se cas√≥ con ella, seguro de que la suya era toda una princesa. Y el fr√≠jol fue enviado a un museo, donde se le puede ver todav√≠a, a no ser que alguien se lo haya robado. Vaya, √©ste s√≠ que fue todo un cuento, ¬Ņverdad?

  LA REINA DE LAS NIEVES

PRIMER EPISODIO Trata del espejo y del trozo de espejo ¬† Atenci√≥n, que vamos a empezar. Cuando hayamos llegado al final de esta parte sabremos m√°s que ahora; pues esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¬°como que era el diablo en persona! Un d√≠a estaba de muy buen humor, pues hab√≠a construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en √©l se reflejaba se encog√≠a hasta casi desaparecer, mientras que lo in√ļtil y feo destacaba y a√ļn se intensificaba. Los paisajes m√°s hermosos aparec√≠an en √©l como espinacas hervidas, y las personas m√°s virtuosas resultaban repugnantes o se ve√≠an en posici√≥n invertida, sin tronco y con las caras tan contorsionadas, que era imposible reconocerlas; y si uno ten√≠a una peca, pod√≠a tener la certeza de que se le extender√≠a por la boca y la nariz. Era muy divertido, dec√≠a el diablo. Si un pensamiento bueno y piadoso pasaba por la mente de una persona, en el espejo se reflejaba una risa sard√≥nica, y el diablo se retorc√≠a de puro regocijo por su ingeniosa invenci√≥n. Cuantos asist√≠an a su escuela de brujer√≠a – pues manten√≠a una escuela para duendes – contaron en todas partes que hab√≠a ocurrido un milagro; desde aquel d√≠a, afirmaban, pod√≠a verse c√≥mo son en realidad el mundo y los hombres. Dieron la vuelta al Globo con el espejo, y, finalmente, no qued√≥ ya un solo pa√≠s ni una sola persona que no hubiese aparecido desfigurada en √©l. Luego quisieron subir al mismo cielo, deseosos de re√≠rse a costa de los √°ngeles y de Dios Nuestro Se√Īor. Cuanto m√°s se elevaban con su espejo, tanto m√°s se re√≠a √©ste sarc√°sticamente, hasta tal punto que a duras penas pod√≠an sujetarlo. Siguieron volando y acerc√°ndose a Dios y a los √°ngeles, y he aqu√≠ que el espejo tuvo tal acceso de risa, que se solt√≥ de sus manos y cay√≥ a la Tierra, donde qued√≥ roto en cien millones, qu√© digo, en billones de fragmentos y a√ļn m√°s. Y justamente entonces caus√≥ m√°s trastornos que antes, pues algunos de los pedazos, del tama√Īo de un grano de arena, dieron la vuelta al mundo, deteni√©ndose en los sitios donde ve√≠an gente, la cual se reflejaba en ellos completamente contrahecha, o bien se limitaban a reproducir s√≥lo lo irregular de una cosa, pues cada uno de los min√ļsculos fragmentos conservaba la misma virtud que el espejo entero. A algunas personas, uno de aquellos pedacitos lleg√≥ a met√©rseles en el coraz√≥n, y el resultado fue horrible, pues el coraz√≥n se les volvi√≥ como un trozo de hielo. Varios pedazos eran del tama√Īo suficiente para servir de cristales de ventana; pero era muy desagradable mirar a los amigos a trav√©s de ellos. Otros fragmentos se emplearon para montar anteojos, y cuando las personas se calaban estos lentes para ver bien y con justicia, huelga decir lo que pasaba. El diablo se re√≠a a reventar, divirti√©ndose de lo lindo. Pero algunos pedazos diminutos volaron m√°s lejos. Ahora vais a o√≠rlo.

 

CUENTOS

El d√≠a de hoy hablar√© de la importancia de leer cuentos a los ni√Īos. Estuve investigando much√≠simo en internet sobre los beneficios de leer cuentos cortos a nuestros ni√Īos y encontr√© much√≠simos un mont√≥n de beneficios los he mezclado y los voy a transmitir los 8 beneficios m√°s importantes de leerle cuentos infantiles a nuestros hijos, as√≠ que vamos!

CUENTOS INFANTILES

Vamos a hacer ni√Īos m√°s reflexivos,a trav√©s de la lectura de los cuentos las historias las f√°bulas que le leamos, los ni√Īos van a comprender con mensajes moralejas c√≥mo actuar, como no actuar, como portarse bien, no portarse bien qu√© pasa cuando te portas mal, que te pasa cuando te portas bien, qu√© pasa si no se tiene miedo, qu√© pasa¬† si se tratan estos miedos, hay ejemplos para todos, pero el truco est√° en elegir bien el cuento corto o el libro que le vas a comprar o leer a tu hijo, y por eso hay rese√Īas en internet, o puedes abrir el libro al darle una ojeada y ya una vez que ya ver√°s que todo est√° bien lo compras¬† y se lo le√©is.

CUENTOS PARA DORMIR

Es una de las bases para el desarrollo intelectual de nuestros ni√Īos, vamos a hacer que con historias entiendan el mundo que est√°n conociendo much√≠simo m√°s r√°pido, ellos son una esponja van a hacer que los elementos de las historias, los elementos de los cuentos formen parte de su propio mundo y as√≠ van a ir construyendo su realidad.

CUENTOS CORTOS

Estimula su memoria y sus ganas de expresarse, se van a aprender los elementos de las historias los personajes las mismas historias me pasa que con mis hijos abec√©s le leo un cuento, y yo me muere el sue√Īo y trato de saltarme una hoja para que sea m√°s corto y me dice no as√≠ no era le pasaba esto y esto y esto se acuerda de cada personaje de cada historia de cada acci√≥n de las emociones y con esto vas desarrollando su memoria.

CUENTOS PARA NI√ĎOS

Fomentan la lectura y el amor por los libros, esto es muy importante al acostumbrarlo desde peque√Īos a leer libros a vivir historias a vivir aventuras a trav√©s de los libros a conocer mundos de fantas√≠a van a hacer que ellos quieran m√°s y m√°s y m√°s, y as√≠ poco a poco van adquiriendo m√°s libros m√°s libros m√°s libros m√°s historias y al final van a terminar siendo grandes lectores Aumentan su vocabulario,¬†al leer libros y cuentos en su cabeza se le van colando ideas palabras, frases que van haciendo que su vocabulario sea mas extenso.

CUENTOS INFANTILES CORTOS

Estimulan el desarrollo cognitivo de los ni√Īos,a trav√©s de los cuentos van a aprender colores formas animales dinosaurios planeta en depende del libro que leas de la historia del libro, se puede aprender de las estaciones de cualquier cosa que haya en este mundo e incluso puedes trabajar por proyectos, por ejemplo con mis hijos hubo¬† una √©poca que se meti√≥ en el mundo de los dinosaurios entonces lo empec√© a comprar libros de dinosaurios y as√≠ fortalecidas lo que a ella le interesaba entonces esa es una buena idea

CUENTOS INFANTILES. PDF

Estimula es la imaginaci√≥n la creatividad y las expresiones art√≠sticas del ni√Īo, como porque hay libros de rimas hay libros de preguntas hay libros totalmente fant√°sticos hay libros, y esto es muy importante a m√≠ me gust√≥ much√≠simo con unas ilustraciones con unos dibujos con unas pinturas que al ni√Īo lo vas introduciendo en el arte lo haces seduciendo en diferentes expresiones art√≠sticas La que me parece m√°s importante y por eso lo he dejado para el final que es que crean lazos con tu hijo que nunca se va a olvidar ese momento especial que t√ļ tienes con √©l porque no hay no hay otro momento en el d√≠a que te pueda desconectar como cuando lees un libro, con esto a relajarte tu y los relajas a el as√≠ que es un s√ļper momento antes de ir a dormir ya saben lean m√°s cuentos menos tele m√°s libros.