MAS CUENTOS CORTOS

Hoy hablar√© sobre la importancia de leer cuentos a los ni√Īos. Investigu√© mucho en Internet sobre los beneficios de leer cuentos a nuestros hijos y encontr√© muchos beneficios, los mezcl√© y les voy a transmitir los 8 beneficios m√°s importantes de leer cuentos infantiles a nuestros hijos. , ¬°Entonces vamos!

HISTORIAS DE NI√ĎOS

Haremos que los ni√Īos sean m√°s reflexivos, al leer los cuentos los cuentos las f√°bulas que leemos, los ni√Īos entender√°n con mensajes morales c√≥mo actuar, c√≥mo no actuar, c√≥mo comportarse bien, no comportarse bien qu√© pasa cuando nos comportamos mal, que te pasa cuando te portas bien, que pasa si no tienes miedo, que si esos miedos se manejan, hay ejemplos para todos, pero el truco es elegir el cuento o el libro que te vas a comprar o leerle a tu hijo, y es por eso que hay rese√Īas en Internet, o puedes abrir el libro echando un ojo y una vez que ves que est√° bien, lo compras y se lo lees.

HISTORIAS DE SUE√ĎO

Es una de las bases del desarrollo intelectual de nuestros hijos, les haremos entender el mundo que aprenden mucho más rápido con los cuentos, son una esponja, harán los elementos de los cuentos, los elementos de los cuentos. parte de su propio mundo y así construirán su realidad.

CUENTOS CORTOS

Estimula su memoria y sus ganas de expresarse, aprender√°n los elementos de las historias, los personajes, me pasan las mismas historias que a mis ni√Īos de ABC les leo un cuento, y duermo dormido y trato de saltarme una p√°gina. para acortarlo y me dice que no, eso no es lo que le pas√≥, esto y aquello y que recuerda a cada personaje en cada historia de cada acci√≥n de emociones y con eso se desarrolla su memoria.

HISTORIAS PARA NI√ĎOS

Fomentan la lectura y el amor por los libros, esto es muy importante porque desde muy peque√Īos se acostumbran a leer libros para vivir historias para vivir aventuras a trav√©s de libros para descubrir mundos fant√°sticos, har√°n que la gente quiera m√°s y m√°s, y as√≠ poco a poco. adquieren m√°s libros m√°s libros m√°s libros m√°s cuentos y al final acabar√°n siendo grandes lectores Aumentan su vocabulario, leyendo libros e historias en su cabeza, las ideas, palabras, frases que componen su vocabulario son m√°s extensas.

HISTORIAS DE NI√ĎOS. PDF

Estimula la imaginaci√≥n, la creatividad y las expresiones art√≠sticas del ni√Īo, porque porque hay libros de rimas, hay libros de preguntas, hay libros totalmente fant√°sticos, hay libros., Y esto es muy importante. Me gust√≥ mucho con unas ilustraciones con unos dibujos con unas pinturas que introduces al arte, lo haces seduciendo en diferentes expresiones art√≠sticas. El que me parece el m√°s importante y por eso lo dej√© para el final es que se vinculan con tu hijo que nunca olvidar√° ese momento especial que tienes con √©l porque √©l no lo har√°. No hay otro momento en el d√≠a que Puede desconectarte como cuando est√°s leyendo un libro, con eso para relajarte y relajarte por lo que es un gran momento antes de acostarte sabes leer m√°s historias menos televisi√≥n m√°s libros.

La rosa mas bella del mundo

La sirenita La sombra

La ultima perla

La vieja losa sepulcral

Las cig√ľe√Īas

Las flores de la peque√Īa Ida

Lo m√°s increible

Lo que hace el padre bien hecho est√°

Los campeones de salto

Los zapatos de la suerte

Los cisnes salvajes

Los vecinos

Los vestidos nuevos del emperador

Los zapatos rojos

No era buena para nada

Pegaojos

Pulgarcita

Sopa de palillo de morcilla

Tia dolor de muelas

Tiene que haber diferencias

Una historia

Una hoja del cielo

Una rosa de la tumba de Homero

Vision del baluarte

Las habichuelas m√°gicas

CUENTOS CORTOS INFANTILES

CUENTOS CORTOS INFANTILES PARA DORMIR

LA ROSA MAS BELLA DEL MUNDO

√Črase una reina muy poderosa, en cuyo jard√≠n luc√≠an las flores m√°s hermosas de cada estaci√≥n del a√Īo. Ella prefer√≠a las rosas por encima de todas; por eso las ten√≠a de todas las variedades, desde el escaramujo de hojas verdes y olor de manzana hasta la m√°s magn√≠fica rosa de Provenza. Crec√≠an pegadas al muro del palacio, se enroscaban en las columnas y los marcos de las ventanas y, penetrando en las galer√≠as, se extend√≠an por los techos de los salones, con gran variedad de colores, formas y perfumes. Pero en el palacio moraban la tristeza y la aflicci√≥n. La Reina yac√≠a enferma en su lecho, y los m√©dicos dec√≠an que iba a morir. – Hay un medio de salvarla, sin embargo afirm√≥ el m√°s sabio de ellos-. Traedle la rosa m√°s espl√©ndida del mundo, la que sea expresi√≥n del amor puro y m√°s sublime. Si puede verla antes de que sus ojos se cierren, no morir√°. Y ya ten√©is a viejos y j√≥venes acudiendo, de cerca y de lejos, con rosas, las m√°s bellas que crec√≠an en todos los jardines; pero ninguna era la requerida. La flor milagrosa ten√≠a que proceder del jard√≠n del amor; pero incluso en √©l, ¬Ņqu√© rosa era expresi√≥n del amor m√°s puro y sublime? Los poetas cantaron las rosas m√°s hermosas del mundo, y cada uno celebraba la suya. Y el mensaje corri√≥ por todo el pa√≠s, a cada coraz√≥n en que el amor palpitaba; corri√≥ el mensaje y lleg√≥ a gentes de todas las edades y clases sociales.

  • Nadie ha mencionado a√ļn la flor -afirmaba el sabio. Nadie ha designado el lugar donde florece en toda su magnificencia. No son las rosas de la tumba de Romeo y Julieta o de la Walburg, a pesar de que su aroma se exhalar√° siempre en leyendas y canciones; ni son las rosas que brotaron de las lanzas ensangrentadas de Winkelried, de la sangre sagrada que mana del pecho del h√©roe que muere por la patria, aunque no hay muerte m√°s dulce ni rosa m√°s roja que aquella sangre. Ni es tampoco aquella flor maravillosa para cuidar la cual el hombre sacrifica su vida velando de d√≠a y de noche en la sencilla habitaci√≥n: la rosa m√°gica de la Ciencia.
  • Yo s√© d√≥nde florece -dijo una madre feliz, que se present√≥ con su hijito a la cabecera de la Reina-. S√© d√≥nde se encuentra la rosa m√°s preciosa del mundo, la que es expresi√≥n del amor m√°s puro y sublime. Florece en las rojas mejillas de mi dulce hijito cuando, restaurado por el sue√Īo, abre los ojos y me sonr√≠e con todo su amor.

Bella es esa rosa -contestó el sabio pero hay otra más bella todavía.

  • ¬°S√≠, otra mucho m√°s bella! -dijo una de las mujeres-. La he visto; no existe ninguna que sea m√°s noble y m√°s santa. Pero era p√°lida como los p√©talos de la rosa de t√©. En las mejillas de la Reina la vi. La Reina se hab√≠a quitado la real corona, y en las largas y dolorosas noches sosten√≠a a su hijo enfermo, llorando, bes√°ndolo y rogando a Dios por √©l, como s√≥lo una madre ruega a la hora de la angustia.
  • Santa y maravillosa es la rosa blanca de la tristeza en su poder, pero tampoco es la requerida.
  • No; la rosa m√°s incomparable la vi ante el altar del Se√Īor -afirm√≥ el anciano y piadoso obispo-. La vi brillar como si reflejara el rostro de un √°ngel. Las doncellas se acercaban a la sagrada mesa, renovaban el pacto de alianza de su bautismo, y en sus rostros lozanos se encend√≠an unas rosas y palidec√≠an otras. Hab√≠a entre ellas una muchachita que, henchida de amor y pureza, elevaba su alma a Dios: era la expresi√≥n del amor m√°s puro y m√°s sublime. – ¬°Bendita sea! -exclam√≥ el sabio-, mas ninguno ha nombrado a√ļn la rosa m√°s bella del mundo. En esto entr√≥ en la habitaci√≥n un ni√Īo, el hijito de la Reina; hab√≠a l√°grimas en sus ojos y en sus mejillas, y tra√≠a un gran libro abierto, encuadernado en terciopelo, con grandes broches de plata.
  • ¬°Madre! -dijo el ni√Īo-. ¬°Oye lo que acabo de leer! -. Y, sent√°ndose junto a la cama, se puso a leer acerca de Aqu√©l que se hab√≠a sacrificado en la cruz para salvar a los hombres y a las generaciones que no hab√≠an nacido.
  • ¬°Amor m√°s sublime no existe!

Encendióse un brillo rosado en las mejillas de la Reina, sus ojos se agrandaron y resplandecieron, pues vio que de las hojas de aquel libro salía la rosa más espléndida del mundo, la imagen de la rosa que, de la sangre de Cristo, brotó del árbol de la Cruz.

  • ¬°Ya la veo! -exclam√≥-. Jam√°s morir√° quien contemple esta rosa, la m√°s bella del mundo.

LA SIRENITA ¬† En alta mar el agua es azul como los p√©talos de la m√°s hermosa centaura, y clara como el cristal m√°s puro; pero es tan profunda, que ser√≠a in√ļtil echar el ancla, pues jam√°s podr√≠a √©sta alcanzar el fondo. Habr√≠a que poner muchos campanarios, unos encima de otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie. Pero no cre√°is que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en √©l crecen tambi√©n √°rboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que al menor movimiento del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y chicos, se deslizan por entre las ramas, exactamente como hacen las aves en el aire. En el punto de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de coral, y las largas ventanas puntiagudas, del √°mbar m√°s transparente; y el tejado est√° hecho de conchas, que se abren y cierran seg√ļn la corriente del agua. Cada una de estas conchas encierra perlas brillant√≠simas, la menor de las cuales honrar√≠a la corona de una reina. Hac√≠a muchos a√Īos que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza; por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras que los dem√°s nobles s√≥lo estaban autorizados a llevar seis. Por lo dem√°s, era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran seis, y todas bell√≠simas, aunque la m√°s bella era la menor; ten√≠a la piel clara y delicada como un p√©talo de rosa, y los ojos azules como el lago m√°s profundo; como todas sus hermanas, no ten√≠a pies; su cuerpo terminaba en cola de pez. Las princesas se pasaban el d√≠a jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas paredes crec√≠an flores. Cuando se abr√≠an los grandes ventanales de √°mbar, los peces entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando les abrimos las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y dej√°ndose acariciar. Frente al palacio hab√≠a un gran jard√≠n, con √°rboles de color rojo de fuego y azul oscuro; sus frutos brillaban como oro, y las flores parec√≠an llamas, por el constante movimiento de los pec√≠olos y las hojas. El suelo lo formaba arena fin√≠sima, azul como la llama del azufre. De arriba descend√≠a un maravilloso resplandor azul; m√°s que estar en el fondo del mar, se ten√≠a la impresi√≥n de estar en las capas altas de la atm√≥sfera, con el cielo por encima y por debajo. Cuando no soplaba viento, se ve√≠a el sol; parec√≠a una flor purp√ļrea, cuyo c√°liz irradiaba luz. Cada princesita ten√≠a su propio trocito en el jard√≠n, donde cavaba y plantaba lo que le ven√≠a en gana. Una hab√≠a dado a su porci√≥n forma de ballena; otra hab√≠a preferido que tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la suya circular, como el sol, y todas sus flores eran rojas, como √©l. Era una chiquilla muy especial, callada y cavilosa, y mientras sus hermanas hac√≠an gran fiesta con los objetos m√°s raros procedentes de los barcos naufragados, ella s√≥lo jugaba con una estatua de m√°rmol, adem√°s de las rojas flores semejantes al sol. La estatua representaba un ni√Īo hermos√≠simo, esculpido en un m√°rmol muy blanco y n√≠tido; las olas la hab√≠an arrojado al fondo del oc√©ano. La princesa plant√≥ junto a la estatua un sauce llor√≥n color de rosa; el √°rbol creci√≥ espl√©ndidamente, y sus ramas colgaban sobre el ni√Īo de m√°rmol, proyectando en el arenoso fondo azul su sombra violeta, que se mov√≠a a comp√°s de aqu√©llas; parec√≠a como si las ramas y las ra√≠ces jugasen unas con otras y se besasen. Lo que m√°s encantaba a la princesa era o√≠r hablar del mundo de los hombres, de all√° arriba; la abuela ten√≠a que contarle todo cuanto sab√≠a de barcos y ciudades, de hombres y animales. Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores tuvieran olor, pues las del fondo del mar no ol√≠an a nada; y la sorprend√≠a tambi√©n que los bosques fuesen verdes, y que los peces que se mov√≠an ¬†¬†¬†¬† entre ¬†¬† los ¬†¬†¬†¬†¬† √°rboles ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† cantasen ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† tan melodiosamente. Se refer√≠a a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las ni√Īas pudieran entenderla, pues no hab√≠an visto nunca aves. – Cuando cumpl√°is quince a√Īos -dijo la abuela- se os dar√° permiso para salir de las aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos que pasan; entonces ver√©is tambi√©n bosques y ciudades. Al a√Īo siguiente, la mayor de las hermanas cumpli√≥ los quince a√Īos; todas se llevaban un a√Īo de diferencia, por lo que la menor deb√≠a aguardar todav√≠a cinco, hasta poder salir del fondo del mar y ver c√≥mo son las cosas en nuestro mundo. Pero la mayor prometi√≥ a las dem√°s que al primer d√≠a les contar√≠a lo que viera y lo que le hubiera parecido m√°s hermoso; pues por m√°s cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que ellas estaban curiosas por saber. Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente porque deb√≠a esperar a√ļn tanto tiempo y porque era tan callada y retra√≠da. Se pasaba muchas noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a trav√©s de las aguas azuloscuro, c√≥mo los peces correteaban agitando las aletas y la cola. Alcanzaba tambi√©n a ver la luna y las estrellas, que a trav√©s del agua parec√≠an muy p√°lidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros. Cuando una nube negra las tapaba, la princesa sab√≠a que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un barco con muchos hombres a bordo, los cuales jam√°s hubieran pensado en que all√° abajo hab√≠a una joven y encantadora sirena que extend√≠a las blancas manos hacia la quilla del nav√≠o. ¬† Lleg√≥, pues, el d√≠a en que la mayor de las princesas cumpli√≥ quince a√Īos, y se remont√≥ hacia la superficie del mar. A su regreso tra√≠a mil cosas que contar, pero lo m√°s hermoso de todo, dijo, hab√≠a sido el tiempo que hab√≠a pasado bajo la luz de la luna, en un banco de arena, con el mar en calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban como millares de estrellas, y oyendo la m√ļsica, el ruido y los rumores de los carruajes y las personas; tambi√©n le hab√≠a gustado ver los campanarios y torres y escuchar el ta√Īido de las campanas. ¬°Ah, con cu√°nta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, sali√≥ a la ventana a mirar a trav√©s de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parec√≠a o√≠r el son de las campanas, que llegaba hasta el fondo del mar. Al a√Īo siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas direcciones. Emergi√≥ en el momento preciso en que el sol se pon√≠a, y aquel espect√°culo le pareci√≥ el m√°s sublime de todos. De un extremo el otro, el sol era como de oro -dijo-, y las nubes, ¬°oh, las nubes, qui√©n ser√≠a capaz de describir su belleza! Hab√≠an pasado encima de ella, rojas y moradas, pero con mayor rapidez volaba a√ļn, semejante a un largo velo blanco, una bandada de cisnes salvajes; volaban en direcci√≥n al sol; pero el astro se ocult√≥, y en un momento desapareci√≥ el tinte rosado del mar y de las nubes. Al cabo de otro a√Īo toc√≥le el turno a la hermana tercera, la m√°s audaz de todas; por eso remont√≥ un r√≠o que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de p√°mpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magn√≠ficos bosques; oy√≥ el canto de los p√°jaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias veces para refrescarse el rostro ardiente. En una peque√Īa bah√≠a se encontr√≥ con una multitud de chiquillos que corr√≠an desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero los peque√Īos huyeron asustados, y entonces se le acerc√≥ un animalito negro, un perro; jam√°s hab√≠a visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa tuvo miedo y corri√≥ a refugiarse en alta mar. Nunca olvidar√≠a aquellos soberbios bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que pod√≠an nadar a pesar de no tener cola de pez. La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movi√≥ del alta mar, y dijo que √©ste era el lugar m√°s hermoso; desde √©l se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo semejaba una campana de cristal. Hab√≠a visto barcos, pero a gran distancia; parec√≠an gaviotas; los graciosos delfines hab√≠an estado haciendo piruetas, y enormes ballenas la hab√≠an cortejado proyectando agua por las narices como centenares de surtidores. Al otro a√Īo toc√≥ el turno a la quinta hermana; su cumplea√Īos ca√≠a justamente en invierno; por eso vio lo que las dem√°s no hab√≠an visto la primera vez. El mar aparec√≠a intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y, sin embargo, mucho mayores que los campanarios que constru√≠an los hombres. Adoptaban las formas m√°s caprichosas y brillaban como diamantes. Ella se hab√≠a sentado en la c√ļspide del m√°s voluminoso, y todos los veleros se desviaban aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del viento; pero hacia el atardecer el cielo se hab√≠a cubierto de nubes, y hab√≠an estallado rel√°mpagos y truenos, mientras el mar, ahora negro, levantaba los enormes bloques de hielo que brillaban a la roja luz de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas, y las tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella habla seguido sentada tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el mar reluciente. La primera vez que una de las hermanas sali√≥ a la superficie del agua, todas las dem√°s quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que hab√≠a visto; pero una vez tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pas√≥ a ser indiferente para ellas. Sent√≠an la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que sus parajes submarinos eran los m√°s hermosos de todos, y que se sent√≠an muy bien en casa. Alg√ļn que otro atardecer, las cinco hermanas se cog√≠an de la mano y sub√≠an juntas a la superficie. Ten√≠an bell√≠simas voces, mucho m√°s bellas que cualquier humano y cuando se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corr√≠an peligro de naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar, anim√°ndolos a no temerlo; pero los hombres no comprend√≠an sus palabras, y cre√≠an que eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del fondo, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del mar s√≥lo llegaban cad√°veres. Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, sub√≠an a la superficie del oc√©ano, la menor se quedaba abajo sola, mir√°ndolas con ganas de llorar; pero una sirena no tiene l√°grimas, y por eso es mayor su sufrimiento. – Ay si tuviera quince a√Īos! -dec√≠a -. S√© que me gustar√° el mundo de all√° arriba, y amar√© a los hombres que lo habitan. Y como todo llega en este mundo, al fin cumpli√≥ los quince a√Īos. – Bien, ya eres mayor le dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviar√© como a tus hermanas-. Y le puso en el cabello una corona de lirios blancos; pero cada p√©talo era la mitad de una perla, y la anciana mand√≥ adherir ocho grandes ostras a la cola de la princesa como distintivo de su alto rango.

  • ¬°Duele! -exclamaba la doncella.
  • Hay que sufrir para ser hermosa -contest√≥ la anciana.

La doncella de muy buena gana se habr√≠a sacudido todas aquellos adornos y la pesada diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jard√≠n; pero no se atrevi√≥ a introducir novedades. – ¬°Adi√≥s! – dijo, elev√°ndose, ligera y di√°fana a trav√©s del agua, como una burbuja. El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asom√≥ la cabeza a la superficie; pero las nubes reluc√≠an a√ļn como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba la estrella vespertina, tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Hab√≠a a poca distancia un gran barco de tres palos; una sola vela estaba izada, pues no se mov√≠a ni la m√°s leve brisa, y en cubierta se ve√≠an los marineros por entre las jarcias y sobre las p√©rtigas. Hab√≠a m√ļsica y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de colores; parec√≠a como si ondeasen al aire las banderas de todos los pa√≠ses. La joven sirena se acerc√≥ nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la levantaba, pod√≠a echar una mirada a trav√©s de los cristales, l√≠mpidos como espejos, y ve√≠a muchos hombres magn√≠ficamente ataviados. El m√°s hermoso, empero, era el joven pr√≠ncipe, de grandes ojos negros. Seguramente no tendr√≠a mas all√° de diecis√©is a√Īos; aquel d√≠a era su cumplea√Īos, y por eso se celebraba la fiesta. Los marineros bailaban en cubierta, y cuando sali√≥ el pr√≠ncipe se dispararon m√°s de cien cohetes, que brillaron en el aire, ilumin√°ndolo como la luz de d√≠a, por lo cual la sirena, asustada, se apresur√≥ a sumergirse unos momentos; cuando volvi√≥ a asomar a flor de agua, le pareci√≥ como si todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca hab√≠a visto fuegos artificiales. Grandes soles zumbaban en derredor, magn√≠ficos peces de fuego surcaban el aire azul, reflej√°ndose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad, que pod√≠a distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. ¬°Ay, qu√© guapo era el joven pr√≠ncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la m√ļsica sonaba en la noche. Pasaba el tiempo, y la peque√Īa sirena no pod√≠a apartar los ojos del nav√≠o ni del apuesto pr√≠ncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron tambi√©n los ca√Īonazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos. Ella segu√≠a meci√©ndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes a cada vaiv√©n de las olas. Luego el barco aceler√≥ su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejan√≠a zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos hubieron de arriar nuevamente las velas. El buque se balanceaba en el mar enfurecido, las olas se alzaban como enormes monta√Īas negras que amenazaban estrellarse contra los m√°stiles; pero el barco segu√≠a flotando como un cisne, hundi√©ndose en los abismos y levant√°ndose hacia el cielo alternativamente, juguete de las aguas enfurecidas. A la joven sirena le parec√≠a aquello un delicioso paseo, pero los marineros pensaban muy de otro modo. El barco cruj√≠a y crepitaba, las gruesas planchas se torc√≠an a los embates del mar. El palo mayor se parti√≥ como si fuera una ca√Īa, y el barco empez√≥ a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en √©l por varios puntos. S√≥lo entonces comprendi√≥ la sirena el peligro que corr√≠an aquellos hombres; ella misma ten√≠a que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos flotantes. Unas veces la oscuridad era tan completa, que la sirena no pod√≠a distinguir nada en absoluto; otras veces los rel√°mpagos daban una luz viv√≠sima, permiti√©ndole reconocer a los hombres del barco. Buscaba especialmente al pr√≠ncipe, y, al partirse el nav√≠o, lo vio hundirse en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegr√≠a, pues ahora iba a tenerlo en sus dominios; pero luego record√≥ que los humanos no pueden vivir en el agua, y que el hermoso joven llegar√≠a muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese; por eso ech√≥ ella a nadar por entre los maderos y las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes en que pod√≠an aplastarla. Hundi√©ndose en el agua y elev√°ndose nuevamente, lleg√≥ al fin al lugar donde se encontraba el pr√≠ncipe, el cual se hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumec√©rsele, sus bellos ojos se cerraban, y habr√≠a sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandon√≥ al impulso de las olas.

 LA SOMBRA

¬°Es terrible lo que quema el sol en los pa√≠ses c√°lidos! Las gentes se vuelven muy morenas, y en los pa√≠ses m√°s t√≥rridos su piel se quema hasta hacerse negra. Pero ahora vais a o√≠r la historia de un sabio que de los pa√≠ses fr√≠os pas√≥ sin transici√≥n a los c√°lidos, y cre√≠a que podr√≠a seguir viviendo all√≠ como en su tierra. Muy pronto tuvo que cambiar de opini√≥n. Durante el d√≠a tuvo que seguir el ejemplo de todas las personas juiciosas: permanecer en casa, con los postigos de puertas y ventanas bien cerrados. Hubi√©rase dicho que la casa entera dorm√≠a o que no hab√≠a nadie en ella. Para empeorar las cosas, la estrecha calle de altos edificios, en la que resid√≠a nuestro hombre, estaba orientada de manera que en ella daba el sol desde el mediod√≠a hasta el ocaso; era realmente inaguantable. El sabio de las tierras fr√≠as era un hombre joven e inteligente; ten√≠a la impresi√≥n de estar encerrado en un horno ardiente, y aquello lo afect√≥ de tal modo que adelgaz√≥ terriblemente, tanto, que hasta su sombra se contrajo y redujo, volvi√©ndose mucho m√°s peque√Īa que cuando se hallaba en su pa√≠s; el sol la absorb√≠a tambi√©n. S√≥lo se recuperaban al anochecer, una vez el astro se hab√≠a ocultado. Era un espect√°culo que daba gusto. No bien se encend√≠a la luz de la habitaci√≥n, la sombra se proyectaba entera en la pared, en toda su longitud; deb√≠a estirarse para recobrar las fuerzas. El sabio sal√≠a al balc√≥n, para estirarse en √©l, y en cuanto aparec√≠an las estrellas en el cielo sereno y maravilloso, se sent√≠a pasar de muerte a vida. En todos los balcones de las casas – en los pa√≠ses c√°lidos, todas las casas tienen balcones – se ve√≠a gente; pues el aire es imprescindible, incluso cuando se es moreno como la caoba. Todo se animaba, arriba y abajo. Zapateros, sastres y ciudadanos en general sal√≠an a la calle con sus mesas y sillas, y ard√≠a la luz, y m√°s de mil luces, y todos hablaban unos con otros y cantaban, y algunos paseaban, mientras rodaban coches y pasaban mulos, haciendo sonar sus cascabeles. Desfilaban entierros al son de cantos f√ļnebres, los golfillos callejeros encend√≠an petardos, repicaban las campanas; en suma, que en la calle reinaba una gran animaci√≥n. Una sola casa, la fronteriza a la ocupada por el sabio extranjero, se manten√≠a en absoluto silencio, y, sin embargo, la habitaba alguien, pues hab√≠a flores en el balc√≥n, flores que crec√≠an ub√©rrimas bajo el sol ardoroso, cosa que habr√≠a sido imposible de no ser regadas; alguien deb√≠a regarlas, pues, y, por tanto, alguien deb√≠a de vivir en la casa. Al atardecer abr√≠an tambi√©n el balc√≥n, pero el interior quedaba oscuro, por lo menos las habitaciones delanteras; del fondo llegaba m√ļsica. Al sabio extranjero aquella m√ļsica le parec√≠a maravillosa, pero tal vez era pura imaginaci√≥n suya, pues lo encontraba todo estupendo en los pa√≠ses c√°lidos; ¬°l√°stima que el sol quemara tanto! El patr√≥n de la casa donde resid√≠a le dijo que ignoraba qui√©n viv√≠a enfrente; nunca se ve√≠a a nadie, y en cuanto a la m√ļsica, la encontraba aburrida. Era como si alguien estudiase una pieza, siempre la misma, sin lograr aprenderla. ¬ę¬°La sacar√©!¬Ľ, piensa; pero no lo conseguir√°, por mucho que toque. Una noche el forastero se despert√≥. Dorm√≠a con el balc√≥n abierto, el viento levant√≥ la cortina, y al hombre le pareci√≥ que del balc√≥n fronterizo ven√≠a un brillo misterioso; todas las flores reluc√≠an como llamas, con los colores m√°s espl√©ndidos, y en medio de ellas hab√≠a una esbelta y hermosa doncella; parec√≠a brillar ella tambi√©n. El sabio se sinti√≥ deslumbrado, pero hizo un esfuerzo para sacudiese el sue√Īo y abri√≥ los ojos cuanto pudo. De un salto baj√≥ de la cama; sin hacer ruido se desliz√≥ detr√°s de la cortina, pero la muchacha hab√≠a desaparecido, y tambi√©n el resplandor; las flores no reluc√≠an ya, pero segu√≠an tan hermosas como de costumbre; la puerta estaba entornada, y en el fondo resonaba una m√ļsica tan deliciosa, que verdaderamente parec√≠a cosa de sue√Īo. Era como un hechizo; pero, ¬Ņqui√©n viv√≠a all√≠? ¬ŅD√≥nde estaba la entrada propiamente dicha? La planta baja estaba enteramente ocupada por tiendas, y no era posible que en √©stas estuviera la entrada. Un atardecer se hallaba el sabio sentado en su balc√≥n; ten√≠a la luz a su espalda, por lo que era natural que su sombra se proyectase sobre la pared de enfrente, al otro lado de la calle, entre las flores del balc√≥n; y cuando el extranjero se mov√≠a, mov√≠ase tambi√©n ella, como ya se comprende. – Creo que mi sombra es lo √ļnico viviente que se ve ah√≠ delante -dijo el sabio-. ¬°Cuidado que est√° graciosa, sentada entre las flores! La puerta est√° entreabierta. Es una oportunidad que mi sombra podr√≠a aprovechar para entrar adentro; a la vuelta me contar√≠a lo que hubiese visto. ¬°Venga, sombra -dijo bromeando-, an√≠mate y s√≠rveme de algo! Entra, ¬Ņquieres? -y le dirigi√≥ un signo con la cabeza, signo que la sombra le devolvi√≥-. Bueno, vete, pero no te marches del todo -. El extranjero se levant√≥, y la sombra, en el balc√≥n fronterizo, levant√≥se a su vez; el hombre se volvi√≥, y la sombra se volvi√≥ tambi√©n. Si alguien hubiese reparado en ello, habr√≠a observado c√≥mo la sombra se met√≠a, por la entreabierta puerta del balc√≥n, en el interior de la casa de enfrente, al mismo tiempo que el forastero entraba en su habitaci√≥n, dejando caer detr√°s de si la larga cortina. A la ma√Īana siguiente nuestro sabio sali√≥ a tomar caf√© y leer los peri√≥dicos. – ¬ŅQu√© significa esto? -dijo al entrar en el espacio soleado-. ¬°No tengo sombra! Entonces ser√° cierto que se march√≥ anoche y no ha vuelto. ¬°Esto s√≠ que es bueno! Le fastidiaba la cosa, no tanto por la ausencia de la sombra como porque conoc√≠a el cuento del hombre que hab√≠a perdido su sombra, cuento muy popular en los pa√≠ses fr√≠os. Y cuando el sabio volviera a su patria y explicara su aventura, todos lo acusar√≠an de plagiario, y no quer√≠a pasar por tal. Por eso prefiri√≥ no hablar del asunto, y en esto obr√≥ muy cuerdamente. Al anochecer sali√≥ de nuevo al balc√≥n, despu√©s de colocar la luz detr√°s de √©l, pues sab√≠a que la sombra quiere tener siempre a su se√Īor por pantalla; pero no hubo medio de hacerla comparecer. Se hizo peque√Īo, se agrand√≥, pero la sombra no se dej√≥ ver. El hombre la llam√≥ con una tosecita significativa: ¬°ajem, ajem!, pero en vano. Era, desde luego, para preocuparse, aunque en los pa√≠ses c√°lidos todo crece con gran rapidez, y al cabo de ocho d√≠as observ√≥ nuestro sabio, con gran satisfacci√≥n, que, tan pronto como sal√≠a el sol, le crec√≠a una sombra nueva a partir de las piernas; por lo visto, hab√≠an quedado las ra√≠ces. A las tres semanas ten√≠a una sombra muy decente, que, en el curso del viaje que emprendi√≥ a las tierras septentrionales, fue creciendo gradualmente, hasta que al fin lleg√≥ √° ser tan alta y tan grande, que con la mitad le habr√≠a bastado. As√≠ lleg√≥ el sabio a su tierra, donde escribi√≥ libros acerca de lo que en el mundo hay de verdadero, de bueno y de bello. De esta manera pasaron d√≠as y a√Īos; muchos a√Īos. Una tarde estaba nuestro hombre en su habitaci√≥n, y he aqu√≠ que llamaron a la puerta muy quedito.

  • ¬°Adelante! -dijo, pero no entr√≥ nadie. Se levant√≥ entonces y abri√≥ la puerta: se present√≥ a su vista un hombre tan delgado, que realmente daba grima verlo. Aparte esto, iba muy bien vestido, y con aire de persona distinguida.
  • ¬ŅCon qui√©n tengo el honor de hablar? pregunt√≥ el sabio.
  • Ya dec√≠a yo que no me reconocer√≠a -contest√≥ el desconocido-. Me he vuelto tan corp√≥rea, que incluso tengo carne y vestidos. Nunca pens√≥ usted en verme en este estado de prosperidad. ¬ŅNo reconoce a su antigua sombra? Sin duda crey√≥ que ya no iba a volver. Pues lo he pasado muy bien desde que me separ√© de usted. He prosperado en todos los aspectos. Me gustar√≠a comprar mi libertad, tengo medios para hacerlo -. E hizo tintinear un manojo de valiosos dijes que le colgaban del reloj, y puso la mano en la recia cadena de oro que llevaba alrededor del cuello. ¬°C√≥mo refulg√≠an los brillantes en sus dedos! Y todos aut√©nticos, adem√°s.

 

 LA ÚLTIMA PERLA

Era una casa rica, una casa feliz; todos, se√Īores, criados e incluso los amigos eran dichosos y alegres, pues acababa de nacer un heredero, un hijo, y tanto la madre como el ni√Īo estaban perfectamente. Se hab√≠a velado la luz de la l√°mpara que iluminaba el recogido dormitorio, ante cuyas ventanas colgaban pesadas cortinas de preciosas sedas. La alfombra era gruesa y mullida como musgo; todo invitaba al sue√Īo, al reposo, y a esta tentaci√≥n cedi√≥ tambi√©n la enfermera, y se qued√≥ dormida; bien pod√≠a hacerlo, pues todo andaba bien y felizmente. El esp√≠ritu protector de la casa estaba a la cabecera de la cama; dir√≠ase que sobre el ni√Īo, reclinado en el pecho de la madre, se extend√≠a una red de rutilantes estrellas, cada una de las cuales era una perla de la felicidad. Todas las hadas buenas de la vida hab√≠an aportado sus dones al reci√©n nacido; brillaban all√≠ la salud, la riqueza, la dicha y el amor; en suma, todo cuanto el hombre puede desear en la Tierra.

  • Todo lo han tra√≠do – dijo el esp√≠ritu protector. – ¬°No! – oy√≥se una voz cercana, la del √°ngel custodio del ni√Īo -. Hay un hada que no ha tra√≠do a√ļn su don, pero vendr√°, lo traer√° alg√ļn d√≠a, aunque sea de aqu√≠ a muchos a√Īos. Falta a√ļn la √ļltima perla.
  • ¬ŅFalta? Aqu√≠ no puede faltar nada, y si fuese as√≠ hay que ir en busca del hada poderosa. ¬°Vamos a buscarla!
  • ¬°Vendr√°, vendr√°! Hace falta su perla para completar la corona.
  • ¬ŅD√≥nde vive? ¬ŅD√≥nde est√° su morada?

Dímelo, iré a buscar la perla.

  • T√ļ lo quieres – dijo el √°ngel bueno del ni√Īo – yo te guiar√© dondequiera que sea. No tiene residencia fija, lo mismo va al palacio del Emperador como a la caba√Īa del m√°s pobre campesino; no pasa junto a nadie sin dejar huella; a todos les aporta su d√°diva, a unos un mundo, a otros un juguete. Habr√° de venir tambi√©n para este ni√Īo. ¬ŅPiensas t√ļ que no todos los momentos son iguales? Pues bien, iremos a buscar la perla, la √ļltima de este tesoro.

Y, cogidos de la mano, se echaron a volar hacia el lugar donde a la saz√≥n resid√≠a el hada. Era una casa muy grande, con oscuros corredores, cuartos vac√≠os y singularmente silenciosa; una serie de ventanas abiertas dejaban entrar el aire fr√≠o, cuya corriente hac√≠a ondear las largas cortinas blancas. En el centro de la habitaci√≥n se ve√≠a un ata√ļd abierto, con el cad√°ver de una mujer joven a√ļn. Lo rodeaban gran cantidad de preciosas y frescas rosas, de tal modo que s√≥lo quedaban visibles las finas manos enlazadas y el rostro transfigurado por la muerte, en el que se expresaba la noble y sublime gravedad de la entrega a Dios. Junto al f√©retro estaban, de pie, el marido y los ni√Īos, en gran n√ļmero; el m√°s peque√Īo, en brazos del padre. Era el √ļltimo adi√≥s a la madre; el esposo le bes√≥ la mano, seca ahora como hoja ca√≠da, aquella mano que hasta poco antes hab√≠a estado laborando con diligencia y amor. Gruesas y amargas l√°grimas ca√≠an al suelo, pero nadie pronunciaba una palabra; el silencio encerraba all√≠ todo un mundo de dolor. Callados y sollozando, salieron de la habitaci√≥n. Ard√≠a un cirio, la llama vacilaba al viento, envolviendo el rojo y alto pabilo. Entraron hombres extra√Īos, que colocaron la tapa del f√©retro y la sujetaron con clavos; los martillazos resonaron por las habitaciones y pasillos de la casa, y m√°s fuertemente a√ļn en los corazones sangrantes.

  • ¬ŅAd√≥nde me llevas? – pregunt√≥ el esp√≠ritu protector -. Aqu√≠ no mora ning√ļn hada cuyas perlas formen parte de los dones mejores de la vida.
  • Pues aqu√≠ es donde est√°, ahora, en este momento solemne – replic√≥ el √°ngel custodio, se√Īalando un rinc√≥n del aposento; y all√≠, en el lugar donde en vida la madre se sentara entre flores y estampas, desde el cual, como hada bienhechora del hogar hab√≠a acogido amorosa al marido, a los hijos y a los amigos, y desde donde, cual un rayo de sol, hab√≠a esparcido la alegr√≠a por toda la casa, como el eje y el coraz√≥n de la familia, en aquel rinc√≥n hab√≠a ahora una mujer extra√Īa, vestida con un largo y amplio ropaje: era la Aflicci√≥n, se√Īora y madre ahora en el puesto de la muerta. Una l√°grima ardiente rod√≥ por su seno y se transform√≥ en una perla, que brillaba con todos los colores del arco iris. Recogi√≥la el √°ngel, y entonces, adquiri√≥ el brillo de una estrella de siete matices.
  • La perla de la aflicci√≥n, la √ļltima, que no puede faltar. Realza el brillo y el poder de las otras. ¬ŅVes el resplandor del arco iris, que une la tierra con el cielo? Con cada una de las personas queridas que nos preceden en la muerte, tenemos en el cielo un amigo m√°s con quien deseamos reunirnos. A trav√©s de la noche terrena miramos ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† las ¬†¬†¬†¬†¬† estrellas, ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† la ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† √ļltima perfecci√≥n. ¬†¬†¬†¬† Cont√©mplala, la ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† perla ¬†¬† de ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† la aflicci√≥n; en ella est√°n las alas de Psique, que nos levantar√°n de aqu√≠.

 

LA VIEJA LOSA SEPULCRAL

En una peque√Īa ciudad, toda una familia se hallaba reunida, un atardecer de la estaci√≥n en que se dice que ¬ęlas veladas se hacen m√°s largas¬Ľ, en casa del propietario de una granja. El tiempo era todav√≠a templado y tibio; hab√≠an encendido la l√°mpara, las largas cortinas colgaban delante de las ventanas, donde se ve√≠an grandes macetas, y en el exterior brillaba la luna; pero no hablaban de ella, sino de una gran piedra situada en la era, al lado de la puerta de la cocina, y sobre la cual las sirvientas sol√≠an colocar la vajilla de cobre bru√Īida para que se secase al sol, y donde los ni√Īos gustaban de jugar. En realidad era una antigua losa sepulcral.

  • S√≠ -dec√≠a el propietario-, creo que procede de la iglesia derruida del viejo convento. Vendieron el p√ļlpito, las estatuas y las losas funerarias. Mi padre, que en gloria est√©, compr√≥ varias, que fueron cortadas en dos para baldosas; pero √©sta sobr√≥, y ah√≠ la dejaron en la era.
  • Bien se ve que es una losa sepulcral -dijo el mayor de los ni√Īos-. A√ļn puede distinguirse en ella un reloj de arena y un pedazo de un √°ngel; pero la inscripci√≥n est√° casi borrada; s√≥lo queda el nombre de Preben y una S may√ļscula detr√°s; un poco m√°s abajo se lee Marthe. Es cuanto puede sacarse, y a√ļn todo eso s√≥lo se ve cuando ha llovido y el agua ha lavado la piedra.
  • ¬°Dios m√≠o, pero si es la losa de Preben Svane y de su mujer! -exclam√≥ un hombre muy viejo; por su edad hubiera podido ser el abuelo de todos los reunidos en la habitaci√≥n-. S√≠, aquel matrimonio fue uno de los √ļltimos que recibieron sepultura en el cementerio del antiguo convento. Era una respetable pareja de mis a√Īos mozos. Todos los conoc√≠an y todos los quer√≠an; eran la pareja m√°s anciana de la ciudad. Corr√≠a el rumor de que pose√≠an m√°s de una tonelada de oro, y, no obstante, vest√≠an con gran sencillez, con prendas de las telas m√°s bastas, aunque siempre muy aseados. Formaban una simp√°tica pareja de viejos, Preben y su Marta. Daba gusto verlos sentados en aquel banco de la alta escalera de piedra de la casa, bajo las ramas del viejo tilo, saludando y gesticulando, con su expresi√≥n amable y bondadosa. En caritativos no hab√≠a quien les ganara; daban de comer a los pobres y los vest√≠an, y ejerc√≠an su caridad con delicadeza y verdadero esp√≠ritu cristiano. La mujer muri√≥ la primera; recuerdo muy bien el d√≠a. Era yo un chiquillo y estaba con mi padre en casa del viejo Preben, cuando su esposa acababa de fallecer; el pobre hombre estaba muy emocionado, y lloraba como un ni√Īo. El cad√°ver se hallaba a√ļn en el dormitorio contiguo; Preben habl√≥ a mi padre y a varios vecinos de lo solo que iba a encontrarse en adelante, de lo buena que ella hab√≠a sido, de los muchos a√Īos que hab√≠an vivido juntos y de c√≥mo se hab√≠an conocido y enamorado. Yo era muy ni√Īo, como he dicho, me limitaba a escuchar; pero me caus√≥ una enorme impresi√≥n o√≠r al viejo y ver como iba anim√°ndose poco a poco y le volv√≠an los colores a la cara al contar sus d√≠as de noviazgo, y cu√°n bonita hab√≠a sido ella, y los inocentes ardides de que √©l se hab√≠a valido para verla. Y nos habl√≥ tambi√©n del d√≠a de la boda; sus ojos se iluminaron, y el buen hombre revivi√≥ aquel tiempo feliz… y he aqu√≠ que ahora yac√≠a ella muerta en el aposento contiguo, y √©l, viejo tambi√©n, hablando del tiempo de la esperanza… s√≠, as√≠ van las cosas.

Entonces era yo un ni√Īo, y hoy soy viejo, tan viejo como Preben Svane. Pasa el tiempo y todo cambia. Me acuerdo muy bien del entierro; el viejo Preben segu√≠a detr√°s del f√©retro. Pocos a√Īos antes, el matrimonio hab√≠a mandado esculpir su losa sepulcral, con la inscripci√≥n y los nombres, todo excepto el a√Īo de la muerte; al atardecer transportaron la piedra y la aplicaron sobre la tumba… para volver a levantarla un a√Īo m√°s tarde, cuando el viejo Preben fue a reunirse con su esposa. No dejaron el tesoro del que hablaba la gente; lo que qued√≥ fue para una familia que resid√≠a muy lejos y de la que nadie sab√≠a la menor cosa. La casa de entramado de madera, con el banco en lo alto de la escalera de piedra bajo el tilo, fue derribada por orden de la autoridad; era demasiado vieja y ruinosa para dejarla en pie. M√°s tarde, cuando la iglesia conventual corri√≥ la misma suerte, y fue cerrado el cementerio, la losa sepulcral de Preben y su Marta fue a parar, como todo lo dem√°s de all√≠, a manos de quien quiso comprarlo, y ha querido el azar que esta piedra no haya sido rota a pedazos y usada para baldosa, sino que se ha quedado en la era, lugar de juego para los ni√Īos, plataforma para la vajilla fregada de las sirvientas. La carretera empedrada pasa hoy por encima del lugar donde descansan el viejo Preben y su mujer. ¬ŅQui√©n se acuerda ya de ellos? -. Y el anciano mene√≥ la cabeza melanc√≥licamente-. ¬°Olvidados! Todo se olvida -concluy√≥. Y entonces se empez√≥ a hablar de otras cosas; pero el muchachito, un ni√Īo de grandes ojos serios, se hab√≠a subido a una silla y miraba a la era, donde la luna enviaba su blanca luz a la vieja losa, aquella piedra que antes le pareciera siempre vac√≠a y lisa, pero que ahora yac√≠a all√≠ como una hoja entera de un libro de Historia. Todo lo que el muchacho acaba de o√≠r acerca de Preben y su mujer viv√≠a en aquella losa; y √©l la miraba, y luego levantaba los ojos hacia la clara luna, colgada en el alto cielo pur√≠simo; era como si el rostro de Dios brillase sobre la Tierra. – ¬°Olvidado! Todo se olvida -se oy√≥ en el cuarto, y en el mismo momento un √°ngel invisible bes√≥ al ni√Īo en el pecho y en la frente y le murmur√≥ al o√≠do: – ¬°Guarda bien la semilla que te han dado, gu√°rdala hasta el d√≠a de su maduraci√≥n! Por ti, hijo m√≠o, esta inscripci√≥n borrada, esta losa desgastada por la intemperie, resucitar√° en trazos de oro para las generaciones venideras. El anciano matrimonio volver√° a recorrer, cogido del brazo, las viejas calles, y se sentar√° de nuevo, sonriente y con rojas mejillas, en la escalera bajo el tilo, saludando a ricos y pobres. La semilla de esta hora germinar√° a lo largo de los a√Īos, para transformarse en un florido poema. Lo bueno y lo bello no cae en el olvido; sigue viviendo en la leyenda y en la canci√≥n.

¬†LAS CIG√úE√ĎAS

Sobre el tejado de la casa m√°s apartada de una aldea hab√≠a un nido de cig√ľe√Īas. La cig√ľe√Īa madre estaba posada en √©l, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las cabezas con sus piquitos negros, pues no se hab√≠an te√Īido a√ļn de rojo. A poca distancia, sobre el v√©rtice del tejado, permanec√≠a el padre, erguido y tieso; ten√≠a una pata recogida, para que no pudieran decir que el montar la guardia no resultaba fatigoso. Se hubiera dicho que era de palo, tal era su inmovilidad. ¬ęDa un gran tono el que mi mujer tenga una centinela junto al nido pensaba-. Nadie puede saber que soy su marido. Seguramente pensar√° todo el mundo que me han puesto aqu√≠ de vigilante. Eso da mucha distinci√≥n¬Ľ. Y sigui√≥ de pie sobre una pata. Abajo, en la calle, jugaba un grupo de chiquillos, y he aqu√≠ que, al darse cuenta de la presencia de las cig√ľe√Īas, el m√°s atrevido rompi√≥ a cantar, acompa√Īado luego por toda la tropa: Cig√ľe√Īa, cig√ľe√Īa, vu√©lvete a tu tierra¬† m√°s all√° del valle y de la alta sierra.¬† Tu mujer se est√° quieta en el nido,¬† y todos sus polluelos se han dormido.¬† El primero morir√° colgado,¬† el segundo chamuscado;¬† al tercero lo derribar√° el cazador¬† y el cuarto ir√° a parar al asador.

  • ¬°Escucha lo que cantan los ni√Īos! -exclamaron los polluelos-. Cantan que nos van a colgar y a chamuscar.
  • No os preocup√©is -los tranquiliz√≥ la madre-.

No les hag√°is caso, dejadlos que canten. Y los rapaces siguieron cantando a coro, mientras con los dedos se√Īalaban a las cig√ľe√Īas burl√°ndose; s√≥lo uno de los muchachos, que se llamaba Perico, dijo que no estaba bien burlarse de aquellos animales, y se neg√≥ a tomar parte en el juego. Entretanto, la cig√ľe√Īa madre segu√≠a tranquilizando a sus peque√Īos:

  • No os apur√©is -les dec√≠a-, mirad qu√© tranquilo est√° vuestro padre, sosteni√©ndose sobre una pata.
  • ¬°Oh, qu√© miedo tenemos! -exclamaron los peque√Īos escondiendo la cabecita en el nido.

Al d√≠a siguiente los chiquillos acudieron nuevamente a jugar, y, al ver las cig√ľe√Īas, se pusieron a cantar otra vez. El primero morir√° colgado, el segundo chamuscado.

  • ¬ŅDe veras van a colgarnos y chamuscamos? preguntaron los polluelos.
  • ¬°No, claro que no! -dijo la madre-.

Aprender√©is a volar, pues yo os ense√Īar√©; luego nos iremos al prado, a visitar a las ranas. Ver√©is como se inclinan ante nosotras en el agua cantando: ¬ę¬°coax, coax!¬Ľ; y nos las zamparemos. ¬°Qu√© bien vamos a pasarlo! – ¬ŅY despu√©s? -preguntaron los peque√Īos.

  • Despu√©s nos reuniremos todas las cig√ľe√Īas de estos contornos y comenzar√°n los ejercicios de oto√Īo. Hay que saber volar muy bien para entonces; la cosa tiene gran importancia, pues el que no sepa hacerlo como Dios manda, ser√° muerto a picotazos por el general. As√≠ que es cuesti√≥n de aplicaros, en cuanto la instrucci√≥n empiece.
  • Pero despu√©s nos van a ensartar, como dec√≠an los chiquillos. Escucha, ya vuelven a cantarlo. – ¬°Es a m√≠ a quien deb√©is atender y no a ellos! rega√Ī√≥les la madre cig√ľe√Īa-. Cuando se hayan terminado los grandes ejercicios de oto√Īo, emprenderemos el vuelo hacia tierras c√°lidas, lejos, muy lejos de aqu√≠, cruzando valles y bosques. Iremos a Egipto, donde hay casas triangulares de piedra terminadas en punta, que se alzan hasta las nubes; se llaman pir√°mides, y son mucho m√°s viejas de lo que una cig√ľe√Īa puede imaginar. Tambi√©n hay un r√≠o, que se sale del cauce y convierte todo el pa√≠s en un cenagal. Entonces, bajaremos al fango y nos hartaremos de ranas.
  • ¬°Aj√°! -exclamaron los polluelos.
  • ¬°S√≠, es magn√≠fico! En todo el d√≠a no hace uno sino comer; y mientras nos damos all√≠ tan buena vida, en estas tierras no hay una sola hoja en los √°rboles, y hace tanto fr√≠o que hasta las nubes se hielan, se resquebrajan y caen al suelo en pedacitos blancos. Se refer√≠a a la nieve, pero no sab√≠a explicarse mejor.
  • ¬ŅY tambi√©n esos chiquillos malos se hielan y rompen a pedazos? -, preguntaron los polluelos. – No, no llegan a romperse, pero poco les falta, y tienen que estarse quietos en el cuarto oscuro; vosotros, en cambio, volar√©is por aquellas tierras, donde crecen las flores y el sol lo inunda todo.

Transcurri√≥ alg√ļn tiempo. Los polluelos hab√≠an crecido lo suficiente para poder incorporarse en el nido y dominar con la mirada un buen espacio a su alrededor. Y el padre acud√≠a todas las ma√Īanas provisto de sabrosas ranas, culebrillas y otras golosinas que encontraba. ¬°Eran de ver las exhibiciones con que los obsequiaba! Inclinaba la cabeza hacia atr√°s, hasta la cola, casta√Īeteaba con el pico cual si fuese una carraca y luego les contaba historias, todas acerca del cenagal.

  • Bueno, ha llegado el momento de aprender a volar -dijo un buen d√≠a la madre, y los cuatro pollitos hubieron de salir al remate del tejado. ¬°C√≥mo se tambaleaban, c√≥mo se esforzaban en mantener el equilibrio con las alas, y cu√°n a punto estaban de caerse- ¬°Fijaos en m√≠! -dijo la madre-. Deb√©is poner la cabeza as√≠, y los pies as√≠: ¬°Un, dos, Un, dos! As√≠ es como ten√©is que comportaros en el mundo -. Y se lanz√≥ a un breve vuelo, mientras los peque√Īos pegaban un saltito, con bastante torpeza, y ¬°bum!, se cayeron, pues les pesaba mucho el cuerpo.
  • ¬°No quiero volar! -protest√≥ uno de los peque√Īos, encaram√°ndose de nuevo al nido-. ¬°Me es igual no ir a las tierras c√°lidas!
  • ¬ŅPrefieres helarte aqu√≠ cuando llegue el invierno? ¬ŅEst√°s conforme con que te cojan esos muchachotes y te cuelguen, te chamusquen y te asen? Bien, pues voy a llamarlos.
  • ¬°Oh, no! -suplic√≥ el polluelo, saltando otra vez al tejado, con los dem√°s.

Al tercer d√≠a ya volaban un poquit√≠n, con mucha destreza, y, crey√©ndose capaces de cernerse en el aire y mantenerse en √©l con las alas inm√≥viles, se lanzaron al espacio; pero ¬°s√≠, s√≠…! ¬°Pum! empezaron a dar volteretas, y fue cosa de darse prisa a poner de nuevo las alas en movimiento. Y he aqu√≠ que otra vez se presentaron los chiquillos en la calle, y otra vez entonaron su canci√≥n: ¬°Cig√ľe√Īa, cig√ľe√Īa, vu√©lvele a tu tierra!

  • ¬°Bajemos de una volada y saqu√©mosles los ojos! -exclamaron los pollos- ¬°No, dejadlos! replic√≥ la madre-. Fijaos en m√≠, esto es lo importante: -Uno, dos, tres! Un vuelo hacia la derecha. ¬°Uno, dos, tres! Ahora hacia la izquierda, en torno a la chimenea. Muy bien, ya vais aprendiendo; el √ļltimo aleteo, ha salido tan limpio y preciso, que ma√Īana os permitir√© acompa√Īarme al pantano. All√≠ conocer√©is varias familias de cig√ľe√Īas con sus hijos, todas muy simp√°ticas; me gustar√≠a que mis peque√Īos fuesen los m√°s lindos de toda la concurrencia; quisiera poder sentirme orgullosa de vosotros. Eso hace buen efecto y da un gran prestigio.
  • ¬ŅY no nos vengaremos de esos rapaces endemoniados? -preguntaron los hijos.
  • Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontar√©is hasta las nubes y estar√©is en el pa√≠s de las pir√°mides, mientras ellos pasan fr√≠o y no tienen ni una hoja verde, ni una manzana. – S√≠, nos vengaremos -se cuchichearon unos a otros; y reanudaron sus ejercicios de vuelo.

De todos los muchachuelos de la calle, el m√°s empe√Īado en cantar la canci√≥n de burla, y el que hab√≠a empezado con ella, era precisamente un rapaz muy peque√Īo, que no contar√≠a m√°s all√° de 6 a√Īos. Las cig√ľe√Īitas, empero, cre√≠an que ten√≠a lo menos cien, pues era mucho m√°s corpulento que su madre y su padre. ¬°Qu√© sab√≠an ellas de la edad de los ni√Īos y de las personas mayores! Este fue el ni√Īo que ellas eligieron como objeto de su venganza, por ser el iniciador de la ofensiva burla y llevar siempre la voz cantante. Las j√≥venes cig√ľe√Īas estaban realmente indignadas, y cuanto m√°s crec√≠an, menos dispuestas se sent√≠an a sufrirlo. Al fin su madre hubo de prometerles que las dejar√≠a vengarse, pero a condici√≥n de que fuese el √ļltimo d√≠a de su permanencia en el pa√≠s.

  • Antes hemos de ver qu√© tal os port√°is en las grandes maniobras; si lo hac√©is mal y el general os traspasa el pecho de un picotazo, entonces los chiquillos habr√°n tenido raz√≥n, en parte al menos. Hemos de verlo, pues.
  • ¬°Si, ya ver√°s! -dijeron las cr√≠as, redoblando su aplicaci√≥n. Se ejercitaban todos los d√≠as, y volaban con tal ligereza y primor, que daba gusto.

Y lleg√≥ el oto√Īo. Todas las cig√ľe√Īas empezaron a reunirse para emprender juntas el vuelo a las tierras c√°lidas, mientras en la nuestra reina el invierno. ¬°Qu√© de impresionantes maniobras!. Hab√≠a que volar por encima de bosques y pueblos, para comprobar la capacidad de vuelo, pues era muy largo el viaje que les esperaba. Los peque√Īos se portaron tan bien, que obtuvieron un ¬ęsobresaliente con rana y culebra¬Ľ. Era la nota mejor, y la rana y la culebra pod√≠an com√©rselas; fue un buen bocado.

  • ¬°Ahora, la venganza! -dijeron.
  • ¬°S√≠, desde luego! -asinti√≥ la madre cig√ľe√Īa-. Ya he estado yo pensando en la m√°s apropiada. S√© donde se halla el estanque en que yacen todos los ni√Īos chiquitines, hasta que las cig√ľe√Īas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos peque√Īuelos duermen all√≠, so√Īando cosas tan bellas como nunca mas volver√°n a so√Īarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los ni√Īos desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que no cantaron la canci√≥n y se portaron bien con las cig√ľe√Īas.
  • Pero, ¬Ņy el que empez√≥ con la canci√≥n, aquel mocoso delgaducho y feo -gritaron los pollos-, qu√© hacemos con √©l?
  • En el estanque yace un ni√Īito muerto, que muri√≥ mientras so√Īaba. Pues lo llevaremos para √©l. Tendr√° que llorar porque le habremos tra√≠do un hermanito muerto; en cambio, a aquel otro muchachito bueno – no lo habr√©is olvidado, el que dijo que era pecado burlarse de los animales -, a aqu√©l le llevaremos un hermanito y una hermanita, y como el muchacho se llamaba Pedro, todos vosotros os llamar√©is tambi√©n Pedro.

Y fue tal como dijo, y todas las cr√≠as de las cig√ľe√Īas se llamaron Pedro, y todav√≠a siguen llam√°ndose as√≠.

LAS FLORES DE LA PEQUE√ĎA IDA

 

  • ¬°Mis flores se han marchitado! -exclam√≥ la peque√Īa Ida.
  • Tan hermosas como estaban anoche, y ahora todas sus hojas cuelgan mustias. ¬ŅPor qu√© ser√° esto? -pregunt√≥ al estudiante, que estaba sentado en el sof√°. Le ten√≠a mucho cari√Īo, pues sab√≠a las historias m√°s preciosas y divertidas, y era muy h√°bil adem√°s en recortar figuras curiosas: corazones con damas bailando, flores y grandes castillos cuyas puertas pod√≠an abrirse. Era un estudiante muy simp√°tico.
  • ¬ŅPor qu√© ponen una cara tan triste mis flores hoy? -dijo, se√Īal√°ndole un ramillete completamente marchito.
  • ¬ŅNo sabes qu√© les ocurre? -respondi√≥ el estudiante-. Pues que esta noche han ido al baile, y por eso tienen hoy las cabezas colgando.
  • ¬°Pero si las flores no bailan! -repuso Ida.
  • ¬°Claro que s√≠! -dijo el estudiante-. En cuanto oscurece y nosotros nos acostamos, ellas empiezan a saltar y bailar. Casi todas las noches tienen sarao.
  • ¬ŅY los ni√Īos no pueden asistir?
  • Claro que s√≠ -contest√≥ el estudiante-. Las margaritas y los muguetes muy peque√Īitos.
  • ¬ŅD√≥nde bailan las flores? -sigui√≥ preguntando la ni√Īa.
  • ¬ŅNo has ido nunca a ver las bonitas flores del jard√≠n del gran palacio donde el Rey pasa el verano?. Claro que has ido, y habr√°s visto los cisnes que acuden nadando cuando haces se√Īal de echarles migas de pan. Pues all√≠ hacen unos bailes magn√≠ficos, te lo digo yo.
  • Ayer estuve con mam√° -dijo Ida-; pero hab√≠an ca√≠do todas las hojas de los √°rboles, ya no quedaba ni una flor. ¬ŅD√≥nde est√°n? ¬°Tantas como hab√≠a en verano!
  • Est√°n dentro del palacio -respondi√≥ el estudiante-. Has de saber que en cuanto el Rey y toda la corte regresan a la ciudad, todas las flores se marchan corriendo del jard√≠n y se instalan en palacio, donde se divierten de lo lindo. ¬°Tendr√≠as que verlo! Las dos rosas m√°s preciosas se sientan en el trono y hacen de Rey y de Reina. Las rojas gallocrestas se sit√ļan de pie a uno y otro lado y hacen reverencias; son los camareros. Vienen luego las flores m√°s lindas y empieza el gran baile; las violetas representan guardias marinas, y bailan con los jacintos y los azafranes, a los que llaman se√Īoritas. Los tulipanes y las grandes azucenas de fuego son damas viejas que cuidan de que se baile en debida forma y de que todo vaya bien. – Pero -pregunt√≥ la peque√Īa Ida-, ¬Ņnadie les dice nada a las flores por bailar en el palacio real?
  • El caso es que nadie est√° en el secreto -, respondi√≥ el estudiante-. Cierto que alguna vez que otra se presenta durante la noche el viejo guardi√°n del castillo, con su manojo de llaves, para cerciorarse de que todo est√° en regla; pero no bien las flores oyen rechinar la cerradura, se quedan muy quietecitas, escondidas detr√°s de los cortinajes y asomando las cabecitas. ¬ęAqu√≠ huele a flores¬Ľ, dice el viejo guardi√°n, ¬ępero no veo ninguna¬Ľ.
  • ¬°Qu√© divertido! -exclam√≥ Ida, dando una palmada-. ¬ŅY no podr√≠a yo ver las flores?
  • S√≠ -dijo el estudiante-. S√≥lo tienes que acordarte, cuando salgas, de mirar por la ventana; enseguida las ver√°s. Yo lo hice hoy. En el sof√° hab√≠a estirado un largo lirio de Pascua amarillo; era una dama de la corte.
  • ¬ŅY las flores del Jard√≠n Bot√°nico pueden ir tambi√©n, con lo lejos que est√°?
  • Sin duda -respondi√≥ el estudiante -, ya que pueden volar, si quieren. ¬ŅNo has visto las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Parecen flores, y en realidad lo han sido. Se desprendieron del tallo, y, agitando las hojas cual si fueran alas, se echaron a volar; y como se portaban bien, obtuvieron permiso para volar incluso durante el d√≠a, sin necesidad de volver a la planta y quedarse en sus tallos, y de este modo las hojas se convirtieron al fin en alas de veras. T√ļ misma las has visto. Claro que a lo mejor las flores del Jard√≠n Bot√°nico no han estado nunca en el palacio real, o ignoran lo bien que se pasa all√≠ la noche. ¬ŅSabes qu√©? Voy a decirte una cosa que dejar√≠a pasmado al profesor de Bot√°nica que vive cerca de aqu√≠ ¬Ņlo conoces, no? Cuando vayas a su jard√≠n contar√°s a una de sus flores lo del gran baile de palacio; ella lo dir√° a las dem√°s, y todas echar√°n a volar hacia all√≠. Si entonces el profesor acierta a salir al jard√≠n, apenas encontrar√° una sola flor, y no comprender√° ad√≥nde se han metido.
  • Pero, ¬Ņc√≥mo va la flor a contarlo a las otras? Las flores no hablan.
  • Lo que se dice hablar, no -admiti√≥ el estudiante-, pero se entienden con signos ¬ŅNo has visto muchas veces que, cuando sopla un poco de brisa, las flores se inclinan y mueven sus verdes hojas? Pues para ellas es como si hablasen.
  • ¬ŅY el profesor entiende sus signos? -pregunt√≥ Ida.
  • Supongo que s√≠. Una ma√Īana sali√≥ al jard√≠n y vio c√≥mo una gran ortiga hac√≠a signos con las hojas a un hermoso clavel rojo. ¬ęEres muy lindo; te quiero¬Ľ, dec√≠a. Mas el profesor, que no puede sufrir a las ortigas, dio un manotazo a la atrevida en las hojas que son sus dedos; mas la planta le pinch√≥, produci√©ndole un fuerte escozor, y desde entonces el buen se√Īor no se ha vuelto a meter con las ortigas.
  • ¬°Qu√© divertido! -exclam√≥ Ida, soltando la carcajada.
  • ¬°Qu√© manera de embaucar a una criatura! refunfu√Ī√≥ el aburrido consejero de Canciller√≠a, que hab√≠a venido de visita y se sentaba en el sof√°. El estudiante le era antip√°tico, y siempre gru√Ī√≠a al verle recortar aquellas figuras tan graciosas: un hombre colgando de la horca y sosteniendo un coraz√≥n en la mano – pues era un robador de corazones -, o una vieja bruja montada en una escoba, llevando a su marido sobre las narices. Todo esto no pod√≠a sufrirlo el anciano se√Īor, y dec√≠a, como en aquella ocasi√≥n:
  • ¬°Qu√© manera de embaucar a una criatura! ¬°Vaya fantas√≠as tontas!

Mas la peque√Īa Ida encontraba divertido lo que le contaba el estudiante acerca de las flores, y permaneci√≥ largo rato pensando en ello. Las flores estaban con las cabezas colgantes, cansadas, puesto que hab√≠an estado bailando durante toda la noche. Seguramente estaban enfermas. Las llev√≥, pues, junto a los dem√°s juguetes, colocados sobre una primorosa mesita cuyo caj√≥n estaba lleno de cosas bonitas. En la camita de mu√Īecas dorm√≠a su mu√Īeca Sof√≠a, y la peque√Īa Ida le dijo:

  • Tienes que levantarte, Sof√≠a; esta noche habr√°s de dormir en el caj√≥n, pues las pobrecitas flores est√°n enfermas y las tengo que acostar en la cama, a ver si se reponen -. Y sac√≥ la mu√Īeca, que parec√≠a muy enfurru√Īada y no dijo ni p√≠o; le fastidiaba tener que ceder su cama.

Ida acostó las flores en la camita, las arropó con la diminuta manta y les dijo que descansasen tranquilamente, que entretanto les prepararía té para animarlas y para que pudiesen levantarse al día siguiente. Corrió las cortinas en torno a la cama para evitar que el sol les diese en los ojos. Durante toda la velada estuvo pensando en lo que le había contado el estudiante; y cuando iba a acostarse, no pudo contenerse y miró detrás de las cortinas que colgaban delante de las ventanas, donde estaban las espléndidas flores de su madre, jacintos y tulipanes, y les dijo en voz muy queda:

  • ¬°Ya s√© que esta noche bailar√©is! -. Las flores se hicieron las desentendidas y no movieron ni una hoja. Mas la peque√Īa Ida sab√≠a lo que sab√≠a. Ya en la cama, estuvo pensando durante largo rato en lo bonito que deb√≠a ser ver a las bellas flores bailando all√° en el palacio real. ¬ę¬ŅQui√©n sabe si mis flores no bailar√°n tambi√©n?¬Ľ. Pero qued√≥ dormida enseguida.

Despert√≥ a medianoche; hab√≠a so√Īado con las flores y el estudiante a quien el se√Īor Consejero hab√≠a rega√Īado por contarle cosas tontas. En el dormitorio de Ida reinaba un silencio absoluto; la l√°mpara de noche ard√≠a sobre la mesita, y pap√° y mam√° dorm√≠an a pierna suelta. -¬ŅEstar√°n mis flores en la cama de Sof√≠a? -se pregunt√≥-. Me gustar√≠a saberlo -. Se incorpor√≥ un poquit√≠n y mir√≥ a la puerta, que estaba entreabierta. En la habitaci√≥n contigua estaban sus flores y todos sus juguetes. Aguz√≥ el o√≠do y le pareci√≥ o√≠r que tocaban el piano, aunque muy suavemente y con tanta dulzura como nunca lo hab√≠a o√≠do. ¬ęSin duda todas las flores est√°n bailando all√≠¬Ľ, pens√≥. ¬ę¬°C√≥mo me gustar√≠a verlo!¬Ľ. Pero no se atrev√≠a a levantarse, por temor a despertar a sus padres.

  • ¬°Si al menos entrasen en mi cuarto!- dijo; pero las flores no entraron, y la m√ļsica sigui√≥ tocando primorosamente. Al fin, no pudo resistir m√°s, aquello era demasiado hermoso. Baj√≥ quedita de su cama, se dirigi√≥ a la puerta y mir√≥ al interior de la habitaci√≥n. ¬°Dios santo, y qu√© maravillas se ve√≠an!

LO M√ĀS INCRE√ćBLE ¬† Quien fuese capaz de hacer lo m√°s incre√≠ble, se casar√≠a con la hija del Rey y se convertir√≠a en due√Īo de la mitad del reino. Los j√≥venes – y tambi√©n los viejos – pusieron a contribuci√≥n toda su inteligencia, sus nervios y sus m√ļsculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mat√≥ a fuerza de beber, y lo hicieron para realizar lo que a su entender era m√°s incre√≠ble, s√≥lo que no era aqu√©l el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo incre√≠ble. Se√Īal√≥se un d√≠a para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su juicio, fuera lo m√°s incre√≠ble. Se designaron como jueces, desde ni√Īos de tres a√Īos hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas incre√≠bles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo m√°s incre√≠ble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada sal√≠an figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos. – ¬°Esto es lo m√°s incre√≠ble! -exclam√≥ la gente. El reloj dio la una y apareci√≥ Mois√©s en la monta√Īa, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: ¬ęHay un solo Dios verdadero¬Ľ. Al dar las dos viose el Para√≠so terrenal, donde se encontraron Ad√°n y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban. Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el carb√≥n; ¬°qu√© remedio! El sol lo hab√≠a ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas. A las cuatro present√°ronse las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Oto√Īo, con un nido de cig√ľe√Īas abandonado -pues el ave se hab√≠a marchado ya-, y el Invierno, con una vieja corneja que sab√≠a contar historias y antiguos recuerdos junto al fuego. Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de √≥ptico; el O√≠do, en la de calderero; el Olfato vend√≠a violetas y asp√©rulas; el Gusto estaba representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un cresp√≥n f√ļnebre que le llegaba a los talones. El reloj dio las seis, y apareci√≥ un jugador que ech√≥ los dados; al volver hacia arriba la parte superior, sali√≥ el n√ļmero seis. Vinieron luego los siete d√≠as de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen mucho de com√ļn y no es muy f√°cil separarlos. A continuaci√≥n, un coro de monjes cant√≥ la misa de ocho. Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Astronom√≠a; otra, en el Archivo hist√≥rico; las restantes se dedicaban al teatro. A las diez sali√≥ nuevamente Mois√©s con las tablas; conten√≠an los mandamientos de Dios, y eran diez. Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos ni√Īos y ni√Īas que jugaban y cantaban: ¬ę¬°Ahora, ni√Īos, a escuchar; las once acaban de dar!¬Ľ. Y al dar las doce sali√≥ el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando su vieja tonadilla: ¬°Era medianoche, cuando naci√≥ el Salvador! Y mientras cantaba brotaron rosas, que luego resultaron cabezas de angelillos con alas, que ten√≠an todos los colores del iris. Result√≥ un espect√°culo tan hermoso para los ojos como para los o√≠dos. Aquel reloj era una obra de arte incomparable, lo m√°s incre√≠ble que pudiera imaginarse, dec√≠a la gente. El autor era un joven de excelente coraz√≥n, alegre como un ni√Īo, un amigo bueno y leal, y abnegado con sus humildes padres. Se merec√≠a la princesa y la mitad del reino. Lleg√≥ el d√≠a de la decisi√≥n; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el trono, al que hab√≠an puesto crin nuevo, sin hacerlo m√°s c√≥modo por eso. Los jueces miraban con p√≠caros ojos al supuesto ganador, el cual permanec√≠a tranquilo y alegre, seguro de su suerte, pues hab√≠a realizado lo m√°s incre√≠ble. – ¬°No, esto lo har√© yo! -grit√≥ en el mismo momento un pat√°n larguirucho y huesudo-. Yo soy el hombre capaz de lo m√°s incre√≠ble -. Y blandi√≥ un hacha contra la obra de arte. ¬°Cric, crac!, en un instante todo qued√≥ deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo; la maravilla estaba destruida.

  • ¬°√Čsta es mi obra! -dijo-. Mi acci√≥n ha superado a la suya; he hecho lo m√°s incre√≠ble. – ¬°Destruir semejante obra de arte! -exclamaron los jueces. – Efectivamente, es lo m√°s incre√≠ble. Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del reino, pues la ley es la ley, incluso cuando se trata de lo m√°s incre√≠ble y absurdo.

Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros:

  • ¬°Va a celebrarse la boda!

La princesa no iba muy contenta, pero estaba espl√©ndida, y ricamente vestida. La iglesia era un mar de luz; anochec√≠a ya, y el efecto resultaba maravilloso. Las doncellas nobles de la ciudad iban cantando, acompa√Īando a la novia; los caballeros hac√≠an lo propio con el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese romp√©rsela. Ces√≥ el canto e h√≠zose un silencio tan profundo, que se habr√≠a o√≠do caer al suelo un alfiler. Y he aqu√≠ que en medio de aquella quietud se abri√≥ con gran estr√©pito la puerta de la iglesia y, ¬ę¬°bum! ¬°bum!¬Ľ, entr√≥ el reloj y, avanz√°ndo por la nave central, fue a situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una obra de arte s√≠ puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el esp√≠ritu; el espectro del Arte se apareci√≥, dejando ya de ser un espectro. La obra de arte estaba entera, como el d√≠a que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Mois√©s, cuya frente desped√≠a llamas. Arroj√≥ las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que quedaron clavados en el suelo.

  • ¬°No puedo levantarlas! -dijo Mois√©s-. Me cortaste los brazos. Qu√©date donde est√°s.

Vinieron despu√©s Ad√°n y Eva, los Reyes Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y todos le dijeron verdades desagradables: ¬ę¬°Averg√ľ√©nzate!¬Ľ. Pero √©l no se avergonz√≥. Todas las figuras que hab√≠an aparecido a las diferentes horas, salieron del reloj y adquirieron un volumen enorme. Parec√≠a que no iba a quedar sitio para las personas de carne y hueso. Y cuando a las doce se present√≥ el vigilante con la capucha y la estrella matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigi√©ndose al novio, le dio un golpe en la frente con la estrella. – ¬°Muere! -le dijo- ¬°Medida por medida! ¬°Estamos vengados, y el maestro tambi√©n! ¬°adi√≥s! Y desapareci√≥ la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en grandes flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos, mientras el √≥rgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo m√°s incre√≠ble que hab√≠an visto en su vida. – Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa. El autor de la maravilla ser√° mi esposo y se√Īor. Y el joven se present√≥ en la iglesia, con el pueblo entero por s√©quito, entre las aclamaciones y la alegr√≠a general. Nadie sinti√≥ envidia. ¬°Y esto fue precisamente lo m√°s incre√≠ble!

LO QUE HACE EL

PADRE BIEN HECHO EST√Ā ¬† Voy a contaros ahora una historia que o√≠ cuando era muy ni√Īo, y cada vez que me acuerdo de ella me parece m√°s bonita. Con las historias ocurre lo que con ciertas personas: embellecen a medida que pasan los a√Īos, y esto es muy alentador. Algunas veces habr√°s salido a la campi√Īa y habr√°s visto una casa de campo, con un tejado de paja en el que crecen hierbas y musgo; en el remate del tejado no puede faltar un nido de cig√ľe√Īas. Las paredes son torcidas; las ventanas, bajas, y de ellas s√≥lo puede abrirse una. El horno sobresale como una peque√Īa barriga abultada, y el sa√ļco se inclina sobre el seto, cerca del cual hay una charca con un pato o unos cuantos patitos bajo el achaparrado sauce. Tampoco, falta el mast√≠n, que ladra a toda alma viviente. Pues en una casa como la que te he descrito viv√≠a un viejo matrimonio, un pobre campesino con su mujer. No pose√≠an casi nada, y, sin embargo, ten√≠an una cosa superflua: un caballo, que sol√≠a pacer en los ribazos de los caminos. El padre lo montaba para trasladarse a la ciudad, y los vecinos se lo ped√≠an prestado y le pagaban con otros servicios; desde luego, habr√≠a sido m√°s ventajoso para ellos vender el animal o trocarlo por algo que les reportase mayor beneficio. Pero, ¬Ņpor qu√© lo pod√≠an cambiar?. – T√ļ ver√°s mejor lo que nos conviene -dijo la mujer-. Precisamente hoy es d√≠a de mercado en el pueblo. Vete all√≠ con el caballo y que te den dinero por √©l, o haz un buen intercambio. Lo que haces, siempre est√° bien hecho. Vete al mercado. Le arregl√≥ la bufanda alrededor del cuello, pues esto ella lo hac√≠a mejor, y le puso tambi√©n una corbata de doble lazo, que le sentaba muy bien; cepill√≥le el sombrero con la palma de la mano, le dio un beso, y el hombre se puso alegremente en camino montado en el caballo que deb√≠a vender o trocar. ¬ęEl viejo entiende de esas cosas -pensaba la mujer-. Nadie lo har√° mejor que √©l¬Ľ. El sol quemaba, y ni una nubecilla empa√Īaba el azul del cielo. El camino estaba polvoriento, animado por numerosos individuos que se dirig√≠an al mercado, en carro, a caballo o a pie. El calor era intenso, y en toda la extensi√≥n del camino no se descubr√≠a ni un puntito de sombra. Nuestro amigo se encontr√≥ con un paisano que conduc√≠a una vaca, todo lo bien parecida que una vaca puede ser. ¬ęDe seguro que da buena leche -pens√≥-. Tal vez ser√≠a un buen cambio¬Ľ. – ¬°Oye t√ļ, el de la vaca! -dijo-. ¬ŅY si hici√©ramos un trato? Ya s√© que un caballo es m√°s caro que una vaca; pero me da igual. De una vaca sacar√≠a yo m√°s beneficio. ¬ŅQuieres que cambiemos?¬† – Muy bien -dijo el hombre de la vaca; y trocaron los animales. Cerrado el trato; nada imped√≠a a nuestro campesino volverse a casa, puesto que el objeto del viaje quedaba cumplido. Pero su intenci√≥n primera hab√≠a sido ir a la feria, y decidi√≥ llegarse a ella, aunque s√≥lo fuera para echar un vistazo. As√≠ continu√≥ el hombre conduciendo la vaca. Caminaba ligero, y el animal tambi√©n, por lo que no tardaron en alcanzar a un individuo con una oveja. Era un buen ejemplar, gordo y con un buen ¬ętois√≥n¬Ľ. ¬ę¬°Esa oveja s√≠ que me gustar√≠a! -pens√≥ el campesino-. En nuestros ribazos nunca le faltar√≠a hierba, y en invierno podr√≠amos tenerla en casa. Yo creo que nos conviene m√°s mantener una oveja que una vaca¬Ľ.

  • ¬°Amigo! -dijo ¬†¬† al ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† otro-, ¬† ¬Ņquieres ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† que cambiemos?.

El propietario de la oveja no se lo hizo repetir; efectuaron el cambio, y el labrador prosiguió su camino, muy contento con su oveja. Mas he aquí que, viniendo por un sendero que cruzaba la carretera, vio a un hombre que llevaba una gorda oca bajo el brazo.

  • ¬°Caramba! ¬°Vaya oca cebada que traes! -le dijo-. ¬°Qu√© cantidad de grasa y de pluma! No estar√≠a mal en nuestra charca, atada de un cabo. La vieja podr√≠a echarle los restos de comida. Cu√°ntas veces le he o√≠do decir: ¬°Ay, si tuvi√©semos una oca! Pues √©sta es la ocasi√≥n. ¬ŅQuieres cambiar? Te dar√© la oveja por la oca, y muchas gracias encima.

El otro acept√≥, no faltaba m√°s; hicieron el cambio, y el campesino se qued√≥ con la oca. Estaba ya cerca de la ciudad, y el bullicio de la carretera iba en aumento; era un hormiguero de personas y animales, que llenaban el camino y hasta la cuneta. Llegaron al fin al campo de patatas del portazguero. √Čste ten√≠a una gallina atada para que no se escapara, asustada por el ruido. Era una gallina derrabada, bizca y de bonito aspecto. ¬ęCluc, cluc¬Ľ, gritaba. No s√© lo que ella quer√≠a significar con su cacareo, el hecho es que el campesino pens√≥ al verla: ¬ęEs la gallina m√°s hermosa que he visto en mi vida; es mejor que la clueca del se√Īor rector; me gustar√≠a tenerla. Una gallina es el animal m√°s f√°cil de criar; siempre encuentra un granito de trigo; puede decirse que se mantiene ella sola. Creo ser√≠a un buen negocio cambiarla por la oca¬Ľ.

  • ¬ŅY si cambi√°ramos? -pregunt√≥.
  • ¬ŅCambiar? -dijo el otro-. Por m√≠ no hay inconveniente y acept√≥ la proposici√≥n. El portazguero se qued√≥ con la oca, y el campesino, con la gallina.

La verdad es que había aprovechado bien el tiempo en el viaje a la ciudad. Por otra parte, arreciaba el calor, y el hombre estaba cansado; un trago de aguardiente y un bocadillo le vendrían de perlas. Como se encontrara delante de la posada, entró en ella en el preciso momento en que salía el mozo, cargado con un saco lleno a rebosar.

  • ¬ŅQu√© llevas ah√≠? -pregunt√≥ el campesino. – Manzanas podridas -respondi√≥ el mozo-; un saco lleno para los cerdos.
  • ¬°Qu√© hermosura de manzanas! ¬°C√≥mo gozar√≠a la vieja si las viera! El a√Īo pasado el manzano del corral s√≥lo dio una manzana; hubo que guardarla, y estuvo sobre la c√≥moda hasta que se pudri√≥. Esto es signo de prosperidad, dec√≠a la abuela. ¬°Menuda prosperidad tendr√≠a con todo esto! Quisiera darle este gusto.
  • ¬ŅCu√°nto me dais por ellas? -pregunt√≥ el hombre.
  • ¬ŅCu√°nto os doy? Os las cambio por la gallina y dicho y hecho, entreg√≥ la gallina y recibi√≥ las manzanas. Entr√≥ en la posada y se fue directo al mostrador. El saco lo dej√≥ arrimado a la estufa, sin reparar en que estaba encendida. En la sala hab√≠a mucha gente forastera, tratante de caballos y de bueyes, y entre ellos dos ingleses, los cuales, como todo el mundo sabe, son tan ricos, que los bolsillos les revientan de monedas de oro. Y lo que m√°s les gusta es hacer apuestas. Escucha si no.

¬ę¬°Chuf, chuf!¬Ľ ¬ŅQu√© ruido era aqu√©l que llegaba de la estufa? Las manzanas empezaban a asarse.

  • ¬ŅQu√© pasa ah√≠?

No tard√≥ en propagarse la historia del caballo que hab√≠a sido trocado por una vaca y, descendiendo progresivamente, se hab√≠a convertido en un saco de manzanas podridas. – Espera a llegar a casa, ver√°s c√≥mo la vieja te recibe a pu√Īadas -dijeron los ingleses.

  • Besos me dar√°, que no pu√Īadas -replic√≥ el campesino-. La abuela va a decir: ¬ęLo que hace el padre, bien hecho est√°¬Ľ.
  • ¬ŅHacemos una apuesta? -propusieron los ingleses-. Te apostamos todo el oro que quieras: onzas de oro a toneladas, cien libras, un quintal. – Con una fanega me contento -contest√≥ el campesino-. Pero s√≥lo puedo jugar una fanega de manzanas, y yo y la abuela por a√Īadidura. Creo que es medida colmada. ¬ŅQu√© pens√°is de ello?
  • Conforme -exclamaron los ingleses-. Trato hecho.

Engancharon el carro del ventero, subieron a él los ingleses y el campesino, sin olvidar el saco de manzanas, y se pusieron en camino. No tardaron en llegar a la casita.

  • ¬°Buenas noches, madrecita!
  • ¬°Buenas noches, padrecito!
  • He hecho un buen negocio con el caballo.
  • ¬°Ya lo dec√≠a yo; t√ļ entiendes de eso! -dijo la mujer, abraz√°ndolo, sin reparar en el saco ni en los forasteros.
  • He cambiado el caballo por una vaca.
  • ¬°Dios sea loado! ¬°La de leche que vamos a tener! Por fin volveremos a ver en la mesa mantequilla y queso. ¬°Buen negocio!
  • S√≠, pero luego cambi√© la vaca por una oveja.
  • ¬°Ah! ¬°Esto est√° a√ļn mejor! -exclam√≥ la mujer-. T√ļ siempre piensas en todo. Hierba para una oveja tenemos de sobra. No nos faltar√° ahora leche y queso de oveja, ni medias de lana, y aun batas de dormir. Todo eso la vaca no lo da; pierde el pelo. Eres una perla de marido. – Pero es que despu√©s cambi√© la oveja por una oca.
  • As√≠ tendremos una oca por San Mart√≠n, padrecito. ¬°S√≥lo piensas en darme gustos! ¬°Qu√© idea has tenido! Ataremos la oca fuera, en la hierba, y ¬°lo que engordar√° hasta San Mart√≠n! – Es que he cambiado la oca por una gallina prosigui√≥ el hombre.
  • ¬ŅUna gallina? ¬°√Čste s√≠ que es un buen negocio! -exclam√≥ la mujer-. La gallina pondr√° huevos, los incubar√°, tendremos polluelos y todo un gallinero. ¬°Es lo que yo m√°s deseaba!
  • S√≠, pero es que luego cambi√© la gallina por un saco de manzanas podridas.
  • ¬°Ven que te d√© un beso! -exclam√≥ la mujer, fuera de s√≠ de contento-. ¬°Gracias, marido m√≠o! ¬ŅQuieres que te cuente lo que me ha ocurrido? En cuanto te hubiste marchado, me puse a pensar qu√© comida podr√≠a prepararte para la vuelta; se me ocurri√≥ que lo mejor ser√≠a tortilla de puerros. Los huevos los ten√≠a, pero me faltaban los puerros. Me fui, pues, a casa del maestro. S√© de cierto que tienen puerros, pero ya sabes lo avara que es la mujer. Le ped√≠ que me prestase unos pocos. ¬ę¬ŅPrestar? -me respondi√≥-. No tenemos nada en el huerto, ni una mala manzana podrida. Ni una manzana puedo prestaros¬Ľ. Pues ahora yo puedo prestarle diez, ¬°qu√© digo! todo un saco. ¬°qu√© gusto, padrecito! -. Y le dio otro beso.
  • Magn√≠fico -dijeron los ingleses-. ¬°Siempre para abajo y siempre contenta! Esto no se paga con dinero -. Y pagaron el quintal de monedas de oro al campesino, que recib√≠a besos en vez de pu√Īadas.

S√≠, se√Īor, siempre se sale ganando cuando la mujer no se cansa de declarar que el padre entiende en todo, y que lo que hace, bien hecho est√°. √Čsta es la historia que o√≠ de ni√Īo. Ahora t√ļ la sabes tambi√©n, y no lo olvides: lo que el padre hace, bien hecho est√°.

LOS CAMPEONES DE SALTO

La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores.

  • ¬°Dar√© mi hija al que salte m√°s alto! -dijo el Rey-, pues ser√≠a muy triste que las personas tuviesen que saltar de balde.

Present√≥se primero la pulga. Era bien educada y empez√≥ saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corr√≠a sangre de se√Īorita, y estaba acostumbrada a no alternar m√°s que con personas, y esto siempre se conoce. Vino en segundo t√©rmino el saltamontes. Sin duda era bastante m√°s pesadote que la pulga, pero sus maneras eran tambi√©n irreprochables; vest√≠a el uniforme verde con el que hab√≠a nacido. Afirm√≥, adem√°s, que ten√≠a en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el pa√≠s. Lo hab√≠an cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas hab√≠an sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones.

  • S√© cantar tan bien -dijo-, que diecis√©is grillos ind√≠genas que vienen cantando desde su infancia – a pesar de lo cual no han logrado a√ļn tener una casa de naipes -, se han pasmado tanto al o√≠rme, que se han vuelto a√ļn m√°s delgados de lo que eran antes.

Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran, y manifestando que esperaban casarse con la princesa. El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar, y el perro de la Corte sólo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero,   que      había   recibido           tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario.

  • De momento, yo no digo nada -manifest√≥ el viejo Rey-. Me quedo a ver venir y guardo mi opini√≥n para el instante oportuno.

Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal. El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco. El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar.

  • ¬°Mientras no se haya mareado! -dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¬°Rutch!, el hueso peg√≥ un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro.

Entonces dijo el Rey:

  • El salto m√°s alto es el que alcanza a mi hija, pues ah√≠ est√° la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento.

Y le fue otorgada la mano de la princesa. – ¬°Pero si fui yo quien salt√≥ m√°s alto! -protest√≥ la pulga-. ¬°Bah, qu√© importa! ¬°Que se quede con el hueso! Yo salt√© m√°s alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, adem√°s, para que os vean. Y se march√≥ a alistarse en el ej√©rcito de un pa√≠s extranjero, donde perdi√≥ la vida, seg√ļn dicen. El saltamontes se instal√≥ en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez: – ¬°Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento! Luego enton√≥ su triste canci√≥n, por la cual conocemos la historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde.

LOS CHANCLOS DE LA SUERTE

 

  1. РCómo empezó la cosa

En una casa de Copenhague, en la calle del Este, no lejos del Nuevo Mercado Real, se celebraba una gran reuni√≥n, a la que asist√≠an muchos invitados. No hay m√°s remedio que hacerlo alguna vez que otra, pues lo exige la vida de sociedad, y as√≠ otro d√≠a lo invitan a uno. La mitad de los contertulios estaban ya sentados a las mesas de juego y la otra mitad aguardaba el resultado del ¬ę¬ŅQu√© vamos a hacer ahora?¬Ľ de la se√Īora de la casa. En √©sas estaban, y la tertulia segu√≠a adelante del mejor modo posible. Entre otros temas, la conversaci√≥n recay√≥ sobre la Edad Media. Algunos la consideraban mucho m√°s interesante que nuestra √©poca. Knapp, el consejero de Justicia, defend√≠a con tanto celo este punto de vista, que la se√Īora de la casa se puso enseguida de su lado, y ambos se lanzaron a atacar un ensayo de Orsted, publicado en el almanaque, en el que, despu√©s de comparar los tiempos antiguos y los modernos, terminaba concediendo la ventaja a nuestra √©poca. El consejero afirmaba que el tiempo del rey dan√©s Hans hab√≠a sido el m√°s bello y feliz de todos. Mientras se discute este tema, interrumpido s√≥lo un momento por la llegada de un peri√≥dico que no trae nada digno de ser le√≠do, entr√©monos nosotros en el vest√≠bulo, donde estaban guardados los abrigos, bastones, paraguas y chanclos. En √©l estaban sentadas dos mujeres, una de ellas joven, vieja la otra. Habr√≠a podido pensarse que su misi√≥n era acampanar a su se√Īora, una vieja solterona o tal vez una viuda; pero observ√°ndolas m√°s atentamente, uno se daba cuenta de que no eran criadas ordinarias; ten√≠an las manos demasiado finas, su porte y actitud eran demasiado majestuosos – pues eran, en efecto, personas reales -, y el corte de sus vestidos revelaba una audacia muy personal. Eran, ni m√°s ni menos, dos hadas; la m√°s joven, aunque no era la Felicidad en persona, s√≠ era, en cambio, una camarera de una de sus damas de honor, las encargadas de distribuir los favores menos valiosos de la suerte. La m√°s vieja parec√≠a un tanto sombr√≠a, era la Preocupaci√≥n. Sus asuntos los cuida siempre personalmente; as√≠ est√° segura de que se han llevado a t√©rmino de la manera debida. Las dos hadas se estaban contando mutuamente sus andanzas de aquel d√≠a. La mensajera de la Suerte s√≥lo hab√≠a hecho unos encargos de poca monta: preservado un sombrero nuevo de un chaparr√≥n, procurado a un se√Īor honorable un saludo de una nulidad distinguida, etc.; pero le quedaba por hacer algo que se sal√≠a de lo corriente.

  • Tengo que decirle a√ļn -prosigui√≥- que hoy es mi cumplea√Īos, y para celebrarlo me han confiado un par de chanclos para que los entregue a los hombres. Estos chanclos tienen la propiedad de transportar en el acto, a quien los calce, al lugar y la √©poca en que m√°s le gustar√≠a vivir. Todo deseo que guarde relaci√≥n con el tiempo, el lugar o la duraci√≥n, es cumplido al acto, y as√≠ el hombre encuentra finalmente la felicidad en este mundo.
  • Eso crees t√ļ -replic√≥ la Preocupaci√≥n-. El hombre que haga uso de esa facultad ser√° muy desgraciado, y bendecir√° el instante en que pueda quitarse los chanclos.
  • ¬ŅPor qu√© dices eso? -respondi√≥ la otra-. Mira, voy a dejarlos en el umbral; alguien se los pondr√° equivocadamente y ver√°s lo feliz que ser√°.

√Čsta fue la conversaci√≥n.

  1. РQué tal le fue al consejero

Se hab√≠a hecho ya tarde. El consejero de Justicia, absorto en su paneg√≠rico de la √©poca del rey Hans, se acord√≥ al fin de que era hora de despedirse, y quiso el azar que, en vez de sus chanclos, se calzase los de la suerte y saliese con ellos a la calle del Este; pero la fuerza m√°gica del calzado lo traslad√≥ al tiempo del rey Hans, y por eso se meti√≥ de pies en la porquer√≠a y el barro, pues en aquellos tiempos las calles no estaban empedradas. – ¬°Es espantoso c√≥mo est√° de sucia esta calle! exclam√≥ el Consejero-. Han quitado la acera, y todos los faroles est√°n apagados. La luna estaba a√ļn baja sobre el horizonte, y el aire era adem√°s bastante denso, por lo que todos los objetos se confund√≠an en la oscuridad. En la primera esquina brillaba una lamparilla debajo de una imagen de la Virgen, pero la luz que arrojaba era casi nula; el hombre no la vio hasta que estuvo junto a ella, y sus ojos se fijaron en la estampa pintada en que se representaba a la Virgen con el Ni√Īo. ¬ęDebe anunciar una colecci√≥n de arte, y se habr√°n olvidado de quitar el cartel¬Ľ, pens√≥. Pasaron por su lado varias personas vestidas con el traje de aquella √©poca. ¬ę¬°Vaya fachas! Saldr√°n de alg√ļn baile de m√°scaras¬Ľ. De pronto resonaron tambores y p√≠fanos y brillaron antorchas. El Consejero se detuvo, sorprendido, y vio pasar una extra√Īa comitiva. A la cabeza marchaba una secci√≥n de tambores aporreando reciamente sus instrumentos; segu√≠anles alabarderos con arcos y ballestas. El m√°s distinguido de toda la tropa era un sacerdote. El Consejero, asombrado, pregunt√≥ qu√© significaba todo aquello y qui√©n era aquel hombre.

  • Es el obispo de Zelanda -le respondieron.

¬ę¬°Dios santo! ¬ŅQu√© se le ha ocurrido al obispo?¬Ľ, suspir√≥ nuestro hombre, meneando la cabeza. Pero era imposible que fuese aqu√©l el obispo. Cavilando y sin ver por d√≥nde iba, sigui√≥ el Consejero por la calle del Este y la plaza del Puente Alto. No hubo medio de dar con el puente que lleva a la plaza de Palacio. S√≥lo ve√≠a una ribera baja, y al fin divis√≥ dos individuos sentados en una barca.

  • ¬ŅDesea el se√Īor que le pasemos a la isla? preguntaron.
  • ¬ŅPasar a la isla? -respondi√≥ el Consejero, ignorante a√ļn de la √©poca en que se encontraba. Adonde voy es a Christianshafen, a la calle del Mercado.

Los individuos lo miraron sin decir nada.

  • Decidme s√≥lo d√≥nde est√° el puente -prosigui√≥. Es vergonzoso que no est√©n encendidos los faroles; y, adem√°s, hay tanto barro que no parece sino que camine uno por un cenagal. A medida que hablaba con los barqueros, se le hac√≠an m√°s y m√°s incomprensibles.
  • No entiendo vuestra jerga -dijo, finalmente, volvi√©ndoles la espalda. No lograba dar con el puente, y ni siquiera hab√≠a barandilla. ¬ę¬°Esto es una verg√ľenza de dejadez!¬Ľ, dijo. Nunca le hab√≠a parecido su √©poca m√°s miserable que aquella noche. ¬ęCreo que lo mejor ser√° tomar un coche¬Ľ, pens√≥; pero, ¬Ņcoches me has dicho? No se ve√≠a ninguno. ¬ęTendr√© que volver al Nuevo Mercado Real; de seguro que all√≠ los hay; de otro modo, nunca llegar√© a

Christianshafen¬Ľ. Volvi√≥ a la calle del Este, y casi la hab√≠a recorrido toda cuando sali√≥ la luna. ¬ę¬°Dios m√≠o, qu√© esperpento han levantado aqu√≠!¬Ľ, exclam√≥ al distinguir la puerta del Este, que en aquellos tiempos se hallaba en el extremo de la calle. Entretanto encontr√≥ un portalito, por el que sali√≥ al actual Mercado Nuevo; pero no era sino una extensa explanada cubierta de hierba, con algunos matorrales, atravesada por una ancha corriente de agua. Varias m√≠seras barracas de madera, habitadas por marineros de Halland, de quienes ven√≠a el nombre de Punta de Halland, se levantaban en la orilla opuesta. ¬ęO lo que estoy viendo es un espejismo o estoy borracho -suspir√≥ el Consejero-. ¬ŅQu√© diablos es eso?¬Ľ. Volvi√≥se persuadido de que estaba enfermo; al entrar de nuevo en la calle observ√≥ las casas con m√°s detenci√≥n; la mayor√≠a eran de entramado de madera, y muchas ten√≠an tejado de paja. ¬ę¬°No, yo no estoy bien! -exclam√≥-, y, sin embargo, s√≥lo he tomado un vaso de ponche; cierto que es una bebida que siempre se me sube a la cabeza. Adem√°s, fue una gran equivocaci√≥n servirnos ponche con salm√≥n caliente; se lo dir√© a la se√Īora del Agente. ¬ŅY si volviese a decirle lo que me ocurre? Pero ser√≠a rid√≠culo, y, por otra parte, tal vez est√©n ya acostados¬Ľ. Busc√≥ la casa, pero no aparec√≠a por ning√ļn lado. ¬ę¬°Pero esto es espantoso, no reconozco la calle del Este, no hay ninguna tienda! S√≥lo veo casas viejas, m√≠seras y semiderruidas, como si estuviese en Roeskilde o Ringsted. ¬°Yo estoy enfermo! ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Pero ¬†¬† de ¬†¬†¬†¬†¬†¬† nada ¬†¬† sirve ¬†¬† hacerse imaginaciones. ¬ŅD√≥nde diablos est√° la casa del Agente? √Čsta no se le parece en nada, y, sin embargo, hay gente a√ļn. ¬°Ah, no hay duda, estoy enfermo!¬Ľ. Empuj√≥ una puerta entornada, a la que llegaba la luz por una rendija. Era una posada de los viejos tiempos, una especie de cervecer√≠a. La sala presentaba el aspecto de una taberna del Holstein; cierto n√ļmero de personas, marinos, burgueses de Copenhague y dos o tres cl√©rigos, estaban enfrascados en animadas charlas sobre sus jarras de cerveza, y apenas se dieron cuenta del forastero.

  • Usted perdone -dijo el Consejero a la posadera, que se adelant√≥ a su encuentro-. Me siento muy indispuesto. ¬ŅNo podr√≠a usted proporcionarme un coche que me llevase a Christianshafen? La mujer lo mir√≥, sacudiendo la cabeza; luego dirigi√≥le la palabra en lengua alemana. Nuestro consejero, pensando que no conoc√≠a la danesa, le repiti√≥ su ruego en alem√°n. Aquello, a√Īadido a la indumentaria del forastero, afirm√≥ en la tabernera la creencia de que trataba con un extranjero; comprendi√≥, sin embargo, que no se encontraba bien, y le trajo un jarro de agua; y por cierto que sab√≠a un tanto a agua de mar, a pesar que era del pozo de la calle.

El Consejero, apoyando la cabeza en la mano, respiró profundamente y se puso a cavilar sobre todas las cosas raras que le rodeaban.

  • ¬ŅEs √©ste ¬ęEl D√≠a¬Ľ de esta tarde? -pregunt√≥, s√≥lo por decir, algo, viendo que la mujer apartaba una gran hoja de papel.

Ella, sin comprender la pregunta, alargóle la hoja, que era un grabado en madera que representaba un fenómeno atmosférico visto en Colonia.

  • Es un grabado muy antiguo -exclam√≥ el

Consejero, contento de ver un ejemplar tan raro. ¬ŅC√≥mo ha venido a sus manos este rar√≠simo documento? Es de un inter√©s enorme, aunque s√≥lo se trata de una f√°bula. Se afirma que estos fen√≥menos lum√≠nicos son auroras boreales, y probablemente son efectos de la electricidad atmosf√©rica. Los que se hallaban sentados cerca de √©l, al o√≠r sus palabras lo miraron con asombro; uno se levant√≥, y, quit√°ndose respetuosamente el sombrero, le dijo muy serio:

  • Seguramente sois un hombre de gran erudici√≥n, Monsieur.
  • ¬°Oh, no! -respondi√≥ el Consejero-. S√≥lo s√© hablar de unas cuantas cosas que todo el mundo conoce.
  • La modestia es una hermosa virtud -observ√≥ el otro- Por lo dem√°s, debo contestar a vuestro discurso: mihi secus videtur; pero dejo en suspenso mi juicio.
  • ¬ŅTendr√≠ais la bondad de decirme con qui√©n tengo el honor de hablar? -pregunt√≥ el Consejero.
  • Soy bachiller en Sagradas Escrituras respondi√≥ el hombre.

Aquella respuesta bast√≥ al magistrado; el t√≠tulo se correspond√≠a con el traje. ¬ęSeguramente pens√≥- se trata de alg√ļn viejo maestro de pueblo, un original de √©sos que uno encuentra con frecuencia en Jutlandia¬Ľ.

  • Aunque esto no es en realidad un locus docendi – rosigui√≥ el hombre-, os ruego que os dign√©is hablar. Indudablemente hab√©is le√≠do mucho sobre la Antig√ľedad.
  • Desde luego -contest√≥ el Consejero-. Me gusta leer escritos antiguos y √ļtiles, pero tambi√©n soy aficionado a las cosas modernas, con excepci√≥n de esas historias triviales, tan abundantes en verdad.
  • ¬ŅHistorias triviales? -pregunt√≥ el bachiller.
  • S√≠, me refiero a estas novelas de hoy, tan corrientes.
  • ¬°Oh! -dijo, sonriendo, el hombre-, sin embargo, tienen mucho ingenio y se leen en la Corte. El Rey gusta de modo particular de la novela del Se√Īor de Iffven y el Se√Īor Gaudian, con el rey Art√ļs y los Caballeros de la Tabla Redonda; se ha re√≠do no poco con sus altos dignatarios.
  • Pues yo no la he le√≠do -dijo el Consejero-. Debe de ser alguna edici√≥n recient√≠sima de Heiberg.
  • No -rectific√≥ el otro-. No es de Heiberg, sino de Godofredo de Gehmen.
  • ¬ŅAs√≠, √©ste es el autor? -pregunt√≥ el magistrado-. Es un nombre antiqu√≠simo; as√≠ se llama el primer impresor que hubo en Dinamarca, ¬Ņverdad?
  • S√≠, es nuestro primer impresor -asinti√≥ el hombre.

Hasta aqu√≠ todo marchaba sin tropiezos; luego, uno de los buenos burgueses se puso a hablar de la grave peste que se hab√≠a declarado algunos a√Īos antes, refiri√©ndose a la de 1494; pero el Consejero crey√≥ que se trataba de la epidemia de c√≥lera, con lo cual la conversaci√≥n prosigui√≥ como sobre ruedas. La guerra de los piratas de 1490, tan reciente, sali√≥ a su vez a colaci√≥n. Los corsarios ingleses hab√≠an capturado barcos en la rada, dijeron; y el Consejero, que hab√≠a vivido los acontecimientos de 1801, se sum√≥ a los vituperios contra los ingleses. El resto de la charla, en cambio, ya no discurri√≥ tan llanamente, y en m√°s de un momento pusieron los unos y el otro caras agrias; el buen bachiller resultaba demasiado ignorante, y las manifestaciones m√°s simples del magistrado le sonaban a atrevidas y exageradas. Se consideraban mutuamente de reojo, y cuando las cosas se pon√≠an demasiado tirantes, el bachiller hablaba en lat√≠n con la esperanza de ser mejor comprendido; pero nada se sacaba en limpio.

  • ¬ŅQu√© tal se siente? -pregunt√≥ la posadera tirando de la manga al Consejero. Entonces √©ste volvi√≥ a la realidad; en el calor de la discusi√≥n hab√≠a olvidado por completo lo que antes le ocurriera.
  • ¬°Dios m√≠o! pero, ¬Ņd√≥nde estoy? -pregunt√≥, sintiendo que le daba vueltas la cabeza.
  • ¬°Vamos a tomar un vaso de lo caro! Hidromiel y cerveza de Brema -pidi√≥ uno de los presentes, y vos beber√©is con nosotros.

Entraron dos mozas, una de ellas cubierta con una cofia bicolor; sirvieron la bebida y saludaron con una inclinaci√≥n. Al Consejero le pareci√≥ que un extra√Īo fr√≠o le recorr√≠a el espinazo.

  • ¬ŅPero qu√© es esto, qu√© es esto? -repet√≠a; pero no tuvo m√°s remedio que beber con ellos, los cuales se apoderaron del buen se√Īor. Estaba completamente desconcertado, y al decir uno que estaba borracho, no lo puso en duda, y se limit√≥ a pedirles que le procurasen un coche. Entonces pensaron los otros que hablaba en moscovita.

Nunca se hab√≠a encontrado en una compa√Ī√≠a tan ruda y tan ordinaria. ¬ę¬°Es para pensar que el pa√≠s ha vuelto al paganismo -dijo para s√≠-. Estoy pasando el momento m√°s horrible de mi vida¬Ľ. De repente le vino la idea de meterse debajo de la mesa y alcanzar la puerta andando a gatas. As√≠ lo hizo, pero cuando ya estaba en la salida, los otros se dieron cuenta de su prop√≥sito, lo agarraron por los pies y se quedaron con los chanclos en la mano… afortunadamente para √©l, pues al quitarle los chanclos ces√≥ el hechizo. El Consejero vio entonces ante √©l un farol encendido, y detr√°s, un gran edificio; todo le resultaba ya conocido y familiar; era la calle del Este, tal como nosotros la conocemos. Se encontr√≥ tendido en el suelo con las piernas contra una puerta, frente al dormido vigilante nocturno. ¬ę¬°Dios bendito! ¬ŅEs posible que haya estado tendido en plena calle y so√Īando? -dijo-. ¬°S√≠, √©sta es la calle del Este! ¬°Qu√© bonita, qu√© clara y pintoresca! ¬°Es terrible el efecto de un vaso de ponche!¬Ľ. Dos minutos m√°s tarde se hallaba en un coche de punto, que lo conduc√≠a a Christianshafen; pensaba en las angustias sufridas y daba gracias de todo coraz√≥n a la dichosa realidad de nuestra √©poca, que, con todos sus defectos, es infinitamente mejor que la que acababa de dejar; y, bien mirado, el consejero de Justicia era muy discreto al pensar de este modo. ¬† ¬† LOS CISNES SALVAJES ¬† Lejos de nuestras tierras, all√° adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, viv√≠a un rey que ten√≠a once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran pr√≠ncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escrib√≠an con pizarr√≠n de diamante sobre pizarras de oro, y aprend√≠an de memoria con la misma facilidad con que le√≠an; en seguida se notaba que eran pr√≠ncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y ten√≠a un libro de estampas que hab√≠a costado lo que val√≠a la mitad del reino. ¬°Qu√© bien lo pasaban aquellos ni√Īos! L√°stima que aquella felicidad no pudiese durar siempre. Su padre, Rey de todo el pa√≠s, cas√≥ con una reina perversa, que odiaba a los pobres ni√Īos. Ya al primer d√≠a pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que hab√≠a gran gala en todo el palacio, y los peque√Īos jugaron a ¬ęvisitas¬Ľ; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio m√°s que arena en una taza de t√©, dici√©ndoles que imaginaran que era otra cosa. A la semana siguiente mand√≥ a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le hab√≠a ya dicho al Rey tantas cosas malas de los pr√≠ncipes, que √©ste acab√≥ por desentenderse de ellos.

  • ¬°A volar por el mundo y apa√Īaros por vuestra cuenta! -exclam√≥ un d√≠a la perversa mujer-; ¬°a volar como grandes aves sin voz!-. Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habr√≠a querido; los ni√Īos se transformaron en once hermos√≠simos cisnes salvajes. Con un extra√Īo grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.

Era a√ļn de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yac√≠a dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios c√≠rculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oy√≥ ni los vio. Hubieron de proseguir, remont√°ndose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extend√≠a hasta la misma orilla del mar. La pobre Elisita segu√≠a en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, √ļnico juguete que pose√≠a. Abriendo en ella un agujero, mir√≥ el sol a su trav√©s y pareci√≥le como si viera los ojos l√≠mpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, cre√≠a sentir el calor de sus besos. Pasaban los d√≠as, mon√≥tonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:

  • ¬ŅQu√© puede haber m√°s hermoso que vosotras?

-. Pero las rosas meneaban la cabeza y respond√≠an: – Elisa es m√°s hermosa -. Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, le√≠a su devocionario, el viento le volv√≠a las hojas, y preguntaba al libro: – ¬ŅQui√©n puede ser m√°s piadoso que t√ļ? – Elisa es m√°s piadosa replicaba el devocionario; y lo que dec√≠an las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no pod√≠a mentir. Hab√≠an convenido en que la ni√Īa regresar√≠a a palacio cuando cumpliese los quince a√Īos; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sinti√≥ rencor y odio, y la habr√≠a transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevi√≥ a hacerlo en seguida, porque el Rey quer√≠a ver a su hija. Por la ma√Īana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo √©l de m√°rmol y estaba adornado con espl√©ndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los bes√≥ y dijo al primero:

  • S√ļbete sobre la cabeza de Elisa cuando est√© en el ba√Īo, para que se vuelva est√ļpida como t√ļ. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como t√ļ de fea, y su padre no la reconozca -. Y al tercero: – Si√©ntate sobre su coraz√≥n e inf√ļndele malos sentimientos, para que sufra -. Ech√≥ luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se ti√Ī√≥ de verde, y, llamando a Elisa, la desnud√≥, mand√°ndole entrar en el ba√Īo; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la ni√Īa pareciera notario; y en cuanto se incorpor√≥, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzo√Īosos y hab√≠an sido besados por la bruja; de lo contrario, se habr√≠an transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el coraz√≥n de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acci√≥n sobre ella.

Al verlo la malvada Reina, frot√≥la con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquiri√≥ un tinte pardo negruzco; unt√≥le luego la cara con una pomada apestosa y le desgre√Ī√≥ el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa. Por eso se asust√≥ su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoci√≥, excepto el perro mast√≠n y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opini√≥n no contaba. La pobre Elisa rompi√≥ a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Sali√≥, angustiada, de palacio, y durante todo el d√≠a estuvo vagando por campos y eriales, adentr√°ndose en el bosque inmenso. No sab√≠a ad√≥nde dirigirse, pero se sent√≠a acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andar√≠an tambi√©n vagando por el amplio mundo. Hizo el prop√≥sito de buscarlos. Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella hab√≠a perdido el camino. Tendi√≥se sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclin√≥ la cabeza sobre un tronco de √°rbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban luc√≠an las verdes lucecitas de centenares de luci√©rnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos ca√≠an al suelo como estrellas fugaces. Toda la noche estuvo so√Īando en sus hermanos. De nuevo los ve√≠a de ni√Īos, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarr√≠n de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que hab√≠a costado medio reino; pero no escrib√≠an en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osad√≠simas gestas que hab√≠an realizado y todas las cosas que hab√≠an visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los p√°jaros cantaban, y las personas sal√≠an de las p√°ginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volv√≠a la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto. Cuando despert√≥, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no pod√≠a verlo, pues los altos √°rboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban all√° fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparc√≠a sus aromas, y las avecillas ven√≠an a posarse casi en sus hombros; o√≠a el chapoteo del agua, pues flu√≠an en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de l√≠mpido fondo arenoso. Hab√≠a, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos hab√≠an hecho una ancha abertura, y por ella baj√≥ Elisa al agua. Era √©sta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habr√≠a podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las ba√Īadas por el sol como las que se hallaban en la sombra. Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvi√≥ a brillar su blanqu√≠sima piel. Se desnud√≥ y meti√≥se en el agua pura; en el mundo entero no se habr√≠a encontrado una princesa tan hermosa como ella. Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigi√≥ a la fuente borboteante, bebi√≥ del hueco de la mano y prosigui√≥ su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber ad√≥nde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonar√≠a: El hac√≠a crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la gui√≥ hasta uno de aquellos √°rboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comi√≥ de √©l, y, despu√©s de colocar apoyos para las ramas, adentr√≥se en la parte m√°s oscura de la selva. Reinaba all√≠ un silencio tan profundo, que la muchacha o√≠a el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban bajo sus pies. No se ve√≠a ni un p√°jaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las corpulentas y densas ramas de los √°rboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, parec√≠ale verse rodeada por un enrejado de vigas. Era una soledad como nunca hab√≠a conocido. La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luci√©rnaga brillaba en el musgo. Ella se ech√≥, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresi√≥n de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Se√Īor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos. Al despertarse por la ma√Īana, no sab√≠a si hab√≠a so√Īado o si todo aquello hab√≠a sido realidad. Anduvo unos pasos y se encontr√≥ con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le pregunt√≥ si por casualidad hab√≠a visto a los once pr√≠ncipes cabalgando por el bosque. – No -respondi√≥ la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban r√≠o abajo. Acompa√Ī√≥ a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los √°rboles de sus orillas extend√≠an sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y all√≠ donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las ra√≠ces sal√≠an al exterior y formaban un entretejido por encima del agua. Elisa dijo adi√≥s a la vieja y sigui√≥ por la margen del r√≠o, hasta el punto en que √©ste se vert√≠a en el gran mar abierto. Frente a la doncella se extend√≠a el soberbio oc√©ano, pero en √©l no se divisaba ni una vela, ni un bote. ¬ŅC√≥mo seguir adelante? Consider√≥ las inn√ļmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado all√≠ hab√≠a sido moldeado por el agua, a pesar de ser √©sta mucho m√°s blanda que su mano. ¬ęLa ola se mueve incesantemente y as√≠ alisa las cosas duras; pues yo ser√© tan incansable como ella. Gracias por vuestra lecci√≥n, olas claras y saltarinas; alg√ļn d√≠a, me lo dice el coraz√≥n, me llevar√©is al lado de mis hermanos queridos¬Ľ. Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yac√≠an once blancas plumas de cisne, que la ni√Īa recogi√≥, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, roc√≠o o l√°grimas, ¬Ņqui√©n sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sent√≠a la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba m√°s veces que los lagos en todo un a√Īo. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parec√≠a decir: ¬ę¬°Ved, qu√© tenebroso puedo ponerme!¬Ľ. Luego soplaba viento, y las olas volv√≠an al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dorm√≠an, el mar pod√≠a compararse con un p√©talo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en √©l reinara, en la orilla siempre se percib√≠a un leve movimiento; el agua se levantaba d√©bilmente, como el pecho de un ni√Īo dormido. A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remont√≥ la ladera y se escondi√≥ detr√°s de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas.

LOS VECINOS

Cualquiera habría dicho que algo importante ocurría en la balsa del pueblo, y, sin embargo, no pasaba nada. Todos los patos, tanto los que se mecían en el agua como los que se habían puesto de cabeza Рpues saben hacerlo -, de pronto se pusieron a nadar precipitadamente hacia la orilla; en el suelo cenagoso quedaron bien visibles las huellas de sus pies y sus gritos podían oírse a gran distancia. El agua se agitó violentamente, y eso que unos momentos antes estaba tersa como un espejo, en el que se reflejaban uno por uno los árboles y arbustos de las cercanías y la vieja casa de campo con los agujeros de la fachada y el nido de golondrinas, pero muy especialmente el gran rosal cuajado de rosas, que bajaba desde el muro hasta muy adentro del agua. El conjunto parecía un cuadro puesto del revés. Pero en cuanto el agua se agitaba, todo se revolvía, y la pintura se esfumaba. Dos plumas que habían caído de los patos al desplegar las alas, se balanceaban sobre las olas, como si soplase el viento; y, sin embargo, no lo había. Por fin quedaron inmóviles: el agua recuperó su primitiva tersura y volvió a reflejar claramente la fachada con el nido de golondrinas y el rosal con cada una de sus flores, que eran hermosísimas, aunque ellas lo ignoraban porque nadie se lo había dicho. El sol se filtraba por entre las delicadas y fragantes hojas; y cada rosa se sentía feliz, de modo parecido a lo que nos sucede a las personas cuando estamos sumidos en nuestros pensamientos.

  • ¬°Qu√© bella es la vida! -dec√≠a cada una de las rosas-. Lo √ļnico que desear√≠a es poder besar al sol, por ser tan c√°lido y tan claro.
  • Y tambi√©n quisiera besar las rosas de debajo del agua: ¬°se parecen tanto a nosotras! Y besar√≠a tambi√©n a las dulces avecillas del nido, que asoman la cabeza piando levemente; no tienen a√ļn plumas como sus padres. Son buenos los vecinos que tenemos, tanto los de arriba como los de abajo. ¬°Qu√© hermosa es la vida!

Aquellos pajarillos de arriba y de abajo – los segundos no eran sino el reflejo de los primeros en el agua – eran gurriatos, hijos de gorriones; hab√≠an ocupado el nido abandonado por las golondrinas el a√Īo anterior, y se encontraban en √©l como en su propia casa.

  • ¬ŅSon patitos los que all√≠ nadan? -preguntaron los gurriatos al ver flotar en el agua las plumas de las palm√≠pedas.
  • ¬°No pregunt√©is tonter√≠as! -replic√≥ la madre-. ¬ŅNo veis que son plumas, prendas de vestir vivas como las que yo llevo y que vosotros llevar√©is tambi√©n, s√≥lo que las nuestras son m√°s finas? Por lo dem√°s, me gustar√≠a tenerlas aqu√≠ en el nido, pues son muy calientes. Quisiera saber de qu√© se espantaron los patos. Habr√° sucedido algo en el agua. Yo no he sido, aunque confieso que he piado un poco fuerte. Esas cabezotas de rosas deber√≠an saberlo, pero no saben nada; mirarse en el espejo y despedir perfume, eso es cuanto saben hacer. ¬°Qu√© vecinas tan aburridas!
  • ¬°Escuchad los pajarillos de arriba! -dijeron las rosas-, hacen ensayos de canto. No saben todav√≠a, pero ya vendr√°. ¬°Qu√© bonito debe ser saber cantar! Es delicioso tener vecinos tan alegres.

En aquel momento llegaron, galopando, dos caballos; ven√≠an a abrevar; un zagal montaba uno de ellos, despojado de todas sus prendas de vestir, excepto el sombrero, grande y de anchas alas. El mozo silbaba como si fuese un pajarillo, y se meti√≥ con su cabalgadura en la parte m√°s profunda de la balsa; al pasar junto al rosal cort√≥ una de sus rosas, se la prendi√≥ en el sombrero, para ir bien adornado, y sigui√≥ adelante. Las otras rosas miraban a su hermana y se preguntaban mutuamente: – ¬ŅAd√≥nde va? pero ninguna lo sab√≠a.

  • A veces me gustar√≠a salir a correr mundo -dijo una de las flores a sus compa√Īeras-. Aunque tambi√©n es muy hermoso este rinc√≥n verde en que vivimos. Durante el d√≠a brilla el sol y nos calienta, y por la noche, el cielo es a√ļn m√°s bello; podemos verlo a trav√©s de los agujeritos que tiene.

Se refería a las estrellas; pensaba que eran agujeros del cielo. ¡No llegaba a más la ciencia de las rosas!

  • Nosotros traemos vida y animaci√≥n a estos parajes -dijo la gorriona-. Los nidos de golondrina son de buen ag√ľero, dice la gente; por eso se alegran de tenernos. Pero aquel vecino, el gran rosal que se encarama por la pared, produce humedad. Espero que se marche pronto, y en su lugar crezca trigo. Las rosas s√≥lo sirven de adorno y para perfumar el ambiente; a lo sumo, para sujetarlas al sombrero. Todos los a√Īos se marchitan, lo s√© por mi madre. La campesina las conserva en sal, y entonces tienen un nombre franc√©s que no s√© pronunciar, ni me importa; luego las esparce por la ventana cuando quiere que huela bien. ¬°Y √©sta es toda su vida! No sirven m√°s que para alegrar los ojos y el olfato. Ya lo sab√©is, pues.

Al anochecer, cuando los mosquitos empezaron a danzar en el aire tibio, y las nubes adquirieron sus tonalidades rojas, present√≥se el ruise√Īor y cant√≥ a las rosas que en este mundo lo bello se parece a la luz del sol y vive eternamente. Pero las rosas creyeron que el ruise√Īor cantaba sus propias loanzas, y cualquiera lo habr√≠a pensado tambi√©n. No se les ocurri√≥ que eran ellas el objeto de su canto; sin embargo, experimentaron un gran placer y se preguntaban si tal vez los gurriatos no se volver√≠an a su vez ruise√Īores.

  • He comprendido muy bien lo que cant√≥ el p√°jaro -dijeron los gurriatos-. S√≥lo una palabra quisiera que me explicasen: ¬Ņqu√© significa ¬ęlo bello¬Ľ?
  • No es nada -respondi√≥ la madre-, es una simple apariencia. All√° arriba, en la finca de los se√Īores, donde las palomas tienen su casa propia y todos los d√≠as se les reparten guisantes y grano – yo he comido tambi√©n con ellas, y alg√ļn d√≠a vendr√©is vosotros: dime con qui√©n andas y te dir√© qui√©n eres -, pues en aquella finca tienen dos p√°jaros de cuello verde y un mechoncito de plumas en la cabeza. Pueden extender la cola como si fuese una gran rueda; tienen todos los colores, hasta el punto de que duelen los ojos de mirarlos. Se llaman pavos reales, y son la belleza. S√≥lo con que los desplumasen un poquit√≠n, casi no se distinguir√≠an de nosotros. ¬°Me entraban ganas de emprenderlas a picotazos con ellos, pero eran tan grandotes!.
  • Pues yo los voy a picotear -exclam√≥ el benjam√≠n de los gurriatos; el mocoso no ten√≠a a√ļn plumas.

En el cortijo viv√≠a un joven matrimonio que se quer√≠a tiernamente; los dos eran laboriosos y despiertos, y su casa era un primor de bien cuidada. Los domingos por la ma√Īana sal√≠a la mujer, cortaba un ramo de las rosas m√°s bellas y las pon√≠a en un florero, en el centro del armario. – ¬°Ahora me doy cuenta de que es domingo! dec√≠a el marido, besando a su esposa; y luego se sentaban y lean un salmo, cogidos de las manos, mientras el sol penetraba por las ventanas, iluminando las frescas rosas y a la enamorada pareja.

  • ¬°Este espect√°culo me aburre! -dijo la gorriona, que lo contemplaba desde su nido de enfrente; y ech√≥ a volar.

Lo mismo hizo una semana despu√©s, pues cada domingo pon√≠an rosas frescas en el florero, y el rosal segu√≠a floreciendo tan hermoso. Los gorrioncitos, que ya ten√≠an plumas, hubieran querido lanzarse a volar con su madre, pero √©sta les dijo: – ¬°Quedaos aqu√≠! – y se estuvieron quietecitos. Ella se fue, pero, como suele ocurrir con harta frecuencia, de pronto qued√≥ cogida en un lazo hecho de crines de caballo, que unos muchachos hab√≠an colocado en una rama. Las crines aprisionaron fuertemente la pata de la gorriona, tanto, que parec√≠a que iban a partirla. ¬°Qu√© dolor y qu√© miedo! Los chicos cogieron el p√°jaro, oprimi√©ndole terriblemente: – ¬°S√≥lo es un gorri√≥n! -dijeron; pero no lo soltaron, sino que se lo llevaron a casa, golpe√°ndolo en el pico cada vez que chillaba. En la casa hab√≠a un viejo entendido en el arte de fabricar jab√≥n para la barba y para las manos, jab√≥n en bolas y en pastillas. Era un viejo alegre y trotamundos; al ver el gorri√≥n que tra√≠an los ni√Īos, del que, seg√ļn ellos, no sab√≠an qu√© hacer, pregunt√≥les:

  • ¬ŅQuer√©is que lo pongamos guapo?

Un estremecimiento de terror recorrió el cuerpo de la gorriona al oír aquellas palabras. El viejo abrió su caja Рque contenía colores bellísimos -, tomó una buena porción de purpurina y, cascando un huevo que le proporcionaron los chiquillos, separó la clara y untó con ella todo el cuerpo del avecilla, espolvoreándolo luego con el oro. Y de este modo quedó la gorriona dorada, aunque no pensaba en su belleza, pues se moría de miedo. Después, el jabonero arrancó un trapo rojo del forro de su vieja chaqueta, lo cortó en forma de cresta y lo pegó en la cabeza del pájaro.

  • ¬°Ahora ver√©is volar el p√°jaro de oro! -dijo, soltando al animalito, el cual, presa de mortal terror, emprendi√≥ el vuelo por el espacio soleado. ¬°Dios m√≠o, y c√≥mo reluc√≠a! Todos los gorriones, y tambi√©n una corneja que no estaba ya en la primera edad, se asustaron al verlo, pero se lanzaron en su persecuci√≥n, √°vidos de saber qui√©n era aquel p√°jaro desconocido.
  • ¬ŅDe d√≥nde, de d√≥nde? -gritaba la corneja.
  • ¬°Espera un poco, espera un poco! -dec√≠an los gorriones. Pero ella no estaba para aguardar; dominada por el miedo y la angustia, se dirigi√≥ en l√≠nea recta hacia su casa. Poco le faltaba para desplomarse rendida, pero cada vez era mayor el n√ļmero de sus perseguidores, grandes y chicos; algunos se dispon√≠an incluso a atacarla.
  • ¬°Fijaos en √©se, fijaos en √©se! -gritaban todos. – ¬°Fijaos en √©se, Fijaos en √©se! -gritaron tambi√©n sus cr√≠as cuando a madre lleg√≥ al nido-. Seguramente es un pavito, tiene todos los colores, y hace da√Īo a los ojos, como dijo madre. ¬°Pip! ¬°Es la belleza! -. Y arremetieron contra ella a picotazos, impidi√©ndole posarse en el nido; y estaba la gorriona tan aterrorizada, que no fue capaz de decir ¬°pip!, y mucho menos, claro est√°, ¬°soy vuestra madre! Las otras aves la agredieron tambi√©n, le arrancaron todas las plumas, y la pobre cay√≥ ensangrentada en medio del rosal.
  • ¬°Pobre animal! -dijeron las rosas-. ¬°Ven, te ocultaremos! ¬°Apoya la cabecita sobre nosotras! La gorriona extendi√≥ por √ļltima vez las alas, luego las oprimi√≥ contra el cuerpo y expir√≥ en el seno de la familia vecina de las frescas y perfumadas rosas.
  • ¬°Pip! -dec√≠an los gurriatos en el nido -, no entiendo d√≥nde puede estar nuestra madre. ¬ŅNo ser√° una treta suya, para que nos despabilemos por nuestra cuenta y nos busquemos la comida? Nos ha dejado en herencia la casa, pero, ¬Ņqui√©n de nosotros se quedar√° con ella, cuando llegue la hora de constituir una familia?
  • Pues ya ver√©is c√≥mo os echo de aqu√≠, el d√≠a en que ampl√≠e mi hogar con mujer e hijos – dijo el m√°s peque√Īo.
  • ¬°Yo tendr√© mujer e hijos antes que t√ļ! -replic√≥ el segundo.- ¬°Yo soy el mayor! -grit√≥ un tercero. Todos empezaron a increparse, a propinarse aletazos y picotazos, y, ¬°paf!, uno tras otro fueron cayendo del nido; pero a√ļn en el suelo segu√≠an pele√°ndose. Con la cabeza de lado, gui√Īaban el ojo dirigido hacia arriba: era su modo de manifestar su enfado.

Sab√≠an ya volar un poquit√≠n; luego se ejercitaron un poco m√°s y por √ļltimo, convinieron en que, para reconocerse si alguna vez se encontraban por esos mundos de Dios, dir√≠an tres veces ¬°pip! y rascar√≠an otras tantas con el pie izquierdo.

LOS VESTIDOS NUEVOS DEL EMPERADOR

Hace de esto muchos a√Īos, hab√≠a un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la m√°xima elegancia. No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Ten√≠a un vestido distinto para cada hora del d√≠a, y de la misma manera que se dice de un rey: ¬ęEst√° en el Consejo¬Ľ, de nuestro hombre se dec√≠a: ¬ęEl Emperador est√° en el vestuario¬Ľ. La ciudad en que viv√≠a el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los d√≠as llegaban a ella much√≠simos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hac√≠an pasar por tejedores, asegurando que sab√≠an tejer las m√°s maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermos√≠simos, sino que las prendas con ellas confeccionadas pose√≠an la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente est√ļpida. – ¬°Deben ser vestidos magn√≠ficos! -pens√≥ el Emperador-. Si los tuviese, podr√≠a averiguar qu√© funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podr√≠a distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mand√≥ abonar a los dos p√≠caros un buen adelanto en met√°lico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes. Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no ten√≠an nada en la m√°quina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas m√°s finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras segu√≠an haciendo como que trabajaban en los telares vac√≠os hasta muy entrada la noche. ¬ęMe gustar√≠a saber si avanzan con la tela¬Ľ-, pens√≥ el Emperador. Pero habla una cuesti√≥n que lo ten√≠a un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera est√ļpido o inepto para su cargo no podr√≠a ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por s√≠ mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefer√≠a enviar primero a otro, para cerciorarse de c√≥mo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qu√© punto su vecino era est√ļpido o incapaz. ¬ęEnviar√© a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pens√≥ el Emperador-. Es un hombre honrado y el m√°s indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempe√Īe el cargo como √©l¬Ľ. El viejo y digno ministro se present√≥, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales segu√≠an trabajando en los telares vac√≠os. ¬ę¬°Dios nos ampare! -pens√≥ el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¬°Pero si no veo nada!¬Ľ. Sin embargo, no solt√≥ palabra. Los dos fulleros le rogaron que se acercase le preguntaron si no encontraba magn√≠ficos el color y el dibujo. Le se√Īalaban el telar vac√≠o, y el pobre hombre segu√≠a con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada hab√≠a. ¬ę¬°Dios santo! -pens√≥-. ¬ŅSer√© tonto acaso? Jam√°s lo hubiera cre√≠do, y nadie tiene que saberlo. ¬ŅEs posible que sea in√ļtil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela¬Ľ.

  • ¬ŅQu√©? ¬ŅNo dice Vuecencia nada del tejido? pregunt√≥ uno de los tejedores.
  • ¬°Oh, precioso, maravilloso! -respondi√≥ el viejo ministro mirando a trav√©s de los lentes-. ¬°Qu√© dibujo y qu√© colores! Desde luego, dir√© al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.
  • Nos da una buena alegr√≠a -respondieron los dos tejedores, d√°ndole los nombres de los colores y describi√©ndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y as√≠ lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a su bolsillo, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías. Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

  • ¬ŅVerdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, se√Īalando y explicando el precioso dibujo que no exist√≠a.

¬ęYo no soy tonto -pens√≥ el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Ser√≠a muy fastidioso. Es preciso que nadie se d√© cuenta¬Ľ. Y se deshizo en alabanzas de la tela que no ve√≠a, y ponder√≥ su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo. – ¬°Es digno de admiraci√≥n! -dijo al Emperador. Todos los moradores de la capital hablaban de la magn√≠fica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encamin√≥ a la casa donde paraban los p√≠caros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

  • ¬ŅVerdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. F√≠jese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos – y se√Īalaban el telar vac√≠o, creyendo que los dem√°s ve√≠an la tela.

¬ę¬°C√≥mo! -pens√≥ el Emperador-. ¬°Yo no veo nada! ¬°Esto es terrible! ¬ŅSer√© tonto? ¬ŅAcaso no sirvo para emperador? Ser√≠a espantoso¬Ľ.

  • ¬°Oh, s√≠, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vac√≠o; no quer√≠a confesar que no ve√≠a nada. Todos los componentes de su s√©quito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: – ¬°oh, qu√© bonito! -, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela, en la procesi√≥n que deb√≠a celebrarse pr√≥ximamente. – ¬°Es preciosa, elegant√≠sima, estupenda! – corr√≠a de boca en boca, y todo el mundo parec√≠a extasiado con ella. El Emperador concedi√≥ una condecoraci√≥n a cada uno de los dos bellacos para que se la prendieran en el ojal, y los nombr√≥ tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedi√≥ al d√≠a de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con diecis√©is l√°mparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confecci√≥n de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: – ¬°Por fin, el vestido est√° listo! Lleg√≥ el Emperador en compa√Ī√≠a de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

  • Esto son los pantalones. Ah√≠ est√° la casaca. – Aqu√≠ ten√©is el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telara√Īa; uno creer√≠a no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.
  • ¬°S√≠! – asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no ve√≠an nada, pues nada hab√≠a.
  • ¬ŅQuiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestiros el nuevo delante del espejo?

Quitóse el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

  • ¬°Dios, y qu√© bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¬°Vaya dibujo y vaya colores! ¬°Es un traje precioso! – El palio bajo el cual ir√° Vuestra Majestad durante la procesi√≥n, aguarda ya en la calle – anunci√≥ el maestro de Ceremonias.
  • Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¬ŅVerdad que me sienta bien? – y volvi√≥se una vez m√°s de cara al espejo, para que todos creyeran que ve√≠a el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decían:

  • ¬°Qu√© preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¬°Qu√© ¬†¬† magn√≠fica ¬†¬†¬†¬†¬†¬† cola! ¬†¬† ¬°Qu√© hermoso es todo!-. Nadie permit√≠a que los dem√°s se diesen cuenta de que nada ve√≠a, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por est√ļpido. Ning√ļn traje del Monarca hab√≠a tenido tanto √©xito como aqu√©l.

¬°Pero si no lleva nada! -exclam√≥ de pronto un ni√Īo. – ¬°Dios bendito, escuchad la voz de la inocencia! – dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al o√≠do lo que acababa de decir el peque√Īo.

  • ¬°No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
  • ¬°Pero si no lleva nada! -grit√≥, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquiet√≥ al Emperador, pues barruntaba que el pueblo ten√≠a raz√≥n; mas pens√≥: ¬ęHay que aguantar hasta el fin¬Ľ. Y sigui√≥ m√°s altivo que antes; y los ayudas de c√°mara continuaron sosteniendo la inexistente cola. ¬† ¬† LOS ZAPATOS ROJOS ¬† √Črase una vez una ni√Īa muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en invierno ten√≠a que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piececitos se le pon√≠an tan encarnados, que daba l√°stima. En el centro del pueblo habitaba una anciana, viuda de un zapatero. Ten√≠a unas viejas tiras de pa√Īo colorado, y con ellas cosi√≥, lo mejor que supo, un par de zapatillas. Eran bastante patosas, pero la mujer hab√≠a puesto en ellas toda su buena intenci√≥n. Ser√≠an para la ni√Īa, que se llamaba Karen. Le dieron los zapatos rojos el mismo d√≠a en que enterraron a su madre; aquel d√≠a los estren√≥. No eran zapatos de luto, cierto, pero no ten√≠a otros, y calzada con ellos acompa√Ī√≥ el humilde f√©retro. Acert√≥ a pasar un gran coche, en el que iba una se√Īora anciana. Al ver a la peque√Īuela, sinti√≥ compasi√≥n y dijo al se√Īor cura:

  • Dadme la ni√Īa, yo la criar√©.

Karen crey√≥ que todo aquello era efecto de los zapatos colorados, pero la dama dijo que eran horribles y los tir√≥ al fuego. La ni√Īa recibi√≥ vestidos nuevos y aprendi√≥ a leer y a coser. La gente dec√≠a que era linda; s√≥lo el espejo dec√≠a:

  • Eres m√°s que linda, eres hermosa.

Un d√≠a la Reina hizo un viaje por el pa√≠s, acompa√Īada de su hijita, que era una princesa. La gente afluy√≥ al palacio, y Karen tambi√©n. La princesita sali√≥ al balc√≥n para que todos pudieran verla. Estaba preciosa, con un vestido blanco, pero nada de cola ni de corona de oro. En cambio, llevaba unos magn√≠ficos zapatos rojos, de tafilete, mucho m√°s hermosos, desde luego, que los que la viuda del zapatero hab√≠a confeccionado para Karen. No hay en el mundo cosa que pueda compararse a unos zapatos rojos. Lleg√≥ la ni√Īa a la edad en que deb√≠a recibir la confirmaci√≥n; le hicieron vestidos nuevos, y tambi√©n hab√≠an de comprarle nuevos zapatos. El mejor zapatero de la ciudad tom√≥ la medida de su lindo pie; en la tienda hab√≠a grandes vitrinas con zapatos y botas preciosos y relucientes. Todos eran hermos√≠simos, pero la anciana se√Īora, que apenas ve√≠a, no encontraba ning√ļn placer en la elecci√≥n. Hab√≠a entre ellos un par de zapatos rojos, exactamente iguales a los de la princesa: ¬°qu√© preciosos! Adem√°s, el zapatero dijo que los hab√≠a confeccionado para la hija de un conde, pero luego no se hab√≠an adaptado a su pie.

  • ¬ŅSon de charol, no? -pregunt√≥ la se√Īora-. ¬°C√≥mo brillan!
  • ¬ŅVerdad que brillan? – dijo Karen; y como le sentaban bien, se los compraron; pero la anciana ignoraba que fuesen rojos, pues de haberlo sabido jam√°s habr√≠a permitido que la ni√Īa fuese a la confirmaci√≥n con zapatos colorados. Pero fue.

Todo el mundo le miraba los pies, y cuando, despu√©s de avanzar por la iglesia, lleg√≥ a la puerta del coro, le pareci√≥ como si hasta las antiguas estatuas de las sepulturas, las im√°genes de los monjes y las religiosas, con sus cuellos tiesos y sus largos ropajes negros, clavaran los ojos en sus zapatos rojos; y s√≥lo en ellos estuvo la ni√Īa pensando mientras el obispo, poni√©ndole la mano sobre la cabeza, le habl√≥ del santo bautismo, de su alianza con Dios y de que desde aquel momento deb√≠a ser una cristiana consciente. El √≥rgano toc√≥ solemnemente, resonaron las voces melodiosas de los ni√Īos, y cant√≥ tambi√©n el viejo maestro; pero Karen s√≥lo pensaba en sus magn√≠ficos zapatos. Por la tarde se enter√≥ la anciana se√Īora -alguien se lo dijo- de que los zapatos eran colorados, y declar√≥ que aquello era feo y contrario a la modestia; y dispuso que, en adelante, Karen deber√≠a llevar zapatos negros para ir a la iglesia, aunque fueran viejos. El siguiente domingo era de comuni√≥n. Karen mir√≥ sus zapatos negros, luego contempl√≥ los rojos, volvi√≥ a contemplarlos y, al fin, se los puso. Brillaba un sol magn√≠fico. Karen y la se√Īora anciana avanzaban por la acera del mercado de granos; hab√≠a un poco de polvo. En la puerta de la iglesia se hab√≠a apostado un viejo soldado con una muleta y una largu√≠sima barba, m√°s roja que blanca, mejor dicho, roja del todo. Se inclin√≥ hasta el suelo y pregunt√≥ a la dama si quer√≠a que le limpiase los zapatos. Karen present√≥ tambi√©n su piececito. – ¬°Caramba, qu√© preciosos zapatos de baile! exclam√≥ el hombre-. Ajustad bien cuando bail√©is – y con la mano dio un golpe a la suela. La dama entreg√≥ una limosna al soldado y penetr√≥ en la iglesia con Karen. Todos los fieles miraban los zapatos rojos de la ni√Īa, y las im√°genes tambi√©n; y cuando ella, arrodillada ante el altar, llev√≥ a sus labios el c√°liz de oro, estaba pensando en sus zapatos colorados y le pareci√≥ como si nadaran en el c√°liz; y se olvid√≥ de cantar el salmo y de rezar el padrenuestro. Salieron los fieles de la iglesia, y la se√Īora subi√≥ a su coche. Karen levant√≥ el pie para subir a su vez, y el viejo soldado, que estaba junto al carruaje, exclam√≥: – ¬°Vaya preciosos zapatos de baile! -. Y la ni√Īa no pudo resistir la tentaci√≥n de marcar unos pasos de danza; y he aqu√≠ que no bien hubo empezado, sus piernas siguieron bailando por s√≠ solas, como si los zapatos hubiesen adquirido alg√ļn poder sobre ellos. Bailando se fue hasta la esquina de la iglesia, sin ser capaz de evitarlo; el cochero tuvo que correr tras ella y llevarla en brazos al coche; pero los pies segu√≠an bailando y pisaron fuertemente a la buena anciana. Por fin la ni√Īa se pudo descalzar, y las piernas se quedaron quietas. Al llegar a casa los zapatos fueron guardados en un armario; pero Karen no pod√≠a resistir la tentaci√≥n de contemplarlos. Enferm√≥ la se√Īora, y dijeron que ya no se curar√≠a. Hubo que atenderla y cuidarla, y nadie estaba m√°s obligado a hacerlo que Karen. Pero en la ciudad daban un gran baile, y la muchacha hab√≠a sido invitada. Mir√≥ a la se√Īora, que estaba enferma de muerte, mir√≥ los zapatos rojos, se dijo que no comet√≠a ning√ļn pecado. Se los calz√≥ – ¬Ņqu√© hab√≠a en ello de malo? – y luego se fue al baile y se puso a bailar. Pero cuando quer√≠a ir hacia la derecha, los zapatos la llevaban hacia la izquierda; y si quer√≠a dirigirse sala arriba, la obligaban a hacerlo sala abajo; y as√≠ se vio forzada a bajar las escaleras, seguir la calle y salir por la puerta de la ciudad, danzando sin reposo; y, sin poder detenerse, lleg√≥ al oscuro bosque. Vio brillar una luz entre los √°rboles y pens√≥ que era la luna, pues parec√≠a una cara; pero result√≥ ser el viejo soldado de la barba roja, que haci√©ndole un signo con la cabeza, le dijo: – ¬°Vaya hermosos zapatos de baile! Se asust√≥ la muchacha y trat√≥ de quitarse los zapatos para tirarlos; pero estaban ajustad√≠simos, y, aun cuando consigui√≥ arrancarse las medias, los zapatos no salieron; estaban soldados a los pies. Y hubo de seguir bailando por campos y prados, bajo la lluvia y al sol, de noche y de d√≠a. ¬°De noche, especialmente, era horrible! ¬† ¬† ¬† ¬°NO ERA BUENA PARA NADA! ¬† El alcalde estaba de pie ante la ventana abierta; luc√≠a camisa de pu√Īos planchados y un alfiler en la pechera, y estaba reci√©n afeitado. Lo hab√≠a hecho con su propia mano, y se hab√≠a producido una peque√Īa herida; pero la hab√≠a tapado con un trocito de papel de peri√≥dico.

  • ¬°Oye, chaval! – grit√≥.

El chaval era el hijo de la lavandera; pasaba por all√≠ y se quit√≥ respetuosamente la gorra, cuya visera estaba doblada de modo que pudiese guardarse en el bolsillo. El ni√Īo, pobremente vestido pero con prendas limpias y cuidadosamente remendadas, se detuvo reverente, cual si se encontrase ante el Rey en persona.

  • Eres un buen muchacho – dijo el alcalde -, y muy bien educado. Tu madre debe de estar lavando ropa en el r√≠o. Y t√ļ ir√°s a llevarle eso que traes en el bolsillo, ¬Ņno? Mal asunto, ese de tu madre. ¬ŅCu√°nto le llevas?
  • Medio cuartillo – contest√≥ el ni√Īo a media voz, en tono asustado.
  • ¬ŅY esta ma√Īana se bebi√≥ otro tanto? – prosigui√≥ el hombre.
  • No, fue ayer – corrigi√≥ el peque√Īo.
  • Dos cuartos hacen un medio. No vale para nada. Es triste la condici√≥n de esa gente. Dile a tu madre que debiera avergonzarse. Y t√ļ procura no ser un borracho, aunque mucho me temo que tambi√©n lo ser√°s. ¬°Pobre chiquillo! Anda, vete.

El ni√Īo sigui√≥ su camino, guardando la gorra en la mano, por lo que el viento le agitaba el rubio cabello y se lo levantaba en largos mechones. Torci√≥ al llegar al extremo de la calle, y por un callej√≥n baj√≥ al r√≠o, donde su madre, de pies en el agua junto a la banqueta, golpeaba la pesada ropa con la pala. El agua bajaba en impetuosa corriente – pues hab√≠an abierto las esclusas del molino, – arrastrando las s√°banas con tanta fuerza, que amenazaba llevarse banqueta y todo. A duras penas pod√≠a contenerla la mujer.

  • ¬°Por poco se me lleva a m√≠ y todo! – dijo -. Gracias a que has venido, pues necesito reforzarme un poquit√≠n. El agua est√° fr√≠a, y llevo ya seis horas aqu√≠. ¬ŅMe traes algo?

El muchacho sacó la botella, y su madre, aplicándosela a la boca, bebió un trago.

  • ¬°Ah, qu√© bien sienta! ¬°Qu√© calorcito da! Es lo mismo que tomar un plato de comida caliente, y sale m√°s barato. ¬°Bebe, peque√Īo! Est√°s p√°lido, debes de tener fr√≠o con estas ropas tan delgadas; estamos ya en oto√Īo. ¬°Uf, qu√© fr√≠a est√° el agua! ¬°Con tal que no caiga yo enferma! Pero no ser√°. Dame otro trago, y bebe t√ļ tambi√©n, pero un sorbito solamente; no debes acostumbrarte, pobre hijito m√≠o.

Y subi√≥ a la pasarela sobre la que estaba el peque√Īo y pas√≥ a la orilla; el agua le manaba de la estera de junco que, para protegerse, llevaba atada alrededor del cuerpo, y le goteaba tambi√©n de la falda.

  • Trabajo tanto, que la sangre casi me sale por las u√Īas; pero no importa, con tal que pueda criarte bien y hacer de ti un hombre honrado, hijo m√≠o.

En aquel momento se acerc√≥ otra mujer de m√°s edad, pobre tambi√©n, a juzgar por su porte y sus ropas. Cojeaba de una pierna, y una enorme gre√Īa postiza le colgaba encima de un ojo, con objeto de taparlo, pero s√≥lo consegu√≠a hacer m√°s visible que era tuerta. Era amiga de la lavandera, y los vecinos la llamaban ¬ęla coja del rizo¬Ľ.

  • Pobre, ¬°c√≥mo te fatigas, metida en esta agua tan fr√≠a! Necesitas tomar algo para entrar en calor; ¬°y a√ļn te reprochan que bebas unas gotas! -. Y le cont√≥ el discurso que el alcalde hab√≠a dirigido a su hijo. La coja lo hab√≠a o√≠do, indignada de que al ni√Īo se le hablase as√≠ de su madre, censur√°ndola por los traguitos que tomaba, cuando √©l se daba grandes banquetazos en el que el vino se iba por botellas enteras.
  • Sirven vinos finos y fuertes – dijo -, y muchos beben m√°s de lo que la sed les pide. Pero a eso no lo llaman beber. Ellos son gente de condici√≥n, y t√ļ no vales para nada.
  • ¬°Conque esto te dijo, hijo m√≠o! – balbuce√≥ la mujer con labios temblorosos -. ¬°Que tienes una madre que no vale nada! Tal vez tenga raz√≥n, pero no debi√≥ dec√≠rselo a la criatura. ¬°Con lo que tuve que aguantar, en casa del alcalde!
  • Serviste en ella, ¬Ņverdad? cuando a√ļn viv√≠an sus padres; muchos a√Īos han pasado desde entonces. Muchas fanegas de sal han consumido, y les habr√° dado mucha sed – y la coja solt√≥ una risa amarga -. Hoy se da un gran convite en casa del alcalde; en realidad debieran haberlo suspendido, pero ya era tarde, y la comida estaba preparada. Hace una hora lleg√≥ una carta notificando que el m√°s joven de los hermanos acaba de morir en Copenhague. Lo s√© por el criado.
  • ¬°Ha muerto! – exclam√≥ la lavandera, palideciendo.
  • S√≠ – respondi√≥ la otra -. ¬ŅTan a pecho te lo tomas? Claro, lo conociste, pues serv√≠as en la casa.
  • ¬°Ha muerto! Era el mejor de los hombres. No van a Dios muchos como √©l – y las l√°grimas le rodaban por las mejillas -. ¬°Dios m√≠o! Me da vueltas la cabeza. Debe ser que me he bebido la botella, y es demasiado para m√≠. ¬°Me siento tan mal! – y se agarr√≥ a un vallado para no caerse. – ¬°Santo Dios, est√°s enferma, mujer! – dijo la coja -. Pero tal vez se te pase. ¬°No, de verdad est√°s enferma! Lo mejor ser√° que te acompa√Īe a casa.
  • Pero, ¬Ņy la ropa?
  • D√©jala de mi cuenta. C√≥gete a mi brazo. El peque√Īo se quedar√° a guardar la ropa; luego yo volver√© a terminar el trabajo; ya quedan pocas piezas.

La lavandera apenas podía sostenerse.

  • Estuve demasiado tiempo en el agua fr√≠a. Desde la madrugada no hab√≠a tomado nada, ni seco ni mojado. Tengo fiebre. ¬°Oh, Jes√ļs m√≠o, ay√ļdame a llegar a casa! ¬°Mi pobre hijito! – exclam√≥, prorrumpiendo a llorar.

Al ni√Īo se le saltaron tambi√©n las l√°grimas, y se qued√≥ solo junto a la ropa mojada. Las dos mujeres se alejaron lentamente, la lavandera con paso inseguro. Remontaron el callej√≥n, doblaron la esquina y, cuando pasaban por delante de la casa del alcalde, la enferma se desplom√≥ en el suelo. Acudi√≥ gente. La coja entr√≥ en la casa a pedir auxilio, y el alcalde y los invitados se asomaron a la ventana.

  • ¬°Otra vez la lavandera! – dijo -. Habr√° bebido m√°s de la cuenta; no vale para nada. L√°stima por el chiquillo. Yo le tengo simpat√≠a al peque√Īo; pero la madre no vale nada.

Reanimaron a la mujer y la llevaron a su m√≠sera vivienda, donde la acostaron enseguida. Su amiga corri√≥ a prepararle una taza de cerveza caliente con mantequilla y az√ļcar; seg√ļn ella, no hab√≠a medicina como √©sta. Luego se fue al lavadero, acab√≥ de lavar la ropa, bastante mal por cierto, – pero hay que aceptar la buena voluntad – y, sin escurrirla, la guard√≥ en el cesto. Al anochecer se hallaba nuevamente a la cabecera de la enferma. En la cocina de la alcald√≠a le hab√≠an dado unas patatas asadas y una buena lonja de jam√≥n, con lo que cenaron op√≠paramente el ni√Īo y la coja; la enferma se dio por satisfecha con el olor, y lo encontr√≥ muy nutritivo. Acost√≥se el ni√Īo en la misma cama de su madre, atravesado en los pies y abrigado con una vieja alfombra toda zurcida y remendada con tiras rojas y azules. La lavandera se encontraba un tanto mejorada; la cerveza caliente la hab√≠a fortalecido, y el olor de la sabrosa cena le hab√≠a hecho bien.

  • ¬°Gracias, buen alma! – dijo a la coja -. Te lo contar√© todo cuando el peque√Īo duerma. Creo que est√° ya dormido. ¬°Qu√© hermoso y dulce est√° con los ojos cerrados! No sabe lo que sufre su madre. ¬°Quiera Dios Nuestro Se√Īor que no haya de pasar nunca por estos trances! Cuando yo serv√≠a en casa del padre del alcalde, que era Consejero, regres√≥ el m√°s joven de los hijos, que entonces era estudiante. Yo era joven, alborotada y fogosa pero honrada, eso s√≠ que puedo afirmarlo ante Dios – dijo la lavandera -. El mozo era alegre y animado, y muy bien parecido. Hasta la √ļltima gota de su sangre era honesta y buena. Jam√°s dio la tierra un hombre mejor. Era hijo de la casa, y yo s√≥lo una criada, pero nos prometimos fidelidad, siempre dentro de la honradez. Un beso no es pecado cuando dos se quieren de verdad. √Čl lo confes√≥ a su madre; para √©l representaba a Dios en la Tierra, y la se√Īora era tan inteligente, tan tierna y amorosa. Antes de marcharse me puso en el dedo su anillo de oro. Cuando hubo partido, la se√Īora me llam√≥ a su cuarto. Me habl√≥ con seriedad, y no obstante con dulzura, como s√≥lo el bondadoso Dios hubiera podido hacerlo, y me hizo ver la distancia que mediaba entre su hijo y yo, en inteligencia y educaci√≥n. ¬ęAhora √©l s√≥lo ve lo bonita que eres, pero la hermosura se desvanece. T√ļ no has sido educada como √©l; no sois iguales en la inteligencia, y ah√≠ est√° el obst√°culo. Yo respeto a los pobres – prosigui√≥ -; ante Dios muchos de ellos ocupar√°n un lugar superior al de los ricos, pero aqu√≠ en la Tierra no hay que desviarse del camino, si se quiere avanzar; de otro modo, volcar√° el coche, y los dos ser√©is v√≠ctimas de vuestro desatino. S√© que un buen hombre, un artesano, se interesa por ti; es el guantero Erich. Es viudo, no tiene hijos y se gana bien la vida. Piensa bien en esto¬Ľ. Cada una de sus palabras fue para m√≠ una cuchillada en el coraz√≥n, pero la se√Īora estaba en lo cierto, y esto me oblig√≥ a ceder. Le bes√© la mano llorando amargas l√°grimas, y llor√© a√ļn mucho m√°s cuando, encerr√°ndome en mi cuarto, me ech√© sobre la cama. Fue una noche dolorosa; s√≥lo Dios sabe lo que sufr√≠ y luch√©. Al siguiente domingo acud√≠ a la Sagrada Misa a pedir a Dios paz y luz para mi coraz√≥n. Y como si √Čl lo hubiera dispuesto, al salir de la iglesia me encontr√© con Erich, el guantero. Yo no dudaba ya; √©ramos de la misma clase y condici√≥n, y √©l gozaba incluso de una posici√≥n desahogada. Por eso fui a su encuentro y cogi√©ndole la mano, le dije: ¬ę¬ŅPiensas todav√≠a en m√≠?¬Ľ. ¬ęS√≠, y mis pensamientos ser√°n siempre para ti sola¬Ľ, me respondi√≥. ¬ę¬ŅEst√°s dispuesto a casarte con una muchacha que te estima y respeta, aunque no te ame? Pero quiz√°s el amor venga m√°s tarde¬Ľ. ¬ę¬°Vendr√°!¬Ľ, dijo √©l, y nos dimos las manos. Me volv√≠ yo a la casa de mi se√Īora; llevaba pendiente del cuello, sobre el coraz√≥n, el anillo de oro que me hab√≠a dado su hijo; de d√≠a no pod√≠a pon√©rmelo en el dedo, pero lo hice a la noche al acostarme, bes√°ndolo tan fuertemente que la sangre me sali√≥ de los labios. Despu√©s lo entregu√© a la se√Īora, comunic√°ndole que la pr√≥xima semana el guantero pedirla mi mano. La se√Īora me estrech√≥ entre sus brazos y me bes√≥; no dijo que no val√≠a para nada, aunque reconozco que entonces yo era mejor que ahora; pero ¬°sab√≠a tan poco del mundo y de sus infortunios! Nos casamos por la Candelaria, y el primer a√Īo lo pasamos bien; tuvimos un criado y una criada; t√ļ serviste entonces en casa.
  • ¬°Oh, y qu√© buen ama fuiste entonces para m√≠! – exclam√≥ la coja -. Nunca olvidar√© lo bondadosos que fuisteis t√ļ y tu marido. – Eran buenos tiempos aquellos… No tuvimos hijos por entonces. Al estudiante, no volv√≠ a verlo jam√°s. O, mejor dicho, s√≠, lo vi una vez, pero no √©l a m√≠. Vino al entierro de su madre. Lo vi junto a su tumba, blanco como yeso y muy triste, pero era por su madre. Cuando, m√°s adelante, su padre muri√≥, √©l estaba en el extranjero; no vino ni ha vuelto jam√°s a su ciudad natal. Nunca se cas√≥, lo s√© de cierto. Era abogado. De m√≠ no se acordaba ya, y si me hubiese visto, dif√≠cilmente me habr√≠a reconocido. ¬°Me he vuelto tan fea! Y es as√≠ como debe ser.

Luego le cont√≥ los d√≠as dif√≠ciles de prueba, en que se sucedieron las desgracias. Pose√≠an quinientos florines, y en la calle hab√≠a una casa en venta por doscientos, pero s√≥lo ser√≠a rentable derrib√°ndola y construyendo una nueva. La compraron, y el presupuesto de los alba√Īiles y carpinteros elev√≥se a mil veinte florines. Erich ten√≠a cr√©dito; le prestaron el dinero en Copenhague, pero el barco que lo tra√≠a naufrag√≥, perdi√©ndose aquella suma en el naufragio.

  • Fue entonces cuando naci√≥ este hijo m√≠o, que ahora duerme aqu√≠. A su padre le acometi√≥ una grave y larga enfermedad; durante nueve meses, tuve yo que vestirlo y desnudarlo. Las cosas marchaban cada vez peor; aumentaban las deudas, perdimos lo que nos quedaba, y mi marido muri√≥. Yo me he matado trabajando, he luchado y sufrido por este hijo, he fregado escaleras y lavado ropa, basta o fina, pero Dios ha querido que llevase esta cruz. √Čl me redimir√° y cuidar√° del peque√Īo.

Y se qued√≥ dormida. A la ma√Īana sinti√≥se m√°s fuerte; pens√≥ que podr√≠a reanudar el trabajo. Estaba de nuevo con los pies en el agua fr√≠a, cuando de repente le cogi√≥ un desmayo. Alarg√≥ convulsivamente la mano, dio un paso hacia la orilla y cay√≥, quedando con la cabeza en la orilla y los pies en el agua. La corriente se llev√≥ los zuecos que calzaba con un manojo de paja en cada uno. All√≠ la encontr√≥ la coja del rizo cuando fue a traerle un poco de caf√©. Entretanto, el alcalde le hab√≠a enviado recado a su casa para que acudiese a verlo cuanto antes, pues ten√≠a algo que comunicarle. Pero lleg√≥ demasiado tarde. Fue un barbero para sangrarla, pero la mujer hab√≠a muerto.

  • ¬°Se ha matado de una borrachera! – dijo el alcalde.

La carta que daba cuenta del fallecimiento del hermano contenía también copia del testamento, en el cual se legaban seiscientos florines a la viuda del guantero, que en otro tiempo sirviera en la casa de sus padres. Aquel dinero debería pagarse, contante y sonante, a la legataria o a su hijo.

  • Algo hubo entre ellos – dijo el alcalde -. Menos mal que se ha marchado; toda la cantidad ser√° para el hijo; lo confiar√© a personas honradas, para que hagan de √©l un artesano bueno y capaz.

Dios dio su bendici√≥n a aquellas palabras. El alcalde llam√≥ al ni√Īo a su presencia, le prometi√≥ cuidar de √©l, y le dijo que era mejor que su madre hubiese muerto, pues no val√≠a para nada. Condujeron ¬†¬†¬† el ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† cuerpo ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† al ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† cementerio, ¬†¬†¬† al cementerio de los pobres; la coja plant√≥ un peque√Īo rosal sobre la tumba, mientras el muchachito permanec√≠a de pie a su lado.

  • ¬°Madre m√≠a! – dijo, deshecho en l√°grimas -. ¬ŅEs verdad que no val√≠a para nada?
  • ¬°Oh, s√≠, val√≠a! – exclam√≥ la vieja, levantando los ojos al cielo.
  • Hace muchos a√Īos que yo lo sab√≠a, pero especialmente desde la noche √ļltima. Te digo que s√≠ val√≠a, y que lo mismo dir√° Dios en el cielo. ¬°No importa que el mundo siga afirmando que no val√≠a para nada!.

PEGAOJOS ¬† En todo el mundo no hay quien sepa tantos cuentos como Pegaojos. ¬°Se√Īor, los que sabe! Al anochecer, cuando los ni√Īos est√°n a√ļn sentados a la mesa o en su escabel, viene un duende llamado Pegaojos; sube la escalera quedito, quedito, pues va descalzo, s√≥lo en calcetines; abre las puertas sin hacer ruido y, ¬°chit√≥n!, vierte en los ojos de los peque√Īuelos leche dulce, con cuidado, con cuidado, pero siempre bastante para que no puedan tener los ojos abiertos y, por tanto, verlo. Se desliza por detr√°s, les sopla levemente en la nuca y los hace quedar dormidos. Pero no les duele, pues Pegaojos es amigo de los ni√Īos; s√≥lo quiere que se est√©n quietecitos, y para ello lo mejor es aguardar a que est√©n acostados. Deben estarse quietos y callados, para que √©l pueda contarles sus cuentos. Cuando ya los ni√Īos est√°n dormidos, Pegaojos se sienta en la cama. Va bien vestido; lleva un traje de seda, pero es imposible decir de qu√© color, pues tiene destellos verdes, rojos y azules, seg√ļn como se vuelva. Y lleva dos paraguas, uno debajo de cada brazo. Uno de estos paraguas est√° bordado con bellas im√°genes, y lo abre sobre los ni√Īos buenos; entonces ellos durante toda la noche sue√Īan los cuentos m√°s deliciosos; el otro no tiene estampas, y lo despliega sobre los ni√Īos traviesos, ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† los ¬†¬†¬†¬†¬† cuales se ¬†¬†¬†¬†¬†¬† duermen ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† como marmotas y por la ma√Īana se despiertan sin haber tenido ning√ļn sue√Īo. Ahora veremos c√≥mo Pegaojos visit√≥, todas las noches de una semana, a un muchachito que se llamaba Federico, para contarle sus cuentos. Son siete, pues siete son los d√≠as de la semana. ¬† ¬† Lunes ¬† * Atiende -dijo Pegaojos, cuando ya Federico estuvo acostado-, ver√°s c√≥mo arreglo todo esto. Y todas las flores de las macetas se convirtieron en altos √°rboles, que extendieron las largas ramas por debajo del techo y por las paredes, de modo que toda la habitaci√≥n parec√≠a una maravillosa glorieta de follaje; las ramas estaban cuajadas de flores, y cada flor era m√°s bella que una rosa y exhalaba un aroma delicioso; y si te daba por comerla, sab√≠a m√°s dulce que mermelada. Hab√≠a frutas que reluc√≠an como oro, y no faltaban ¬† pasteles ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† llenos de ¬†¬†¬†¬†¬†¬† pasas. ¬°Un espect√°culo inolvidable! Pero al mismo tiempo sal√≠an unas lamentaciones terribles del caj√≥n de la mesa, que guardaba los libros escolares de Federico.

  • ¬ŅQu√© pasa ah√≠? -inquiri√≥ Pegaojos, y, dirigi√©ndose a la mesa, abri√≥ el caj√≥n. Algo se agitaba en la pizarra, rascando y chirriando: era una cifra equivocada que se hab√≠a deslizado en la operaci√≥n de aritm√©tica, y todo andaba revuelto, que no parec√≠a sino que la pizarra iba a hacerse pedazos. El pizarr√≠n todo era saltar y brincar atado a la cinta, como si fuese un perrillo ansioso de corregir la falta; mas no lo lograba. Pero lo peor era el cuaderno de escritura. ¬°Qu√© de lamentos y quejas! Part√≠an el alma. De arriba abajo, en cada p√°gina, se suced√≠an las letras may√ļsculas, cada una con una min√ļscula al lado; serv√≠an de modelo, y a continuaci√≥n ven√≠an unos garabatos que pretend√≠an parec√©rseles y eran obra de Federico; estaban como ca√≠das sobre las l√≠neas que deb√≠an servirles para tenerse en pie.
  • Mirad, os ten√©is que poner as√≠ -dec√≠a la muestra-. ¬ŅVeis? As√≠, inclinadas, con un trazo vigoroso.
  • ¬°Ay! ¬°qu√© m√°s quisi√©ramos nosotras! gimoteaban las letras de Federico-. Pero no podemos; ¬°somos tan raqu√≠ticas!
  • Entonces os voy a dar un poco de aceite de h√≠gado de bacalao -dijo Pegaojos.
  • ¬°Oh, no! -exclamaron las letras, y se enderezaron que era un primor.- Pues ahora no hay cuento -dijo el duende-. Ejercicio es lo que conviene a esas mocosuelas. ¬°Un, dos, un, dos! . Y sigui√≥ ejercitando a las letras, hasta que estuvieron esbeltas y perfectas como la propia muestra. Mas por la ma√Īana, cuando Pegaojos se hubo marchado, Federico las mir√≥ y vio que segu√≠an tan raqu√≠ticas como la v√≠spera.

Martes ¬† No bien estuvo Federico en la cama, Pegaojos, con su jeringa encarnada, roci√≥ los muebles de la habitaci√≥n, y enseguida se pusieron a charlar todos a la vez, cada uno hablando de s√≠ mismo. S√≥lo callaba la escupidera, que, muda en su rinc√≥n se indignaba al ver la vanidad de los otros, que no sab√≠an pensar ni hablar m√°s que de sus propias personas, sin ninguna consideraci√≥n a ella, que se estaba tan modesta en su esquina, dejando que todo el mundo le escupiera. Encima de la c√≥moda colgaba un gran cuadro en un marco dorado; representaba un paisaje, y en √©l se ve√≠an viejos y corpulentos √°rboles, y flores entre la hierba, y un gran r√≠o que flu√≠a por el bosque, pasando ante muchos castillos para verterse, finalmente, en el mar encrespado. Pegaojos toc√≥ el cuadro con su jeringa m√°gica, y los p√°jaros empezaron a cantar; las ramas, a moverse, y las nubes, a desfilar, seg√ļn pod√≠a verse por las sombras que proyectaban sobre el paisaje. Entonces Pegaojos levant√≥ a Federico hasta el nivel del marco y lo puso de pie sobre el cuadro, entre la alta hierba; y el sol le llegaba por entre el ramaje de los √°rboles. Ech√≥ a correr hacia el r√≠o y subi√≥ a una barquita; estaba pintada de blanco y encarnado, la vela brillaba como plata, y seis cisnes, todos con coronas de oro en torno al cuello y una radiante estrella azul en la cabeza, arrastraban la embarcaci√≥n a lo largo de la verde selva; los √°rboles hablaban de bandidos y brujas, y las flores, de los lindos silfos enanos y de lo que les hab√≠an contado las mariposas. Peces magn√≠ficos, de escamas de oro y plata, nadaban junto al bote, saltando de vez en cuando fuera del agua con un fuerte chapoteo, mientras inn√ļmeras aves rojas y azules, grandes y chicas, lo segu√≠an volando en largas filas, y los mosquitos danzaban, y los abejorros no paraban de zumbar: ¬ę¬°Bum, bum!¬Ľ. Todos quer√≠an seguir a Federico, y todos ten√≠an una historia que contarle. ¬°Vaya excursioncita! Tan pronto el bosque era espeso y oscuro, como se abr√≠a en un maravilloso jard√≠n, ba√Īado de sol y cuajado de flores. Hab√≠a vastos palacios de cristal y m√°rmol con princesas en sus terrazas, y todas eran ni√Īas a quienes Federico conoc√≠a y con las cuales hab√≠a jugado. Todas le alargaban la mano y le ofrec√≠an pastelillos de mazap√°n, mucho mejores que los que vend√≠a la mujer de los pasteles. Federico agarraba el dulce por un extremo, pero la princesa no lo soltaba del otro, y as√≠, al avanzar la barquita se quedaban cada uno con una parte: ella, la m√°s peque√Īa; Federico, la mayor. Y en cada palacio hab√≠a pr√≠ncipes de centinela que, sables al hombro, repart√≠an pasas y soldaditos de plomo. ¬°Bien se ve√≠a que eran pr√≠ncipes de veras! El barquito navegaba ora por entre el bosque, ora a trav√©s de espaciosos salones o por el centro de una ciudad; y pas√≥ tambi√©n por la ciudad de su nodriza, la que lo hab√≠a llevado en brazos cuando √©l era muy peque√Ī√≠n y lo hab√≠a querido tanto; y he aqu√≠ que la buena mujer le hizo se√Īas con la cabeza y le cant√≥ aquella bonita canci√≥n que hab√≠a compuesto y enviado a Federico: ¬°Cu√°nto te recuerdo, mi ni√Īo querido,¬† Mi dulce Federico, jam√°s te olvido! Bes√© mil veces tu boquita sonriente,¬† Tus p√°rpados suaves y tu blanca frente. O√≠ de tus labios la palabra primera¬† Y hube de separarme de tu vera. ¬°Bend√≠gate Dios en toda ocasi√≥n, √Āngel que llev√© contra mi coraz√≥n! Y todas las avecillas le hac√≠an coro, y las flores bailaban sobre sus peciolos, y los viejos √°rboles inclinaban, complacidos, las copas, como si tambi√©n a ellos les contase historias Pegaojos. ¬† ¬† PULGARCITA ¬† √Črase una mujer que anhelaba tener un ni√Īo, pero no sab√≠a d√≥nde irlo a buscar. Al fin se decidi√≥ a acudir a una vieja bruja y le dijo:

  • Me gustar√≠a mucho tener un ni√Īo; dime c√≥mo lo he de hacer.
  • S√≠, ser√° muy f√°cil -respondi√≥ la bruja-. Ah√≠ tienes un grano de cebada; no es como la que crece en el campo del labriego, ni la que comen los pollos. Pl√°ntalo en una maceta y ver√°s maravillas.
  • Muchas gracias -dijo la mujer; dio doce sueldos a la vieja y se volvi√≥ a casa; sembr√≥ el grano de cebada, y brot√≥ enseguida una flor grande y espl√©ndida, parecida a un tulip√°n, s√≥lo que ten√≠a los p√©talos apretadamente cerrados, cual si fuese todav√≠a un capullo.
  • ¬°Qu√© flor tan bonita! -exclam√≥ la mujer, y bes√≥ aquellos p√©talos rojos y amarillos; y en el mismo momento en que los tocaron sus labios, abri√≥se la flor con un chasquido. Era en efecto, un tulip√°n, a juzgar por su aspecto, pero en el centro del c√°liz, sentada sobre los verdes estambres, ve√≠ase una ni√Īa peque√Ī√≠sima, linda y gentil, no m√°s larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita.

Le dio por cuna una preciosa c√°scara de nuez, muy bien barnizada; azules hojuelas de violeta fueron su colch√≥n, y un p√©talo de rosa, el cubrecama. All√≠ dorm√≠a de noche, y de d√≠a jugaba sobre la mesa, en la cual la mujer hab√≠a puesto un plato ce√Īido con una gran corona de flores, cuyos peciolos estaban sumergidos en agua; una hoja de tulip√°n flotaba a modo de barquilla, en la que Pulgarcita pod√≠a navegar de un borde al otro del plato, usando como remos dos blancas crines de caballo. Era una maravilla. Y sab√≠a cantar, adem√°s, con voz tan dulce y delicada como jam√°s se haya o√≠do. Una noche, mientras la peque√Īuela dorm√≠a en su camita, present√≥se un sapo, que salt√≥ por un cristal roto de la ventana. Era feo, gordote y viscoso; y vino a saltar sobre la mesa donde Pulgarcita dorm√≠a bajo su rojo p√©talo de rosa.¬† ¬ę¬°Ser√≠a una bonita mujer para mi hijo!¬Ľ, dijose el sapo, y, cargando con la c√°scara de nuez en que dorm√≠a la ni√Īa, salt√≥ al jard√≠n por el mismo cristal roto. Cruzaba el jard√≠n un arroyo, ancho y de orillas pantanosas; un verdadero cenagal, y all√≠ viv√≠a el sapo con su hijo. ¬°Uf!, ¬°y qu√© feo y asqueroso era el bicho! ¬°igual que su padre! ¬ęCroak, croak, brekkerekekex! ¬Ľ, fue todo lo que supo decir cuando vio a la ni√Īita en la c√°scara de nuez.

  • Habla m√°s quedo, no vayas a despertarla -le advirti√≥ el viejo sapo-. A√ļn se nos podr√≠a escapar, pues es ligera como un plum√≥n de cisne. La pondremos sobre un p√©talo de nen√ļfar en medio del arroyo; all√≠ estar√° como en una isla, ligera y menudita como es, y no podr√° huir mientras nosotros arreglamos la sala que ha de ser vuestra habitaci√≥n debajo del cenagal.

Crec√≠an en medio del r√≠o muchos nen√ļfares, de anchas hojas verdes, que parec√≠an nadar en la superficie del agua; el m√°s grande de todos era tambi√©n el m√°s alejado, y √©ste eligi√≥ el viejo sapo para depositar encima la c√°scara de nuez con Pulgarcita. Cuando se hizo de d√≠a despert√≥ la peque√Īa, y al ver donde se encontraba prorrumpi√≥ a llorar amargamente, pues por todas partes el agua rodeaba la gran hoja verde y no hab√≠a modo de ganar tierra firme. Mientras tanto, el viejo sapo, all√° en el fondo del pantano, arreglaba su habitaci√≥n con juncos y flores amarillas; hab√≠a que adornarla muy bien para la nuera. Cuando hubo terminado nad√≥ con su feo hijo hacia la hoja en que se hallaba Pulgarcita. Quer√≠an trasladar su lindo lecho a la c√°mara nupcial, antes de que la novia entrara en ella. El viejo sapo, inclin√°ndose profundamente en el agua, dijo:

  • Aqu√≠ te presento a mi hijo; ser√° tu marido, y vivir√©is muy felices en el cenagal.
  • ¬°Coax, coax, brekkerekekex! -fue todo lo que supo a√Īadir el hijo. Cogieron la graciosa camita y echaron a nadar con ella; Pulgarcita se qued√≥ sola en la hoja, llorando, pues no pod√≠a avenirse a vivir con aquel repugnante sapo ni a aceptar por marido a su hijo, tan feo.

Los pececillos que nadaban por all√≠ hab√≠an visto al sapo y o√≠do sus palabras, y asomaban las cabezas, llenos de curiosidad por conocer a la peque√Īa. Al verla tan hermosa, les dio l√°stima y les doli√≥ que hubiese de vivir entre el lodo, en compa√Ī√≠a del horrible sapo. ¬°Hab√≠a que impedirlo a toda costal Se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sosten√≠a la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja sali√≥ flotando r√≠o abajo, llev√°ndose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo. En su barquilla, Pulgarcita pas√≥ por delante de muchas ciudades, y los pajaritos, al verla desde sus zarzas, cantaban: ¬ę¬°Qu√© ni√Īa m√°s preciosa!¬Ľ. Y la hoja segu√≠a su rumbo sin detenerse, y as√≠ sali√≥ Pulgarcita de las fronteras del pa√≠s. Una bonita mariposa blanca, que andaba revoloteando por aquellos contornos, vino a pararse sobre la hoja, pues le hab√≠a gustado Pulgarcita. √Čsta se sent√≠a ahora muy contenta, libre ya del sapo; por otra parte, ¬°era tan bello el paisaje! El sol enviaba sus rayos al r√≠o, cuyas aguas refulg√≠an como oro pur√≠simo. La ni√Īa se desat√≥ el cintur√≥n, at√≥ un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y as√≠ la barquilla avanzaba mucho m√°s r√°pida. M√°s he aqu√≠ que pas√≥ volando un gran abejorro, y, al verla, rode√≥ con sus garras su esbelto cuerpecito y fue a depositarlo en un √°rbol, mientras la hoja de nen√ļfar segu√≠a flotando a merced de la corriente, remolcada por la mariposa, que no pod√≠a soltarse. ¬† ¬°Qu√© susto el de la pobre Pulgarcita, cuando el abejorro se la llev√≥ volando hacia el √°rbol! Lo que m√°s la apenaba era la linda mariposa blanca atada al p√©talo, pues si no lograba soltarse morir√≠a de hambre. Al abejorro, en cambio, le ten√≠a aquello sin cuidado. Pos√≥se con su carga en la hoja m√°s grande y verde del √°rbol, regal√≥ a la ni√Īa con el dulce n√©ctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque en nada se parec√≠a a un abejorro. M√°s tarde llegaron los dem√°s compa√Īeros que habitaban en el √°rbol; todos quer√≠an verla. Y la estuvieron contemplando, y las damitas abejorras exclamaron, arrugando las antenas.

SOPA DE PALILLO DE MORCILLA

 

  1. – Sopa de palillo de morcilla

* ¬°Vaya comida la de ayer! – comentaba una vieja dama de la familia ratonil dirigi√©ndose a otra que no hab√≠a participado en el banquete -. Yo ocup√© el puesto vig√©simo-primero empezando a contar por el anciano rey de los ratones, lo cual no es poco honor. En cuanto a los platos, puedo asegurarte que el men√ļ fue estupendo. Pan enmohecido, corteza de tocino, vela de sebo y morcilla; y luego repetimos de todo. Fue como si comi√©ramos dos veces. Todo el mundo estaba de buen humor, y se contaron muchos chistes y ocurrencias, como se hace en las familias bien avenidas. No qued√≥ ni pizca de nada, aparte los palillos de las morcillas, y por eso dieron tema a la conversaci√≥n. Imag√≠nate que hubo quien afirm√≥ que pod√≠a prepararse sopa con un palillo de morcilla. Desde luego que todos conoc√≠amos esta sopa de o√≠das, como tambi√©n la de guijarros, pero nadie la hab√≠a probado, y mucho menos preparado. Se pronunci√≥ un brindis muy ingenioso en honor de su inventor, diciendo que merec√≠a ser el rey de los pobres. ¬ŅVerdad que es una buena ocurrencia? El viejo rey se levant√≥ y prometi√≥ elevar al rango de esposa y reina a la doncella del mundo ratonil que mejor supiese condimentar la sopa en cuesti√≥n. El plazo qued√≥ se√Īalado para dentro de un a√Īo.

  • ¬°No estar√≠a mal! – opin√≥ la otra rata -. Pero, ¬Ņc√≥mo se prepara la sopa?
  • Eso es, ¬Ņc√≥mo se prepara? – preguntaron todas las damas ratoniles, viejas y j√≥venes. Todas habr√≠an querido ser reinas, pero ninguna se sent√≠a con √°nimos de afrontar las penalidades de un viaje al extranjero para aprender la receta, y, sin embargo, era imprescindible. Abandonar a su familia y los escondrijos familiares no est√° al alcance de cualquiera. En el extranjero no todos los d√≠as se encuentra corteza de queso y de tocino; uno se expone a pasar hambre, sin hablar del peligro de que se te meriende un gato.

Estas ideas fueron seguramente las que disuadieron a la mayor√≠a de partir en busca de la receta. S√≥lo cuatro ratitas j√≥venes y alegres, pero de casa humilde, se decidieron a emprender el viaje. Ir√≠an a los cuatro extremos del mundo, a probar qui√©n ten√≠a mejor suerte. Cada una se procur√≥ un palillo de morcilla, para no olvidarse del objeto de su expedici√≥n; ser√≠a su b√°culo de caminante. Iniciaron el viaje el primero de mayo, y regresaron en la misma fecha del a√Īo siguiente. Pero s√≥lo volvieron tres; de la cuarta nada se sab√≠a, no hab√≠a dado noticias de s√≠, y hab√≠a llegado ya el d√≠a de la prueba. – ¬°No puede haber dicha completa! – dijo el rey de los ratones; y dio orden de que se invitase a todos los que resid√≠an a muchas millas a la redonda. Como lugar de reuni√≥n se fij√≥ la cocina. Las tres ratitas expedicionarias se situaron en grupo aparte; para la cuarta, ausente, se dispuso un palillo de morcilla envuelto en cresp√≥n negro. Nadie deb√≠a expresar su opini√≥n hasta que las tres hubiesen hablado y el Rey dispuesto lo que proced√≠a. Vamos a ver lo que ocurri√≥.

  1. De lo que había visto y aprendido la primera ratita en el curso de su viaje

– Cuando sal√≠ por esos mundos de Dios – dijo la viajera – iba cre√≠da, como tantas de mi edad, que llevaba en m√≠ toda la ciencia del universo. ¬°Qu√© ilusi√≥n! Hace falta un buen a√Īo, y alg√ļn d√≠a de propina, para aprender todo lo que es menester. Yo me fui al mar y embarqu√© en un buque que puso rumbo Norte. Me hab√≠an dicho que en el mar conviene que el cocinero sepa c√≥mo salir de apuros; pero no es cosa f√°cil, cuando todo est√° atiborrado de hojas de tocino, toneladas de cecina y harina enmohecida. Se vive a cuerpo de rey, pero de preparar la famosa sopa ni hablar. Navegamos durante muchos d√≠as y noches; a veces el barco se balanceaba peligrosamente, v otras las olas saltaban sobre la borda y nos calaban hasta los huesos. Cuando al fin llegamos a puerto, abandon√© el buque; est√°bamos muy al Norte. Produce una rara sensaci√≥n eso de marcharse de los escondrijos donde hemos nacido, embarcar en un buque que viene a ser como un nuevo escondrijo, y luego, de repente, hallarte a centenares de millas y en un pa√≠s desconocido. Hab√≠a all√≠ bosques impenetrables de pinos y abedules, que desped√≠an un olor intenso, desagradable para mis narices. De las hierbas silvestres se desprend√≠a un aroma tan fuerte, que hac√≠a estornudar y pensar en morcillas, quieras que no. Hab√≠a grandes lagos, cuyas aguas parec√≠an clar√≠simas miradas desde la orilla, pero que vistas desde cierta distancia eran negras como tinta. Blancos cisnes nadaban en ellos; al principio los tom√© por espuma, tal era la suavidad con que se mov√≠an en la superficie; pero despu√©s los vi volar y andar; s√≥lo entonces me di cuenta de lo que eran. Por cierto que cuando andan no pueden negar su parentesco con los gansos. Yo me junt√© a los de mi especie, los ratones de bosque y de campo, que, por lo dem√°s, son de una ignorancia espantosa, especialmente en lo que a econom√≠a dom√©stica se refiere; y, sin embargo, √©ste era el objeto de mi viaje. El que fuera posible hacer sopa con palillos de morcilla result√≥ para ellos una idea tan inaudita, que la noticia se esparci√≥ por el bosque como un reguero de p√≥lvora; pero todos coincidieron en que el problema no ten√≠a soluci√≥n. Jam√°s hubiera yo pensado que precisamente all√≠, y aquella misma noche, tuviese que ser iniciada en la preparaci√≥n del plato. Era el solsticio de verano; por eso, dec√≠an, el bosque exhalaba aquel olor tan intenso, y eran tan arom√°ticas las hierbas, los lagos tan l√≠mpidos, y, no obstante, tan oscuros, con los blancos cisnes en su superficie. A la orilla del bosque, entre tres o cuatro casas, hab√≠an clavado una percha tan alta como un m√°stil, y de su cima colgaban guirnaldas y cintas: era el √°rbol de mayo. Muchachas y mozos bailaban a su alrededor, y rivalizaban en qui√©n cantar√≠a mejor al son del viol√≠n del m√ļsico. La fiesta dur√≥ toda la noche, desde la puesta del sol, a la luz de la Luna llena, tan intensa casi como la luz del d√≠a, pero yo no tom√© parte. ¬ŅDe qu√© le vendr√≠a a un ratoncito participar en un baile en el bosque? Permanec√≠ muy quietecita en el blando musgo, sosteniendo muy prieto mi palillo. La luna iluminaba principalmente un lugar en el que crec√≠a un √°rbol recubierto de musgo, tan fino, que me atrevo a sostener que rivalizaba con la piel de nuestro rey, s√≥lo que era verde, para recreo de los ojos. De pronto llegaron, a paso de marcha, unos lind√≠simos y diminutos personajes, que apenas pasaban de mi rodilla; parec√≠an seres humanos, pero mejor proporcionados. Llam√°banse elfos y llevaban vestidos primorosos, confeccionados con p√©talos de flores, con adornos de alas de moscas y mosquitos, todos de muy buen ver. Parec√≠a como si anduviesen buscando algo, no sab√≠a yo qu√©, hasta que algunos se me acercaron. El m√°s distinguido se√Īal√≥ hacia mi palillo y dijo: ¬ę¬°Uno as√≠ es lo que necesitamos! ¬°Qu√© bien tallado! ¬°Es espl√©ndido!¬Ľ, y contemplaba mi palillo con verdadero arrobo. ¬ęOs lo prestar√©, pero ten√©is que devolv√©rmelo¬Ľ, les dije. ¬ę¬°Te lo devolveremos!¬Ľ, respondieron a la una; lo cogieron y saltando y brincando, se dirigieron al lugar donde el musgo era m√°s fino, y clavaron el palillo en el suelo. Quer√≠an tambi√©n tener su √°rbol de mayo, y aqu√©l resultaba como hecho a medida. Lo limpiaron y acicalaron; ¬°parec√≠a nuevo!. Unas ara√Īitas tendieron a su alrededor hilos de oro y lo adornaron con ondeantes velos y banderitas, tan sutilmente tejidos y de tal inmaculada blancura a los rayos lunares, que me dol√≠an los ojos al mirarlos. Tomaron colores de las alas de la mariposa, y los espolvorearon sobre las telara√Īas, que quedaron cubiertas como de flores y diamantes maravillosos, tanto, que yo no reconoc√≠a ya mi palillo de morcilla. En todo el mundo no se habr√° visto un √°rbol de mayo como aqu√©l. Y s√≥lo entonces se present√≥ la verdadera sociedad de los elfos; iban completamente desnudos, y aquello era lo mejor de todo. Me invitaron a asistir a la fiesta, aunque desde cierta distancia, porque yo era demasiado grandota. Empez√≥ la m√ļsica. Era como si sonasen millares de campanitas de cristal, con sonido lleno y fuerte; cre√≠ que eran cisnes los que cantaban, y pareci√≥me distinguir tambi√©n las voces del cuclillo y del tordo. Finalmente, fue como si el bosque entero se sumase al concierto; era un conjunto de voces infantiles, sonido de campanas y canto de p√°jaros. Cantaban melod√≠as bell√≠simas, y todos aquellos sones sal√≠an del √°rbol de mayo de los elfos. Era un verdadero concierto de campanillas y, sin embargo, all√≠ no hab√≠a nada m√°s que mi palillo de morcilla. Nunca hubiera cre√≠do que pudiesen encerrarse en √©l tantas cosas; pero todo depende de las manos a que va uno a parar. Me emocion√© de veras; llor√© de pura alegr√≠a, como s√≥lo un ratoncillo es capaz de llorar. La noche result√≥ demasiado corta, pero all√≠ arriba, y en este tiempo, el sol madruga mucho. Al alba se levant√≥ una ligera brisa; riz√≥se la superficie del agua de los lagos, y todos los delicados y ondeantes velos y banderas volaron por los aires. Las balanceantes glorietas de tela de ara√Īa, los puentes colgantes y balaustradas, o como quiera que se llamen, tendidos de hoja a hoja, quedaron reducidos a la nada. Seis ellos volvieron a traerme el palillo y me preguntaron si ten√≠a yo alg√ļn deseo que pudieran satisfacer. Entonces les ped√≠ que me explicasen la manera de preparar la sopa de palillo de morcilla. ¬ęYa habr√°s visto c√≥mo hacemos las cosas – dijo el m√°s distinguido, ri√©ndose -. ¬ŅA que apenas reconoc√≠as tu palillo?¬Ľ. ¬ę¬°La verdad es que sois muy listos!¬Ľ, respond√≠, y a continuaci√≥n les expliqu√©, sin m√°s pre√°mbulos, el objeto de mi viaje y lo que en mi tierra esperaban de √©l. ¬ę¬ŅQu√© saldr√°n ganando el rey de los ratones y todo nuestro poderoso imperio – dije – con que yo haya presenciado estas maravillas? No podr√© reproducirlas sacudiendo el palillo y decir: Ved, ah√≠ est√° la maderita, ahora vendr√° la sopa. Y aunque pudiera, ser√≠a un espect√°culo bueno para la sobremesa, cuando la gente est√° ya harta¬Ľ. Entonces el elfo introdujo sus min√ļsculos dedos en el c√°liz de una morada violeta y me dijo: ¬ęF√≠jate; froto tu varita m√°gica. Cuando est√©s de vuelta a tu pa√≠s y en el palacio de tu rey, toca con la vara el pecho c√°lido del Rey. Brotar√°n violetas y se enroscar√°n a lo largo de todo el palo, aunque sea en lo m√°s riguroso del invierno. As√≠ tendr√°s en tu pa√≠s un recuerdo nuestro y a√ļn algo m√°s por a√Īadidura¬Ľ. Pero antes de dar cuenta de lo que era aquel ¬ęalgo m√°s¬Ľ, la ratita toc√≥ con el palillo el pecho del Rey, y, efectivamente, brot√≥ un espl√©ndido ramillete de flores, tan deliciosamente olorosas, que el Soberano orden√≥ a los ratones que estaban m√°s cerca del fuego, que metiesen en √©l sus rabos para provocar cierto olor a chamusquina, pues el de las violetas resultaba irresistible. No era √©ste precisamente el perfume preferido de la especie ratonil.

  • Pero, ¬Ņqu√© hay de ese ¬ęalgo m√°s¬Ľ que mencionaste? – pregunt√≥ el rey de los ratones.
  • Ahora viene lo que pudi√©ramos llamar el efecto principal – respondi√≥ la ratita – y haciendo girar el palillo, desaparecieron todas las flores y qued√≥ la varilla desnuda, que entonces se empez√≥ a mover a guisa de batuta. ¬ęLas violetas son para el olfato, la vista y el tacto – dijo el elfo -; pero tendremos que darte tambi√©n algo para el o√≠do y el gusto¬Ľ.

Y la ratita se puso a marcar el comp√°s, y empez√≥ a o√≠rse una m√ļsica, pero no como la que hab√≠a sonado en la fiesta de los elfos del bosque, sino como la que se suele o√≠r en las cocinas. ¬°Uf, qu√© barullo! Y todo vino de repente; era como si el viento silbara por las chimeneas; coc√≠an cazos y pucheros, la badila aporreaba los calderos de lat√≥n, y de pronto todo qued√≥ en silencio. Oy√≥se el canto del puchero cuando hierve, tan extra√Īo, que uno no sab√≠a si iba a cesar o si s√≥lo empezaba. Y herv√≠a la olla peque√Īa, y herv√≠a la grande, ninguna se preocupaba de la otra, como si cada cual estuviese distra√≠da con sus pensamientos. La ratita segu√≠a agitando la batuta con fuerza creciente, las ollas espumeaban, borboteaban, rebosaban, bufaba el viento, silbaba chimenea. ¬°Se√Īor, la cosa se puso tan terrible, que la propia ratita perdi√≥ el palo!

  • ¬°Vaya receta complicada! – exclam√≥ el rey -. ¬ŅTardar√° mucho en estar preparada la sopa? – Eso fue todo – respondi√≥ la ratita con una reverencia.
  • ¬ŅTodo? En este caso, oigamos lo que tiene que decirnos la segunda – dijo el rey.

 

  1. РDe lo que contó la otra ratita

– Nac√≠ en la biblioteca del castillo – comenz√≥ la segunda ratita -. Ni yo ni otros varios miembros de mi familia tuvimos jam√°s la suerte de entrar en un comedor, y no digamos ya en una despensa. S√≥lo al partir, y hoy nuevamente, he visto una cocina. En la biblioteca pas√°bamos hambre, y eso muy a menudo, pero en cambio adquirimos no pocos conocimientos. Lleg√≥nos el rumor de la recompensa ofrecida por la preparaci√≥n de una sopa de palillos de morcilla, y ante la noticia, mi vieja abuela sac√≥ un manuscrito. No es que supiera leer, pero hab√≠a o√≠do a alguien leerlo en voz alta, y le hab√≠a chocado esta observaci√≥n: ¬ęCuando se es poeta, se sabe preparar sopa con palillos de morcilla¬Ľ. Me pregunt√≥ si yo era poetisa; d√≠jele yo que ni por asomo, y entonces ella me aconsej√≥ que procurase llegar a serlo. Me inform√© de lo que hac√≠a falta para ello, pues descubrirlo por mis propios medios se me antojaba tan dif√≠cil como guisar la sopa. Pero mi abuela hab√≠a asistido a muchas conferencias, y enseguida me respondi√≥ que se necesitaban tres condiciones: inteligencia, fantas√≠a y sentimiento. ¬ęSi logras hacerte con estas tres cosas – a√Īadi√≥ – ser√°s poetisa y saldr√°s adelante con tu palillo de morcilla¬Ľ. As√≠, me lanc√© por esos mundos hacia Poniente, para llegar a ser poetisa. La inteligencia, bien lo sab√≠a, es lo principal para todas las cosas: las otras dos condiciones no gozan de tanto prestigio; por eso fui, ante todo, en busca de ella. Pero, ¬Ņd√≥nde habita? Ve a las hormigas y ser√°s sabio; as√≠ dijo un d√≠a un gran rey de los jud√≠os. Lo sab√≠a tambi√©n por la biblioteca, y ya no descans√© hasta que hube encontrado un gran nido de hormigas. Me puse al acecho, dispuesta a adquirir la sabidur√≠a.

TIA DOLOR DE MUELAS

¬ŅQu√© de d√≥nde hemos sacado esta historia? ¬ŅQuieres saberlo? Pues la hemos sacado del barril que contiene el papel viejo. M√°s de un libro bueno y raro ha ido a parar a la mantequer√≠a y a la abacer√≠a, no precisamente para ser le√≠do, sino como articulo utilitario. Lo emplean para liar cucuruchos de almid√≥n y caf√© o para envolver arenques, mantequilla y queso. Las hojas escritas son tambi√©n √ļtiles. Y a menudo ocurre que va a parar al cubo lo que no debiera. Conozco a un dependiente de una verduler√≠a, hijo de un mantequero; ascendi√≥ de la bodega a la planta baja; es hombre muy le√≠do, con cultura de bolsas de abacer√≠a, tanto impresas como manuscritas. Posee una interesante colecci√≥n, de la que forman parte notables documentos extra√≠dos de la papelera de tal o cual funcionario demasiado ocupado y distra√≠do; cartas confidenciales de un amigo a la amiga; comunicaciones escandalosas que no debieran circular ni ser comentadas por nadie. Es una especie de estaci√≥n de salvamento para una parte no despreciable de la literatura, y su campo de acci√≥n es muy amplio, pues dispone de la tienda de sus padres y de la del due√Īo, donde ha salvado m√°s de un libro, u hojas de √©l, que bien merec√≠an ser le√≠das y rele√≠das. Me ense√Ī√≥ su colecci√≥n de cosas impresas y manuscritas sacadas del cubo, la mayor√≠a de ellas de la mantequer√≠a. Hab√≠a all√≠ varias hojas de un cuaderno relativamente abultado, del que me llam√≥ la atenci√≥n el car√°cter de letra, muy cuidado y claro. – Lo escribi√≥ un estudiante -me dijo-. Un estudiante que viv√≠a enfrente y que muri√≥ hace un mes. Padec√≠a mucho de dolor de muelas, por lo que aqu√≠ se ve. ¬°Es muy divertida su lectura! Esto es s√≥lo una peque√Īa parte de lo que escribi√≥, pues hab√≠a todo un libro y a√ļn algo m√°s. Por √©l, mis padres dieron a la patrona del estudiante media libra de jab√≥n verde. Esto es todo lo que pude salvar. Se lo ped√≠ prestado, lo le√≠ y ahora voy a contarlo. El t√≠tulo era: T√≠a Dolor de Muelas De ni√Īo, mi t√≠a me regalaba golosinas. Mis dientes resistieron, sin estropearse. Ahora soy mayor, soy ya estudiante, y ella sigue regal√°ndome con dulces; soy poeta, dice. Cierto que hay algo de poeta en m√≠, pero no lo bastante. A menudo, yendo por las calles de la ciudad, me parece como si anduviese por el interior de una gran biblioteca; las casas son las estanter√≠as de los libros, y cada piso es un anaquel. Aqu√≠ hay una historia cotidiana, all√° una buena comedia u obras cient√≠ficas de todas las ramas, acull√° literatura, buena o de pacotilla. Y puedo fantasear y filosofar sobre todos esos libros. Hay algo de poeta en m√≠, pero no lo bastante. Muchas personas tienen de ello tanto como yo, y, sin embargo, no ostentan ning√ļn escudo ni collar con el t√≠tulo de poeta. Para ellos y para m√≠ es un don de Dios, una gracia concedida, bastante para uno mismo, pero demasiado peque√Īa para que merezca ser comunicada a los dem√°s. Viene como un rayo de sol, llena el alma y el pensamiento; viene como aroma de flores, como una melod√≠a que uno conoce sin acertar a recordar de d√≥nde procede. Una noche, hace poco, en mi habitaci√≥n, sent√≠a ganas de leer, pero no ten√≠a ning√ļn libro; y he aqu√≠ que de pronto cay√≥ del tilo una hoja verde y tierna. Un soplo de aire la introdujo en mi cuarto. Contempl√© sus numerosas y ramificadas nervaduras; por su superficie se mov√≠a un gusanillo, como interesado en estudiar la hoja a conciencia. Aquello me hizo pensar en la ciencia humana. Tambi√©n nosotros nos arrastramos sobre la superficie de una hoja, no conocemos otra cosa, y en seguida nos sentimos con √°nimos para pronunciar una conferencia acerca del √°rbol entero, con su ra√≠z, tronco y copa, el gran √°rbol: Dios, el mundo y la inmortalidad. Y, sin embargo, de todo ello no conocemos sino una hoja. Mientras estaba as√≠ ocupado, recib√≠ la visita de t√≠a Mille. Le ense√Ī√© la hoja con el gusano, le comuniqu√© mis pensamientos y vi que sus ojos brillaban. – ¬°Eres un poeta! -exclam√≥-. ¬°Quiz√°s el m√°s grande que tenemos! ¬°Qu√© contenta bajar√≠a a la tumba, si yo pudiera verlo! Desde el entierro del cervecero Rasmussen, ¬†¬†¬† me ¬†¬†¬†¬†¬† has ¬†¬†¬†¬†¬† estado asombrando con tu poderosa imaginaci√≥n. As√≠ dijo t√≠a Mille, y me bes√≥. ¬ŅQui√©n era t√≠a Mille y qui√©n el cervecero Rasmussen? Cuando √©ramos ni√Īos, llam√°bamos t√≠a a la que lo era de nuestra madre; no la conoc√≠amos por otro nombre. Nos regalaba confituras y az√ļcar, a pesar del peligro que supon√≠an para nuestros dientes; pero, como ella dec√≠a, los peque√Īos eran su debilidad. Habr√≠a sido cruel privarlos de aquel poquit√≠n de golosinas que tanto les gustaban. Por eso quer√≠amos tanto a nuestra t√≠a. Era una vieja solterona. Siempre la conoc√≠ vieja. Se hab√≠a plantado en una misma edad. Hab√≠a sufrido mucho de dolor de muelas, y hablaba constantemente de ello; por eso su amigo el cervecero Rasmussen, hombre muy chistoso, la llamaba T√≠a Dolor de Muelas. √Čste hacia varios a√Īos que hab√≠a dejado el negocio, para vivir de sus rentas; frecuentaba la casa de la t√≠a y era m√°s viejo que ella. No le quedaba ni un diente, aparte dos o tres negros raigones. De joven hab√≠a comido mucho az√ļcar, nos dec√≠a; por eso se ve√≠a de aquel modo. Por lo visto, t√≠a nunca debi√≥ de haber comido az√ļcar de peque√Īa, pues ten√≠a unos dientes magn√≠ficos y blanqu√≠simos. Los cuidaba bien, por otra parte; nunca se iba a dormir con ellos, dec√≠a el cervecero Rasmussen. Los ni√Īos sab√≠an que aquello era pura malicia, pero t√≠a afirmaba que lo dec√≠a sin mala intenci√≥n. Una ma√Īana, a la hora del desayuno, cont√≥ un sue√Īo desagradable que hab√≠a tenido por la noche: que se le hab√≠a ca√≠do un diente.

  • Esto significa -dijo- que perder√© un buen amigo o una buena amiga.
  • Si el diente era postizo -observ√≥ el cervecero con una sonrisa burlona-, tal vez sea un falso amigo.
  • ¬°Es usted un viejo grosero! -replic√≥ t√≠a, enfadada como nunca la he visto.

Posteriormente dijo que hab√≠a sido una broma de su viejo amigo, quien, a su juicio, era el hombre m√°s noble de la Tierra, y que cuando muriese ser√≠a un angelito de Dios en el cielo. Aquella presunta transformaci√≥n me dio mucho que pensar. ¬ŅPodr√≠a reconocerlo bajo su nueva figura? De joven hab√≠a pretendido a mi t√≠a. Ella se lo pens√≥ demasiado tiempo, permaneci√≥ indecisa y se qued√≥ soltera, pero siempre fue para √©l una fiel amiga. Luego muri√≥ el cervecero Rasmussen. Lo llevaron a la tumba en el coche f√ļnebre m√°s caro, y hubo nutrido acompa√Īamiento; incluso personajes condecorados y en uniforme. T√≠a presenci√≥ la comitiva desde la ventana, vestida de luto, rodeada de todos nosotros, sin que faltase mi hermanito menor, tra√≠do por la cig√ľe√Īa una semana antes. Cuando hubieron desfilado la carroza f√ļnebre y el s√©quito, y la calle qued√≥ desierta, t√≠a quiso marcharse, pero yo me opuse; aguardaba al √°ngel, el cervecero Rasmussen. Estar√≠a convertido en un angelillo alado y no pod√≠a dejar de aparec√©rsenos.

  • ¬°T√≠a! -dije-, ¬Ņno crees que va a venir? ¬ŅO que cuando la cig√ľe√Īa nos traiga otro hermanito ser√° el cervecero Rasmussen?

T√≠a qued√≥ anonadada ante mi fantas√≠a, y exclam√≥: ¬ę¬°Este ni√Īo ser√° un gran poeta!¬Ľ. Y lo estuvo repitiendo durante todos mis a√Īos escolares aun despu√©s de mi confirmaci√≥n y cuando era ya estudiante. Fue y sigue siendo para m√≠ la amiga que m√°s simpatiza con el dolor po√©tico y el dolor de muelas. Yo sufro accesos de uno y otro.

  • Anota todos tus pensamientos -dec√≠a- y gu√°rdalos en el caj√≥n de la mesa; as√≠ lo hac√≠a Jean-Paul. Lleg√≥ a ser un gran poeta, del cual recuerdo muy poca cosa, lo confieso; no es bastante interesante. T√ļ debes ser interesante. ¬°Y lo ser√°s!

La noche que sigui√≥ a aquella conversaci√≥n me la pas√© dominado por el anhelo y el tormento, el af√°n y la ilusi√≥n de ser el gran poeta que mi t√≠a ve√≠a y adivinaba en m√≠. Pero existe un dolor peor que aqu√©l: el dolor de muelas. √Čste me atormentaba; me convirti√≥ en un gusano que me retorc√≠a entre vejigatorios y cataplasmas.

  • ¬°Yo s√© lo que es eso! -dec√≠a la t√≠a; y su boca dibujaba una triste sonrisa. ¬°C√≥mo brillaban sus dientes!

Pero debo empezar un nuevo capítulo de la historia de mi tía.   Llevaba un mes en una nueva casa. Un día hablaba de ello con mi tía.

  • Es una familia muy tranquila. No se preocupan de m√≠ ni cuando llamo tres veces. Enfrente hay un barullo infernal, con los ruidos del viento y de la gente. Vivo exactamente encima del portal; cada coche que entra o sale hace mover los cuadros de las paredes. Tiembla toda la casa, como en un terremoto. Desde la cama siento la vibraci√≥n en todo el cuerpo, pero supongo que esto fortifica los nervios. Cada vez que hay tormenta – ¬°y cuidado que aqu√≠ son frecuentes!, – los ganchos de las ventanas oscilan y golpean contra las paredes. A cada r√°faga suena la campanilla de la puerta del patio vecino.

Nuestros inquilinos regresan a casa a gotas, ya anochecido o muy avanzada la noche. El que reside encima de mi cuarto, que durante el d√≠a da lecciones de tromb√≥n, es el que vuelve m√°s tarde y antes de acostarse se da un pase√≠to por la habitaci√≥n, con paso recio y botas claveteadas. No hay doble ventana, y s√≠ en cambio un cristal roto, sobre el cual la patrona ha pegado un papel. El viento sopla por la raja, con notas comparables a las del zumbido del t√°bano. Es mi canci√≥n de cuna. Y si llego a dormirme, no tarda en despertarme el canto del gallo. Los pollos y gallinas del gallinero del tendero del s√≥tano me anuncian que pronto ser√° d√≠a. Los caballitos que, a falta de establo, est√°n atados en el cuartucho de debajo la escalera, no paran de cocear contra la puerta y el panel para desentumecerse. En cuanto alborea, el portero, que duerme con su familia en la buhardilla, baja las escaleras con gran ruido: matraquean sus abarcas, sus portazos hacen temblar la casa, y una vez pasado el temporal el inquilino de arriba empieza con su gimnasia, levantando con cada mano una bola de hierro que no puede sostener, por lo que se le cae una vez y otra, mientras la chiquiller√≠a de la casa, que debe ir a la escuela, se precipita por las escaleras saltando y gritando. Yo me voy a la ventana, la abro para que entre aire puro, y me doy por satisfecho cuando puedo obtenerlo, cosa que s√≥lo sucede cuando la solterona del piso trasero no est√° lavando guantes con agua de lej√≠a, pues tal es su oficio. Aparte esto, es una casa estupenda, y la familia es muy tranquila. √Čste fue el relato que hice a mi t√≠a acerca de mi pensi√≥n. Claro que le di algo m√°s de vivacidad, pues la exposici√≥n oral tiene siempre acentos m√°s vivos y amenos que la escrita. – ¬°Eres un poeta! -exclam√≥ mi t√≠a-. Pon esta descripci√≥n por escrito, eres tan bueno como Dickens. ¬°Y mucho m√°s interesante! Pintas, cuando hablas. Describes tu casa tan bien, que me parece verla. ¬°Me entran escalofr√≠os! No te quedes ah√≠: ponle algo vivo, personas, personas que conmuevan, de preferencia desgraciados. Y, efectivamente, traslad√© al papel la descripci√≥n de la casa tal como era, ruidosa y alborotada, pero s√≥lo conmigo en ella, sin acci√≥n. √Čsta vendr√° despu√©s.

TIENE QUE HABER DIFERENCIAS

Era el mes de mayo. Soplaba a√ļn un viento fresco, pero la primavera hab√≠a llegado; as√≠ lo proclamaban las plantas y los √°rboles, el campo y el prado. Era una org√≠a de flores, que se esparc√≠an hasta por debajo de los verdes setos; y justamente all√≠ la primavera llevaba a cabo su obra, manifest√°ndose desde un diminuto manzano del que hab√≠a brotado una √ļnica ramita, pero fresca y lozana, y cuajada toda ella de yemas color de rosa a punto de abrirse. Bien sab√≠a la ramita lo hermosa que era, pues eso est√° en la hoja como en la sangre; por eso no se sorprendi√≥ cuando un coche magn√≠fico se detuvo en el camino frente a ella, y la joven condesa que lo ocupaba dijo que aquella rama de manzano era lo m√°s encantador que pudiera so√Īarse; era la primavera misma en su manifestaci√≥n m√°s delicada. Y quebraron la rama, que la damita cogi√≥ con la mano y resguard√≥ bajo su sombrilla de seda. Continuaron luego hacia palacio, aquel palacio de altos salones y espl√©ndidos aposentos; sutiles cortinas blancas aleteaban en las abiertas ventanas, y maravillosas flores luc√≠an en jarros opalinos y transparentes; en uno de ellos – habr√≠ase dicho fabricado de nieve reci√©n ca√≠da – colocaron la ramita del manzano entre otras de haya, tiernas y de un verde claro. Daba alegr√≠a mirarla. A la ramita se le subieron los humos a la cabeza; ¬°es tan humano eso!. Pasaron por las habitaciones gentes de toda clase, y cada uno, seg√ļn su posici√≥n y categor√≠a, permiti√≥se manifestar su admiraci√≥n. Unos permanec√≠an callados, otros hablaban demasiado, y la rama del manzano pudo darse cuenta de que tambi√©n entre los humanos existen diferencias, exactamente lo mismo que entre las plantas. ¬ęAlgunas est√°n s√≥lo para adorno, otras sirven para la alimentaci√≥n, e incluso las hay completamente superfluas¬Ľ, pens√≥ la ramita; y como sea que la hab√≠an colocado delante de una ventana abierta, desde su sitio pod√≠a ver el jard√≠n y el campo, lo que le daba oportunidad para contemplar una multitud de flores y plantas y efectuar observaciones a su respecto. Ricas y pobres aparec√≠an mezcladas; y, a√ļn se ve√≠an, algunas en verdad insignificantes.

  • ¬°Pobres hierbas descastadas! -exclam√≥ la rama del manzano-. La verdad es que existe una diferencia. ¬°Qu√© desgraciadas deben de sentirse, suponiendo que esas criaturas sean capaces de sentir como nosotras. Naturalmente, es forzoso que haya diferencias; de lo contrario todas ser√≠amos iguales.

Nuestra rama consider√≥ con cierta compasi√≥n una especie de flores que crec√≠an en n√ļmero incontable en campos y ribazos. Nadie las cog√≠a para hacerse un ramo, pues eran demasiado ordinarias. Hasta entre los adoquines crec√≠an: como el √ļltimo de los hierbajos, asomaban por doquier, y para colmo ten√≠an un nombre de lo mas vulgar: diente de le√≥n.

  • ¬°Pobre planta despreciada! -exclam√≥ la rama del manzano-. T√ļ no tienes la culpa de ser como eres, tan ordinaria, ni de que te hayan puesto un nombre tan feo. Pero con las plantas ocurre lo que con los hombres: tiene que haber diferencias.
  • ¬°Diferencias! -replic√≥ el rayo de sol, mientras besaba al mismo tiempo la florida rama del manzano y los m√≠seros dientes de le√≥n que crec√≠an en el campo; y tambi√©n los hermanos del rayo de sol prodigaron sus besos a todas las flores, pobres y ricas.

Nuestra ramita no hab√≠a pensado nunca sobre el infinito amor de Dios por su mundo terrenal, y por todo cuanto en √©l se mueve y vive; nunca hab√≠a reflexionado sobre lo mucho de bueno y de bello que puede haber en √©l – oculto, pero no olvidado -. Pero, ¬Ņacaso no es esto tambi√©n humano? El rayo de sol, el mensajero de la luz, lo sab√≠a mejor. – No ves bastante lejos, ni bastante claro. ¬ŅCu√°l es esa planta tan menospreciada que as√≠ compadeces?

  • El diente de le√≥n -contest√≥ la rama-. Nadie hace ramilletes con ella; todo el mundo la pisotea; hay demasiados. Y cuando dispara sus semillas, salen volando en min√ļsculos copos como de blanca lana y se pegan a los vestidos de los viandantes. Es una mala hierba, he ah√≠ lo que es. Pero hasta de eso ha de haber. ¬°Cu√°nta gratitud siento yo por no ser como √©l!

De pronto lleg√≥ al campo un tropel de chiquillos; el menor de todos era a√ļn tan peque√Īo, que otros ten√≠an que llevarlo en brazos. Y cuando lo hubieron sentado en la hierba en medio de todas aquellas flores amarillas, se puso a gritar de alegr√≠a, a agitar las regordetas piernecillas y a revolcarse por la hierba, cogiendo con sus manitas los dorados dientes de le√≥n y bes√°ndolos en su dulce inocencia. Mientras tanto los mayores romp√≠an las cabecitas floridas, separ√°ndolas de los tallos huecos y doblando √©stos en anillo para fabricar con ellos cadenas, que se colgaron del cuello, de los hombros o en torno a la cintura; se los pusieron tambi√©n en la cabeza, alrededor de las mu√Īecas y los tobillos – ¬°qu√© preciosidad de cadenas y grilletes verdes! -. Pero los mayores recog√≠an cuidadosamente las flores encerradas en la semilla, aquella ligera y vaporosa esfera de lana, aquella peque√Īa obra de arte que parece una nubecilla blanca hecha de copitos min√ļsculos. Se la pon√≠an ante la boca, y de un soplo ten√≠an que deshacerla enteramente. Quien lo consiguiera tendr√≠a vestidos nuevos antes de terminar el a√Īo – lo hab√≠a dicho abuelita. Y de este modo la despreciada flor se convert√≠a en profeta.

  • ¬ŅVes? -pregunt√≥le el rayo de sol a la rama de manzano-. ¬ŅVes ahora su belleza y su virtud?
  • ¬°S√≠, para los ni√Īos! -replic√≥ la rama.

En esto llegó al campo una ancianita, y, con un viejo y romo cuchillo de cocina, se puso a excavar para sacar la raíz de la planta. Quería emplear parte de las raíces para una infusión de café; el resto pensaba llevárselas al boticario para sacar unos céntimos.

  • Pero la belleza es algo mucho m√°s elevado exclam√≥ la rama del manzano-. A su reino van s√≥lo los elegidos. Existe una diferencia entre las plantas, de igual modo como la hay entre las personas.

Entonces el rayo de sol le habló del infinito amor de Dios por todas sus criaturas, amor que abraza con igual ternura a todo ser viviente; y le habló también de la divina justicia, que lo distribuye todo por igual en tiempo y eternidad.

  • ¬°S√≠, eso cree usted! -respondi√≥ la rama.

En eso entr√≥ gente en el sal√≥n, y con ella la condesita que tan lindamente hab√≠a colocado la rama florida en el transparente jarr√≥n, sobre el que ca√≠a el fulgurante rayo de sol. Tra√≠a una flor, o lo que fuese, cuidadosamente envuelta en tres o cuatro grandes hojas, que la rodeaban como un cucurucho, para que ni un h√°lito de aire pudiese darle y perjudicarla: y ¬°la llevaba con un cuidado tan amoroso! Mucho mayor del que jam√°s se hab√≠a prestado a la ramita del manzano. La sacaron con gran precauci√≥n de las hojas que la envolv√≠an y apareci√≥… ¬°la peque√Īa esferita de blancos copos, la semilla del despreciado diente de le√≥n! Esto era lo que la condesa con tanto cuidado hab√≠a cogido de la tierra y tra√≠do para que ni una de las sutil√≠simas flechas de pluma que forman su vaporosa bolita fuese llevada por el viento. La sosten√≠a en la mano, entera e intacta; y admiraba su hermosa forma, aquella estructura a√©rea y di√°fana, aquella construcci√≥n tan original, aquella belleza que en un momento disipar√≠a el viento. Daba l√°stima pensar que pudiera desaparecer aquella hermosa realidad.

  • ¬°Fijaos que maravillosamente hermosa la ha creado Dios! -dijo-. La pintar√© junto con la rama del manzano. Todo el mundo, encuentra esta rama primorosa; pero la pobre florecilla, a su manera, ha sido agraciada por Dios con no menor hermosura. ¬°Qu√© distintas son, y, sin embargo, las dos son hermanas en el reino de la belleza!

Y el rayo de sol besó al humilde diente de león, exactamente como besaba a la florida rama del manzano, cuyos pétalos parecían sonrojarse bajo la caricia.

UNA HISTORIA

En el jardín florecían todos los manzanos; se habían apresurado a echar flores antes de tener hojas verdes; todos los patitos estaban en la era, y el gato con ellos, relamiéndose el resplandor del sol, relamiéndoselo de su propia pata. Y si uno dirigía la mirada a los campos, veía lucir el trigo con un verde precioso, y todo era trinar y piar de mil pajarillos, como si se celebrase una gran fiesta; y de verdad lo era, pues había llegado el domingo. Tocaban las campanas, y las gentes, vestidas con sus mejores prendas, se encaminaban a la iglesia, tan orondas y satisfechas. Sí, en todo se reflejaba la alegría; era un día tan tibio y tan magnífico, que bien podía decirse:

  • Verdaderamente, Dios Nuestro Se√Īor es de una bondad infinita para con sus criaturas.

En el interior de la iglesia, el pastor, desde el p√ļlpito, hablaba, sin embargo, con voz muy recia y airada; se lamentaba de que todos los hombres fueran unos descre√≠dos y los amenazaba con el castigo divino, pues cuando los malos mueren, van al infierno, a quemarse eternamente; y dec√≠a adem√°s que su gusano no morir√≠a, ni su fuego se apagar√≠a nunca, y que jam√°s encontrar√≠an la paz y el reposo. ¬°Daba pavor o√≠rlo, y se expresaba, adem√°s, con tanta convicci√≥n…! Describ√≠a a los feligreses el infierno como una cueva apestosa, donde confluye toda la inmundicia del mundo; all√≠ no hay m√°s aire que el de la llama ardiente del azufre, ni suelo tampoco: todos se hundir√≠an continuamente, en eterno silencio. Era horrible o√≠r todo aquello, pero el p√°rroco lo dec√≠a con toda su alma, y todos los presentes se sent√≠an sobrecogidos de espanto. Y, sin embargo, all√° fuera los pajarillos cantaban tan alegres, y el sol enviaba su calor, y cada florecilla parec√≠a decir: ¬ęDios es infinitamente bueno para todos nosotros¬Ľ. S√≠, all√° fuera las cosas eran muy distintas de como las pintaba el p√°rroco. Al anochecer, a la hora de acostarse, el pastor observ√≥ que su esposa permanec√≠a callada y pensativa.

  • ¬ŅQu√© te pasa? -le pregunt√≥.
  • Me pasa… -respondi√≥ ella-, pues me pasa que no puedo concretar mis pensamientos, que no comprendo bien lo que dijiste, que haya tantas personas imp√≠as y que han de ser condenadas al fuego eterno. ¬°Eterno…! ¬°Ay, qu√© largo es esto! Yo no soy sino una pobre pecadora, y, sin embargo, no tendr√≠a valor para condenar al fuego eterno ni siquiera al m√°s perverso de los pecadores. ¬°C√≥mo podr√≠a, pues, hacerlo Dios Nuestro Se√Īor, que es infinitamente bueno y sabe que el mal viene de fuera y de dentro! No, no puedo creerlo, por m√°s que t√ļ lo digas.

Hab√≠a llegado el oto√Īo, y las hojas ca√≠an de los √°rboles; el grave y severo p√°rroco estaba sentado a la cabecera de una moribunda: un alma creyente y piadosa iba a cerrar los ojos; era su propia esposa.

  • …Si alguien merece descanso en la tumba y gracia ante Dios, √©sa eres t√ļ -dijo el pastor. Le cruz√≥ las manos sobre el pecho y rez√≥ una oraci√≥n para la difunta.

La mujer fue conducida a su sepultura. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de aquel hombre grave. En la casa parroquial reinaban el silencio y la soledad: el sol del hogar se había apagado; ella se había ido. Era de noche; un viento frío azotó la cabeza del clérigo. Abrió los ojos y le pareció como si la luna brillara en el cuarto, y, sin embargo, no era así. Pero junto a su cama estaba de pie una figura humana: el espíritu de su esposa difunta, que lo miraba con expresión afligida, como si quisiera decirle algo. El párroco se incorporó en el lecho y extendió hacia ella los brazos:

  • ¬ŅTampoco t√ļ gozas del eterno descanso? ¬ŅEs posible que sufras, t√ļ, la mejor y la m√°s piadosa?

La muerta bajó la cabeza en signo afirmativo y se puso la mano en el pecho.

  • ¬ŅPodr√≠a yo procurarte el reposo en la sepultura?
  • Si -lleg√≥ a sus o√≠dos.
  • ¬ŅDe qu√© manera?
  • Dame un cabello, un solo cabello de la cabeza de un pecador cuyo fuego jam√°s haya de extinguirse, de un pecador a quien Dios haya de condenar a las penas eternas del infierno.
  • ¬°Oh, ser√° f√°cil salvarte, mujer pura y piadosa! -exclam√≥ √©l.
  • ¬°S√≠gueme, pues! -contest√≥ la muerta-. As√≠ nos ha sido concedido. Volar√°s a mi lado all√° donde quiera llevarte tu pensamiento; invisibles a los hombres, penetraremos en sus rincones m√°s secretos, pero deber√°s se√Īalarme con mano segura al condenado a las penas eternas, y tendr√°s que haberlo encontrado antes de que cante el gallo.

En un instante, como llevados por el pensamiento, estuvieron en la gran ciudad, y en las paredes de las casas vieron escritas en letras de fuego los nombres de los pecados mortales: orgullo, avaricia, embriaguez, lujuria, en resumen, el iris de siete colores de las culpas capitales.

  • S√≠, ah√≠ dentro, como ya pensaba y sab√≠a -dijo el p√°rroco- moran los destinados al fuego eterno -. Y se encontraron frente a un portal magn√≠ficamente iluminado, de anchas escaleras adornadas con alfombras y flores; y de los bulliciosos salones llegaban los sones de m√ļsica de baile. El portero luc√≠a librea de seda y terciopelo y empu√Īaba un bast√≥n con incrustaciones de plata.
  • ¬°Nuestro baile compite con los del Palacio Real! – dijo, dirigi√©ndose a la muchedumbre estacionada en la calle. En su rostro y en su porte entero se reflejaba un solo pensamiento: ¬ę¬°Pobre gentuza que mir√°is desde fuera, para m√≠ todos sois canalla despreciable!¬Ľ.
  • ¬°Orgullo! -dijo la muerta-. ¬ŅLo ves?
  • ¬ŅEse? -contest√≥ el p√°rroco-. Pero √©se no es m√°s que un loco, un necio; ¬Ņc√≥mo ha de ser condenado a las penas eternas?
  • ¬°No m√°s que un loco! -reson√≥ por toda la casa del orgullo. Todos en ella lo eran.

Entraron volando al interior de las cuatro paredes desnudas del avariento. Escu√°lido como un esqueleto, tiritando de fr√≠o, hambriento y sediento, el viejo se aferraba al dinero con toda su alma. Lo vieron saltar de su m√≠sero lecho, como presa de la fiebre, y apartar una piedra suelta de la pared. All√≠ hab√≠a monedas de oro metidas en un viejo calcet√≠n. Lo vieron c√≥mo palpaba su chaqueta androjosa, donde ten√≠a cosidas m√°s monedas, y sus dedos h√ļmedos temblaban.

  • ¬°Est√° enfermo! Es puro desvar√≠o, una triste demencia envuelta en angustia y pesadillas.

Se alejaron r√°pidamente, y muy pronto se encontraron en el dormitorio de la c√°rcel, donde, en una larga hilera de camastros, dorm√≠an los reclusos. Uno de ellos despert√≥, y, como un animal salvaje, lanz√≥ un grito horrible, dando con el codo huesudo en el costado del compa√Īero, el cual, volvi√©ndose, exclam√≥ medio dormido:

  • ¬°C√°llate la boca, so bruto, y duerme! ¬°Todas las noches haces lo mismo!
  • ¬°Todas las noches! -repiti√≥ el otro- …¬°S√≠, todas las noches se presenta y lanza alaridos y me atormenta! En un momento de ira hice tal y cual cosa; nac√≠ con malos instintos, y ellos me han llevado aqu√≠ por segunda vez; pero obr√© mal y sufro mi merecido. Una sola cosa no he confesado. Cuando sal√≠ de aqu√≠ la √ļltima vez, al pasar por delante de la finca de mi antiguo amo, se encendi√≥ en m√≠ el odio. Frot√© un f√≥sforo contra la pared, el fuego prendi√≥ en el tejado de paja y las llamas lo devoraron todo. Me pas√≥ el arrebato, como suele ocurrirme, y ayud√© a salvar el ganado y los enseres. Ning√ļn ser vivo muri√≥ abrasado, excepto una bandada de palomas que cayeron al fuego, y el perro mast√≠n, en el que no hab√≠a pensado. Se le o√≠a aullar entre las llamas… y sus aullidos siguen lastim√°ndome los o√≠dos cuando me echo a dormir; y cuando ya duermo, viene el perro, enorme e hirsuto, y se echa sobre m√≠ aullando y oprimi√©ndome, atorment√°ndome… ¬°Escucha lo que te cuento, pues! T√ļ puedes roncar, roncar toda la noche, mientras yo no puedo dormir un cuarto de hora -. Y en un arrebato de furor, pego a su campanero un pu√Īetazo en la cara.
  • ¬°Ese Mads se ha vuelto loco otra vez! -gritaron en torno; los dem√°s presos se lanzaron contra √©l, y, tras dura lucha, le doblaron el cuerpo hasta meterle la cabeza entre las piernas, at√°ndolo luego tan reciamente, que la sangre casi le brotaba de los ojos y de todos los poros.
  • ¬°Vais a matarlo, infeliz! -grit√≥ el p√°rroco, y al extender su mano protectora hacia aquel pecador que tanto sufr√≠a, cambi√≥ bruscamente la escena.

Volaron a trav√©s de ricos salones y de modestos cuartos; la lujuria, la envidia y todos los dem√°s pecados capitales desfilaron ante ellos; un √°ngel del divino tribunal daba lectura a sus culpas y a su defensa; cierto que ello contaba poco ante Dios, pues Dios lee en los corazones, lo sabe todo, lo malo que viene de dentro y de fuera; √Čl, que es la misma gracia y el amor mismo. La mano del pastor temblaba, no se atrev√≠a a alargarla para arrancar un cabello de la cabeza de un pecador. Y las l√°grimas manaban de sus ojos como el agua de la gracia y del amor, que extinguen el fuego eterno del infierno. En esto cant√≥ el gallo.

  • ¬°Dios misericordioso! ¬°Conc√©dele paz en la tumba, la paz que yo no pude darle!
  • ¬°Gozo de ella, ya! -exclam√≥ la muerta-. Lo que me ha hecho venir a ti han sido tus palabras duras, tu sombr√≠a fe en Dios y en sus criaturas. ¬°Aprende a conocer a los hombres! Aun en los malos palpita una parte de Dios, una parte que apagar√° y vencer√° las llamas de infierno.

El sacerdote sinti√≥ un beso en sus labios; hab√≠a luz a su alrededor: el sol radiante de Nuestro Se√Īor entraba en la habitaci√≥n, donde su esposa, dulce y amorosa, acababa de despertarlo de un sue√Īo que Dios le hab√≠a enviado.

UNA HOJA DE CIELO

A gran altura, en el aire l√≠mpido, volaba un √°ngel que llevaba en la mano una flor del jard√≠n del Para√≠so, y al darle un beso, de sus labios cay√≥ una min√ļscula hojita, que, al tocar el suelo, en medio del bosque, arraig√≥ en seguida y dio nacimiento a una nueva planta, entre las muchas que crec√≠an en el lugar.

  • ¬°Qu√© hierba m√°s rid√≠cula! – dijeron aqu√©llas. Y ninguna quer√≠a reconocerla, ni siquiera los cardos y las ortigas.
  • Debe de ser una planta de jard√≠n – a√Īadieron, con una risa ir√≥nica, y siguieron burl√°ndose de la nueva vecina; pero √©sta venga crecer y crecer, dejando atr√°s a las otras, y venga extender sus ramas en forma de zarcillos a su alrededor.
  • ¬ŅAd√≥nde quieres ir? – preguntaron los altos cardos, armados de espinas en todas sus hojas -. Dejas las riendas demasiado sueltas, no es √©ste el lugar apropiado. No estamos aqu√≠ para aguantarte.

Llegó el invierno, y la nieve cubrió la planta; pero ésta dio a la nívea capa un brillo espléndido, como si por debajo la atravesara la luz del sol. En primavera se había convertido en una planta florida, la más hermosa del bosque. Vino entonces el profesor de Botánica; su profesión se adivinaba a la legua. Examinó la planta, la probó, pero no figuraba en su manual; no logró clasificarla.

  • Es una especie h√≠brida – dijo -. No la conozco. No entra en el sistema.
  • ¬°No entra en el sistema! – repitieron los cardos y las ortigas. Los grandes √°rboles circundantes miraban la escena sin decir palabra, ni buena ni mala, lo cual es siempre lo m√°s prudente cuando se es tonto.

Acerc√≥se en esto, bosque a trav√©s, una pobre ni√Īa inocente; su coraz√≥n era puro, y su entendimiento, grande, gracias a la fe; toda su herencia ac√° en la Tierra se reduc√≠a a una vieja Biblia, pero en sus hojas le hablaba la voz de Dios: ¬ęCuando los hombres se propongan causarte alg√ļn da√Īo, piensa en la historia de Jos√©: pensaron mal en sus corazones, mas Dios lo encamin√≥ al bien. Si sufres injusticia, si eres objeto de burlas y de sospechas, piensa en √Čl, el m√°s puro, el mejor, Aqu√©l de quien se mofaron y que, clavado en cruz, rogaba: ¬°Padre, perd√≥nalos, que no saben lo que hacen!¬Ľ¬Ľ. La muchachita se detuvo delante de la maravillosa planta, cuyas hojas verdes exhalaban un aroma suave y refrescante, y cuyas flores brillaban a los rayos del sol como un castillo de fuegos artificiales, resonando adem√°s cada una como si en ella se ocultase el profundo manantial de las melod√≠as, no agotado en el curso de milenios. Con piadoso fervor contempl√≥ la ni√Īa toda aquella magnificencia de Dios; torci√≥ una rama para poder examinar mejor las flores y aspirar su aroma, y se hizo luz en su mente, al mismo tiempo que sent√≠a un gran bienestar en el coraz√≥n. Le habr√≠a gustado cortar una flor, pero no se decid√≠a a hacerlo, pues se habr√≠a marchitado muy pronto; as√≠, se limit√≥ a llevarse una de las verdes hojas que, una vez en casa, guard√≥ en su Biblia, donde se conserv√≥ fresca, sin marchitarse nunca. Qued√≥ oculta entre las hojas de la Biblia; en ella fue colocada debajo de la cabeza de la muchachita cuando, pocas semanas m√°s tarde, yac√≠a √©sta en el ata√ļd, con la sagrada gravedad de la muerte reflej√°ndose en su rostro piadoso, como si en el polvo terrenal se leyera que su alma se hallaba en aquellos momentos ante Dios. Pero en el bosque segu√≠a floreciendo la planta maravillosa; era ya casi como un √°rbol, y todas las aves migratorias se inclinaban ante ella, especialmente la golondrina y la cig√ľe√Īa. – ¬°Esto son artes del extranjero! – dijeron los cardos y lampazos -. Los que somos de aqu√≠ no sabr√≠amos comportarnos de este modo. Y los negros caracoles de bosque escupieron al √°rbol. Vino despu√©s el porquerizo a recoger cardos y zarcillos para quemarlos y obtener ceniza. El √°rbol maravilloso fue arrancado de ra√≠z y echado al mont√≥n con el resto:

  • Que sirva para algo tambi√©n – dijo, y as√≠ fue.

Mas he aqu√≠ que desde hac√≠a mucho tiempo el rey del pa√≠s ven√≠a sufriendo de una hond√≠sima melancol√≠a; era activo y trabajador, pero de nada le serv√≠a; le le√≠an obras de profundo sentido filos√≥fico y le le√≠an, asimismo, las m√°s ligeras que cab√≠a encontrar; todo era in√ļtil. En esto lleg√≥ un mensaje de uno de los hombres m√°s sabios del mundo, al cual se hab√≠an dirigido. Su respuesta fue que exist√≠a un remedio para curar y fortalecer al enfermo: ¬ęEn el propio reino del Monarca crece, en el bosque, una planta de origen celeste; tiene tal y cual aspecto, es imposible equivocarse¬Ľ. Y segu√≠a un dibujo de la planta, muy f√°cil de identificar: ¬ęEs verde en invierno y en verano. Coged cada anochecer una hoja fresca de ella, y aplicadla a la frente del Rey; sus pensamientos se iluminar√°n y tendr√° un magn√≠fico sue√Īo que le dar√° fuerzas y aclarar√° sus ideas para el d√≠a siguiente¬Ľ. La cosa estaba bien clara, y todos los doctores, y con ellos el profesor de Bot√°nica, se dirigieron al bosque. S√≠; mas, ¬Ņd√≥nde estaba la planta?

  • Seguramente ha ido a parar a mi mont√≥n – dijo el porquero y tiempo ha est√° convertida en ceniza; pero, ¬Ņqu√© sab√≠a yo?
  • ¬ŅQu√© sab√≠as t√ļ? – exclamaron todos -.

¬°Ignorancia, ignorancia! -. Estas palabras deb√≠an llegar al alma de aquel hombre, pues a √©l y a nadie m√°s iban dirigidas. No hubo modo de dar con una sola hoja; la √ļnica existente yac√≠a en el f√©retro de la difunta, pero nadie lo sab√≠a. El Rey en persona, desesperado, se encamin√≥ a aquel lugar del bosque.

  • Aqu√≠ estuvo el √°rbol – dijo -. ¬°Sea √©ste un lugar sagrado!

Y lo rodearon con una verja de oro y pusieron un centinela. El profesor de Bot√°nica escribi√≥ un tratado sobre la planta celeste, en premio del cual lo cubrieron de oro, con gran satisfacci√≥n suya; aquel ba√Īo de oro le vino bien a √©l y a su familia, y fue lo m√°s agradable de toda la historia, ya que la planta hab√≠a desaparecido, y el Rey sigui√≥ preso de su melancol√≠a y aflicci√≥n. – Pero ya las sufr√≠a antes – dijo el centinela.

UNA ROSA DE LA TUMBA DE HOMERO

En todos los cantos de Oriente suena el amor del ruise√Īor por la rosa; en las noches silenciosas y cuajadas de estrellas, el alado cantor dedica una serenata a la fragante reina de las flores. No lejos de Esmirna, bajo los altos pl√°tanos adonde el mercader gu√≠a sus cargados camellos, que levantan altivos el largo cuello y caminan pesadamente sobre una tierra sagrada, vi un rosal florido; palomas torcaces revoloteaban entre las ramas de los corpulentos √°rboles, y sus alas, al resbalar sobre ellas los oblicuos rayos del sol, desped√≠an un brillo como de madreperla. Ten√≠a el rosal una flor m√°s bella que todas las dem√°s, y a ella le cantaba el ruise√Īor su cuita amorosa; pero la rosa permanec√≠a callada; ni una gota de roc√≠o se ve√≠a en sus p√©talos, como una l√°grima de compasi√≥n; inclinaba la rama sobre unas grandes piedras, – Aqu√≠ reposa el m√°s grande de los cantores -dijo la rosa-. Quiero perfumar su tumba, esparcir sobre ella mis hojas cuando la tempestad me deshoje. El cantor de la Il√≠ada se torn√≥ tierra, en esta tierra de la que yo he brotado. Yo, rosa de la tumba de Homero, soy demasiado sagrada para florecer s√≥lo para un pobre ruise√Īor. Y el ruise√Īor sigui√≥ cantando hasta morir. Lleg√≥ el camellero, con sus cargados animales y sus negros esclavos; su hijito encontr√≥ el p√°jaro muerto, y lo enterr√≥ en la misma sepultura del gran Homero; la rosa temblaba al viento. Vino la noche, la flor cerr√≥ su c√°liz y so√Ī√≥: Era un d√≠a magn√≠fico, de sol radiante; acerc√°base un tropel de extranjeros, de francos, que iban en peregrinaci√≥n a la tumba de Homero. Entre ellos iba un cantor del Norte, de la patria de las nieblas y las auroras boreales. Cogi√≥ la rosa, la comprimi√≥ entre las p√°ginas de un libro y se la llev√≥ consigo a otra parte del mundo a su lejana tierra. La rosa se marchit√≥ de pena en su estrecha prisi√≥n del libro, hasta que el hombre, ya en su patria, lo abri√≥ y exclam√≥: ¬ę¬°Es una rosa de la tumba de Homero!¬Ľ. Tal fue el sue√Īo de la flor, y al despertar tembl√≥ al contacto del viento, y una gota de roc√≠o desprendida de sus hojas fue a caer sobre la tumba del cantor. Sali√≥ el sol, y la rosa brill√≥ m√°s que antes; el d√≠a era t√≥rrido, propio de la calurosa Asia. Se oyeron pasos, se acercaron extranjeros francos, como aquellos que la flor viera en sue√Īos, y entre ellos ven√≠a un poeta del Norte que cort√≥ la rosa y, d√°ndole un beso, se la llev√≥ a la patria de las nieblas y de las auroras boreales. Como una momia reposa ahora el cad√°ver de la flor en su Il√≠ada, y, como en un sue√Īo, lo oye abrir el libro y decir: ¬ę¬°He aqu√≠ una rosa de la tumba de Homero!¬Ľ.

VISION DEL BALUARTE

Es oto√Īo. Estamos en lo alto del baluarte contemplando el mar, surcado por numerosos barcos, y, a lo lejos, la costa sueca, que se destaca, altiva, a la luz del sol poniente. A nuestra espalda desciende, abrupto, el bosque, y nos rodean √°rboles magn√≠ficos, cuyo amarillo follaje va desprendi√©ndose de las ramas. Al fondo hay casas l√≥bregas, con empalizadas, y en el interior, donde el centinela efect√ļa su mon√≥tono paseo, todo es angosto y t√©trico; pero m√°s tenebroso es todav√≠a del otro lado de la enrejada c√°rcel, donde se hallan los presidiarios, los delincuentes peores. Un rayo del sol poniente entra en la desnuda celda, pues el sol brilla sobre los buenos y los malos. El preso, hosco y rudo, dirige una mirada de odio al tibio rayo. Un pajarillo vuela hasta la reja. El p√°jaro canta para los buenos y los malos. Su canto es un breve trino, pero el p√°jaro se queda all√≠, agitando las alas. Se arranca una pluma y se esponja las del cuello; y el mal hombre encadenado lo mira. Una expresi√≥n m√°s dulce se dibuja en su hosca cara; un pensamiento que √©l mismo no comprende claramente, brota en su pecho; un pensamiento que tiene algo de com√ļn con el rayo de sol que entra por la reja, y con las violetas que tan abundantes crecen all√° fuera en primavera. Luego resuena el cuerno de los cazadores, mel√≥dicos y vigorosos. El p√°jaro se asusta y se echa a volar, alej√°ndose de la reja del preso; el rayo de sol desaparece, y vuelve a reinar la oscuridad en la celda, la oscuridad en el coraz√≥n de aquel hombre malo; pero el sol ha brillado, y el p√°jaro ha cantado. ¬°Seguid resonando, hermosos toques del cuerno de caza! El atardecer es apacible, el mar est√° en calma, terso como un espejo. ¬† ¬† ¬† LA

HABICHUELAS MAGICAS

Periqu√≠n viv√≠a con su madre, que era viuda, en una caba√Īa del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situaci√≥n familiar, la madre determin√≥ mandar a Periqu√≠n a la ciudad, para que all√≠ intentase vender la √ļnica vaca que pose√≠an. El ni√Īo se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontr√≥ con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas. -Son maravillosas -explic√≥ aquel hombre-. Si te gustan,te las dar√© a cambio de la vaca. As√≠ lo hizo Periqu√≠n, y volvi√≥ muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogi√≥ las habichuelas y las arroj√≥ a la calle. Despu√©s se puso a llorar. Cuando se levant√≥ Periqu√≠n al d√≠a siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas hab√≠an crecido tanto durante la noche, que las ramas se perd√≠an de vista. Se puso Periqu√≠n a trepar por la planta, y sube que sube, lleg√≥ a un pa√≠s desconocido. Entr√≥ en un castillo y vio a un malvado gigante que ten√≠a una gallina que pon√≠a un huevo de oro cada vez que √©l se lo mandaba. Esper√≥ el ni√Īo a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escap√≥ con ella. Lleg√≥ a las ramas de las habichuelas, y descolg√°ndose, toc√≥ el suelo y entr√≥ en la caba√Īa. La madre se puso muy contenta. Y as√≠ fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se muri√≥ y Periqu√≠n tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigi√©ndose al castillo del gigante. Se escondi√≥ tras una cortina y pudo observar como el due√Īo del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bols√≥n de cuero. En cuanto se durmi√≥ el gigante, sali√≥ Periqu√≠n y, recogi√©ndo el talego de oro, echo a correr hacia la planta gigantesca y baj√≥ a su casa. As√≠ la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, lleg√≥ un d√≠a en que el bols√≥n de cuero del dinero qued√≥ completamente vac√≠o. Se cogi√≥ Periqu√≠n por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escal√°ndolas hasta llegar a la cima. Entonces vi√≥ al ogro guardar en un caj√≥n una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el gigante sali√≥ de la estancia, cogi√≥ el ni√Īo la cajita prodigiosa y se la guard√≥. Desde su escondite vi√≥ Periqu√≠n que el gigante se tumbaba en un sof√°, y un arpa, oh maravilla!, tocaba s√≥la, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada m√ļsica. El gigante, mientras escuchaba aquella melod√≠a, fue cayendo en el sue√Īo poco a poco. Apenas le vi√≥ asi Periqu√≠n, cogi√≥ el arpa y ech√≥ a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periqu√≠n, empez√≥ a gritar: -Eh, se√Īor amo, despierte usted, que me roban! Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores: -Se√Īor amo, que me roban! Viendo lo que ocurria, el gigante sali√≥ en persecusi√≥n de Periqu√≠n. Resonaban a espaldas del ni√Īo pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que tambi√©n el gigante descend√≠a hacia √©l. No hab√≠a tiempo que perder, y as√≠ que grit√≥ Periqu√≠n a su madre, que estaba en casa preparando la comida: -Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante! Acudi√≥ la madre con el hacha, y Periqu√≠n, de un certero golpe, cort√≥ el tronco de la tr√°gica habichuela. Al caer, el gigante se estrell√≥, pagando as√≠ sus fechor√≠as, y Periqu√≠n y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.

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